miércoles, 15 de febrero de 2017

GILBERTO CANO Y EUNICE TREJOS


Alfredo Cardona Tobón

 


Gilberto y Eunice, unidos por el amor y sus ideas, marcaron rumbos a los quinchieños en la segunda mitad del siglo XX. Fueron dos líderes populares, que en una de las peores épocas de la región se acercaron a las comunidades del antiguo Guacuma para darles una mano y servirles de enlace con los poderes centrales del departamento de  Caldas y luego  con los de Risaralda.

 

Fueron los padres de Gilberto Cano, el señor Luis y la señora Clementina Bolívar y de Doña Eunice, Don AntonioTrejos y doña Purificación Taborda; el  señor Luis Cano, era hermano de la señora Herminia Cano, una dama de grata memoria que cada año por la época de navidad celebraba con gran regocijo la más concurrida Nochebuena. En su casa ubicada en el alto de “Callelarga”, hoy barrio Ricaurte, se reunían los vecinos a compartir la deliciosa natilla y los ricos buñuelos que se servían en una jornada maratónica que remataba con la entrega de una hermosa estampa del niño Jesús.

 

Igualmente, doña Herminia organizaba uno de los pasos del Viacrucis que empezaba frente a su casa en la Semana Santa; por ese tiempo la tranquila Callelarga, autopista de las vacas de ordeño y las recuas que llegaban al pueblo, cobraba importancia al convertirse en “La Calle de la Amargura” el viernes se la muerte del Señor y en “La Calle de la Resurrección” al revivir Glorioso en la mañana del último domingo de la magna semana..

 

En ese este ambiente religioso y festivo, se forjó el liderazgo de Gilberto, mientras crecía su romance con Eunice, una espigada y bonita trigueña que vivía en el mismo sector. Los años pasaron y el noviazgo de tiernos escueleros cristalizó en un hogar lleno de amor, solidaridad y respeto.

 

A finales de los cincuenta Gilberto Cano inicia su carrera política al lado del gran caudillo liberal Camilo Mejía Duque. “Cachaco” y su esposa Eunice  coordinan los eventos partidistas, sus voces llenan las calles quinchieñas y poco a poco, en llave poderosa reforzada por el carácter de hierro de Eunice, el matrimonio consolida su poder electoral  en las veredas de Quinchía azotadas por las bandas criminales del  ” Capitán Venganza”.

 

Casi todos los notables del pueblo se han ido para salvar sus vidas durante la violencia de mitad del siglo pasado. El campo está libre para quien tenga la garra de liderar un pueblo lleno de desventuras y Gilberto asume el reto. Llega primero al Concejo Municipal, como un edil inquieto, disciplinado, lleno de aspiraciones, que aspira servir a su gente; luego ocupa la Tesorería municipal donde administra la pobreza de un municipio con exiguos recursos económicos e infinitas necesidades.

 

Por su carisma y su comunión con la gente, Gilberto no tarda en ser nombrado alcalde y con Eunice que aconseja y le cuida la espalda enfrenta una de las peores épocas en la historia de la comarca. El 25 de enero de 1958 renuncia a la alcaldía: era imposible gobernar en esos momentos. Pero Gilberto no se retira del campo y fuera de la administración sigue luchando por Quinchía en la Asamblea de Caldas adonde llegó como diputado en la año de de 1962-

 

 

Doña Eunice atiende a William y Gloria, los primeros retoños del matrimonio y pese a sus labores como madre y esposa tiene tiempo para afilar su garra política y convertirse en una dirigente con más carisma y poder que su propio marido.  Es una mujer de vibrantes discurso, con ambición y relaciones públicas. En los albores del departamento de Risaralda, bajo las banderas de Camilo Mejía llega  Eunice a la Asamblea. Ya es una líder regional, aguerrida, enérgica que lucha por la ampliación y pavimentación de la carretera a La Ceiba, promueve la Defensa Civil, consigue dotaciones para el Cuerpo de Bomberos y apoya al colegio Millán Rubio de Irra.

 

Los hijos Jhon  Jairo, Carlos Alberto, Fredy, Fernando, Aviezer y María Elena, son reflejos de un hogar donde se vivió el avatar político de Quinchía, con sus divisiones y sus ideas muchas veces enfrentadas.

 

En el año de 1979 Eunice falleció en Pereira en la plenitud de su vida, tras una intervención simple que no revestía el riesgo de muerte, dejando la bandera liberal de Quinchía en las manos de su esposo Gilberto, el apreciado “Cachaco” amigo de todos sus paisanos. Se apagó la llama que alumbraba al pueblo, al lado de doña Adelina García, la temeraria mujer de la guerra de los Mil Días, Eunice Trejos pasó a la galería de las mujeres notables de una comunidad identificada con  las ideas liberales.

En el periódico “El Imparcial” de Pereira, Gilberto Gutiérrez T. escribió esta bella página de despedida, al día siguiente de la muerte de Eunice: “Esta gaitana de Quinchía, amó a su pueblo, con un amor entrañable y hoy este mismo pueblo que hoy la llora con amargura infinita, está testimoniando con su presencia el afecto y el cariño para quien fuera su ángel tutelar. Desde que en las mentes de nuestros más altos valores cívicos, brilló la idea de la separación del Viejo Caldas, Eunice fue, como una antorcha de fuego desplegada a los vientos, capaz de lograrlo todo, consecuente con el consenso general de quienes siempre anhelamos un mejor porvenir.  Más tarde cuando brilló la aurora de un nuevo amanecer político y administrativo, vino como la representante de su pueblo, pueblo que cada día se agiganta ante la faz de esta Colombia grande, respetada y libre”

“Quinchía le debe a esta mujer maravillosa mucho de su desarrollo urbanístico.  Abogó también por levantar su nivel cultural solicitando escuelas y colegios, consciente de que por este medio, haría hombres libres.  Escribió las más bellas páginas de historia política a lado de Enrique Millán Rubio, de Hernando Vélez… Hasta siempre Gaitana del Batero. Duerme en paz”

 

Gilberto continuó por varias décadas en el Concejo, como jefe natural de una fracción roja que apoyó siempre al oficialismo del partido. Don Gilberto sacó tiempo para la educación de sus hijos, para su colección de tangos y convirtió el “Café Lux” en un icono quinchieño adonde forzosamente llegaba desde el más humilde campesino hasta el más encumbrado dirigente que llegaba a Quinchía.

 

 “Cachaco”, como le decía todo el mundo,  culminó su lucha en Pereira en 2015 tras una larga enfermedad; la dirección liberal lamentó su muerte y en medio del dolor recibió sepultura en el pueblo que amó tanto como a Eunice, tanto como a sus hijos y que no cesa de recordarlo .

 

En el trágico domingo de la mentada Operación Libertad que el gobierno realizó en Quinchía para poner tras las rejas todos los auxiliares de la banda criminal de Leyton, encarcelaron a Gilberto al igual que a más de un centenar de quinchieños acusados de colaborar con la guerrilla. Algunos lo hicieron por conveniencia, otros forzados por el miedo y la mayoría acusados sin razón por informantes anónimos.

 

Casi todos recobraron la libertad tras meses de cautiverio, Gilberto regresó al pie del Gobia a retomar sus banderas y animado por el aplauso y el cariño de los quinchieños.

 

 

martes, 7 de febrero de 2017

BELISARIO RAMIREZ Y LA MONOGRAFÍA DE VICTORIA- CALDAS


Alfredo Cardona Tobón

 


Antonio José Restrepo, el famoso Ñito Restrepo de Antioquia, en sus ajetreos de diplomático e Europa,  añoraba el aire tibio y húmedo de las riberas del rio  Magdalena y ese llano feraz y de aire transparente de Victoria, donde uno se siente dueño del mundo y el alma se acerca con fervor casi religioso , a la naturaleza.

 La tierra de Victoria embrujó a Ñito como sucedió con el conde Podewils  y las decenas de alemanes y belgas, que a principios del siglo veinte se dedicaron a transformar la selva, casi indómita, en valiosas haciendas ganaderas.

Victoria tiene algo distinto al resto de las comarcas caldenses: mitad paisa, mitad tolimense, es un poblado calentano con raíces en la serranía que marca sus horizontes.  Es el pueblo con el pasado de una campesina pizpireta sin pergaminos ni apellidos pomposos y un presente sin grandes realizaciones, pero eso sí, con el presentimiento de un futuro, que quisieran soñarlo las comunidades del erosionado norte y del quebrantado occidente del departamento.

Cuando Belisario Ramírez González llegó a Victoria ese primero de mayo de 1960, también se vio envuelto en la magia victoriana. Fue otro extraño acercamiento de esa tierra con un hombre de ancestros paramunos, quien cambió su plaza de maestro en Manizales para empezar a rodar por los parajes del extremo oriente de Caldas, hasta afincar definitivamente sus querencias en Victoria.

Belisario fue como un novio enamorado de Victoria que no perdía la oportunidad de estar a su lado.  Algún día probó fortuna en el poblado de Risaralda y regresó a Victoria como personero municipal. Luego remontó vuelo a Carimagua, en los llanos orientales, donde como Ñito Restrepo sintió nostalgia de los charcos de Doña Juana, de Fierritos, de la ceiba del parque. Al fin ancló en Villamaría, donde siempre pensó y vivió en función de Victoria.

Escribrir un libro de historia local es tarea de quijotes, pues no se cosechan laureles ni dividendos económicos. Y si uno se aventura a escribir la historia de una población sin cronistas, sin hechos portentosos, donde no hay dones ni potentados, sino  pueblo raso, es más que una quijotada.

Más de treinta años de labor silenciosa, tenaz, sacrificada… necesitó Belisario para legar a la posteridad un resumen de la vida victoriana. Debió sacudir polvo y polillas de los archivos parroquiales, notariales y oficiales para encontrar las huellas del pasado.

Su relato es tradicional, pleno de datos e información debidamente avalados.  No pretende adentrarse en análisis sicológicos ni sociológicos; otros estudiosos aprovecharán las investigaciones de Belisario Ramírez para encontrar explicaciones y motivos. No urde tramas, ni novelas, simplemente relata.  Y este es el objetivo de su libro: recoger los hechos y la memoria cotidiana.

Belisario recoge un pasado que empezó con los pantágoras, los marquetones y los palenques, esos valientes americanos que prefirieron la muerte a la esclavitud y que infortunadamente sepultaron sus genes en las cenizas de los caseríos devastados. Nos recuerda la odisea de aquellos  españoles que buscaron el vellocino dorado en las tres aldeas de Victoria y la lucha de paisas pobres  tolimenses sin tierra que dieron la vida al caserío  que vegetó  durante  muchos lustros, aislado de un Caldas lejano y ausente.

La historia de Colombia no se escribe exclusivamente en el parlamento ni en las avenidas bogotanas; tampoco es la historia de los grandes hombres, o más bien de los personajes con vitrina. La Historia de la Patria se construye, también en los caminos, en las veredas, en las aldeas que van sumando para constituir la realidad nacional.

Son las historias regionales las que descubren el alma de la Patria; es en obras como la de Belisario Ramírez donde se puede palpar el sentimiento de un pueblo para poder prospectar su futuro.

Vemos, como en Victoria, son los educadores y los burócratas quienes han llevado la responsabilidad de su destino, en otras partes son los comerciantes, o los militares o los líderes campesinos. Aquí notamos la vocación pacifista de la comunidad y quizá, también, la falta de una identidad  que aglutine o prepare al municipio  para afrontar el reto del progreso, que vendrá de Bogotá o de Medellín, cuando esas metrópolis saturen sus vecindades.

Con l monografía de Victoria y su libro “Periodismo en la Provincia” Belisario Ramírez aporta dos importantes obras que enriquecen el acervo cultural de Caldas.

Esta obra realizada con amor, con seriedad y sin pretensiones, como lo reitera su autor, es la mayor herencia que puede darle un hijo a su tierra. Ojalá en estas páginas se inspiren las nuevas generaciones victorianas para dar a su municipio el lugar que merece por su gran ´potencial y económico.

Ojalá sea este libro el eco que impida olvidar a un gran hombre, que sacudido por todas las tormentas de la vida, siempre tuvo lugar para Victoria a través de toda su existencia.

domingo, 5 de febrero de 2017

SALAMINA EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS




Alfredo Cardona Tobón*





Una vez terminada la guerra de los Mil Días con la firma de la paz en el acorazado Wisconsin  de la flota norteamericana, en el Acta  55 de diciembre de 1902,   don Marco Aurelio Arango, presidente del Concejo de Salamina, llamaba la atención al gobierno de Antioquia sobre la calamitosa situación de esa importante población sureña.

“Cuanto aquí- decía don Marco Aurelio- el gobierno no ha gastado un solo centavo en alquiler de casas para alojamiento de soldados, debe tenerse en cuenta, además, que Salamina es el pueblo que seguramente ha hecho los mayores sacrificios de sangre y de esfuerzo en esta espantosa revolución; de su seno se han formado cuatro generales: Bonifacio Vélez, Carlos Londoño, Víctor Manuel Salazar y Alfonso Vélez.  Murió el general Vélez en las aguas del Magdalena después de haber estado en las campañas de Panamá y también perecieron los jóvenes coroneles Jesús María Echeverri, Pablo G. Pérez, José de la Paz Macía y Evencio Gómez, modelos de valor y patriotismo.”.

El 18 de octubre de 1899 se turbó el orden público al levantarse en armas el Partido Liberal.  De inmediato el gobierno conservador organizó los batallones Manizales y Salamina para combatir las guerrillas de las orillas del río Cauca y obligó a los vecinos liberales a mantener en funcionamiento las líneas telegráficas que dañaban continuamente los revolucionarios. Las autoridades organizaron a los vecinos liberales en cuadrillas y les asignó   determinados tramos, cobrando una multa  de  $ 50 por cada hora que permaneciera el telégrafo fuera de servicio..

La situación de Salamina en la guerra de los Mil Días fue crítica: por una parte debió enfrentar las innumerables bandas guerrilleras del norte del Cauca, proteger las poblaciones vecinas y apoyar al gobierno central que combatía en los Santanderes, en la Costa Atlántica, en el Sur, en El Tolima y Panamá.

La flor y nata de la juventud salamineña conformó el Batallón Salamina: muchos marcharon tras la gloria y la aventura y otros iban reclutados a la fuerza para dejar, al fin, sus huesos en tierras lejanas víctimas de las enfermedades y las armas enemigas.

Mientras el Batallón Salamina cosechaba laureles  en combates abiertos,  la División Marulanda, acantonada en Salamina, hacía frente a las emboscadas de los grupos  rebeldes dirigidos por Manuel Ospina, Ceferino Murillo, David Cataño y Francisco Herrera quienes con base en los campos de Supía, Bonafont y Quinchía  mantenían asolados los poblados de Neira, Filadelfia y Morrón .

En agosto de 1900 tropas salamineñas bajo las órdenes del general Carlos Londoño Llano sorprendieron una avanzada enemiga en el sitio de El Silencio causando 55 bajas a los guerrilleros; y apoyados por tropas de Manizales los gobiernistas diezmaron   a las fuerzas irregulares en El Pintado y El Castillo; pero a pesar de los graves daños infligidos a los guerrilleros durante los dos primeros años de la guerra, fue imposible mantener a raya a  los insurgentes que el cinco de diciembre de 1901 entraron  a Salamina, saquearon los negocios y quemaron gran parte del archivo municipal.

A las bajas causadas por el clima a orillas del Cauca o por los bichos y los ataques enemigos se sumó la enorme deserción en las filas gubernamentales. Los antioqueños combatían con valor en su tierra pero lejos de sus poblados hacían todo lo posible para rehuir el combate. Las deserciones eran continuas lo que exigía levas repetidas e impedía contar con gente veterana.  En octubre de 1900, por ejemplo,   en la Primera Compañía del batallón Duque de la División Marulanda desertaron 31 soldados de los 45 reclutados y de la Tercera Compañía se evadieron nueve de los 17 enganchados.

LAS CONTRIBUCIONES

En Antioquia el Departamento del Sur cargó con el mayor esfuerzo en la guerra de los Mil Días y los vecinos de Salamina y Manizales corrieron con la mayor parte de los gastos de las campañas mediante “empréstitos” que no se pagaron o se cubrieron parcialmente

. Cuando la Compañía Suelta de Salamina marchó bajo las órdenes del general Elías Uribe a combatir a los alzados en armas en El Pintado y El Dinde , los conservadores salamineños recogieron  $3200  para auxiliar la campaña; lo mismo sucedió  cuando el general Estanislao Henao destrozó a las tropas de Francisco Herrera y de Juanito Torres en El Cedral.

Los auxilios municipales se sumaron a las contribuciones para las campañas a fin de  atender a los heridos, auxiliar a las viudas y a los huérfanos, y pagar sueldos a los oficiales. Poco apoyo llegaba desde Medellín; por ello las autoridades locales debían recaudar el resto acudiendo a los copartidarios y sobre todo arrebatando los bienes y el dinero de los liberales.

 

 

La guerra de los Mil Días arruinó a Salamina: sus campos quedaron desolados, pues los campesinos se internaron en los montes o emigraron para evitar los reclutamientos y fueron pocos los que regresaron después del conflicto como lo indica el general  Juan Pablo Gómez en una carta dirigida a los alcaldes de Manizales y Salamina:

“Despacho hoy a bordo del vapor Colombia 200 hombres con dirección al Departamento del Sur. Hacían parte de los batallones Salamina y Manizales, restos de la gloriosa columna antioqueña. Son los héroes de Capitanejo, Palonegro, San Juan Nepomuceno, Lebrija y Marialabaja. Las penalidades y fatigas de una campaña de 17 meses los han reducido a cifra insignificante y a deplorable situación de salud. Imploro para ellos encarecidamente la generosidad del gobierno de Antioquia y vuestros sentimientos amplios y generosos.”

Como lo indican las crónicas, salamineños de uno y otro bando llenan las crueles páginas de la guerra de los Mil Días.  Entre todos ellos se destaca el general Víctor Salazar, gobernador de Panamá, que allanó el camino de la paz y honró los compromisos firmados; fue un ejemplo de hombre de bien en medio de los lobos rabiosos que después de firmada la paz se cebaron en los vencidos.

sábado, 4 de febrero de 2017

VEREDA EL CONGOLO- ´PEREIRA




VEREDA EL CONGOLO
Alfredo Cardona Tobón



El nombre de El Congolo viene de un bejuco trepador con semillas duras empleadas en artesanías y  muy  común en la zona cuando estaba cubierta de bosques

La vereda se encuentra ubicada en el sector  suroccidental del municipio de Pereira; limita al norte con los barrios El Cardal y  San Joaquín, por el sur con la vereda La Bamba, por el oriente con la vereda Cañaveral y al occidente con la vereda Santa Teresa.

La ondulada topografía del Congolo está bañada por las quebradas Los Encuentros, La María y El Carminal que la  atraviesan de oriente a occidente, infortunadamente están contaminadas por los vertimientos de las casas y las fincas cercanas.

ECONOMÍA

La agricultura es la principal actividad  de El Congolo;  prima el cultivo del café pero también son importantes  los cultivos de plátano, yuca, maíz, cítricos, hortalizas y legumbres. La ganadería vacuna es otro renglón económico, no solo por la carne sino por la leche y derivados como el queso y la mantequilla.

Los bajos  precios internacionales, así como la aparición de la roya y la broca en los cafetales, han disminuido el área cultivada ; por ello se ha presentado una migración continua  hacia la zona urbana y el Congolo se  ha convertido en otra de las veredas dormitorio, pues numerosos vecinos tienen allí su casa y  laboran en la ciudad.

HISTORIA DEL CONGOLO

Los artículos cerámicos y los elementos de oro como narigueras, pectorales, zarcillos y collares confirman la presencia Quimbaya en la  época precolombina. Las enfermedades traídas por los europeos, los desplazamientos, el trabajo forzado y la violencia de los españoles acabaron con las tribus indígenas y la selva volvió a invadir todos estos territorios.

Transcurrieron varios siglos  hasta que a mediados del siglo XIX empezaron a llegar colonos antioqueños a poblar estos lugares;  tumbaron monte, sembraron maíz, criaron cerdos y gallinas y  llenaron este territorio con cultivos de café.

Los baldíos del Congolo se transformaron en fincas grandes o pequeñas de acuerdo con la capacidad de los colonos para tumbar monte o comprar mejoras. En  la siguiente lista se nombran las personas que figuran en la tradición veredal como primeros pobladores, junto con las primeras  fincas  que establecieron  en El Congolo:

 

Pobladores                                                                      Fincas

 

Guillermo Ruiz, Germán y Bernardo Ruiz                       Santa Elena- La Gaviota

Ernesto García                                                                 La Margarita

Carmen Bernal                                                                  La Lira

María  Uribe                                                                      La Luna- ( La Peligrosa)

Mariano Hincapié                                                              La Unión

Luis López                                                                         La Piragua

Pedro Arias                                                                        La Divisa

Alcides Bedoya                                                                       La Manuela (El Recuerdo)

Antonio Álvarez                                                                  El Congolo

Gabriela Martínez                                                               La Trinidad

Ana Rosa Parra                                                                  La Zulia

Manuel Quintero                                                                 Parte del Congolo.

Las  fincas más extensas  del Congolo se fueron fraccionando por ventas o por herencias,  en la actualidad la mayoría de los predios son de poca extensión  y abundan los lotes donde solo cabe una casa.

El Congolo hizo parte de La Bamba, en el  año 1986 se separó  El Congolo de Las Bamba e inició labores la primera junta con Luis Guillermo Vallejo como presidente. Tres  años más tarde la vereda  consigue la personería jurídica y  a partir de entonces los vecinos logran  grandes avances  entre los cuales se destacan los siguientes:

- Trazado y construcción de la carretera

-Planta física de la Escuela

- Nuevo transformador de energía eléctrica

- Construcción de la caseta comunal

- Mejoramiento de vivienda

- Alumbrado público

- Servicio telefónico

- Recolección de basuras

 

LA  EDUCACIÓN EN EL CONGOLO

Por muchos años los niños tenían que viajar hasta el Instituto  Educativo de San Joaquín a recibir las clases, hasta que en  1940  el señor  Mariano Hincapié  Segura cedió una hectárea de terreno para la construcción de una escuela que se hizo realidad con el apoyo del jefe liberal Camilo Mejía Duque. Originalmente se diseñó una casa estilo antioqueño con un solo salón,  techo  de teja de barro,  chambranas de macana, piso de madera  y una letrina.

Como  no había carretera hasta el sitio de  la escuela, había que dejar los materiales en el sector de Nacederos y de allí transportarlos   en las mulas que prestaban los vecinos.

 Por escritura No. 495 de la Notaría Segunda de Pereira con  fecha 11 de marzo de 1942 don Mariano Hincapié  legalizó la donación del terreno para la escuela;  infortunadamente el benefactor no pudo ver terminada  la  obra, pues murió a causa de una afección pulmonar contraída al intentar apagar el incendio de una casa en uno de sus predios.

Al abrir otros centros educativos en las veredas cercanas  la escuela de El Congolo se cerró durante  catorce años; al reabrirse, la señorita Consuelo López se encargó de la instrucción y de la recuperación del plantel. En 1996 la institución de primeras letras  contaba con un restaurante escolar improvisado que un año más tarde se modernizó gracias a los aportes del  municipio de Pereira. En la actualidad el  Centro Docente El Congolo  corre peligro debido a la baja población  estudiantil por la cercanía de otras instituciones educativas.

 

jueves, 2 de febrero de 2017

COLOMBIA Y CUBA


                               Alvaro Castilla Granada en la Embajada de Cuba


De amplísima cultura, escritor de fibra y un librero que para qué contar, así es Álvaro Castillo Granada. Pero es, sobre todo, un ser humano bueno. Por cordial y solidario, ya ha tenido presencia en esta artesa: “De alguna manera nos quedamos en el otro”, texto suyo nacido del buen afecto y asociado al dolor profundo, se reprodujo aquí —acompañando a uno mío— bajo el título de “Para Laura, siempre”.* Antes lo había entrevistado para Bohemia,** ocasión en que recordé su paráfrasis, sentida y sincera, de un estremecedor verso martiano: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Él lo hace suyo convertido en “Dos patrias tengo yo: Colombia y Cuba”.

Es de los que ni fanfarronean ni destiñen, y tiene para su patria insular, a la que desde hace varios lustros se las arregla para llegarse por lo menos dos veces al año, un amor sembrado en la firmeza de sus sentimientos. Eso lo habrá tenido en cuenta la Embajada de Cuba en Colombia cuando lo invitó a participar en un festival para cultivar la unión de ambos pueblos. Cumplimentando la solicitud, pronunció en la sede de esa misión diplomática palabras que a continuación se reproducen extensamente.

Cubaneando desde la querencia, empezó así: “Hace varios meses surgió, por parte de la Embajada de la República de Cuba, la idea de hacer un Festival Cultural Colombo-Cubano. Son tantos y tales los lazos que nos unen a las dos naciones que, apenas le fue sugerida la idea a la Agenda Cultural del colegio Gimnasio Moderno, nos pusimos todos en eso. Pa’eso”.

Luego, en gran medida basado en el historiador colombiano Alfredo Cardona Tobón, esbozó el camino que en las luchas por sus respectivas independencias, con Simón Bolívar y José Martí en el cénit de ese sol, afianzó la hermandad entre ambas naciones.  Parte sobresaliente en el plan bolivariano para liberar a las entonces colonias hispanas de la América continental, Colombia fue pionera en la búsqueda heroica, y Cardona Tobón recuerda que, “después de la  liberación del Alto Perú, Simón Bolívar  propuso a los  mexicanos unir sus fuerzas para invadir a Cuba y librarla del yugo colonial español”.

Son conocidas las vicisitudes —su laberinto, diría Gabriel García Márquez— en que terminó el tránsito físico de El Libertador —el histórico y moral puede calificarse con palabras de Miguel Hernández: es rayo que no cesa—, como también son conocidas la demora, y finalmente la radicalidad, del proceso cubano de emancipación. Y en él se derramó sangre colombiana generosa, como recuerda la fuente citada por Álvaro: “En la larga confrontación contra los españoles, numerosos jóvenes colombianos lucharon al lado de los cubanos por la libertad de la isla. Muchos se reclutaron en Panamá y en el Cauca, y otros viajaron por sus propios medios a lugares de enganche en las Antillas y en los Estados Unidos”. Así “en la isla quedó la memoria de numerosos colombianos que dieron su vida por la libertad; se recuerda a Rogerio Castillo y Zúñiga, Avelino Rosas, Martín Sierra, Manuel Lidueña, Francisco Mosquera, Benjamín Soto…”.

A lo expuesto por Cardona Tobón, añade nuestro amigo:

“A partir del triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959 los lazos se estrecharon y afianzaron. Hacemos parte de la Cuenca del Caribe, espacio geográfico y humano en el que es más lo que nos une que lo que nos separa. Y si hay algo que nos acerca, encuentra, es la cultura. La literatura, la música, la cocina y el cine cubanos (por nombrar solo cuatro de sus expresiones) habitan nuestra tierra, nuestra geografía, naturalmente, sin fronteras, sin diferencias.

Gabriel García Márquez es un autor tanto colombiano como cubano: en esas dos naciones (y en la mexicana) el escritor echó raíces, estrechó manos, realizó sueños, respiró y rio. Es patrimonio de todos.

Por estas razones (más todas las que ustedes pueden pensar y encontrar) estamos reunidos hoy aquí para darle la bienvenida al Primer Festival Cultural Colombo-Cubano (nuestro festival) que se celebrará del 28 al 29 de noviembre en el Gimnasio Moderno (en la biblioteca). Un festival abierto, gratuito, inclusivo, ‘con todos y para el bien de todos’, como dijo alguna vez José Martí.

También escribió que José María Heredia (el poeta cubano) debía estar fraguado de Caldas (el sabio colombiano). A partir de mañana Cuba estará fraguada de Colombia y Colombia de Cuba. Que así sea”.

Así es y será, porque hay y habrá hijos e hijas de Colombia con los sentimientos de Álvaro Castillo Granada, quienes saben que tienen segura reciprocidad en hijos e hijas del país donde —como parte de su conciencia latinoamericanista— transcurren conversaciones en busca de un objetivo anhelado y vital para aquel pueblo hermano: una paz digna, justa.

Luis Toledo Sande



 

miércoles, 1 de febrero de 2017

CARTAGO Y LA MUERTE DE SIMÓN BOLIVAR



Alfredo Cardona Tobón






Después de la victoria de las tropas colombianas comandadas por Sucre sobre las fuerzas peruanas en El Portete de Tarqui, la evacuación peruana del puerto de Guayaquil y la firma de un armisticio;  Simón Bolívar regresó a Bogotá para evitar la amenaza de la disgregación que se cernía sobre Colombia. En Cali permaneció desde el 22 al  25 de diciembre y esa misma tarde se trasladó a la Hacienda de Mulaló, de su amigo José Cuero, donde se entrevistó por última vez con el general Sucre.

Tras cuatro meses y cuatro días de viaje, el Libertador llegó a Cartago el dos de enero de 1830. Desde esa ciudad Simón Bolívar  escribió a Rafael Urdaneta lo siguiente: “Mi querido General, recibí ayer tarde las comunicaciones del 18.   Yo me iré del país sin llevar un peso con que vivir, pero prefiero pedir limosna en países extraños a ser espectador de tantos horrores como me esperan. Al fin yo soy solo, pero usted tiene familia ¿Qué hará? Me duele en extremo su suerte… Yo sigo pasado mañana por el Quindío mi marcha. Llegaré a Bogotá del 12 de enero en adelante”.

 Según algunas versiones, el Libertador se alojó hasta el cuatro de enero en una casona ubicada en la esquina sur oriental, que corresponde a la actual carrera 5ª con la calle 8. Allí antes de continuar el viaje escribió una carta a José María Castillo y Rada donde le manifestaba: “Mi estimado amigo,   ayer he recibido la horrible noticia que ha venido de Venezuela, más por el modo que por la esencia esto puede tener resultados muy fatales capaces de disolver la República”.

 Preocupado, desengañado, cansado, con la salud resentida, Bolívar llegó a la capital de la república el 15 de enero de 1830 y cinco días después empieza a sesionar el llamado Congreso Admirable convocado para conciliar las facciones en pugna y evitar la disolución de la Gran Colombia.

Bolívar presenta la renuncia a la presidencia el mismo día de la inauguración del Congreso, pero este la rechaza argumentando que no tiene competencia para hacerlo. Mientras sesiona el Congreso se recrudecen los esfuerzos separatistas de Venezuela y el 29 de abril el Congreso promulga una Constitución que establece una estructura centralista con Joaquín Mosquera de presidente.

Cuando el general y su séquito  llegaron a Cartago los abrumaron con atenciones durante los pocos días que estuvo en la ciudad;  posiblemente hubo un sarao en su honor donde el Libertador admiró y hasta gozó de la belleza de mujeres frescas, adornadas con flores, que como mariposas revoleteaban en torno del caraqueño.

Al igual de lo sucedido con Sámano durante la reconquista española, Cartago se rindió a los pies de Bolívar, porque la gente aplaude a los triunfadores, pero las zalemas y las genuflexiones estaban las almas aviesas, llenas de envidia y recelos, que interiormente odiaban al Libertador a quien calificaban de tiran; así lo anota Rufino Gutiérrez,  hijo del gran poeta antioqueño Gregorio Gutiérrez González, en una de sus escritos. Cuenta el cronista antioqueño que al conocerse en Cartago la noticia de la muerte de Simón Bolívar, acaecida  el 17 de diciembre de 1830 en Cartagena;  una  familia Durán organizó un suntuoso baile para festejar tan trágico acontecimiento como lo ratifica  el científico francés Jean Baptiste Boussingault, quien  por entonces regresaba de las minas de Supía:  “ Acabábamos de saber la muerte del Libertador, la cual me causó grande pena- escribió Boussingault-. El partido demagógico se alegró de tan triste suceso y sus miembros no tuvieron vergüenza de ofrecer un baile, actitud que me hirió, lo mismo que a uno de mis camaradas, además de que tuvieron la frescura de invitarnos.  Por la tarde nos pusimos los uniformes con una banda negra en el brazo para ir a la invitación; una vez dentro de la sala y habiendo dado francamente nuestra opinión de la inconveniencia de esta fiesta en un día de duelo público, desenfundamos nuestras espadas y apagamos las velas.  Las mujeres se pusieron a llorar y los caballeros a gruñir, pero en un instante la sal quedó evacuada, ¡acabábamos de cometer una imprudencia que podía habernos costado la vida, pero no hay nada como la audacia !"

Este es un baldón en el pasado de Cartago cuya historia está llena de episodios trágicos y gloriosos; no sería una coincidencia que quienes agasajaron a Simón Bolívar al empezar el año de 1830  fueron los mismos que un año más tarde  organizaron el baile para celebrar la muerte de El Libertador. Triste sino del gran Bolívar cuyos perseguidores los condujeron, como él mismo dijo, a las puertas del sepulcro.

lunes, 30 de enero de 2017

SEMBLANZA DE DON ALEJANDRO URIBE BOTERO


- RECUERDOS DE SU HIJA INÉS URIBE DE ALVAREZ

 

Don Alejandro Uribe, el “Senador Descalzo” fue un líder político y cívico que encarnó al viejo Santuario, en Caldas, antes de la violencia política que azotó la región y expulsó de su territorio a una clase política liberal, culta y comprometida con el municipio.

Su hija Inés Uribe en una carta presenta una semblanza de don Alejandro. Esta carta compendia una época desconocida por los actuales habitantes de Santuario Risaralda, cuya memoria se perdió con los archivos que los descendientes de doña Inés tiraron a la caneca de basura.

Alfredo Cardona Tobón

                                          Santuario- Caldas- año 1930

 

Bogotá, mayo 23 de 1991-


Alfredo:

… Mi padre Alejandro creo que estudió en Marmato, porque de ahí se fueron para Anserma estando ya grandes los hijos y al empezar la guerra, pobres como creo que deben haber quedado al retirarse de Marmato; mi abuelo el Pelón Uribe, como lo llamaban y Tiberio, hermano de él, estuvieron ahí un buen tiempo. Los hijos se fueron todos huyendo de la guerra y varios murieron muy jóvenes como se lo he contado en varias cartas. Mi papá fue, tal vez, el único que estuvo más tiempo con sus padres que fueron a vivir a Apía donde residía su única hija, Limbania, casada con Juan Pablo Luna y ahí murieron ellos también mis abuelos.

 El periodismo debe haber agarrado a mi papá tan fuertemente, primero porque tenia muy buena letra y en la guerra fue secretario de uno de sus jefes. Luego, al llegar a Santuario y poder estar al lado del padre Tobón, el ilustre hombre que hizo de la juventud de Santuario lo que ninguno otro hubiera podido hacer con tanta propiedad, inteligencia, decoro y conocimientos, y al editar esos periódicos, en aquellas épocas tan difíciles, se desbordaron, se llenaron de ese impulso que lleva a la osadía y surgieron a la sombre del maestro siguiendo sus enseñanzas sin desmayar.  El padre Tobón fue la figura máxima que formó a sus alumnos de tal manera, que ellos siguieron su ejemplo e hicieron de Santuario un pueblo de avanzada como lo fue hasta su desaparición en 1948. El de hoy es otra cosa muy distinta, hasta el nombre debieran de cambiarle porque no les pertenece.

En los primeros periódicos como el Pendón Rojo, usaba el seudónimo Leandro Jauberi y más tarde Ariel Burbano.  Escribía para todos los seminarios del pueblo y tenía una correspondencia continua con tantas personas como usted no se imagina: políticos Gartner, Cataño, Uribe Uribe, Domínguez Arce, y tantos que no he podido leer ni la mitad de ellas. Recibía cartas de sus hermanos donde estuvieran, muchas de Roberto Uribe de diversas partes, tanto que no sería capaz de darle siquiera un dato exacto. Hasta las cartas de noviazgo, desde que se le declaró a mi mamá, hermosas cartas, hasta su muerte tal vez, porque nunca dejo de escribirle a los hijos dándoles consejos.

El nueve de abril para nosotros fue terrible. Jesús, mi hermano vivía aquí en Bogotá y trabajaba en la Caja Agraria. Alberto Lenis, un santuareño empezó a llamarle y no se sabe como se Salió de la oficina estando todas las puertas cerradas, se encontró con Alberto y muy poco después caían muertos, o mejor Alberto, muerto, y Jesús herido en una pierna. Con ellos estaba un joven Posada de Medellín que también era empleado de la misma oficina, ileso se arrastró y pudo salvarse. Jesús, mi hermano, le decía que buscara a su esposa y le dijera que estaba herido, pero    a la media noche, en medio del aguacero que se desató y cuando estaban recogiendo heridos y muertos, a Jesús lo atravesaron con una almarada y se desangró

Después llegó la violencia a Santuario, empezaron las bombas a las casas liberales, de Apía venían en bandadas a gritarle vivas a la Virgen y a los jefes que los dirigían y con la llegada de los chulavitas no hubo más que hacer  que desocupar el pueblo ante tantos ultrajes y asesinatos. Mi papá encontraba todos los días pasquines horribles en su oficina. Después de muerto mi papá encontramos un pasquín de los apianos, firmado por ellos, injuriándonos en la forma más deshonesta y creo que hasta allí resistió mi padre. Y ahí terminó nuestra vida, la mejor, la de las ilusiones, la de la bonanza. La que siguió fue la forzada, la que tuvimos que aceptar, la que nos llenó de lágrimas. Y esta hubiera sido mejor, si no se hubieran llenado de nostalgia. Si se hubieran quedado en el Ecuador, lo poco que lograron o logramos sacar de Santuario, allá lo hubiéramos recuperado y aumentado porque había magníficas perspectivas y mejores amistades. Pero ya no hay para qué quejarse.

Los fantasmas de papá, los que nos narraba, los creemos, pues una persona tan seria jamás podría mentirnos.  Decía, que había una mujer de mala vida, no recuerdo como se llamaba, pero como que era muy apetecida y después de muerta siguió apareciéndose en las calles de Santuario.  Que un fulano, no recuerdo su nombre,  iba para un baile un sábado en la noche, en Riosucio,  y que de pronto una mujer apareció delante de él, que trataba de alcanzarla y no lo lograba; cuando llegó al frente del cementerio por donde tenían que pasar, ella volvió la cabeza y resultó ser una calavera. El fulano cayó privado y vinieron  a encontrarlo mucho después, pero lograron revivirlo.

Mi papá murió de una gripa que le duraría ocho días pero se puso malito, me llamaron, no estaba grave como para morir, yo estaba en una misa del Colegio de mis hijitas y por lo que supe luego, en el momento en el que alzaban a Santos, como dicen, yo me puse a llorar porque sentí que en ese momento mi papá nos dejaba. A la salida preparé viaje y en avión salí para Cali y claro, llegué y sin entrar siquiera me dieron la noticia de la muerte.

No me ha pasado el dolor y se revive la muerte de mi madre.  A los doce años, mamá enfermó en la misma forma: cinco o seis días de gripa, volé y no me moví de su cama un minuto siquiera. Yo veía que se asfixiaba. En una de esas el médico me mandó llamar, me entretuvo unos segundos y al volver la encontré muerta.

Ernesto Rodas fue el cura de la violencia. Se reunía con los bandoleros en el atrio como me consta, después de fue para Belén.

El que fue muy liberal y muy querido por todos fue el padre Vélez, creo que era de Riosucio y él era que el que me decía que cuando fuera Monseñor Concha, le hablara de política porque era liberal y le encantaba el tema.






 

NOTA DE DESPEDIDA DE DON ALEJANDRO URIBE

DE MI VIDA PRIVADA-

Fuera de las travesuras de la juventud, disculpables a todo ser humano, mi vida ha transcurrido lo más tranquilamente que pudiera desearse.  Mi consigna ha sido siempre no hacerle mal a nadie y procurar hacer el bien. Esa ha sido mi religión y me queda la satisfacción de que la he cumplido, pues a nadie he hechos ni deseado mal, ni por mi culpa se ha perjudicado nadie y ningún hogar ha sufrido menoscaba por mis procederes.

 Me casé en el año 1905. Del matrimonio hubo 17 hijos, de los cuales  murieron tres pequeños y los otros catorce llegaron a la mayor edad; ninguno de ellos puede decirse que se ha visto borracho ni en garitos ni con molestias con nadie: les di la educación que pude y que ellos quisieron aprovechar y los he orientado hacia el bien con mis consejos y el ejemplo que les he dado frecuentemente En mi hogar ha habido tranquilidad y puedo asegurar que si no es imposible, al menos difícil encontrar una compañera más leal, hacendosa y mejor esposa y madre de familia que la mía. Habrá quien la iguale, pero ninguna que le haga ventaja. Le falta ilustración pero le sobra educación para el bien y para el hogar.

He sido luchador en la política, como radical, pero sin sectarismos ni odios. En mi pueblo tenía los mejores conservadores como mis amigos y con ellos departía y negociaba, como lo hacía con los míos. Con los únicos con quienes no he gustado entenderme, es con los bribones, con los corrompidos y con los asesinos.

En religión, no he tenido más que la anotada al principio: no hacerle mal a nadie y en cambio hacer el bien que se pueda.  Todas las religiones me parecen invenciones para explotar la ignorancia y el fanatismo.  Por eso he sido libre pensador y además, materialista.  Creo que sólo la conciencia castiga en vida las faltas cometidos por las personas.

Y esto para mi mujer y mis hijas o hijos: Claro que el final de mi vida está cercano. No hay que ser desagradecidos, por el contrario deben conformarse con lo inevitable y dar gracias a nuestra madre Naturaleza, que fue tan pródiga conmigo al sostenerme y permitir que los acompañe por más de medio siglo Y con esto queda anticipada mi despedida.

Ibarra, julio 20 de 1957

Firma Alejandro Uribe

Se me olvidaba: del dinero que yo conseguí con algún trabajo y que pude conservar para ustedes exclusivamente, no vayan a dar un centavo a los frailes a cambio de rezos, responsos y misas. Lo que les sobre denlo a los necesitados, especialmente a viudas, huérfanos y enfermos.  Esas serenatas no las necesita ningún muerto y menos yo.