viernes, 24 de marzo de 2017

ZOCIMO GÓMEZ ALVAREZ


Alfredo Cardona Tobón

 

Nació el 14 de mayo de 1916 en la finca El Faro de la vereda de Naranjal y murió en Barranquilla el 11 de octubre  de 2015. Fue nieto de Protasio Gómez, constructor de la iglesia e hijo de Melquisedec, empresario minero y forjador del moderno Quinchía.

Zócimo quiso que esparcieran sus cenizas en los cerros de Quinchía y para cumplir sus deseos los hijos repasaron el camino que lleva al cerro Gobia y en las alturas las esparcieron para que volaran con el viento.

El alma de  Zócimo Gómez  está en el cielo  y su cuerpo quizás se convirtió en una flor, en un retoño de sietecueros o en grano rojo de cafeto o pasó a ser parte de ese suelo quinchieño que tanto amó cuando vivía.

Zócimo fue un personaje que engalanó la historia quinchieña: por sus cualidades humanas, por el amor a su terruñoy por la obras que mejoraron la vida de su comunidad. Fue el vocero ante  la dirigencia manizaleña en los tiempos del departamento de Caldas y un adalid en el flamante  departamento de Risaralda

Después de una larga lucha por su gente, cuando debía haber recibido el reconocimiento ciudadano, nuevas generaciones celosas de su poder le cerraron el paso y la ingratitud lo alejó de los cenáculos  que manejaban el poder en Pereira

 Zócimo estudio en la escuelita de Callelarga y cursó el bachillerato en colegios de Anserma y Riosucio. Una vez terminada la educación secundaria ; fue maestro de primaria en Quinchía,  Anserma, Santuario y Montenegro y  desempeñó el cargo de profesor en  el colegio Deogracias Cardona de Pereira

 En 1941 Zósimo dirigió la primera escuela nocturna  para adultos de la población de Santuario, allí conoció a don Alejandro Uribe, el famoso senador descalzo,  quien lo motivó para que participara en la política  y lo llevó al concejo de esa población. Con 1159 votos de Quinchía y Santuario Zócimo  llegó a la Asamblea de Caldas en 1942, y como diputado obtuvo auxilios para la construcción del frontis  de la Casa Consistorial  de Quinchía,  la reparación de la Planta Eléctrica del municipio, la construcción del acueducto y alcantarillado de  Quinchía, además de varias partidas para las escuelas del occidente del Viejo Caldas

Zósimo fue personero de Quinchía, concejal,  diputado y representante a la Cámara,  hizo parte del directorio liberal departamental, Jefe de Control de ¨Precios, alcalde de Quinchía y en 1950  ejerció la primera autoridad del puerto de La Dorada. Muchas obras de progreso de la región se deben a las apropiaciones presupuestales que consiguió en el Parlamento colombiano. Además de lo anterior sobresalió como empresario y como uno de uno de los promotores de la Universidad de Caldas, adonde llegaron becados numerosos quinchieños.

Zósimo vivió la tenebrosa época del Capitán Venganza. Como primera autoridad municipal fue el instrumento eficaz para pacificar al municipio con programas emprendidos por el gobierno central que incluían trabajo, cultura y deporte. En su administración se abrieron vías  terciarias, se fundaron los colegios de bachillerato de Quinchía y consiguió un auxilio nacional para el tendido de la red eléctrica que permitió al distrito municipal entrar al sistema de la CHEC como socio de la empresa.

En  1968, siendo representante  a la Cámara, Zócimo Gómez  consiguió partidas para las galerías y los colectores del Gobia y de Lavapiés; en su alcaldía se construyeron canchas deportivas en las veredas y en el casco urbano: en asocio con los misioneros españoles Celestino Peña y Aventino Fernández empezó  a desarmar los espíritus envenenados por el odio partidista que había carcomido los corazones quinchieños.

Zócimo Gómez fue uno de los 21 delegados de Risaralda a la Convención liberal que designó a Pastrana Borrero como candidato a la presidencia, en esta  oportunidad se alejó de la directriz oficial y se opuso a tal candidatura, lo que enfureció a Camilo Mejía Duque, jefe departamental del liberalismo, quien empezó a marginarlo de las actividades del partido.

Zócimo Gómez y Joel Trejos  coparon la historia quinchieña durante varias décadas. No se puede hablar de Quinchía entre  1940 y 1965  sin tener en cuenta estos dos personajes que batallaron por su gente y chocaron, también, en defensa de sus ideas, aunque ambos militaban en las toldas liberales.

Zócimo estuvo con Risaralda y Joel con Caldas; Zócimo hizo parte de la rosca liberal y Joel Trejos perteneció a las disidencia. Ambos vivieron en una época de erarios paupérrimos y de terrible violencia. Fueron artífices del surgimiento de un pueblo que no los recuerda ni siquiera con una modesta placa.

 

 

jueves, 23 de marzo de 2017

REMIGIO ANTONIO CAÑARTE Y LAS GUERRILLAS LLANERAS


Alfredo Cardona Tobón*



Cuando el sacerdote Remigio Antonio Cañarte celebró la primera misa en la pequeña capilla de Cartagoviejo, tenía entonces unos setenta años de edad, que en ese tiempo marcaban el declive inexorable de la existencia. Estaba, por tanto, más cerca a la mecedora y al chocolate parveado que a los afanes de sus inquietos feligreses.

Cañarte era un cura llano y apegado a los bienes materiales, como se colige en el testamento, pero contaba, eso sí, con un gran reconocimiento social por su dignidad y por pertenecer a notables y antiguas familias cartagüeñas.

 Nada sabemos de los primeros años de Remigio Antonio, ni cómo el Altísimo tocó su corazón para hacerlo sacerdote; y poco conocemos sobre la cruenta etapa en los campamentos realistas y patriotas durante la lucha por nuestra independencia; sin embargo podemos acercarnos a su vida de soldado al repasar las páginas de la historia de Casanare:

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 LA INDEPENDENCIA EN CASANARE

En la década de 1810 a 1820 la provincia de Casanare se convirtió en el centro de las guerrillas patriotas cuyas acciones culminaron en la campaña de 1819.

Los comuneros habían  abonado el camino  libertario en la provincia y  el sacrificio  de Vicente Cadena y de José María Rosillo  galvanizó el espíritu de los llaneros que hicieron frente a la dominación española  bajo las banderas de Ramón Nonato Pérez, Juan Nepomuceno Moreno, Juan Molina, Manuel Ortega, Juan Galea, Miguel Guerrero, Francisco Rodríguez, Fray Ignacio Mariño y Francisco Olmedilla.

 

Después del desembarco de Pablo Morillo en Santa Marta, el 26 de julio de 1815,   el coronel Sebastián de La Calzada invadió a Casanare con 3000 hombres de infantería, 500 jinetes y dos piezas de artillería con el objetivo de acabar con ese reducto patriota. El 31 de octubre de 1815 el comandante Joaquín Ricaurte, al frente de guerrilleros llaneros y de tropas llegadas del Socorro, chocó con el enemigo en Chire e hizo retroceder a Sebastián de La Calzada al piedemonte cordillerano causándole 200 bajas, la pérdida de 800 caballos y mulas y de gran parte del armamento

Mientras se luchaba en Casanare, en el sur del país y en El Socorro,   las tropas de Morillo ocuparon el resto de la Nueva Granada con cuatro columnas que marcharon como una tromba asesina. Una de esas columnas remontó el río Atrato y bajo el mando del coronel Julián Bayer arrasó las defensas patriotas en la desembocadura del río Murrí   y venció a los insurgentes en el Arrastradero de San Pablo.

Una avanzada dirigida por el coronel Antonio Pla tomó el puerto de Buenaventura y continuó hacia el Valle del Cauca dejando una huella de venganza y desolación.

EN LAS FILAS REALISTAS

En Cartago el coronel Antonio Pla incorporó numerosos reclutas a sus filas; unos deslumbrados por el poder español y otros, como Remigio Antonio Cañarte, obligados a marchar bajo las banderas del rey.

La fuerza de Antonio Pla atravesó el Quindío, remontó la cordillera y en Santa Fe de Bogotá se unió a la tropa del teniente coronel Julián Bayer, para continuar hacia los llanos orientales donde se estaban reagrupando los llaneros con numerosos emigrados de Venezuela y de la Nueva Granada.

 Los patriotas atacaban, picaban y se retiraban sin presentar combate a campo abierto y dejaban al enemigo sin recursos, pues las comunidades abandonaban las poblaciones y escondían las cosechas. Fue una guerra de escaramuzas en una tierra hostil y letal para los españoles; una guerra salvaje, de exterminio, sin tregua ni misericordia con los vencidos, donde la infantería solo podía utilizar las armas de fuego en los veranos, pues en época de lluvia quedaban inutilizadas por el agua.

En el año 1916 en una de las tantas emboscadas patriotas, los rebeldes capturaron al teniente coronel Julián Bayer y lo ejecutaron junto con otros compañeros. En represalia los realistas anegaron en sangre los campos de Pore, donde asesinaron a numerosos llaneros, entre ellos a Justa Estepa, una de las “Polas” granadinas.

Al empezar el año 1817, nuevas tropas coloniales comandadas por el general Barreiro, se descuelgan hasta el pie de monte llanero con la intención de acabar de una vez por todas con la resistencia republicana. Esta vez Barreiro se apodera del piedemonte llanero, pero las guerrillas contraatacan y desalojan al enemigo de La Salina, de la aldea de Sácama y de la población de Pore.

Los patriotas llevan la ventaja con sus animales acostumbrados a los malos pastos, a cruzar los pantanos y a los enjambres de bichos; en cambio los caballos de los realistas, que vienen de la cordillera, mueren de hambre en los esteros, se les pudren los cascos y no aguantan las picaduras de las nubes de insectos. Además, mientras los llaneros se sostienen con carne salada, los realistas no encuentran qué comer, pues  el ganado salvaje  empitona sus bestias y sus jinetes.

EN EL ESCUADRÓN DE RAMÓN NONATO PÉREZ

En una  de las tantas escaramuzas, Remigio Antonio Cañarte desertó de las filas realistas y se unió a la guerrilla de Ramón Nonato Pérez, un jayán  nacido en  Casanare,  hecho hombre domando potros salvajes, manejando novillos fieros, desafiando las inclemencias del tiempo  y odiando de muerte a los españoles.

La lanza de Ramón Nonato se tiñó de sangre en Aragua, en Arauca, en Guasdualito, en Ariporo y en la Fundación de Upía, donde avanzando tres días entre los pajonales, sorprendió a los realistas que habían arrasado la aldea de Zapatosa y acabó con todos ellos. Los llaneros atacan sin descanso, en forma tal que el “Pacificador” Pablo Morillo comunica al rey Fernando VII: “Catorce cargas consecutivas sobre mis cansados batallones, me hicieron ver que aquellos hombres no eran una gavilla de cobardes como me habían informado, sino tropas organizadas que podían competir con las mejores de su Majestad el Rey”.

Con el dominio pleno en Casanare, Bolívar reúne las partidas irregulares bajo el mando de Santander y avanza hacia el altiplano bogotano. Atrás quedaba una época y empezaba una era donde no encajaba Ramón Nonato. Ante la indisciplina y los abusos, el   Libertador lo llevó a un consejo de guerra, que nada hizo para reprimir a Ramón Nonato, pues nadie se atrevía a desafiarlo. Por ironías de la vida un caballo cerrero causó la muerte del valeroso llanero y le privó de los laureles en el Pantano de Vargas y en Boyacá.

Una vez integradas las guerrillas bajo el mando de Santander, Remigio Antonio Cañarte junto con los hombres que seguían al centauro casanareño trasmontaron la cordillera y llegaron a la fría sabana de Bogotá. Aquí se pierde la huella de Remigio Antonio que regresa a su tierra,    recibe las órdenes sacerdotales de mano del Obispo de Popayán Salvador Jiménez de Enciso y ejerce su misión pastoral en el norte de la provincia de Popayán.

Cañarte aparece enfundado en la sotana de un sacerdote en la Zaragoza del Valle del Cauca y después en la población de Cartago. Las crónicas de su época consignan su amistad con el prócer Francisco Pereira Martínez y como asistió espiritualmente a Salvador Córdoba y sus amigos cuando fueron vilmente ejecutados por orden de Mosquera en la guerra de 1840.

Remigio Antonio Cañarte pasó a nuestra historia con la celebración de la primera misa en la capilla construida por los colonos en Cartagoviejo. No fue el fundador de  la aldea como aseguraron por mucho tiempo, pero aunque no lo haya sido, la tradición y la leyenda se han encargado de entronizar  en el corazón pereirano a este personaje nacido el 21 de marzo de 1790  en Cartago y fallecido en Pereira el 29 de octubre de 1878.

*historiayregion.blogspot.com

miércoles, 15 de marzo de 2017

LA GUERRA DE LOS MIL DIAS EN PANAMÁ


LA BATALLA EN  EL  PUENTE DE CALIDONIA-

Alfredo Cardona Tobón

Panamá  fue uno de los escenarios de la llamada guerra de “Los Mil Dias” entre el gobierno conservador de Colombia y la insurgencia liberal.  Uno de los episodios más sangrientos de la primera fase de este conflicto tuvo lugar en el Puente de Calidonia, donde las tropas oficialistas masacraron a los rebeldes


 

El 21 de marzo de 1900 zarpó de Nicaragua la cañonera “Momotambo”  con una expedición militar que diez días más tarde tocó tierra panameña en la playa de Punta Burica.  El 4 de abril los insurgentes entraron entre palmas y aplausos a la ciudad de David.  Para contener la invasión liberal el gobierno conservador colombiano despachó el Batallón Henao de la División Antioquia compuesta por personal de Salamina y Manizales.

Mientras el Batallón Henao navega desde Barranquilla con rumbo a Panamá bajo las ordenes  de los coroneles Heliodoro Peláez y Amador Gómez, el doctor Porras se dirige a la capital del  Istmo con tropas liberales. Los gobiernistas deciden atajarlo en los llanos de Capira y el ocho de junio chocan con el enemigo en el campo de Bejuco; el empuje liberal es formidable y al caer la tarde los conservadores retroceden hasta el punto de La Chorrera.

Con refuerzos liberales del Estado del Cauca las fuerzas revolucionarias atacan la ciudad de Panamá. A las cinco de la mañana del 21 de julio de 1900, los batallones gobiernistas Henao, Colombia y Quinto de Cali comandados por el general Albán sorprenden las avanzadas liberales, pero cogidos entre dos fuegos los gobiernistas se repliegan hacia la ciudad.

El 22 de julio los liberales ocupan la colina de Perri´ Hill situada a una milla de distancia del Puente de Calidonia, una de las pocas entradas terrestres a la ciudad de Panamá y que el gobierno había reforzado con láminas de acero rieles y parapetos de piedra y alambre.

Jefes y soldados liberales advirtieron sobre las graves dificultades que entrañaba llegar a la ciudad por ese puente. “No importa- dijo el comandante Emiliano Herrera- arremetan firme y les dejarán el campo. No importa, habrá sus difuntos”

La testarudez, la torpeza castrense- expresa Humberto Ricord-  el afán de gloria de Emiliano Herrera y la estrategia suicida que caracterizó a los ejércitos liberales durante la guerra de los Mil Días, sellaron la masacre liberal en Calidonia.

En la noche del 23 de julio llegaron a Perri´ Hill los batallones Iturralde y Colunje, cedidos de mala gana por Parras para consumar el desastroso asalto. A las ocho de la mañana del siguiente día, cinco batallones liberales atacaron el Puente Calidonia en tanto otros dos batallones se dirigían a la Ermita de San Miguel con el apoyo artillero desde la colina Perri´Hill.

La infantería liberal iba adelante seguida por la caballería. Los gobiernistas protegidos tras los parapetos del puente los dejaron acercar y los acribillaron en campo abierto. “Ola tras ola, los liberales ocupaban el lugar de los caídos y trataban de pasar por encima de los cadáveres y los heridos, hasta el puente.  Allí quedó inmolada la flor de la juventud panameña en un asalto estúpido y suicida”. (Ricord 1989).

A las cuatro de la tarde se desató una tempestad, las explosiones se confundían con los rayos y los truenos; la refriega no amainaba. A las once de la noche los liberales cargaron contra las defensas del puente en un último esfuerzo para rendirlas creyendo que podían aprovechar la oscuridad de la noche, pero fue inútil y nuevas víctimas cubrieron el descampado.

El 24 de julio los liberales ocuparon la Ermita de San Miguel, pero no pudieron avanzar pues un cañón gobiernista ubicado en el cerro de Tívoli les impidió seguir adelante. A medio día se pactó una tregua para recoger los muertos y socorrer a los heridos. Entonces se conoció la magnitud de la tragedia liberal, al frente del puente de Calidonia yacían tendidos más de 600 revolucionarios entre muertos y heridos.

A las siete y media de la noche del 25 de julio se rompieron nuevamente las hostilidades y las descargas volvieron a romper el silencio. A las siete y media de la mañana del 26 de julio, el pito de una locomotora anunció la llegada de mil soldados de la División Antioquia que venían de Barranquilla en auxilio del gobierno.

Desde el día anterior el buque Gaitán había zarpado con oficiales y tropas hacia el Cauca. La llegada de los refuerzos paisas fue el puntillazo final para los rebeldes agotados y desmoralizados ante la derrota. A mediodía del 26 de julio de 1900  el general Carlos A. Mendoza, en nombre de los insurgentes firmó la capitulación liberal en esta primera etapa de la guerra en el Istmo.

FUENTE
CARDONA Tobón Alfredo-  Los Caudillos del Desastre-2006- Univ. Autonoma de Manizales

viernes, 24 de febrero de 2017

CATALINA ERAUSO: LA MONJA ALFÉREZ


Alfredo Cardona Tobón*

 


Alta, andrógina, con mínimos pechos, voz grave y una vida errabunda, Catalina Erauso y Pérez y Galarraga fue un personaje violento del siglo XVI, que continúa siendo fuente de inspiración en el cine y en la literatura.

Catalina nació en 1585 en San Sebastián, Guipúzcoa, España, en el hogar de un militar distinguido. Eran tiempos de caballeros, piratas musulmanes, monasterios y leyendas. La vida de esta mujer con arrestos varoniles corrió tormentosa entre conventos y campos de batalla, en medio de aventuras lésbicas, duelos, muertos, el mar, mesones de mala muerte y mansiones señoriales. Nunca usó su nombre de pila, pues en sus correrías por Europa y América figuró como Pedro de Oribe, Alonso Díaz, Antonio Erauso y Francisco de Loyola.

A los cuatro años de edad los padres de Catalina la internaron en un convento dominico junto con sus hermanas, a fin de educarlas según los criterios católicos, en labores propias de su sexo para que al llegar a la edad de matrimonio fueran desposadas como “Dios manda”. Pero la vida monástica y el hogar no serían el destino de la jovencita que consiguió ropa de hombre, se cortó el cabello y a los quince años de edad escapó del convento para empezar una existencia errabunda.

Catalina anduvo de pueblo en pueblo trabajando como paje de grandes señores; una reyerta la llevó a la cárcel y tras un mes entre rejas dirigió sus pasos al puerto de San Lucar de Barrameda, donde el lunes Santo de 1603 se embarcó con rumbo a América.

En Punta de Aragua, Venezuela, recibió el bautismo de fuego en un combate contra una nave pirata holandesa. En un buque de un pariente, que no la reconoció con su traje masculino, Catalina llegó a Cartagena y luego a Nombre de Dios, en las costas caribeñas, donde asesinó al capitán del barco, se robó 500 pesos y huyó hacia el Perú como ayudante de Juan Urquiza.  Una tempestad hizo naufragar la nave cerca del puerto de Manta, y milagrosamente Catalina se salvó con su amo, quien la nombró administradora de una vasta estancia, donde además de recibir dinero y vivienda tenía tres esclavos a su servicio. Otra pelea la llevó a la cárcel de donde salió gracias a los oficios de Urquiza y del Obispo que intervino haciéndole prometer que se casaría con una tía del sujeto a quien había cortado la cara

 Para evitar el matrimonio que haría evidente su condición de mujer, Catalina huyó a Trujillo, donde la encarcelaron tras una riña y volvió a recobrar la libertad con el auxilio de Urquiza. Siempre entre líos y embrollos siguió a Lima recomendada por su protector, pero perdió el empleo al ser descubierta andando entre las piernas de una cuñada del amo Así que sin oficio, ni dinero y con un prontuario delictivo, Catalina se alistó a las órdenes del capitán Gonzalo Rodríguez y marchó con la tropa colonial a combatir a los aguerridos indígenas mapuches.

 

LAS HAZAÑAS MILITARES

En 1609 las fuerzas de los caciques Ainavilu, Anagnamen, Pelantaru y Longoñongo vencieron  en campo abierto a los españoles, usando las armas de hierro y las  cotas de malla que arrebataron en otros combates y con escuadrones de caballería tan disciplinados  y valientes que envidiarían los hispanos en sus luchas en Europa. En este combate en Puren, pereció el capitán, y Catalina valiente, osada y con desprecio total por la vida tomó el mando y resistió las cargas de los mapuches. Por ello recibió el grado de Alférez, aunque merecía el de capitán, perjudicada, tal vez, por su prontuario violento y la crueldad extrema que mostró ante los enemigos.

En Chile, Miguel de Erauso se desempeñaba como Secretario del gobernador; una noche en un mesón hubo un altercado por un motivo trivial y Catalina en medio de las sombras mató a Miguel, a quien posteriormente identificó como uno de sus hermanos. Por los servicios en la guerra araucana no fue condenada a muerte, pero se le desterró a Paicabé y luego se le trasladó a Concepción donde este personaje violento, con sexo de mujer pero con arrestos y apetito de hombre, asesinó al auditor general del puerto.

Esta vez no había quién pudiera salvarla del cadalso y para conservar la vida, Catalina cruzó los Andes con destino al virreinato del Rio de La Plata, atravesando alturas desiertas, llenas de nieve y barridas por los vientos.  Un lugareño la recogió agonizante en medio de la escarcha y la llevó a Tucumán, donde Catalina enamoró y prometió matrimonio a la hija de la viuda india que lo acogió durante su convalecencia, en tanto que al mismo tiempo seducía a la hija de un canónigo.

Cuando recobró la salud, Catalina tomó rumbo a Potosí con el dinero y las joyas de la hija del canónigo y se alistó nuevamente en las filas de las tropas coloniales, participando en la matanza de Chuncos, donde asesinaron vilmente a niños, hombres y mujeres mapuches.

En el año 1623 al verse herida y sola, Catalina confió al Obispo de Guamanga su condición de mujer.  Unas matronas atestiguaron que sí lo era y además estaba virgen. El alto prelado perdonó sus excesos, la vistió de monja y la internó en un convento; era algo así como encerrar un gato en la alacena o poner al diablo a fabricar las hostias.

Las aventuras de Catalina llegaron a oídos del rey Felipe IV que le concedió una pensión y a los del Papa Urbano VIII, quien le otorgó la facultad de seguir usando ropas masculinas y nombre de varón. Pero la existencia llana y tranquila no estaba en la mente de este guerrero confinado en el cuerpo de una mujer; así que la monja alférez se embarcó hacia Cartagena de Indias y de allí pasó a la Nueva España donde estableció un negocio de arriería entre México y Veracruz.

En México se pierden las últimas huellas de Catalina cuya memoria mitad verdad y mitad leyenda, además de ser soldado, traficó con ganado, se asiló en las iglesias, escapó al patíbulo, enamoró mujeres casadas y pervirtió doncellas, fue monja, ladrona, asesina y encontró protectores sin conocer varón.

Vida extraña y turbulenta, antítesis de todo lo que podría esperarse de una tierna niña educada en un convento.

 

miércoles, 22 de febrero de 2017

EL ESPIRITU Y LA CANCION


MONSEÑOR RIGOBERTO CORREDOR Y EL CANTANTE JHONY RIVERA



Alfredo Cardona Tobón

 


En la vida de los pueblos aparecen personajes que marcan su destino y señalan un norte a las comunidades. Por las calles del naciente caserío corrió el inquieto chiquillo que habría de dejar huella en el Obispado de Buenaventura y es pastor de la diócesis de Pereira, por otro parte por el lado del sentimiento, por toda América Latina se escucha la música de Jhony Rivera, un cantautor que supo interpretar el sentimiento del pueblo. Son dos personajes de Arabia que se entrelazaron con la historia del corregimiento:

 

 

Monseñor Rigoberto Corredor Bermúdez nació en el Corregimiento de Arabia el 5 de Agosto de 1948; realizó sus estudios en el Seminario Menor de Pereira y en el Seminario Mayor de Manizales. Fue ordenado sacerdote el 18 de noviembre de 1973 y obtuvo el doctorado en Misionología en la Pontificia Universidad Urbaniana en Roma.

El 26 de marzo de 1988 se le consagró como Obispo Titular de Rusgunie y Auxiliar de la Diócesis de Pereira;  el 30  de noviembre de 1996  se le consagró  Obispo  de la Diócesis de Buenaventura, y el 19 de diciembre de 2003 asumió como Obispo de la Diócesis de Garzón y el 15 de julio de 2011 el Papa Benedicto XVI nombró a Monseñor Rigoberto Corredor como el quinto Obispo de la Diócesis de Pereira.

Monseñor Rigoberto Corredor es de esos jerarcas de fibra recia , justos pero templados, expertos en superar dificultades y riesgos; no es el eclesiástico seráfico y melifluo que alcanzó la dignidad de Obispo agitando incensarios; tiene alma de campesino curtido que desempeñó el modesto y pobre curato de Purembará en medio de indios resabiados; que aguantó  la soledad y la pobreza en un pueblo agónico como San Antonio del Chamí y cuando a fuerza de méritos se desempeñó como Obispo de Buenaventura, a orillas del Pacífico, no se amilanó viviendo en medio de la violencia dando esperanza y fe a esa feligresía dejada por la mano de Dios y olvidada por el Estado.

En una entrevista preguntaron a Monseñor como veía a Pereira. Monseñor respondió sin eufemismos que no le vea norte; que le dolía el desorden interno, los problemas de movilidad y la ausencia de líderes que se comprometieran verdaderamente con la comunidad.

Si en sus manos estuviera, Monseñor sería un simple misionero, pues lo es de corazón porque tiene alma de labriego, de esos que siembran y hacen barbechos y abonan la tierra con el sudor de su frente para ver florecerla y cosechar los frutos.

Monseñor Corredor nació campesino en un pueblito como Arabia que comulga todas las mañanas y reza el rosario al caer la tarde sobre los cafetales.

En la historia del corregimiento de Arabia quedará escrito con letras doradas el nombre de su vicario cooperador del año 1973 y obispo de la diócesis de Pereira en 2011, de un hombre que lucha por esa feligresía bautizada pero sin identidad con su fe, de un prelado, que como el Papa Francisco está echando del templo a los escribas  y fariseos.

LA ENTREVISTA CON EL SEÑOR OBISPO

Quise preguntarlo a Monseñor Rigoberto Corredor por los recuerdos de su infancia, por ese pueblito de Arabia testigo de los juegos infantiles, de su inclinación temprana por las cosas del espíritu.

Con cierto temor llegué a su oficina, pensando que me encontraría con uno de esos prelados pomposos llenos de ceremonias pero me encontré con uno de esos personajes que la Providencia hizo para derribar montañas y fundar pueblos y hoy los crea para guiarnos por los intrincados laberintos de la vida moderna.

Monseñor Rigoberto Corredor viene de cepa fina, de ancestros santandereanos y antioqueños; su abuelo paterno fue del municipio de Jesús María y su abuela nada màs y nada menos que de Salamina, la ciudad luz de los paisas..

Su papá Ismael siguió las huellas del abuelo: fue labriego, negociante y rebuscador del peso. En el corregimiento de La India en Filandria montó una finca cafetera y en el corregimiento de Arabia, al otro lado del Barbas, se estableció con su familia.

Monseñor Rigoberto fue el octavo entre doce hijos y al contrario de sus hermanos que se entretenían con cometas y trompos, jugando futbol en la plaza del pueblo y cazando tórtolas en los alrededores, el futuro sacerdote prefería leer los periódicos que le llegaban a don Ismael, oír las aventuras de Sandokán en la radio y ayudar en la iglesia como acólito.

Arabia era, como lo es ahora,  un lugar tranquilo donde todos eran amigos ,era la aldea de los Martínez, los Acuña, los Mejía…. Don Ismael era el líder conservador, laureanista por más señas, y don Froilán Arredondo era el jefe liberal.

En la escuela de la pequeña población, Rigoberto Corredor cursó los últimos años de educación primaria, y allí en la escuela fue donde  el director Mario Alzate Mejía vio en el vástago de don Ismael un alumno que no estaba para el surco, o para una tienda o el negocio de la familia, vio en el muchachito un escogido del Señor con vocación para el altar, como lo vio igualmente el párroco Francisco María Areiza y lo aceptó gustosa la mamá y de muy buen grado don Ismael, que como conservador doctrinario era amigo de curas   y de monjas.

Por lo tanto el niño dejó con pesar sus amigos de “perrunchadas” y entró al Seminario.

En vacaciones el seminarista regresaba a su casa en Arabia, y en casa de don Ismael había que trabajar y trabajar muy duro. Atendía el negocio de carnicería en semana y había que sacrificar varios marranos. “Aunque usted es seminarista- le dijo un día- usted se va a traer helecho como los demás”-   y el joven Rigoberto cargó los pesados atados y ayudó en lo que fuera como los demás hermanos.

Esa vida sencilla y simple, la bondad de los corazones, la solidaridad de la gente, el respeto, el tesón y la constancia marcaron la vida del futuro sacerdote y del Obispo cuya palabra ha sido un bálsamo y su ejemplo una esperanza.

Como todos los que tienen sangre santandareana con genes de  panches guerreros, los hermanos Corredor aprendieron desde niños a disparar escopeta y a manejar un revolver, es una necesidad en el campo y más en tiempos pasados en los cuales se cernía sobre Arabia la amenaza de los bandidos que infestaban los campos cercanos. El único que no quiso tomar en sus manos una arma de fuego fue el seminarista, y no porque les tuviera miedo, sino porque vio en ellas un instrumento de muerte.

¿Cómo ve a sus querida Arabia?- pregunté a Monseñor.

Veo más pobreza y más necesidades que antes. En otros tiempos los campesinos tenía su tierra, así fuera un corralito que les diera la comida; pero los minifundistas vendieron y ahora son campesinos sin tierra y creo que ni campesinos porque muchos de ellos duermen en Arabia y al amanecer viajan a Pereira a buscar la comidita, al rebusque, a defenderse como pueden.

¿Y sus recuerdos de niño, de Charco negro, de la pesca de sabaletas y capitanes?

Me parece que el rio Barbas se angostó y las aguas perdieron su alegría.-

Será porque nos estamos poniendo viejos.-osé decirle al Señor Obispo-

-Quizás, porque los años tienen la facultad de acortar los corredores y achicar las inmensas casas de la niñez.


JHONNY RIVERA.










Jhony nació en Pereira y se educó, junto con sus padres, en el campo. Se fue para Bogotá, a los 18 años, a estudiar y a buscar suerte, pero no terminó su carrera de ingeniería civil. Poco después, su novia se vino de Pereira y conformaron una familia.

 
Jhonny montó una carpintería y el negocio comenzó a marchar. Pero por esas cosas de la vida, fue engañado por su compañera. Volvió a su querida Pereira, a su vereda, al corregimiento de Arabia, a buscar consuelo para su dolor y su amargura en compañía de sus padres y sus seres queridos con los que compartió su infancia en la vereda de Pérez, región que recuerda con mucho cariño, pues allí en las labores propias del campo, al lado de su padre, hizo amigos que perduran en su corazón.
 
Su vena artística se notó desde muy temprana edad por la facilidad que mostraba para componer coplas y poesías con las que animaba las reuniones familiares. Entre serruchos y garlopas un amor desgraciado tocó la puerta sensible de Jhony y la decepción lo llevó a componer su primera canción “ El dolor de la partida” que lo impulsó en el mundo de la música, donde ha triunfado gracias a su talento, dedicación, persistencia y calidad humana.
A partir de entonces Jhony empezó a escribir y a cantarle a las tristezas que   herían el corazón. Pronto se dio cuenta que tenía gran capacidad para componer y cantar; así que apoyado por su carisma y la humildad que lo caracteriza encontró una oportunidad en las emisoras de Pereira que sirvieron de catapulta para su carrera.
Jhony ha hecho decenas de giras internacionales por América y Europa, es el número uno de la música popular en España, ilustró la portada de la Revista Latina de Francia, cuenta con reportajes en Billboard, la revista hispana más importante de España, ha sido nominado durante cinco años consecutivos a los Premios de Nuestra Tierra y ha obtenido la distinción del Mejor intérprete popular.
¡ Quien de las nuevas generaciones no ha tomado aguardiente oyendo una canción de Jhony Rivera? – Es un autor sintonizado con el alma popular, con el desamor, el despecho, la traga, con los amores imposibles, con el latido del corazón enamorado.
Jhony y monseñor Corredor son los orgullos de Arabia. Con Olmedo Ramírez y demás componentes del Comité Cívico estos personajes luchan por el progreso y el desarrollo de la comunidad.
 
 
A Jhony no lo ha mareado  la fama…. Sigue recorriendo los caminos que conoció en su niñez llevando el mensaje de fortaleza y optimismo a sus viejos amigos y a todos aquellos que aferrados a esas lomas llenas de café hacen grande a Pereira y a la patria colombiana.

miércoles, 15 de febrero de 2017

GILBERTO CANO Y EUNICE TREJOS-


Alfredo Cardona Tobón



 


Gilberto y Eunice, unidos por el amor y sus ideas, marcaron rumbos a los quinchieños en la segunda mitad del siglo XX. Fueron dos líderes populares, que en una de las peores épocas de la región se acercaron a las comunidades del antiguo Guacuma para darles una mano y servirles de enlace con los poderes centrales del departamento de  Caldas y luego  con los de Risaralda.

 

Fueron los padres de Gilberto Cano, el señor Luis y la señora Clementina Bolívar y de Doña Eunice, Don AntonioTrejos y doña Purificación Taborda; el  señor Luis Cano, era hermano de la señora Herminia Cano, una dama de grata memoria que cada año por la época de navidad celebraba con gran regocijo la más concurrida Nochebuena. En su casa ubicada en el alto de “Callelarga”, hoy barrio Ricaurte, se reunían los vecinos a compartir la deliciosa natilla y los ricos buñuelos que se servían en una jornada maratónica que remataba con la entrega de una hermosa estampa del niño Jesús.

 

Igualmente, doña Herminia organizaba uno de los pasos del Viacrucis que empezaba frente a su casa en la Semana Santa; por ese tiempo la tranquila Callelarga, autopista de las vacas de ordeño y las recuas que llegaban al pueblo, cobraba importancia al convertirse en “La Calle de la Amargura” el viernes de la muerte del Señor y en “La Calle de la Resurrección” al revivir Glorioso en la mañana del último domingo de la magna semana..

 

En ese ambiente religioso y festivo, se forjó el liderazgo de Gilberto, mientras crecía su romance con Eunice, una espigada y bonita trigueña que vivía en el mismo sector. Los años pasaron y el noviazgo de tiernos escueleros cristalizó en un hogar lleno de amor, solidaridad y respeto.

 

A finales de los cincuenta Gilberto Cano inicia su carrera política al lado del gran caudillo liberal Camilo Mejía Duque. “Cachaco” y su esposa Eunice  coordinan los eventos partidistas, sus voces llenan las calles quinchieñas y poco a poco, en llave poderosa reforzada por el carácter de hierro de Eunice, el matrimonio consolida su poder electoral  en las veredas de Quinchía azotadas por las bandas criminales del  ” Capitán Venganza”.

 

Casi todos los notables del pueblo se han ido para salvar sus vidas durante la violencia de mitad del siglo pasado. El campo está libre para quien tenga la garra de liderar un pueblo lleno de desventuras y Gilberto asume el reto. Llega primero al Concejo Municipal, como un edil inquieto, disciplinado, lleno de aspiraciones, que aspira servir a su gente; luego ocupa la Tesorería municipal donde administra la pobreza de un municipio con exiguos recursos económicos e infinitas necesidades.

 

Por su carisma y su comunión con la gente, Gilberto no tarda en ser nombrado alcalde y con Eunice que aconseja y le cuida la espalda enfrenta una de las peores épocas en la historia de la comarca. El 25 de enero de 1958 renuncia a la alcaldía: era imposible gobernar en esos momentos. Pero Gilberto no se retira del campo y fuera de la administración sigue luchando por Quinchía en la Asamblea de Caldas adonde llegó como diputado en la año de  1962-

 

 

Doña Eunice atiende a William y Gloria, los primeros retoños del matrimonio y pese a sus labores como madre y esposa tiene tiempo para afilar su garra política y convertirse en una dirigente con más carisma y poder que su propio marido.  Es una mujer de vibrantes discurso, con ambición y relaciones públicas. En los albores del departamento de Risaralda, bajo las banderas de Camilo Mejía llega  Eunice a la Asamblea. Ya es una líder regional, aguerrida, enérgica que lucha por la ampliación y pavimentación de la carretera a La Ceiba, promueve la Defensa Civil, consigue dotaciones para el Cuerpo de Bomberos y apoya al colegio Millán Rubio de Irra.

 

Los hijos Jhon  Jairo, Carlos Alberto, Fredy, Fernando, Aviezer y María Elena, son reflejos de un hogar donde se vivió el avatar político de Quinchía, con sus divisiones y sus ideas muchas veces enfrentadas.

 

En el año de 1979 Eunice falleció en Pereira en la plenitud de su vida, tras una intervención simple que no revestía el riesgo de muerte, dejando la bandera liberal de Quinchía en las manos de su esposo Gilberto, el apreciado “Cachaco” amigo de todos sus paisanos. Se apagó la llama que alumbraba al pueblo, al lado de doña Adelina García, la temeraria mujer de la guerra de los Mil Días, Eunice Trejos pasó a la galería de las mujeres notables de una comunidad identificada con  las ideas liberales.

En el periódico “El Imparcial” de Pereira, Gilberto Gutiérrez T. escribió esta bella página de despedida, al día siguiente de la muerte de Eunice: “Esta gaitana de Quinchía, amó a su pueblo, con un amor entrañable y hoy este mismo pueblo que hoy la llora con amargura infinita, está testimoniando con su presencia el afecto y el cariño para quien fuera su ángel tutelar. Desde que en las mentes de nuestros más altos valores cívicos, brilló la idea de la separación del Viejo Caldas, Eunice fue, como una antorcha de fuego desplegada a los vientos, capaz de lograrlo todo, consecuente con el consenso general de quienes siempre anhelamos un mejor porvenir.  Más tarde cuando brilló la aurora de un nuevo amanecer político y administrativo, vino como la representante de su pueblo, pueblo que cada día se agiganta ante la faz de esta Colombia grande, respetada y libre”

“Quinchía le debe a esta mujer maravillosa mucho de su desarrollo urbanístico.  Abogó también por levantar su nivel cultural solicitando escuelas y colegios, consciente de que por este medio, haría hombres libres.  Escribió las más bellas páginas de historia política a lado de Enrique Millán Rubio, de Hernando Vélez… Hasta siempre Gaitana del Batero. Duerme en paz”

 

Gilberto continuó por varias décadas en el Concejo, como jefe natural de una fracción roja que apoyó siempre al oficialismo del partido. Don Gilberto sacó tiempo para la educación de sus hijos, para su colección de tangos y convirtió el “Café Lux” en un icono quinchieño adonde forzosamente llegaba desde el más humilde campesino hasta el más encumbrado dirigente que se acercaba a Quinchía.

 

 “Cachaco”, como le decía todo el mundo,  culminó su lucha en Pereira en 2015 tras una larga enfermedad; la dirección liberal lamentó su muerte y en medio del dolor recibió sepultura en el pueblo que amó tanto como a Eunice, tanto como a sus hijos y que no cesa de recordarlo .

 

En el trágico domingo de la mentada Operación Libertad que el gobierno realizó en Quinchía para poner tras las rejas a los auxiliares de la banda criminal de Leyton, encarcelaron a Gilberto al igual que  más de un centenar de quinchieños acusados de colaborar con la guerrilla. Algunos lo hicieron por conveniencia, otros forzados por el miedo y la mayoría acusados sin razón por informantes anónimos. Casi todos recobraron la libertad tras meses de cautiverio, Gilberto regresó al pie del Gobia a retomar sus banderas y animado por el aplauso y el cariño de los quinchieños.

 

 

martes, 7 de febrero de 2017

BELISARIO RAMIREZ Y LA MONOGRAFÍA DE VICTORIA- CALDAS


Alfredo Cardona Tobón

 


Antonio José Restrepo, el famoso Ñito Restrepo de Antioquia, en sus ajetreos de diplomático e Europa,  añoraba el aire tibio y húmedo de las riberas del rio  Magdalena y ese llano feraz y de aire transparente de Victoria, donde uno se siente dueño del mundo y el alma se acerca con fervor casi religioso , a la naturaleza.

 La tierra de Victoria embrujó a Ñito como sucedió con el conde Podewils  y las decenas de alemanes y belgas, que a principios del siglo veinte se dedicaron a transformar la selva, casi indómita, en valiosas haciendas ganaderas.

Victoria tiene algo distinto al resto de las comarcas caldenses: mitad paisa, mitad tolimense, es un poblado calentano con raíces en la serranía que marca sus horizontes.  Es el pueblo con el pasado de una campesina pizpireta sin pergaminos ni apellidos pomposos y un presente sin grandes realizaciones, pero eso sí, con el presentimiento de un futuro, que quisieran soñarlo las comunidades del erosionado norte y del quebrantado occidente del departamento.

Cuando Belisario Ramírez González llegó a Victoria ese primero de mayo de 1960, también se vio envuelto en la magia victoriana. Fue otro extraño acercamiento de esa tierra con un hombre de ancestros paramunos, quien cambió su plaza de maestro en Manizales para empezar a rodar por los parajes del extremo oriente de Caldas, hasta afincar definitivamente sus querencias en Victoria.

Belisario fue como un novio enamorado de Victoria que no perdía la oportunidad de estar a su lado.  Algún día probó fortuna en el poblado de Risaralda y regresó a Victoria como personero municipal. Luego remontó vuelo a Carimagua, en los llanos orientales, donde como Ñito Restrepo sintió nostalgia de los charcos de Doña Juana, de Fierritos, de la ceiba del parque. Al fin ancló en Villamaría, donde siempre pensó y vivió en función de Victoria.

Escribrir un libro de historia local es tarea de quijotes, pues no se cosechan laureles ni dividendos económicos. Y si uno se aventura a escribir la historia de una población sin cronistas, sin hechos portentosos, donde no hay dones ni potentados, sino  pueblo raso, es más que una quijotada.

Más de treinta años de labor silenciosa, tenaz, sacrificada… necesitó Belisario para legar a la posteridad un resumen de la vida victoriana. Debió sacudir polvo y polillas de los archivos parroquiales, notariales y oficiales para encontrar las huellas del pasado.

Su relato es tradicional, pleno de datos e información debidamente avalados.  No pretende adentrarse en análisis sicológicos ni sociológicos; otros estudiosos aprovecharán las investigaciones de Belisario Ramírez para encontrar explicaciones y motivos. No urde tramas, ni novelas, simplemente relata.  Y este es el objetivo de su libro: recoger los hechos y la memoria cotidiana.

Belisario recoge un pasado que empezó con los pantágoras, los marquetones y los palenques, esos valientes americanos que prefirieron la muerte a la esclavitud y que infortunadamente sepultaron sus genes en las cenizas de los caseríos devastados. Nos recuerda la odisea de aquellos  españoles que buscaron el vellocino dorado en las tres aldeas de Victoria y la lucha de paisas pobres  tolimenses sin tierra que dieron la vida al caserío  que vegetó  durante  muchos lustros, aislado de un Caldas lejano y ausente.

La historia de Colombia no se escribe exclusivamente en el parlamento ni en las avenidas bogotanas; tampoco es la historia de los grandes hombres, o más bien de los personajes con vitrina. La Historia de la Patria se construye, también en los caminos, en las veredas, en las aldeas que van sumando para constituir la realidad nacional.

Son las historias regionales las que descubren el alma de la Patria; es en obras como la de Belisario Ramírez donde se puede palpar el sentimiento de un pueblo para poder prospectar su futuro.

Vemos, como en Victoria, son los educadores y los burócratas quienes han llevado la responsabilidad de su destino, en otras partes son los comerciantes, o los militares o los líderes campesinos. Aquí notamos la vocación pacifista de la comunidad y quizá, también, la falta de una identidad  que aglutine o prepare al municipio  para afrontar el reto del progreso, que vendrá de Bogotá o de Medellín, cuando esas metrópolis saturen sus vecindades.

Con l monografía de Victoria y su libro “Periodismo en la Provincia” Belisario Ramírez aporta dos importantes obras que enriquecen el acervo cultural de Caldas.

Esta obra realizada con amor, con seriedad y sin pretensiones, como lo reitera su autor, es la mayor herencia que puede darle un hijo a su tierra. Ojalá en estas páginas se inspiren las nuevas generaciones victorianas para dar a su municipio el lugar que merece por su gran ´potencial y económico.

Ojalá sea este libro el eco que impida olvidar a un gran hombre, que sacudido por todas las tormentas de la vida, siempre tuvo lugar para Victoria a través de toda su existencia.