jueves, 19 de abril de 2018

MARTÍN GÜEMES Y LOS GAUCHOS INFERNALES


Alfredo Cardona Tobón

 

“Allá va  ese Martín Güemes

Barba florida y entera

Con sus gauchos infernales

Defendiendo la frontera”  -    ( Chacarera -)

 


En el sur del continente los gauchos de Salta y Jujuy, al igual que los llaneros del  Meta y el Orinoco de las sabanas colombianas, sostuvieron  una lucha a muerte contra los españoles.  Unos y otros   fueron  jinetes extraordinarios  que tras sus caudillos llevaron la libertad en el anca de los caballos.

Los llaneros del Casanare frenaron las invasiones realistas a su territorio y constituyeron  la  columna vertebral del ejército patriota  que cruzó los Andes   para liberar a la Nueva Granada; los  gauchos, por su parte, protegieron la frontera con el Alto Perú, apoyaron  el avance del general San Martin a territorio peruano   y  facilitaron la liberación de Chile.

Mientras en Buenos Aires la “Patria Niña” se debatía entre  la desorganización y el caos, las fuerzas españolas se fortalecían en el virreinato del Perú y amenazaban el noroeste del Rio de la Plata. En 1815 los españoles derrotaron en Sipe-Sipe al Tercer Ejército Auxiliar  y con la  frontera desguarnecida y ante la inminente invasión realista, el gobernador patriota de Salta, Martin Miguel de Güemes, buscó infructuosamente el auxilio de Buenos Aires.

Con recursos de Salta y Jujuy,  Güemes conformó inicialmente una fuerza  de 336 gauchos oriundos de  Salta, Jujuy y Tarija, comandados por  16 oficiales. Eran mestizos e indígenas trashumantes, diestros con el facón y la lanza, montoneros  e indisciplinados, guerrilleros por vocación, jinetes excelentes que peleaban a caballo  o desmontaban para convertirse en fieros infantes armados  de machete. Güemes los llamó “Los Gauchos Infernales”  pues como seres del averno atacaban con furia utilizando el ruido como arma para llenar de pánico al enemigo.

Para protegerse de las zarzas, los gauchos utilizaban amplios zamarros o guardamontes de cuero que golpeaban con sus rebenques creando un  enorme estruendo; se recuerda la noche del 5 de mayo de 1817 cuando amarraron un cuero encendido a la cola de un caballo que corrió desbocado en medio  del campamento español, atrás arriaron una partida de yeguas cerreras asustadas por sus gritos y luego cabalgaban los gauchos sembrando la muerte entre sus enemigos.

 MARTIN MIGUEL DE GÜEMES

 
Los gauchos lucharon  bajo las órdenes de Martín Miguel de Güemes y de sus lugartenientes Manuel Álvarez, Luis Burela y Juana Azurduy; más que las ideas ellos seguían a sus caudillos y cuando se les convocaba para la guerra,  lo hacían con sus pertenencias: “pilchas”, poncho, caballo, apero, lazo, guardamonte, facón y boleadoras.

Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero y la Corte  nació en la actual provincia de Salta en 1783; fue  nieto de un general español y estanciero por vocación, y por herencia inició la carrera militar como cadete de la guarnición de Buenos Aires. Güemes luchó contra los ingleses en 1806 y 1807 y al estallar la revolución  de mayo de 1810 se incorporó al ejército patriota, bajo las órdenes de  San Martín, quien le confió la defensa de la frontera noroeste del Rio de la Plata

Poco auxilio  prestó el  gobierno de  las Provincias Unidas al caudillo de Salta que fue  un caudillo entregado a sus hombres y a una causa; como debió establecer contribuciones forzosas para sostener la causa libertadora, el Cabildo de Salta lo tildó de  tirano y  aprovechando una ausencia lo  privó  del mando que recuperó pacíficamente ante la amenaza de otra invasión maturranga.

El   coronel realista José María Valdez atacó la  ciudad de Salta y sorprendió a Güemes  en julio de 1821 como se lee en la carta que envió desde Paris  el  coronel Jorge Enrique Widt  al general Domingo Puch: ”Nosotros estábamos acampando a una legua, más o menos de Salta, organizando las fuerzas de la provincia para marchar al encuentro del enemigo, cuando el General Güemes tuvo la fatal idea de ir, durante la noche, escoltado, por algunos hombres de caballería de la ciudad, a objeto de tomar allí personalmente algunas disposiciones. Había echado a tierra cuando a media noche la infantería española, desembocando por una quebrada, entró a Salta, cubriendo inmediatamente todas las salidas y no dando tiempo al general Güemes sino a montar a caballo para atravesar dos pelotones de infantería que ocupaban las bocacalles, pasó sobre el cuerpo de infantes, pero recibió un balazo que algunos días después le llevó a la tumba”.

Güemes siguió a caballo hasta su hacienda a dos leguas de Salta  y  el 17 de junio de 1821 murió desangrado  en la Cañada de La Horqueta, a la intemperie y en medio de sus hombres. Fue el único general argentino caído en acción de guerra con enemigo exterior. Sus gauchos como homenaje póstumo recuperaron a Salta y desalojaron las tropas españolas del coronel José María Valdés. “Ya tenemos un cacique menos” comentó la prensa bonaerense, desconociendo la gloria de Güemes cuyos  restos reposan en el Panteón de la Gloria del Norte en la catedral Basílica de Salta.

La “Guerra Gaucha”, librada por Güemes entre 1814 y 1825,  y  la  guerra de los llaneros de Colombia y Venezuela  contra los españoles, tuvieron  estrategias similares:   No dejaban recursos al invasor, la población civil huía con las provisiones y quemaba sus ranchos; sus  jinetes emboscaban, eliminaban a los retrasados, y embestían la retaguardia evitando el combate abierto que solo emprendían contra las  partidas que se separaban del grueso del ejército enemigo.

Colombia reconoció la  gloria  de sus llaneros,  pero en la Argentina ignoraron por más de un siglo  la lucha de Güemes con sus “Gauchos infernales”. Hubo que esperar al siglo XX para hacer justicia a los indomables centauros que salvaguardaron sus fronteras.
 
TOMADO DE  UNA PUBLICACIÓN DE SALTA

EL DÍA QUE MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, A CABALLO, CAPTURÓ UN BUQUE INGLÉS

Junto a un grupo de jinetes el salteño capturó el barco 'Justine' en el Río de la Plata
 


salta

viernes, 17 de junio de 2016 · 18:12

SALTA ─ Martín Miguel de Güemes, el líder de la guerra gaucha que frenó el avance español con sus tácticas guerrilleras, nació en Salta el 8 de febrero de 1785. Estudió en Buenos Aires, en el Real Colegio de San Carlos. A los catorce años ingresó a la carrera militar y participó en la defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas como edecán de Santiago de Liniers. En esas circunstancias fue protagonista de un hecho insólito: la captura de un barco por una fuerza de caballería. Una violenta bajante del Río de la Plata había dejado varado al buque inglés "Justine” y el jefe de la defensa, Santiago de Liniers ordenó atacar el barco a un grupo de jinetes al mando de Martín Güemes.

Desde el río, el buque Justina azotaba con sus cañones a las tropas criollas que querían acercarse al fuerte por la costa o por las calles cercanas. El barco había peleado con fiereza con sus 26 cañones y sus más de 100 tripulantes entre oficiales y marineros. Pero el río traidor les jugó una mala pasada. Una bajante repentina hizo que la nave encallara a pocos metros de la costa.

Enterado de ésto, Liniers se dirigió a Güemes y le ordenó que al frente de un escuadrón de Husares de Pueyrredon siguiera al barco desde la costa. Pero Martín y sus gauchos se salían de la vaina por atacar a los invasores. Contrariando la orden de sus superiores, miró a sus soldados y las sonrisas de sus compañeros de guerra lo envalentonaron. En ese momento tomó las riendas, taconeó a su caballo y enfiló hacia el río al grito de carga. Sus soldados lo siguieron envueltos en un grito que dejó pasmados a los tripulantes de la nave.

Los caballos enfrentaron al río color marrón bufando y relinchando, mientras sus jinetes disparaban sus armas, tacuaras y sables en mano, y desde La Justina devolvían el fuego.

Güemes y los suyos llegaron hasta el buque atacándolo por todos los flancos y sucedió lo imposible: el capitán del barco inglés levantó un trapo blanco en señal de rendición.

 Martín ordenó el alto el fuego y abordó la nave para hacerse cargo. Los ingleses, entonces, descubrieron que habían perdido la batalla a manos de un jovencito alto, moreno de ojos profundos que hablaba con un acento extraño.

 Para esos jinetes que realizaron el bizarro abordaje, el río color de león había sido el campo de batalla más movedizo que habrían de conocer.

domingo, 8 de abril de 2018

ARDE EL VIEJO CALDAS


NUEVE DE ABRIL DE  1948

Alfredo Cardona Tobón*



El día que asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán ejercía la gobernación de Caldas el   doctor Gerardo Arias, un ilustre burócrata a quien le faltó  fortaleza y temple  para controlar los  focos de violencia que  estaban haciendo invivible varias poblaciones del occidente del  Departamento.

La violencia  política no empezó el nueve de abril de  1948, pero  sin duda en  ese día  se abrieron de par en par las puertas del infierno  dejando una impronta de salvajismo que disparó todos los horrores.  Poco se ha hablado del nueve de abril en nuestra región; es como si un manto de olvido hubiese cubierto ese día, las crónicas locales registran someramente  los hechos, o los resumen,  sin dar  trascendencia a los sucesos que sirvieron de excusa al gobierno de Ospina Pérez para emprender la sangrienta persecución contra el liberalismo.

Veamos qué ocurrió  el nueve de abril de 1948  en el Viejo Caldas:

EN EL MUNICIPIO DE PIJAO

Al conocerse la noticia del asesinato del caudillo, el alcalde Rubén Mejía estaba tomando tinto en un establecimiento del parque central. Eran las dos de la tarde cuando una turba desenfrenada se tomó las calles, ante lo cual el alcalde  buscó refugio en el cuartel de la policía. Como lo encontró desierto regresó a la calle  donde un grupo  de energúmenos  lo atacó a machete hiriéndolo en la cabeza. Nuevamente el alcalde se dirigió a su oficina, pero hasta allí llegó el jefe de la policía quien con otros revoltosos lo acribilló con tiros de fusil.

 Pijao quedó en manos de la turba hasta el día siguiente. En la mañana del  10 de abril  tropa del  Batallón San Mateo, procedente de Pereira, controlaron la situación.

 

EN ARMENIA

Azuzado por locutores de la “Voz de Armenia”  el populacho desbordado saqueó el comercio, entró a  las ferreterías en busca de armas, atacó la alcaldía   e intentó tomarse el cuartel de la  policía cuyos defensores resistieron el embate de los revoltosos que trataron de volar la edificación con tacos de dinamita.

Los amotinados de Armenia establecieron una junta conformada por Eduardo Sepúlveda, Jaime Peralta, Flover Villegas y Jaime Botero, pusieron al frente de la alcaldía a Luis Ángel Echeverri quien solicitó al capitán  Antonio Gaitán la entrega del cuartel y el desarme de los policías.

Como las comunicaciones estaban interrumpidas con el resto del país, el Jefe conservador del Quindío Pedro González Londoño viajó en automóvil a Pereira a conseguir el respaldo del Batallón San Mateo.  Al  regreso, cuando su carro pasaba por Circasia el grupo de revoltosos que habían desarmado la policía local y  tenía la localidad bajo su poder, abaleó el vehículo dando muerte a Pedro González.

Circasia quedó en manos de la chusma  hasta el día siguiente.  Fue entonces cuando los soldados del Batallón San Mateo llegaron a la población y dispersaron a los alzados en armas mientras otros  efectivos restablecían el orden en Armenia y auxiliaban a  valerosos defensores del cuartel de policía.

 EN BALBOA

El  nueve de abril de 1948 se conformó en Balboa  una Junta Revolucionaria presidida  por Cruz Vargas, que actuó como alcalde,  y por Epifanio Hernández nombrado como Jefe Militar con el título de Sargento.

Epifanio armado con un sable y con una cinta roja en la cintura  organizó un grupo que actuó como policía cívica encargada de proteger  a la población de  los  saqueos y  los atropellos. Cuatro días estuvo el pueblo en manos de la revolución; en  la madrugada del 13 de abril un grupo  proveniente de  Belalcázar comandado por el  jefe conservador Alejandro Mejía y por el capitán de la policía Fabio Gutiérrez, entró a Balboa con la consigna de someter a los rebeldes y acabar con ellos si encontraban resistencia. Los atacantes sacaron de sus casas a los miembros de la Junta y los agredieron. Mientras Alfonso Osorio, inspector de San Isidro y el secretario de la alcaldía de Belalcázar entraban al  estanco de Balboa y sacaban al recaudador Rogelio Osorio, otros compañeros,  lista en mano,  invadían las viviendas  y “aplanchaban” a Ricardo Chávez y  al anciano  Antonio León

 Fue muy cruel la paliza que le infligieron a Epifanio Hernández,  el alcalde de la revolución. “¡Mátenme desgraciados- les gritaba- pero no me humillen de esta manera¡”

EL NUEVE DE ABRIL DE 1948 EN SANTUARIO

Al llegar la noticia del asesinato de Gaitán la ciudadanía se lanzó a la calle. Ante el alboroto  del pueblo liberal, el teniente de la policía José González se llenó de nervios y entregó el cuartel al alcalde Aristóbulo Herrera quien lo recibió con un acta firmada por el juez de circuito.

El alcalde nombró una Junta Asesora compuesta por Jesús María Gómez (presidente del Concejo) , por Guillermo Jaramillo (Concejal)  y el notario Ramón Henao; dicha Junta  conformó un cuerpo de  policía cívica que en compañía de la policía  del régimen veló  por la tranquilidad de la población.                                                                                                                                                                                                                                                      

Aunque en Santuario no hubo víctimas, en ese  luctuoso día muró en Bogotá el santuareños Jesús Uribe Ossa, hijo del dirigente liberal  Alejandro Uribe, y  también Alberto Lenis, estudiante de derecho.

Dos días después del  asesinato de Gaitán  una avioneta sobrevoló a Santuario arrojando  miles de volantes donde se exigía la rendición de los rebeldes y se establecía un plazo perentorio para hacerlo.  Los  ancianos recuerdan que los vecinos cubrieron las calles con sábanas blancas  y  no olvidan la entrada de tropas del Batallón San Mateo  en medio del silencio y la gente refugiada en lo más recóndito de sus viviendas.

EN PEREIRA

En la ciudad se instaló un Junta revolucionaria presidida por Camilo Mejía Duque, el doctor Álvaro Campo Posada y el doctor Benjamín Muñoz  Giraldo. Dicha Junta nombró como alcalde a don Jesús Antonio Cardona, quien no ejerció en momento alguno, fue un simple acto simbólico para respaldar una rebelión que empezó muerta, pues sin jefes en pocas horas fue dominada por el gobierno.

EN NORCASIA

El nueve de abril los liberales de Norcasia, entonces corregimiento de Samaná,  protestaron en las calles en tanto el veterano coronel de la guerra de los Mil Días Julio López organizaba milicias en el caserío de San Diego para atacar al vecino Norcasia, donde se decía que los liberales habían atacado la casa cural y tenían prisionero al padre Daniel López.

Al avanzar la tarde la gente de Samaná atacó a Norcasia donde saquearon los almacenes de Pedro Villegas y Rafael Henao y asesinaron y robaron a doña Delia Ramírez. La tropa llegó el diez de abril y procedió a requisar todas las viviendas en busca de armas. Los revoltosos las habían guardado en la casa cural y en calzas prietas se vio el padre Daniel López para probar que nada tenía que ver con el armamento.

EN CHINCHINÁ

Se conformó  una Junta Revolucionaria compuesta por Arturo Salazar Campuzano, José J. Vera y Arturo Aristizábal. Los liberales se apoderaron del pueblo y nombraron un alcalde. Por fortuna no hubo saqueos ni víctimas. Al  llegar la noche del nueve de abril se disolvió la Junta Revolucionaria sin que mediara ninguna medida violenta.

EL ORDEN PÚBLICO EN OTROS LUGARES DE CALDAS

En la localidad de Victoria la ciudadanía ocupó el cuartel de policía y se apoderó de las armas; en el corregimiento de Arauca sus habitantes desarmaron a la policía e interrumpieron el paso a los municipios conservadores vecinos; y en Montenegro también hubo bochinches, que cesaron cuando el Batallón San Mateo retuvo a 35  personas, entre ellas el diputado Luis Carlos Flórez.

 En Santa Rosa de Cabal, aunque no hubo disturbios ni saqueos, la policía asesinó a un artesano que con una botella de aguardiente en la mano gritaba ¡Mataron a mi papá¡- ¡Mataron a Gaitán estos godos desgraciados!.

A grandes rasgos estos fueron los acontecimientos que enmarcaron el día en que fuerzas oscuras acabaron con  una promesa de cambio y  el diablo  se apoderó de los colombianos.

miércoles, 4 de abril de 2018

EL NUEVE DE ABRIL DE 1948 EN SANTA ROSA DE CABAL


UN CAPITULO DE LA VIDA DE CARLOS ALBERTO GARTNER T.

Alfredo Cardona Tobón*
                                                   Carlos Alberto Gartner Tobón
 

Por sus venas corría la rebeldía  de David Cataño, un garrido liberal radical que  levantó en armas al Cantón de Supía y por ellas  circulaba  la sangre alborotada de los Álvarez, hombres de lanza y arriería. A los genes caucanos de los Cataño se  agregaban los genes paisas de los Álvarez y a  todos ellos se sumaba la sabia vital de Jorge Gartner Gehrig, un alemán que cansado de los horizontes  cerrados de Europa, desafió  la inmensidad del océano  para sembrar su semilla en las laderas marmateñas.

Carlos Alberto  nació en Quinchía en el año  1923, pero aunque no olvidó la tierra natal, sus afectos  estuvieron siempre en Santa Rosa de Cabal, donde fue un raro espécimen  de ideas de avanzada dentro de una comunidad controlada por la Curia.

Este Gartner Tobón  de piel quemada, fue un personaje  que desde pequeño le coqueteó a la plata sin lograr seducir a la fortuna. “Cucarrón”, como lo llamaba cariñosamente la mamá Esther, cargó maletas desde la estación del tren, vendió trompos y cometas, fabricó zancos y carretillas, crió conejos y curies y anunciaba mediante una bocina la película de estreno  o las telas recién llegadas al negocio de don Ramón Cardona.

En un doloroso accidente con pólvora, Carlos Alberto perdió una mano, pero ello no fue un obstáculo para desempeñarse con éxito en la vida. Fue distinto a sus hermanos, por eso  vivió en continua escaramuza con don Mario, el distinguido notario del pueblo que veía con preocupación el desinterés de su vástago por los cartones profesionales.

  El nueve de abril de 1948, Carlos Alberto  desempeñaba el cargo de operador de la telefónica del pueblo; la mañana estaba  tranquila, los dueños de fincas tomaban pintadito  con pandequeso en los  cafés de la Calle Real y los perros chupaban sol al  lado de las araucarias del parque. A las dos de la tarde todo cambió: la gente empezó a agolparse  alrededor de los pocos radios de Santa Rosa y un murmullo de dolor y miedo  empezó a apoderarse del pueblo. La infausta noticia del asesinato del caudillo Jorge Eliecer Gaitán llegó a la telefónica y a partir de ese momento las noticias  empezaron a llegar en tropel a la cabina: que el partido liberal  se había tomado el poder, que el cadáver del presidente Mariano Ospina Pérez pendía de un poste frente al Capitolio,  que los  sacerdotes disparaban desde las torres de las iglesias, que Bogotá ardía y el pueblo desenfrenado saqueaba los almacenes y profanaba los conventos.

Mientras la policía de la capital se sumaba a los revoltosos y las emisoras incitaban a la rebelión,  el joven telefonista   levantaba los ánimos  de los  copartidarios que en ese trágico momento habían dejado de ser obsecuentes seguidores de los Lleras para convertirse en furibundos gaitanistas. Cuando el alcalde Elías Restrepo se enteró de la labor  del quintacolumnista envió una patrulla policial para relevar y apresar  a Carlos Alberto quien  se botó a la calle y continuó la labor de agitación entre los liberales.

Al avanzar la noche la situación ardía en muchos lugares de Colombia: en Pereira se había conformado una Junta rebelde  al igual que en Barrancabermeja y Armenia, y  en la región los alzados en armas habían  tomado  los cuarteles de Santuario , Balboa y Pijao y ejercían el control en  Chinchiná, Circasia, Victoria, Arauca. San Diego y  Victoria.

 Mientras Colombia se debatía entre el caos, en Santa Rosa de Cabal un humilde zapatero de apellido Bermúdez recorría las calles del pueblo con una botella de aguardiente, gritando vivas al partido liberal y diciendo a viva voz: “ ¡Mataron a mi papá¡- “Los godos miserables asesinaron a Gaitán¡.”

La mala suerte de Bermúdez lo enfrentó  con una patrulla de la policía que sin mediar palabras  le asestó  dos tiros que  acabaron con la vida del pobre borracho.

Apenas Carlos Alberto  conoció la noticia del asesinato del zapatero recogió el cadáver de  Bermúdez y  con algunos compañeros lo llevaron  a su rancho en las afueras del pueblo. Alguien cubrió el ataúd con un  trapo rojo y  tras una larga noche de insomnio y llanto, al promediar la mañana el cortejo fúnebre tomó rumbo a la iglesia para los oficios religiosos, pero no pudieron entrar al templo.  El párroco cerró las puertas de la Casa de Dios pues “no iba a profanarla con el cadáver de un bárbaro”.

El ataúd siguió su marcha. La gente entreabría los postigos al paso de  Bermúdez y los  volvían a cerrar como si hubieran visto al diablo. Por fin el cortejo llegó  al  “Muladar”, un lugar maldito al lado del cementerio, donde sepultaban a los suicidas, a los ateos, a los masones y a los condenados por los ministros de Dios, y Bermúdez volvió a ser parte de la tierra.

Con tropas frescas del Tolima y Boyacá y con  los chulavitas de Boavita, el gobierno de Ospina Pérez retomó el control del país. Era la hora del castigo y la venganza  y obviamente en Santa Rosa de Cabal no podía quedar impune la labor subversiva de Carlos Alberto Gartner Tobón. El alcalde Elías  Restrepo ordenó su  captura el 10 de abril  sin prever   la reacción  del partido Popular de Pereira, que dirigido por un gaitanista, amenazó con atacar a Santa Rosa,  y no dejar  piedra sobre piedra,  si en el término de unas horas no liberaban  al  joven copartidario.

Los conservadores de Santa Rosa bajo el comando del coronel Lolo Márquez, veterano de la Guerra de los Mil Días,  se  prepararon para hacer frente a los pereiranos.  Cuando parecía que la sangre iba  a correr a borbotones, el alcalde Restrepo liberó al detenido. Las  fuerzas del Partido Popular Liberal  de Pereira repasaron el río Otún, en tanto  la gente del coronel Lolo se echaba la bendición y   regresaba feliz  a su casa a tomar chocolate con bizcochuelo

Por su parte Carlos Alberto,  atendiendo  consejos familiares,  viajó exilado  a Quinchía donde conformó una célula comunista compuesta  , entre otros,  por Lalo el domador de caballos, por Suzo el embolador y Tulia,” la Cucaracha”. Los afiliados eran pocos,  pero hacían mucha bulla cuando  el primero de mayo desfilaban  por las calles de Quinchía  con un tambor y una bandera roja  con la hoz y el martillo primorosamente bordados por una tía del joven revolucionario.

En asocio con Germán Betancourth  y  una barrita de iconoclastas, el jefe supremo del comunismo de Quinchía y Guática  conformó la  “Escuadra  de los Lobos”  que escandalizó a la población con los aullidos a la luz de la luna bajo las palmas de la plazuela y  también  la llenó de serenatas entonadas por “Omar Patiño” que llenaron de amor el corazón de una niña española de apellido Paniagua.

Los fiados y los amigos  descapitalizaron  el negocio de abarrotes,  entonces  con las aguas calmadas, Carlos Alberto Gartner regresó a Santa Rosa de Cabal,  donde pese a su juventud, alcanzó una curul en el Concejo, bajo las banderas del  Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, como primer escalón en su aguerrida  lucha política.

martes, 3 de abril de 2018

CORREGIMIENTO DE SANTA ELENA- QUINCHÍA- RIS


 
Alfredo Cardona Tobón



Este corregimiento se encuentra al sur-occidente de la cabecera municipal de Quinchía, a  una distancia de 12 kilómetros de la zona urbana por carretera destapada.

La mayor parte de su territorio  se ubica en piso  bioclimático templado, es decir entre los 1.000 y 2.000 metros sobre el nivel del mar, lo que permite el establecimiento de  cultivos de tierra caliente y de clima mediano. . El panorama es hermoso: desde el poblado  se observa el cañón del río Cauca y los majestuosos nevados de la cordillera central.

Las veredas de Santa Elena son:  Punta de Lanza, Piedras, El Retiro, Encenillal, Barro Blanco, La Argentina, Insambrá , Villanueva, Manzanares, San José , Opiramá y Santa Cecilia.  La topografía es quebrada y en ella se destacan los cerros de Santa Elena y Del Bosque, caracterizados por gran cobertura vegetal que protege los nacimientos de agua de la zona.

Santa Elena fue una zona poblada densamente por nativos de la familia Anserma que desaparecieron víctimas de las enfermedades traídas por los españoles, por los desplazamientos a las minas de oro y los ataques de las tribus del Chocó. En el siglo XIX dicha región se conoció como Guadualejo  y avanzado el siglo XX  se cambió  dicho nombre por el de  Santa Elena.

PRIMEROS POBLADORES

Al llegar Jorge Robledo y demás invasores españoles encontraron varios asentamientos indígenas en las cercanías de las fuentes saladas,  entre los cuales se  destacaba el de Opirama.

En 1559 Lázaro Martyn figuraba como encomendero de Opirama. En el libro   “ Indios mineros y encomenderos”, publicado  en abril de 2017 por el historiador Angel Ruiz Román T.  se enumeran los tributos anuales del Resguardo de Opirama, que brindan una importante información sobre la comunidad.

Esta es la relación de tales tributos recaudados por navidad y por la fiestas de San Juan:

35 mantas de algodón  de a dos piernas cada manta y dos varas de largo

180 aves entre gallos y gallinas

12 libras de algodón hilado.

7 arrobas de cabuya

3.5 arrobas de sal

20 pares de alpargatas

10 jáquimas y cinchas de cabuya

5 piezas de loza

12 fanegadas de maíz y una de frísoles, una de yuca y una de trigo y media de habas y garbanzos.

Como se ve en Opirama se cultivaba y trabajaba el algodón y la cabuya, se procesaba cerámica y se tenían cultivos de tierra cálida y de clima frio como las habas y los garbanzos. Lo que significa que la comunidad se desplazaba a través de un amplio territorio que iba desde las orillas del rio Cauca hasta las estribaciones de la cordillera occidental.

Los nativos tributaban al encomendero quien a su vez rendía cuentas a las autoridades virreinales. Además de velar por la doctrina y los tributos,  era función del encomendero la entrega de la tierra arada con sus bueyes para que los naturales sembraran y cosecharan .

Los nativos fuera de los pagos enumerados anteriormente debían pagar los diezmos a la iglesia, dinero o maíz para cubrir misas y los  oficios religiosos, a lo que se suman 300 haces de leña que la comunidad  de Opirama entregaba como combustible para los fogones y la obtención de la sal.

En caso de no poder cumplir con las metas asignadas los nativos las cubrían con valores equivalentes de oro, que extraían de los aluviones del Resguardo.

El territorio ancestral pertenecía a la provincia de los umbras y estaba rodeado por los pueblos  de los chancos y los gorrones al sur; al norte por la provincia de Cartama, al occidente por la cordillera occidental y al oriente por el rio Cauca.


LA REBELIÓN DE  1557

 Este año hubo un alzamiento general  en el Cauca Medio promovida por los indígenas Panches del Tolima. Esta tribu guerrera cruzó la  cordillera Central por el paso de Herveo  para unirse a los   Carrapas y a los Quimbayas contra los cristianos.

Ante esta situación el  capitán español Luis de Guevara, quiso evitar la alianza de los rebeldes con los nativos de  Anserma y para tal fin puso presos a los caciques cuyo nombre se registra en un   documento rescatado por el historiador Juan Friede y que aparece  en el libro Los Quimbayas bajo la dominación española, 1539-181.:

Aytamara, hermano del cacique de Mapura.

Atucifra, señor de la provincia de Mayma.

Don Francisco, cacique del pueblo de Acochare.

Don Francisco, señor de la provincia de Pirsa.

Guatica, señor del valle de Santa María.

Ocupirama, de las provincias del “Pueblo de la Sal”.

Opirama, hijo y heredero “de la cacica, señora de Andica”.

Tuzacurara, hermano del cacique de Acochare

Utayca, señor de la provincia de Ypa.

En tal lista aparecen los nombres de Ocupirama y Opirama, señores de tribus localizadas en lo que hoy  conocemos como el corregimiento de Santa Elena.

EL TRASLADO  DE OPIRAMA

En 1627 el Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia visitó la región y encontró las  antiguas encomiendas desoladas y arruinadas, los  indios maltratados en los llamados reales de minas y se dio cuenta de los abusos continuos de los encomenderos.

Ante la ruina de Opirama y el poco número de sus vecinos,  el visitador de la Real Audiencia trasladó los pocos habitantes de ese Resguardo al vecino Resguardo de  Quinchía, y para evitar que regresaran a Opirama ordenó quemar los ranchos y destruir la capilla del antiguo pueblo de la sal..

Como en Opirama se lograban hasta dos cosechas de maíz al año,  los nativos de Guática, asentados en tierras  frias de escasa producción intentaron ocupar la zona de Opirama en el año de 1798; surge entonces un grave conflicto entre los resguardos de Quinchia y Guática por las tierras de Opirama que requirió la intervención de las autoridades virreinales  y  se definió a favor de los vecinos de Quinchía.

Durante la época colonial y muy avanzada la Republica se explotaron las aguas saladas de la zona y el oro de la quebrada Buenavista, donde los españoles habían establecido un Real de Minas.

La mayor parte del territorio del actual Santa Elena   estuvo  deshabitado hasta que nativos  procedentes de las parcialidades de Naranjal y de Mápura y vecinos  de los Resguardos de San Lorenzo y Tabuyo empezaron a repoblar su territorio. Según la tradición, pues no hay nada escrito, entre los primeros pobladores del moderno Santa Elena se recuerda a Bisael Antonio Chiquito y Rafael Aricapa quienes llegaron con sus familias a la zona que llamaron Guadualejo, debido a  la abundancia de guaduas. Los primeros colonos construyeron sus viviendas en bareque, costumbre que se conserva pese al uso del cemento y los ladrillos.  Años después,  quizás en la década de los cuarenta del pasado siglo, llegaron a Guadalejo Juan Esteban Ortiz, Santos Ladino y  Angel Gañan  y levantaron una humilde capilla que por mucho tiempo congregó a los vecinos.

El Resguardo de Quinchía repartió las tierras de Guadualejo a tal punto que hoy son  microfundos que no alcanzan a cubrir las necesidades primarias de los habitantes; a  mediados del siglo XX algunos antioqueños compraron mejoras en Santa Elena y se establecieron en las vecindades y por esa misma época empezaron a llegar al corregimiento algunos nativos emberá- Chamí procedentes de Mistrató y  el Chocó Estos tres grupos: los primitivos habitantes, los emberas- chami y los mestizos paisas, son la base actual de la población del corregimiento.

LA EDUCACIÓN EN SANTA ELENA

Santa Elena alcanzó la dignidad de corregimiento por acuerdo No. 007 de 1961, sancionado por el alcalde Pedro Pablo Mosquera.  El caserío empezó a figurar  en los archivos oficiales en 1932 cuando se nombra a la señorita Julia Rosa Quintero, directora de la escuela alternada de Guadualejo y en 1940 con el nombramiento de Rosario Romero como maestra de la escuela alternada.

Apenas en 1992 se funda la Institución Educativa Santa Elena con Dagoberto Castro Portocarrero como primer profesor. Fue una entidad satélite del Instituto San Andrés de Quinchía y una iniciativa del alcalde Mario Ibarra Arias que dio sus primeros frutos en 1998  con los primeros bachilleres egresados del plantel. En el año 2002 el colegio de Santa Elena empieza a funcionar como entidad autónoma, lo que marca el decisivo arranque cultural del corregimiento.

La comunidad Embera- Chamí  hace parte del resguardo indígena Karambá en proceso de formación ; este grupo  contribuye a la cultura de Santa Elena con su lenguaje, las leyendas y un grupo de danzas que ha representado al corregimiento  en presentaciones municipales y departamentales. Las  actividades  de los Embera- Chamí  se desarrollan en  una construcción de guadua  llamada el Tambo, que es un punto de encuentro diferente a la caseta comunal utilizada por el resto de los lugareños.  Cada una de las veredas de Santa Elena cuenta con su Acción Comunal y bajo la orientación de sus juntas surgen proyectos y se concretan aspiraciones  de las comunidades.

TIEMPOS DIFÍCILES

La región  ha sido particularmente castigada por la violencia; en los años cincuenta del siglo pasado los “pajaros” o  asesinos de partido oriundos de  municipios vecinos asolaron  el territorio; en respuesta a sus atropellos se conformaron grupos bajo el comando de Medardo Trejos, alias “Capitán Venganza” para oponerse a los antisociales que estaban llenando de pánico y sangre los campos quinchieños.  En territorio de Santa Elena  se libró el combate en el “Corozo” donde se enfrentó la banda del “Capitán Venganza” con bandidos llegados de Anserma y  Guática. El  incendio de los cultivos de caña hizó salir a campo abierto a los “ pájaros” , que ante la superioridad numérica de sus adversarios optaron por retirarse  por donde habían venido. Nunca se conoció el número de las víctimas en este violento encuentro.

Por los años sesenta del siglo XX  merodearon por la zona  los integrantes del frente Oscar William Calvo del EPL. El comandante “Iván” murió a manos de sus compinches y “Leyton” fue blanco de las balas del gobierno. Como se ve la existencia de los vecinos de Santa Elena no ha transcurrido en un lecho de rosas;  sin embargo esta comunidad mayoritariamente indígena, pese a todos los contratiempos,  está encontrando un rumbo a su destino.

LEYTON, EL VERDUGO DEL PUEBLO  (Tomado de revista SEMANA)
 
"Por primer a vez en los 120 años desde cuando fundaron Quinchía, la muerte de un paisano encendió una fiesta que no dejó remordimientos. Tal explosión de júbilo fue el exorcismo con el que muchos de los 40.000 habitantes de este escarpado municipio al nororiente de Risaralda se sacaron de encima el miedo acumulado durante más de siete años. Ese fue el tiempo en el que alias 'Leyton', un comandante del Ejército Popular de Liberación (EPL) oriundo de la región, los tuvo acorralados. Para algunos lugareños, la felicidad de saberlo en otro mundo es inocultable: "En el infierno o donde sea, pero lejos de nosotros", sentenció la vendedora de yerbas y pomadas milagrosas de la plaza.
 
   Al terminar la misa de las 6 de la mañana del pasado 8 de julio, el rumor de su muerte empezó a recorrer las calles del pueblo. Sólo se detuvo al mediodía, cuando se convirtió en noticia confirmada por las autoridades. Ese sábado a las 3 de la tarde, el mayor Sergio Carreño, director del Gaula del Ejército y responsable de la cacería de 'Leyton' -en un acto inusual y controvertido-, enseñó al guerrillero a decenas de curiosos que se agolparon frente el anfiteatro a donde fue trasladado en helicóptero desde Manizales por pedido de Jorge Uribe, alcalde de Quinchía. "Para los que no creen, así es como terminan los bandidos", fue la arenga que Carreño soltó mientras exhibía el cadáver. En ese instante sonaron los primeros voladores que dieron paso a la celebración.

Aunque no fue una verbena, el ambiente era festivo y relajado. "Llamo pa'avisarle que ya puede volver al pueblo, pues acaban de matar al bandido que lo tenía seco, además, pa'que me dé permiso de tomarme una botella de guaro a su salud", fue el mensaje de voz que le dejó el administrador de una de las cantinas del pueblo a su jefe en el celular y que conserva como prueba de la emoción del momento. Cada cual buscó su manera de expresar la alegría y la tranquilidad que les trajo la noticia. Incluso hay quienes guardan como recuerdo la foto del difunto, que tomaron con sus celulares.

Con su muerte se enterraron también varios mitos que se habían construido en torno a él. "Decían que tenía pacto con el diablo y no le entraban las balas, que era brujo y se convertía en animal para escaparse", comentó un líder cívico de Quinchía. También sirvió, en parte, para quitarse de encima el estigma de ser una zona que apoyaba a la guerrilla.

La estela de terror y muerte que dejó Berlaín de Jesús Chiquito Becerra, alias 'Leyton', se comenzó a escribir en 1999, cuando salió de la cárcel luego de pagar una condena por extorsión y se vinculó al EPL. Tenía 20 años pero muy pronto daría a conocer su instinto sanguinario, "mató de un tiro a la primera mujer que secuestró mientras hablaba con su esposo por teléfono y le exigía el rescate", recuerda Bernardo Isaza, ex personero del pueblo.


Al año siguiente, luego de asesinar a su antiguo jefe, asumió el mando del grupo guerrillero en la zona y extendió su campo de acción a una vasta zona del Eje Cafetero que comprende, además de Quinchía, los municipios de Guática y Mistrató en Risaralda, así como Anserma y Riosucio en Caldas. 'Leyton' tiene el récord de haber secuestrado a 29 personas y asesinado a otras 13 en los últimos cinco años, según datos del Gaula del Ejército. Entre sus golpes más sonados se cuenta el reciente plagio de Juan Carlos Lizcano, hijo del ex congresista Óscar Tulio Lizcano.

Su capacidad criminal no conoció límites. En 2002, para evitar ser capturado, asesinó a su propia hermana, según dicen, porque pensó que iba a delatarlo para ganarse la recompensa, ya que hablaba mucho por teléfono. Igual suerte corrió una de sus primas, a la que asesinó en septiembre de 2005 porque frente a su casa se estacionaba con frecuencia una camioneta con los vidrios oscuros. Después se supo que era un carro de la secretaría de Salud departamental, donde ella trabajaba. Su fama sanguinaria llegó a su punto máximo cuando descubrió un comando de cinco guerrilleros de las Farc que iban a matarlo. Los degolló y colgó sus cabezas donde la gente pudiera verlas. El miedo se regó por veredas y trochas. De ahí que no es difícil entender que su nombre alcanzara connotaciones de mito.

Más allá de los límites de Quinchía hubo recelo ante la noticia de su muerte. Los habitantes de algunos corregimientos en los que la presencia del Estado es mínima, donde 'Leyton' y sus hombres se habían encargado de establecer un principio de orden terrorista de acuerdo con su retorcido criterio. Un orden que, a pesar de su connotación sangrienta, algunos añoran.


Los ancianos tampoco celebraron. En su memoria permanece el recuerdo del 'Capitán Venganza', un sanguinario bandido que en la época de la violencia partidista, tuvo a Quinchía bajo su azote. Creen que en esta región la sangre corre en un ciclo que no termina nunca. "A rey muerto, rey puesto", contestan cuando se les pregunta si creen que el peligro pasó."



Santa Elena es un territorio de  leyendas: según ellas  en el cerro Opirama moraban los tamaracas, o genios del mal, que en forma de plagas  atacaban a los nativos.; en la cúspide del cerro Batero, vivían el dios Xixaraca  y la diosa Michua que al contrario de los tamaracas favorecían a los nativos. En las crónicas de la Conquista se habla del cacique Atucifra, amo y señor de Tuza cuyo dominio  llegaba hasta las vertientes del rio Opirama.


Historia y leyenda se mezclan en un pasado  brumoso que es necesario descubrir.