jueves, 24 de mayo de 2018

TULIO TOBÓN VARGAS


 
UN PAISA  MUY ALENTADO

 
                                     Foto cortesía de Guillermo Aníbal Gartner

Alfredo  Cardona Tobón

En un amanecer de 1930 el canto de los gallos anunció  el nuevo día mientras tenues rayos de luz se filtraban por la puerta de un rancho en la vereda Sauzaguá, situada en el occidente del Viejo Caldas.

El vuelo de un búho hasta un frondoso aguacate despertó a Esterjulia, quien abrió los ojos,  se desperezó, alisó la bata que le sirvió de piyama y cortó el último ronquido de  su esposo Pedronel. Esterjulia quitó la tranca de la cocina y prendió la leña del fogón que empezó a escupir borbotones de  humo blanco por la improvisada chimenea de barro cocido, en tanto Titán y Nerón se agazapaban buscando el calor del fuego, dando término a las carreras nocturnas tras las chuchas y a sus molestos ladridos a la luna.

Esterjulia  puso  la cayana sobre las brasas y en una laja  grande y cóncava molió  el maíz para las arepas  mientras el  olor dulzón de la aguapanela anunciaba el frugal desayuno. Jacinta, la hija de seis años, se levantó medio dormida,  mojó la cara con el agua que caía por  una lata de guadua y se dirigió al corral con la aguamasa para el marrano;  Maruja,  la hija mayor de los Guapacha Ladino, preparó una olleta de café , untó la arepa con manteca y  empezó a lavar la ropa sucia que a falta de jabón desmugraba con  espuma de frutillo y pepas de Caramanta.

Una falda roja, los cucos, un brassier y la blusa de flores que le regaló don Tulio Tobón después de llevarla a la trastienda del negocio, constituían  el guardarropa dominguero de Maruja; iba descalza como el resto de los comuneros indígenas, era una  “patiancha”, como los llamaban los paisas,  pues sin el obstáculo de los zapatos sus dedos   se explayaban  libremente sobre el suelo.

Después del  desayuno  la mamá ordenó  las camas, que eran horquetas clavadas en el piso con largueros de guadua, sobre los cuales había un  tendido de esterilla cubierto por esteras fabricadas con cogollos de cañabrava y por los costales que empleaban como cobijas.

 Pedronel salió hacia el corte a las siete de la mañana y regresó al rancho  con el sol sobre su cabeza; traía desocupado el  calabazo de chicha y cargaba en una jíquera un gurre aterrado  manando sangre por una oreja; los perros brincaban jubilosos alrededor del infeliz prisionero en espera de  la ración sustanciosa, que, por ese día,  llenaría sus esqueléticas figuras

Sobre un mesón rústico Esterjulia y Maruja sirvieron  el sancocho con morro, donde nadaban trozos de obambo y flotaban unos plátanos en medio de un mar de grasa de calambombo, rematando el almuerzo con un tazón de mazamorra endulzada con  melaza de caña.

A medio día no había siesta ni reposo, con el último trago de sobremesa  Pedronel regresaba al corte a volear azadón o machete hasta que  el sol se escondía tras el cerro Gobia señalando la hora de la comida que indefectiblemente se componía de fríjoles con ahuyama o cidra, a veces acompañado por tajadas de plátano maduro y un tazón de claro con un pedazo de dulce macho. Nada de limones pues aguaban la sangre, ni guayabas porque a esas frutas les  faltaba un grado para ser veneno;  de vez en cuando complementaban la dieta alimenticia con animales de monte como guaguas, guatines o tatabras o con huevos de cascara verdosa de unas gallinitas criollas que se mantenían con cucarrones y lombrices.

 Con dieciocho años de edad  Maruja estaba embarazada.  Mamá Esterjulia sospechaba que  detrás de esa gordura estaba  don Tulio Tobón, el dueño de la tierrita que cultivaban.  ¡ Que le vamos a hacer¡ - pensaba Esterjulia por sus adentros- don Tulio era el patrón y en resumidas cuentas- cavilaba la vieja- era mejor tener un nieto clarito que otro indiecito tuntuniento.

En honor a la verdad la castidad no estaba en la lista de los valores de la parcialidad indígena; era común el “amañe” y las misias  no tenían inconveniente  en entregar sus hijas a los patrones para “ que  mejoraran la raza”, eso explicaba el “blanqueamiento” de la parcialidad por obra y gracia de varios garañones paisas dueños de  tierras y de los mejores negocios del pueblo. En familias campesinas no había empacho en decir ese niño es del doctor Eastman o esa niña es de Miguel Angel Restrepo. Contaba Lalo Salazar  que en una ocasión vio  un monito de ojos claros en una familia nativa; le pareció extraño y preguntó  de quien era la criatura.  “! Ese muchachito lo tuvo mi mujer  con don Tulio Tobón!”,  fue la respuesta del orgulloso padre putativo.

Es difícil calificar la conducta de don Tulio Tobón y otros paisas que se enquistaron  en las parcialidades indígenas.En el caso de don Tulio no se trataba de un seductor o un violador de nativas: era un reproductor, como el burro de raza del padre Jaramillo o el gallo fino de don Bonifacio Trejos. “Pateperro” calculó la descendencia de don Tulio en  75  niños; don Emilio Betancur, que  sabía lo que decía, pues era su cuñado ,  elevaba la cuenta  agregando  los retoños de unas fámulas y la única hija legítima  del  alentado multiplicador antioqueño.

A don Tulio, como a los toros, no le importaba la suerte de sus retoños;   fue su  padre, Germán Tobón,  quien en una  u otra forma reconoció a esos nietos:  después de la misa dominical de las nueve de la mañana don Germán se sentaba en una banca del parque con una bolsita llena de monedas de dos y cinco centavos. No tardaban en acercarse niños y niñas  de  diversos colores y tamaños que lo saludaban sin atreverse a llamarlo abuelo. Los pequeñines recibían un cariño o una frase amable y se retiraban sonrientes  a gastar la “ración” que les había dado el viejito.

 

 

 

 

 

martes, 22 de mayo de 2018

CÉSAR, OTTO Y LA PALABRA


 
Alfredo Cardona Tobón


                                                        Riosuceña en Carnaval
 

“Bendigo al Sumo Hacedor

que quiso hacerme cristiano,

músico, godo, caucano

y  antioqueño y  entrador”
                       

                                               Doctor Otto Morales Benítez
 

Este verso de  Gonzalo Vidal, un caucano autor de la música del himno antioqueño, podría aplicarse a los mestizos riosuceños cuyo explosivo coctel genético ha creado esos raros especímenes  del Ingrumá, capaces de santificar al diablo, bendecir el guarapo y dar sabor picante  al departamento de Caldas  que sin ellos sería una prolongación sosa de Caramanta o Abejorral.

Cuando Teófilo Cataño se inventó un Carnaval de la Bruja en Quinchía no se imaginó  que ese suceso daría pie para que los riosuceños inventaran un Carnaval presidido por el Diablo en el vecino Riosucio; tampoco imaginó César Valencia Trejos  en el año 1984, que una tertulia aguardentera con los aguadeños de  “Imágenes y Sueños”  y una parranda en “Leño Verde”, serían el germen del “Encuentro de la Palabra”, donde la provincia entabló batalla por su identidad y sus valores.

Atrás quedó la escuela de los jilgueros sin mensaje de los grecocaldenses  y demás  plañideros de  añoranzas ajenas, para dar paso a la voz de generaciones  llanas, comprometidas con la realidad y sus propios sueños.

A partir de entonces se han vivido decenas de “Encuentros de la Palabra”, son decenas de milagros en medio de la cicatería oficial y el desdén de la dirigencia departamental. En estos años Riosucio ha reunido lo más granado del pensamiento colombiano gracias a la fe y al tesón de su gente y ha consolidado un proyecto cultural que lo identifica en el concierto nacional..

Entre los artífices de los  “Encuentros de la Palabra” se destaca  César Valencia Trejos. Este riosuceño de profesión vio las primeras luces en la vereda “Ojo de Agua” y desde que estaba chiquito, como dicen sus biógrafos, ha estado inmerso en todo lo que beneficie a su pueblo  sin pensar en puestos ni dinero, del que parece divorciado o alérgico.

Inquieto de nacimiento ensayó estudios en  Bogotá y Medellín y siguiendo la herencia  de los culebreros y los trotamundos de su familia, César se ha enfrentado a los más disímiles oficios: locutor, periodista, animador en un colegio de monjas, cafetero, veterinario, empresario, matachín,  desenrroscador de culebras, pintor de arreboles y calibrador de truenos…

Aunque es godo y rezandero, Cesar Valencia entronizó a Otto Morales Benitez en las entretelas de los  “Encuentros de la Palabras” en vez del Corazón de Jesús.Y allí se quedó su paisano con sus carcajadas  impartiendo bendiciones  y trazando caminos  a quienes  en una u otra forma, modesta o ilustremente, trabajamos por el engrandecimiento de la provincia  colombiana.

Durante su fecunda existencia Otto Morales  estuvo presente en cuerpo o espíritu en los  “Encuentros de la Palabra” y los seguirá presidiendo aunque se haya apagado su risa franca  y no esté al lado de su millón de amigos. La trascendencia cultural de los “Encuentros de la Palabra” es innegable en el Viejo Caldas:  han desencadenado una serie de acontecimientos notables en la provincia  como los “Encuentros con la Historia”, festivales culturales, centros de estudios, la Academia Caldense de Historia y la Cátedra Otto Morales Benítez de la Universidad del Área Andina en Pereira.

LAS HUELLAS DE OTTO

Otto dejó testimonio de su obra en decenas de libros, en artículos de prensa, en las generaciones que lo precedieron. Fue el faro de la que llamó “La generación de las identidades” cuya labor se extiende hasta nuestros días en la poesía, la literatura  y la historia de la región. Otto Morales Benítez no le temió a los esbirros  de las tiranías como ocurrió en el Paraguay donde  no pudieron silenciarlo las  amenazas de la gente de Stroessner y  tampoco en Colombia, donde su voz se levantó en tiempos de Mariano Ospina y Laureano Gómez para exigir el  respeto a la vida en esos ominosos regímenes, donde la vida de los liberales valía  menos que la de un mísero perro callejero.

En el año  1947 los liberales organizaron una manifestación en Salamina, Caldas. Otto era el abanderado en la multitudinaria marcha. Ante un aguacero de piedras sus copartidarios  se guarecieron en los zaguanes de las casas del marco de la plaza y cerraron las puertas; Otto iba de lado a lado de la enorme plaza con el pendón rojo buscando un refugio que lo salvara del salvajismo de los atacantes, pero sin deshacerse  del estandarte que era el blanco principal de los violentos.   

Muy jovencito, Otto organizó las brigadas rojas en su pueblo y alineó en sus filas a los caciques pirsas de Bonafont y de Moreta. Los quinchieños cerraron filas alrededor del tribuno oscuro que se identificaba con los Guapacha y los Ladino, con los  Tapasco y los Largo.

                                                A la derecha  César Valencia Trejos

El paso de los años podrían diluir la esencia del aldeano que   se enfrentó a los “pájaros” de mitad del siglo  pasado al denunciar sus crímenes  en los flagelados municipios del occidente del Viejo Caldas. En sus crónicas “Campos desiertos y cementerios repletos” denunció los atropellos del régimen dejando la relación de los asesinatos y de los desplazamientos forzados. Infortunadamente todos ellos quedaron en la impunidad y en su tiempo ni la iglesia insensible, ni la sociedad, ni nadie, se condolió de la monstruosidad de los hechos.

Llegará el día que se reconozca el valor de Otto Morales. Cuando  se oxiden los incensario,  se acabe el monopolio de quienes se creen sobrinos del Papa  y bajen de sus pedestales a los paladines de la  aristocracia criolla, quizás se funda un busto en honor al caldense que no  fue presidente de  Colombia  al negarse a los condicionamientos de los barones electorales. Llegará, entonces, el reconocimiento  a ese “patiancho” riosuceño que brilló con luz propia  en los escenarios americanos y cuyas risotadas no se han perdido sen los pliegues graníticos del Ingrumá  y El Batero.

 

 

 

lunes, 14 de mayo de 2018

IGNACIO TORRES GIRALDO EN PEREIRA


Alfredo Cardona Tobón

 
  Martín Torres, oriundo de Rionegro y uno de los  primeros pobladores de Neira se radicó en Pereira en 1876, donde su  hijo Ignacio  casó con una  hija de don  Felipe Giraldo.
El matrimonio Torres Giraldo se  trasladó al villorrio de Circasia, en el distrito de Filandia, donde el 5 de mayo de 1893 nació un niño al que bautizaron  Ignacio, al igual que su padre.

Por razones de su trabajo en construcción y agrimensura, don Ignacio padre,  junto con su familia  se radicaron en Montenegro y Sevilla. Por tal circunstancia el niño Ignacio Torres Giraldo  no estuvo en ninguna escuela y la educación que adquirió  en la infancia fue  la que  pudieron darle sus mayores

 Siendo adolescente Ignacio Torres Giraldo  llegó  a Pereira donde se aficionó a la lectura con los  libros que alquilaba don Clotario Sánchez. En 1911  el joven Ignacio entró como aprendiz de sastrería  al taller de don Germán Uribe Zuleta, profesión que  le brindó un medio de subsistencia. Inmerso en el mundo obrero,  Ignacio asistió a las reuniones de obreros y artesanos y  en forma autodidacta empezó su  formación periodística y a destacarse como escritor de buena pluma, ardoroso orador y político perspicaz , hasta consagrarse  como el más reconocido líder nacional  en las luchas  reivindicatorias de la clase popular en la primera mitad del siglo XX.

En 1908   Pereira era una plaza fuerte del radicalismo liberal,  abierta a muchas situaciones de cambio. Por eso, la clase dirigente, para sacudirse de la coyunda clerical, quiso fundar un establecimiento de enseñanza primaria con algunos cursos de bachillerato y proyección  para ir abriendo niveles superiores. Se quería un colegio  independiente  que se abriera  a las distintas clases sociales, concediendo becas a niños y jóvenes pobres. Para tal fin se reunieron 94 personas pudientes , obligándose cada una de ellas a sufragar los gastos de dos alumnos. Una vez firmado  el compromiso se trajo un rector y varios profesores de Medellín. Como rector se contrató a  Benjamín Tejada Córdoba, intelectual  y notable formador de juventudes  quien llegó a Pereira con su esposa doña Isabel Cano Márquez, hermana de María Cano,  y con sus hijos María y Luis Tejada Cano.

 Al colegio se vincularon el doctor Juan B. Gutiérrez  e Ignacio Torres Giraldo, quien  gozaba de amplia aceptación en los medios intelectuales pese a su juventud y su formación autodidacta.. Con el colegio en marcha, el rector  Benjamín Tejada  y el doctor Gutiérrez  fundaron un periódico   con clara orientación pedagógica, a cuya redacción  se sumó Ignacio  Torres Giraldo.

En 1913 Ignacio Torres mueve a la clase obrera con publicaciones que incitan al pueblo a  reclamar sus derechos, en 1914  colabora con la campaña del doctor  Gutiérrez por una curul a la Cámara de Representantes a nombre del partido liberal, y en 1915 hace parte  del círculo literario” La Gironda” con su periódico  “Glóbulo Rojo” . Pronto el circulo literario del colegio Murillo Toro se convirtió en un centro político dentro del cual se abrió paso una corriente de izquierda que el rector  denominó “ala jacobina”, pues basaba sus planteamientos en la ilustración francesa del silgo XVIII.

El 15 de octubre de 1916, segundo aniversario  del asesinato del general  Uribe, Ignacio Torres fundó su propio periódico con el nombre de “El Martillo” con orientación izquierdista. Junto con Jesús Antonio Cardona Tascón,  Ignacio Torres impulsó  al grupo de jóvenes revolucionarios que se  conoció  con el nombre de “Los ravacholes”.En manifestaciones públicas  los rebeldes   chocan con las autoridades y quedan tras las rejas en Pereira y Manizales donde los encarcelan para  que “corrigieran su forma de pensar”.

En “El Martillo”  Ignacio Torres se opuso a que el hospital San Jorge pasara a manos  de las Hermanas de la Caridad. En hojas volantes  se opuso, también, a la reglamentación de la Sociedad de Mejoras Públicas que establecía las retretas de gala, a las cuales no podrían asistir personas descalzas o de ruana y dispuso, igualmente, que los jueves a las cinco de la tarde serían las tertulias populares, ignorando que era hora de trabajo del pueblo raso que solo tenía los domingos para distraerse.

Para torpedear las medidas dispuestas por la Sociedad de Mejoras Púbicas, Torres Giraldo convocó  a obreros, mendigos, trabajadoras domésticas, gente pobre y  a la masa en general a tomarse el parque de La Libertad en una de las retretas de gala de los domingos, lo  que sucedió al presentarse una tumultuosa manifestación que hizo derogar lo dispuesto por la Sociedad de Mejoras Públicas.

LA OBRA DE TORRES

Lo de la apertura libertaria de Pereira ha sido más vitrina que realidad. Al principio del siglo XX  la clase dominante que continúa  manejando  los destinos de la ciudad hostilizó a Ignacio Torres Giraldo quien se vio obligado a suspender  “El Martillo”  y tuvo que   emigrar hacia tierras del Cauca donde prosiguió su labor en defensa de los más humildes.

Como los partidos políticos aprovechaban la fuerza popular para eternizar en el poder a sus dirigentes, Ignacio Torres  consideró necesaria la consolidación de un partido socialista. En sus campañas  Torres visitó a Pereira en varias oportunidades, en  1927 llegó a la ciudad con  María Cano; una gran concurrencia los recibió en la planicie que después ocupó el parque Olaya Herrera, donde Lisímaco Salazar los presentó con un fogoso discurso.  Al dia siguiente el jefe de la policía desalojó la plaza de La Libertad y malogró  la gran manifestación acallando las voces de  María Cano, Torres Giraldo,  Julio Restrepo Toro y Célimo García..

Según afirma  don Emilio Gutiérrez, en Pereira se formó el pensamiento  social y político de Ignacio Torres Giraldo, quien indudablemente fue uno de los lideres más notables de la izquierda colombiana.

 Ignacio Torres murió en Cali el 5 de noviembre de 1968. Sus  ideas permearon por mucho tiempo el pensamiento popular  de Pereira,  una ciudad cuya gente ha tenido que luchar contra una clase que la ha dividido entre  los blancos y los negros, no por el color y la raza sino por  el  reparto desigual de las oportunidades.

lunes, 7 de mayo de 2018

EL MAESTRO OTTO MORALES BENITEZ Y SU RIOSUCIO DEL ALMA -I-


 

Por: César Valencia Trejos

 

“Vengo de una provincia colombiana. Nací en Riosucio de Caldas. Allí me formé. Tengo el sello de la marca de comunitaria y democrática unanimidad que allí nos congrega. Y no quiero que nadie me confunda. Mi identidad no está en los papeles  civiles que me entrega el Estado para avanzar por mi patria y por el mundo, sino en el sello de autenticidad de mi gente”

                                                               Otto Morales Benítez

 
 

       

 



                  Narrar, precisar, establecer crítica literaria o historiografíar sobre la Obra y Vida del humanista, es quizá replicar lo que un número considerable de escritores, investigadores y estudiosos han esbozado sobre este “Maestro de Maestros”: el que enseña a los que enseñan, como lo enunciara el ex presidente Belisario Betancur, al titular su Conferencia en la Academia de la Lengua, en homenaje al doctor Otto al cumplir 90 años de edad.
 

 
            El Colegio Máximo de las Academias, en el año 2011 postuló al Maestro Otto al Premio Príncipe de Asturias, en el área de las artes y las letras y su presidente de la Academia de la Lengua, Jaime Posada argumentó: “Su legado es tan extenso que podría ser postulado en varias categorías de este importante galardón, nos pareció la categoría más cercana a su gran aporte”


 

LA INTELIGENCIA SOBRE OTTO
 

            Multitud de rigurosos estudios se han plasmado sobre el pensamiento de uno de los más eruditos colombianos. Sobre el particular se han conocido 20 libros y probablemente en el futuro aparecerán otros. Se distinguió por ser uno de los ensayistas más fecundos, reveladores y rigurosos sobre los distintos asuntos de la nacionalidad colombiana.

            Enumerar acerca de los logros políticos, académicos, de sus 138 libros y de 41 sin editar, en la modalidad de ensayo, los prólogos a cientos de libros de escritores, de las cátedras, premios y becas que llevan su nombre; de los homenajes que en el Continente Indoamericano- como él subrayaba a América Latina- y los que en la nación, en diversas regiones le tributaron, es un prolongado compendio.

            Se aproximaron más de dos centenares de escritores y periodistas para comentar su Obra, citemos ligeramente los títulos y autores de algunos libros editados por estudiosos:

Fernando Ayala Poveda: Otto Morales Benítez: la palabra indoamericana; el historiador y crítico panameño Carlos Alberto Mendoza, publicó dos libros: Trayectoria evolutiva del liberalismo y posición de Otto Morales Benítez y el estudio: El Mestizaje e Indoamérica: el mensaje de Otto Morales Benítez. El profesor mexicano Leopoldo Zea, dedicó su libro: América como Autodescubrimiento”, entre otros, al doctor Otto;  el caldense Javier Ocampo López, autor de más de un centenar de libros, escribió su obra: Otto Morales Benítez: sus ideas y la crisis nacional y dedicó al doctor Otto su libro: Historia de la cultura hispanoamericana siglo XX.

El lingüista Óscar Piedrahita González publica: Tesis de Otto Morales Benítez: memorias del mestizaje, un libro esencial en el Continente; el profesor universitario Ricardo Sánchez Ángel divulgó: El demonio del ensayo en la obra de Otto Morales Benítez; Luis Carlos Adames dio a la publicidad el tratado: Otto: el periodista que negoció la paz; el historiador nacido en Apía, Risaralda, Albeiro Valencia Llano publica: Otto Morales Benítez: de la región a la nación y al continente.

            Asimismo, Vicente Landínez Castro, oriundo de Villa de Leiva, nos sorprendió con su libro: Miradas y aproximaciones a la obra múltiple de Otto Morales Benítez. Por su parte el historiador, ensayista y político santandereano Antonio Cacua Prada, anunció 10 libros inéditos sobre las reflexiones del doctor Otto.

            En ensayos y artículos en prensa y revistas especializadas el compendio es enorme, Carlos Arboleda González, oriundo de Risaralda-Caldas, escribió: La majestad de la palabra en la obra de Otto Morales Benítez, texto que hace parte de la Colección Cátedra Otto Morales Benítez, bajo el título Humanismo ejercicio dinámico del pensamiento que promueve la Fundación Universitaria del Área Andina con sede en Pereira.

            Guionista de la cultura caldense, es otro ensayo dedicado al fogoso orador Otto, publicado por el supieño Jorge Eliecer Zapata, en donde subraya “la preocupación por los asuntos regionales y nacionales y su asomo a toda Latinoámerica como una unidad comunitaria que debe unir sus fuerzas para salvar la identidad”.

 CENTRO PARA EL ESTUDIO DE LA OBRA


            En Bogotá, desde agosto de 2001, sus dos hijos Olympo y Adela, fundaron el Centro para el estudio de la Obra de Otto Morales Benítez, en una antigua casona del barrio La Soledad, con el fin, como lo expresó la Antropóloga Adela Morales de Look: “Mi hermano Olympo y yo hemos decidido establecer este Centro, con el afán de interpretar lo que muchas personas han venido manifestando de diversas formas, acerca de la necesidad de estudiar una obra tan prolífica y que aporta muchos planteamientos importantes para el conocimiento y entendimiento de nuestra realidad nacional, social, económica y política”. Es decir, allí tenemos el almendro de la investigación sobre la Obra y Vida del doctor Otto. Valdría la pena replicar esta enseñanza, con un proyecto que avivemos las gentes de Riosucio, liderado por sus administraciones y  dirigentes, alrededor de  la casa donde nació el doctor Otto, cuya fachada fuera remodelada por el ingeniero y arquitecto belga Agustín Gooavaerts, reconocido en Medellín por sus edificaciones arquitectónicas. A propósito, hemos abandonado varias construcciones donde deberíamos disfrutar de museos y revelar el valor que encierran nacionalmente los riosuceños entre otros, en un recuento incompleto, además, del doctor Otto, Danilo Cruz Vélez, Enrique Alejandro Becerra Franco, Julián Cock Bayer, Silvio Fernando Trejos Bueno, Jorge Gärtner de la Cuesta, Rómulo Cuesta, Octaviano Vanegas, Ariel Escobar Llanos, Helbecio Palomino Salas, los artistas Buenaventura y Ángel María Palomino, Manuel Antonio Cataño, los periodistas y militares hermanos Díaz Morkum, los vates Andrés Mercado Vallejo, José Trejos, Enrique Palomino Pacheco y Carlos Héctor Trejos Reyes, los compositores de música popular Antonio Posada Correa e Israel Motato y tantos que nos han dado presencia y nos han enaltecido.

            El empresario manizaleño Eduardo Arango Restrepo, le dijo en un acto académico en Manizales: “Otto, deja de publicar, a ver si te alcanzamos tus lectores” y como siempre, el auditorio se llenó de la sin igual carcajada, que acabó con la solemnidad de un acto de trascendencia regional que allí se llevaba a cabo. Esto para ratificar que detenernos en sus realizaciones es extenso.
 

DEVOCIÓN POR RIOSUCIO  Y SUS COTERRÁNEOS      

             Este inventario es apenas un breve registro de lo que se ha publicado y exaltado sobre el doctor Otto. En consecuencia, los invito para que nos detengamos en lo que el autor escribió con pasión y generosidad sobre nuestro pueblo, palabras que se escuchan en el Continente y que han hecho conocer el Carnaval, el Encuentro de la Palabra, nuestras expresiones, costumbres y algunos artistas y escritores de este terruño.



            Vicente Pérez Silva escribió en la introducción del libro: Iconografía y fragmentos de prosas de Otto Morales Benítez publicado por la Fundación Universidad Central, en el año de 1995: “Hijo de su provincia a la que ama entrañablemente, no concibe la vida sino en función de la tierra de su origen. Una vida ajustada a los sueños de su infancia y a los preceptos que dimanan del Ingrumá: el cerro centinela  de una hermandad progresista  y solidaria. Las facetas míticas y las picardías del Diablo de Riosucio, también poblaron su temprana imaginación de mágicos resplandores”.

            Repetidamente lo acompañó su indeclinable querencia por su terruño, podríamos afirmar que no había intervención o publicación que no referenciara a Riosucio, se sentía orgulloso que lo identificaran con todos nosotros y nuestras expresiones culturales y mentales. En charlas informales con los más importantes personajes de la vida nacional o departamental o con seres elementales, siempre exaltaba a Riosucio y relataba con admirable gracia episodios y anécdotas de célebres mujeres y hombres de esta comarca. Así mismo, quienes han iniciado el análisis de su obra, coinciden en resaltar su espíritu de “provinciano cosmopolita”.

            En su tratado Raíces Humanas nos trae una manifiesta síntesis de su origen: “Del minero heredamos un cierto júbilo permanente. Del labrador tomamos una vocación por las acciones colectivas, por los aspectos de la comunidad. Y ese espíritu cívico, que se enciende cuando se trata de declarar nuestro amor a Riosucio. Y de esta amalgama, y de la desconfianza primigenia y recíproca, nos queda el palique buido, la maliciosa interpretación de los hechos que conduce a un apunte sagaz, que concluye en una sonrisa que ilumina la picardía de la conversación. Del brillo y abundancia de las fiestas, nos ha llegado la pasión por la música y el diálogo que es proverbial en todo hijo de este sitio. Todavía hay tragos regionales, como el “guarapo”, que nosotros levantamos como símbolo  de lo que nos ha dejado una raza de labradores. Su nombre congrega en pasión jubilosa a todo aquel que allí nació, a aquel que de paso por haber vivido con nosotros, supo gustar de los dones y zumos de nuestra bebida regional….”. Y en otro aparte de este texto, señaló: “Todos nos sentimos atados entrañablemente, por un vigor hondo, que nace de una identidad en nuestro destino. Riosucio adquiere una dimensión propia, en la cual se manifiesta el sentido colectivo que preside cada uno de sus hechos”.

            En el libro de Diálogos, resultado de una extensa entrevista publicada en 270 páginas: Interrogantes sobre la identidad cultural colombiana, el antioqueño Augusto Escobar Mesa, en una de sus respuestas él doctor Otto recuerda en varias oportunidades a sus coterráneos: “Mi generación del colegio tenía unos rasgos comunes con nuestra identidad riosuceña que nos permite identificarnos fácilmente. Manejaba una inteligencia chispeante, alegre, con cierta tendencia a la burla, pero sin quejumbres matreras, eran gentes con aptitud para la especulación mental  para enfrentar los teoremas y los silogismos, para reclinarse sobre el microscopio o mirar por un teodolito las soluciones que apremia la civilización…No era la actitud de una generación, era la herencia que habíamos recogido en los hogares, en la esquina del diálogo, en la socarrona manera de juzgar el mundo que tiene el riosuceño”.

Y más adelante agrega: “También cuentan los que vinieron de fuera a nutrir nuestra comunidad con sus conocimientos, con su trabajo con sus experiencias de toda índole. Cuando nacimos como Municipio, los sabios franceses Boussingault y Roulin estuvieron aquí y dejaron enseñanzas, ejemplos. A ellos se les recibió con esplendor porque el oro permitía lujos y derroches en los vinos y en los manjares. Y así ocurrió con todo viajero  que por aquí transitó. Ellos trajeron, entonces, voces de otros mundos, mensajes de nuevas experiencias y, especialmente, los escritores, los poetas, los expertos en finanzas u hombres que llegaban a compartir la guerra o el gobierno; en este lugar tuvieron su asiento. Fuimos afortunados porque muchos venían doblados de poetas, ello explica -fuera de la natural predisposición colectiva de mis paisanos- el gran ímpetu  intelectual  que nos golpea y continúa incitando con sus antenas de brillo y de luz a la juventud de mi tierra”.

            En una lectura en la sesión solemne de la Sociedad Geográfica de Colombia, en agosto de 1998, que tituló La geografía como factor de integración, expresó: “Existía una profesora, Purificación Calvo de Vanegas expertísima en sabidurías pedagógicas…ella designaba a Marta, la más bella, para representar nuestro calificado Departamento: el Gran Caldas y luego continuando en la pesquisa de los rostros y cuerpos más armoniosos, aparecían sus límites: el Tolima que era Marina; el Valle, Nohemí; Antioquia Doloritas. Éstas iban rodeando a Marta. Así quedaba la lección infalible, la que no se olvidaría…”.

            En otro fragmento de esta leyenda puntualizó: “En nuestro Colegio de Varones, don Genaro Bueno Cock llegaba a la hora de clase con pausados y cautelosos desplazamientos. Eran suaves y finas sus maneras de gran señor. Desplegaba sobre el tablero un mapa de Colombia y principiaba a leer los versos que mencionaban los milagros de las montañas, ríos, llanos, ciudades y pueblos remotos. Teníamos que aprenderlos de memoria. Luego, los recitábamos con ímpetu, señalando dónde comenzaba la Sierra Nevada de Santa Marta y cómo había unas regiones extensísimas en el Huila y que eran gloria de nuestros ancestros: San Agustín. Nos hacía entender, entre soneto y elegía, al Chocó con sus lluvias y relámpagos; la Guajira desértica que vigilaba, desde el Cabo de la Vela, el destino nacional. Descendíamos por entre versos pareados hasta la Amazonía, la Orinoquía y el misterio de las selvas de gloriosos follajes”.

            Continuando esta indagación de textos, en una lectura en la clausura de estudios de bachilleres de la Institución Nacional Los Fundadores, que designó como Mi Colegio de Riosucio: Apuntes  para la biografía de una generación de provincia, una disquisición de elogio al plantel, profesores y a sus condiscípulos se refirió en los siguientes términos: “Porque este es “mi Colegio”. De aquí no me dejo despojar. Pasé años esenciales de mi vida –los mejores de los sueños- entre su recinto. Claro está que en otro sitio, con muros más pobres, con aulas casi menesterosas, sin espacios para movernos en las horas de descanso. Desconocíamos los campos de deporte. No había lugares de esparcimiento para nuestro ímpetu juvenil. Los servicios mínimos de aseo, apenas se presentían. La luz entraba, por las ventanas modestísimas, llena de una  timidez que no le permitía irrumpir con su explosión de  luminosidad.

            El moho, un verde inquietante que invadía rincones y algunos trechos de los corredores y paredes, nos hacían compañía. Los asientos eran rudimentarios, muy primitiva su elaboración. Las escalas para ascender al único piso utilizable, traqueaban con nuestros pasos. Sus tablas se arqueaban con humildad y daban, con recato, quejidos que denunciaban la proximidad de su derrumbamiento”.

            En Líneas culturales del Gran Caldas un compendio que exalta y rescata valores humanos e intelectuales de estos departamentos, declara su afecto por su primigenia tierra: “No puedo pensar la vida sino en función de la tierra de mi origen. A la cual además, como labriego y ganadero, he dedicado tantas horas de unción a sus preceptos telúricos. Con la ventaja que es uno de los privilegios que resguardan mis desplazamientos: ajusté mi vida a lo que soñé desde la infancia: que fueran evidentes las concordancias entre lo que pensaba o lo que predicaba o realizaba… El mío es la infancia; lo que armó y cruzó mi adolescencia…”.

            El doctor Otto Morales Benítez inauguró en la Universidad Autónoma de Manizales, la Cátedra Caldense, un vibrante y excelso reencuentro con la región, que los dirigentes abandonaron por su avaricia y espíritu centralista, esta exposición fue publicada por el Banco Central Hipotecario en 1984. Es en este libro cimero un examen riguroso de Caldas, en donde cita en repetidas ocasiones a otros autores que fundaron el destino de nuestro Municipio. Allí se puede esclarecer qué dijo Purificación Calvo de Vanegas acerca de nuestra historia; en este tratado se citan los escritos de los  científicos franceses Juan B. Boussingault y Francisco Deseado  Roulin, quienes vivieron en Riosucio y sus páginas son otra muestra de la importancia que tuvo nuestra comunidad. 

            En este trabajo como en otros de sus escritos, recalcó lo esbozado por el pensador Rafael Uribe Uribe, en el Congreso de 1896, de quien reclama la creación del Departamento de Caldas y se enorgullece que propusiera que la capital de nuestro Departamento fuera Pereira, Riosucio o Manizales. Se regocija procurando supremacía a nuestro pueblo como una población de gran jerarquía económica, política, social y cultural. Este libro como constante de su producción literaria, es un emblema de incitación permanente para que estudiemos lo nuestro con más sentido de pertenencia y de identidad local y regional como afluentes de la historia nacional. Como constante del doctor Otto pensando en su tierra de origen, esta Cátedra Caldense es otra muestra auténtica de su fervor por su patria chica.

            Publicó Memorias del Mestizaje en el año de 1984, una Antología de temas relacionados con nuestro Continente, cuestión en la cual profundizó y fundó su teoría general del mestizaje. Él afirmó en sus investigaciones que se había nutrido de Riosucio: “Porque allá lo indígena, lo negro, las colonizaciones, los extranjeros atraídos por la abundancia minera, se fueron amalgamando y han constituido uno de los núcleos étnicos con más opulencia en sus expresiones”.

En este libro publicó Declaración de amor al Diablo del Carnaval, una de las páginas admirables sobre el Carnaval. Conjuntamente con la Colonia de riosuceños residentes en Bogotá y el Encuentro de la Palabra divulgaron: Facetas míticas del Carnaval de Riosucio, y posteriormente el autor escribió un discurso donde incluye los anteriores dos ensayos y agrega uno nuevo: Alabanzas del diablo y su Carnaval que consta de XII Capítulos en donde analiza y hace referencias universales del Diablo en las distintas épocas y sociedades. Este ensayo lo dedica a rendir un Homenaje al artista popular Gonzalo Díaz Ladino, quien ha elaborado 11 efigies del Diablo, el Viacrucis de la Iglesia de La Candelaria y plasmado cientos de carteles promoviendo el cine y pinturas de personajes nativos.

            Detenerse en la interpretación de lo escrito, es un ejercicio intelectual que importaría que las nuevas generaciones y los estudiosos lo afrontaran y procuráramos otorgar mayor altivez a los raizales.

 

 

 
 

domingo, 29 de abril de 2018

EL GENERAL JOSÉ MARÍA MELO



CUANDO LA REALIDAD SOBREPASA LA FICCIÓN

 Alfredo Cardona Tobón
 
                                              General José María Melo

Al caer la tarde del primero de junio de 1860  un grupo de indígenas tojalabales de la hacienda Juncaná, en La Trinitaria, recogió cinco cadáveres ensangrentados para sepultarlos al frente de la capilla del poblado. El molesto zumbido de las chicharras cortaba la soledad  y ponía punto final a un drama que había empezado horas antes,  cuando por orden expresa del general Juan Ortega, un pelotón de fusilamiento acabó con la vida  del  general granadino José María Melo.

 Desde semanas atrás  Melo estaba entrenando un  destacamento de  cien jinetes con el objetivo  de resguardar la frontera con Guatemala, amenazada por los enemigos del gobierno mejicano; en esa madrugada de junio nada hacía presagiar el  ataque, pero por descuido o por novatada  de la tropa, sorprendieron la columna de Melo, hirieron al general y a rastras se lo llevaron prisionero.

 El fin estaba cantado, la orden era acabar con la vida del general Melo  sin  atender formulismos. Al esculcar el cadáver  encontraron un reloj, una cartera vieja, algunas cartas y cuatro pesos; esos eran los bienes del  hombre que luchó por la libertad americana  en  Jenoy, en Ayacucho y Junín, defendió a su patria en el Portete de Tarqui, buscó la reintegración de la Gran Colombia, fue presidente de Colombia, se enfrentó a la  gavilla de intocables cuyos descendientes continúan gobernando el país, combatió a los  filibusteros que quisieron anexar a Centroamérica al imperio yanqui y  ofrendó su vida por Benito Juárez.

EN TERRITORIO VENEZOLANO

Melo fue un hombre de combate: apoyó a Rafael Urdaneta en su breve mandato dictatorial y por ello se le expulsó a Venezuela. Allí  se unió a los conspiradores que en 1835  buscaban  derrocar al presidente José María Vargas y reintegrar la Gran Colombia; pero al retornar Páez al poder se expulsó de Venezuela a Melo quien tras un corto recorrido por las islas caribeñas se dirigió a Europa, quizás con el apoyo de sus compañeros masones.

En Alemania Melo asiste a la Academia Militar de Bremen y se interesa por  las ideas cuyos coletazos golpean a la desigual e injusta sociedad colombiana. Melo no fue un sargento ignorante como lo presentan algunos autores, sino un militar de escuela y un estudioso que se aproximó a las doctrinas socialistas de entonces.

LA REPÚBLICA ARTESANA

En  1840  Melo regresó al país para dedicarse a negocios particulares en Ibagué, luego a la política en las filas liberales y como hombre de cuartel volvió a las filas con el grado de general para ocupar la Comandancia Militar de Cundinamarca.

Melo era un indio  de clara estirpe pijao; tal vez por eso se convirtió en un símbolo popular, en la esperanza de la gente sin voz atropellada por quienes entregaron el país a los intereses extranjeros, arruinaron la naciente industria  nacional y acogotaron de hambre a los artesanos. Los genios de la economía criolla aseguraban que  solo servíamos para producir materias primas y eran los arios y los  anglos los llamados por la Naturaleza para desarrollar la ciencia, la tecnología y controlar los procesos de trasformación.

Además de considerar al pueblo raso como un incapacitado mental, los dueños del poder quisieron marginar a los militares que nos habían legado la independencia, desterrar a los jesuitas y acabar con el ejército. Ante tales perspectivas se fraguó una  alianza entre los artesanos hambrientos y los militares proscritos y el 17 de abril de 1854, con un golpe de cuartel, el pueblo tuvo el poder por primera y única vez en nuestra historia, con José María Melo como presidente.

De inmediato los dirigentes liberales y conservadores invocaron la Constitución,   conformaron un Frente Nacional y con tropas armadas por los capitalistas atacaron la República Artesana, que, sin recursos, se defendió como pudo. La manguala bipartidista triunfó en el Valle del Cauca y en Antioquia y el  4 de diciembre de  1854 tomó la capital de la República acabando con el primer intento de un gobierno popular. Cuando todo estaba consumado, el general Melo tomó sus dos pistolas turcas, se dirigió  a las caballerizas  donde cuidaban sus animales pura sangre y con su propia mano sacrificó lo que más  amaba  para que no se convirtiera en  un botín de guerra.

DE NUEVO EN EL EXILIO

¡Fusilen!-  ¡Exilien¡- Son los gritos del general Mosquera. Muchos perecen en  lejanos e inmundos calabozos, otros bajo el  fuego de los pelotones de exterminio. La guadaña  de la muerte barre al pueblo: caen sastres,  guarnecedores, jaquimeros y militares  cuyo único  pecado es la defensa del pan de sus familias. Los vencedores quieren ejecutar a Melo pero no pueden tocarlo, pues sus antiguos  amigos liberales lo protegen; como no pueden asesinarlo  lo   extrañan de su patria y el glorioso militar, héroe de mil combates,  deambula por  Centro América  en un periplo lleno  de interrogantes

En 1857 el general granadino solicita al presidente de Costa Rica un permiso para explotar dos minas de oro en asocio con el venezolano Francisco Parga y se pierden sus huellas durante dos años; se sospecha que, con otro nombre, luchó en Nicaragua contra William Walker, un filibustero que pretendía anexar ese país a los Estados Unidos. Es una hipótesis que podría ser  cierta porque Melo era un guerrero que  no podía permanecer impasible ante esa lucha dispareja.

En 1859  Melo es Inspector  General del Ejército  de Salvador. De la nada crea el ejército más poderoso de Centro América y establece una Academia Militar. Esto bastó para levantar la envidia de los militares salvadoreños y perder el respaldo  del presidente  Gerardo Barrios. Melo atravesó  sin detenerse el territorio de Guatemala, donde gobernaba el dictador Carrera y llegó a territorio de México.  El  17 de marzo el periódico “La Bandera Constitucionalista” ´publicó en forma destacada la noticia de su llegada a Tuxtla; es entonces cuando Melo  se integra al ejército de Juárez y se traslada a  Comitán con el objetivo de apoyar el  gobierno de Juárez .

Mucho tiempo ha trascurrido desde esa madrugada del primero de junio de 1860 y en ese largo tiempo se ha querido borrar la memoria de un hombre de extracción humilde que como Jorge Eliecer Gaitán agitó las banderas populares. Durante el gobierno de César Gaviria se intentó rescatar las cenizas de José María Melo. Nadie más se ha interesado en traer los restos de este glorioso general  cuya vida real  supera cualquier  novela.

 

 

 

 

 

 

jueves, 19 de abril de 2018

LOS LLANEROS DE CASANARE Y LOS GAUCHOS INFERNALES


Alfredo Cardona Tobón

 

“Allá va  ese Martín Güemes

Barba florida y entera

Con sus gauchos infernales

Defendiendo la frontera”  -    ( Chacarera -)

 


En el sur del continente los gauchos de Salta y Jujuy, al igual que los llaneros del  Meta y el Orinoco de las sabanas colombianas, sostuvieron  una lucha a muerte contra los españoles.  Unos y otros   fueron  jinetes extraordinarios  que tras sus caudillos llevaron la libertad en el anca de los caballos.

Los llaneros del Casanare frenaron las invasiones realistas a su territorio y constituyeron  la  columna vertebral del ejército patriota  que cruzó los Andes   para liberar a la Nueva Granada; los  gauchos, por su parte, protegieron la frontera con el Alto Perú, apoyaron  el avance del general San Martin a territorio peruano   y  facilitaron la liberación de Chile.

Mientras en Buenos Aires la “Patria Niña” se debatía entre  la desorganización y el caos, las fuerzas españolas se fortalecían en el virreinato del Perú y amenazaban el noroeste del Rio de la Plata. En 1815 los españoles derrotaron en Sipe-Sipe al Tercer Ejército Auxiliar  y con la  frontera desguarnecida y ante la inminente invasión realista, el gobernador patriota de Salta, Martin Miguel de Güemes, buscó infructuosamente el auxilio de Buenos Aires.

Con recursos de Salta y Jujuy,  Güemes conformó inicialmente una fuerza  de 336 gauchos oriundos de  Salta, Jujuy y Tarija, comandados por  16 oficiales. Eran mestizos e indígenas trashumantes, diestros con el facón y la lanza, montoneros  e indisciplinados, guerrilleros por vocación, jinetes excelentes que peleaban a caballo  o desmontaban para convertirse en fieros infantes armados  de machete. Güemes los llamó “Los Gauchos Infernales”  pues como seres del averno atacaban con furia utilizando el ruido como arma para llenar de pánico al enemigo.

Para protegerse de las zarzas, los gauchos utilizaban amplios zamarros o guardamontes de cuero que golpeaban con sus rebenques creando un  enorme estruendo; se recuerda la noche del 5 de mayo de 1817 cuando amarraron un cuero encendido a la cola de un caballo que corrió desbocado en medio  del campamento español, atrás arriaron una partida de yeguas cerreras asustadas por sus gritos y luego cabalgaron los gauchos sembrando la muerte entre sus enemigos.

 MARTIN MIGUEL DE GÜEMES

 
Los gauchos lucharon  bajo las órdenes de Martín Miguel de Güemes y de sus lugartenientes Manuel Álvarez, Luis Burela y Juana Azurduy; más que las ideas ellos seguían a sus caudillos y cuando se les convocaba para la guerra,  lo hacían con sus pertenencias: “pilchas”, poncho, caballo, apero, lazo, guardamonte, facón y boleadoras.

Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero y la Corte  nació en la actual provincia de Salta en 1783. Nieto de un general español  fue estanciero por vocación. Por  herencia inició la carrera militar como cadete de la guarnición de Buenos Aires, luchó contra los ingleses en 1806 y 1807 y al estallar la revolución  de mayo de 1810  Güemes se incorporó al ejército patriota  bajo las órdenes de  San Martín, quien le confió la defensa de la frontera noroeste del Rio de la Plata


Poco auxilio  prestó el  gobierno de  las Provincias Unidas al caudillo de Salta que fue  un hombre entregado a su gente y a una causa; como debió establecer contribuciones forzosas para sostener la causa libertadora, el Cabildo de Salta lo tildó de  tirano y  aprovechando una ausencia lo  privó  del mando que recuperó pacíficamente ante la amenaza de otra invasión maturranga.

El   coronel realista José María Valdez atacó la  ciudad de Salta y sorprendió a Güemes, como se lee en la carta que envió desde Paris  el  coronel Jorge Enrique Widt  al general Domingo Puch: ”Nosotros estábamos acampando a una legua, más o menos de Salta, organizando las fuerzas de la provincia para marchar al encuentro del enemigo, cuando el General Güemes tuvo la fatal idea de ir, durante la noche, escoltado, por algunos hombres de caballería de la ciudad, a objeto de tomar allí personalmente algunas disposiciones. Había echado a tierra cuando a media noche la infantería española, desembocando por una quebrada, entró a Salta, cubriendo inmediatamente todas las salidas y no dando tiempo al general Güemes sino a montar a caballo para atravesar dos pelotones de infantería que ocupaban las bocacalles, pasó sobre el cuerpo de infantes, pero recibió un balazo que algunos días después le llevó a la tumba”.

Güemes siguió a caballo hasta su hacienda a dos leguas de Salta  y  el 17 de junio de 1821 murió desangrado  en la Cañada de La Horqueta, a la intemperie y en medio de sus hombres. Fue el único general argentino caído en acción de guerra con enemigo exterior. Sus gauchos como homenaje póstumo recuperaron a Salta y desalojaron las tropas españolas del coronel José María Valdés. “Ya tenemos un cacique menos” comentó la prensa bonaerense, desconociendo la gloria de Güemes cuyos  restos reposan en el Panteón de la Gloria del Norte en la catedral Basílica de Salta.

La “Guerra Gaucha”, librada por Güemes entre 1814 y 1825,  y  la  guerra de los llaneros de Colombia y Venezuela  contra los españoles, tuvieron  estrategias similares:   No dejaban recursos al invasor, la población civil huía con las provisiones y quemaba sus ranchos; los  jinetes emboscaban, eliminaban a los retrasados, y embestían la retaguardia evitando el combate abierto que solo emprendían contra las  partidas que se separaban del grueso del ejército enemigo.

Colombia reconoció la  gloria  de sus llaneros,  pero en la Argentina ignoraron por más de un siglo  la lucha de Güemes con sus “Gauchos infernales”. Hubo que esperar al siglo XX para hacer justicia a los indomables centauros que salvaguardaron sus fronteras.
 
TOMADO DE  UNA PUBLICACIÓN DE SALTA

EL DÍA QUE MARTÍN MIGUEL DE GÜEMES, A CABALLO, CAPTURÓ UN BUQUE INGLÉS

Junto a un grupo de jinetes el salteño capturó el barco 'Justine' en el Río de la Plata
 


salta

viernes, 17 de junio de 2016 · 18:12

SALTA ─ Martín Miguel de Güemes, el líder de la guerra gaucha que frenó el avance español con sus tácticas guerrilleras, nació en Salta el 8 de febrero de 1785. Estudió en Buenos Aires, en el Real Colegio de San Carlos. A los catorce años ingresó a la carrera militar y participó en la defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas como edecán de Santiago de Liniers. En esas circunstancias fue protagonista de un hecho insólito: la captura de un barco por una fuerza de caballería. Una violenta bajante del Río de la Plata había dejado varado al buque inglés "Justine” y el jefe de la defensa, Santiago de Liniers ordenó atacar el barco a un grupo de jinetes al mando de Martín Güemes.

Desde el río, el buque Justina azotaba con sus cañones a las tropas criollas que querían acercarse al fuerte por la costa o por las calles cercanas. El barco había peleado con fiereza con sus 26 cañones y sus más de 100 tripulantes entre oficiales y marineros. Pero el río traidor les jugó una mala pasada. Una bajante repentina hizo que la nave encallara a pocos metros de la costa.

Enterado de ésto, Liniers se dirigió a Güemes y le ordenó que al frente de un escuadrón de Husares de Pueyrredon siguiera al barco desde la costa. Pero Martín y sus gauchos se salían de la vaina por atacar a los invasores. Contrariando la orden de sus superiores, miró a sus soldados y las sonrisas de sus compañeros de guerra lo envalentonaron. En ese momento tomó las riendas, taconeó a su caballo y enfiló hacia el río al grito de carga. Sus soldados lo siguieron envueltos en un grito que dejó pasmados a los tripulantes de la nave.

Los caballos enfrentaron al río color marrón bufando y relinchando, mientras sus jinetes disparaban sus armas, tacuaras y sables en mano, y desde La Justina devolvían el fuego.

Güemes y los suyos llegaron hasta el buque atacándolo por todos los flancos y sucedió lo imposible: el capitán del barco inglés levantó un trapo blanco en señal de rendición.

 Martín ordenó el alto el fuego y abordó la nave para hacerse cargo. Los ingleses, entonces, descubrieron que habían perdido la batalla a manos de un jovencito alto, moreno de ojos profundos que hablaba con un acento extraño.

 Para esos jinetes que realizaron el bizarro abordaje, el río color de león había sido el campo de batalla más movedizo que habrían de conocer.