EL ÚLTIMO CACIQUE DE LOS CURRUMÍES

EL REGRESO DE LOS TAMARACAS.

Alfredo Cardona Tobón.

                          Cerro Opiramá en Quinchía- Risaralda- Colombia

Arrugadito como una pasa, pero con el pelo oscuro como los viejos de su raza , Cándido Aricapa se sentaba en el corredor en tierra del rancho pajizo a mirar la riada interminable de cocuyos que desfilaba, loma abajo y loma arriba, desde las primeras sombras de la noche.
Papá me llevaba de vez en cuando a la vereda Currumí a visitar a Cándido. Eran amigos entrañables, pues además de ser copartidarios, de esos liberales que no existen ahora, eran compañeros de cacería, jugadores de dado y muy buenos aguardenteros.
Sin luz eléctrica, con solo el reflejo de las brazas del fogón de leña, papá reencauchaba los viejos cuentos de Cosiaca y Pedro Rimales y Cándido agregaba otros cuentos de espantos y aparecidos, historias del resguardo indígena y leyendas de Opirama y el Batero.
El almanaque corría por el año 1947. Mucho tiempo después caí en la cuenta de que aquellos relatos incontaminados del viejito Aricapa, ahora perdidos para siempre, eran los últimos eslabones de la cultura Anserma y que esas narraciones en la alejada vereda guatiqueña eran un postrer recuerdo de la raza vencida.

LA LEYENDA DE LOS TAMARACAS.

Allá en la punta del cerro Carambá vivía Xixaraca- nos contaba Cándido- y al frente, allí más lejos de la quebrada Maldecida, en la base profunda del cerro de Opirama  se escondían los tamaracas. El dios Xixaraca  protegía a la gente y les cuidaba las cosechas de maíz y chontaduro, en cambio los tamaracas eran malos y no querían a los indios.
La lucha entre Xixaraca y los tamaracas era la lucha entre el bien y el mal. Xixaraca encadenaba a los tamaracas para que no hicieran daño, pero los tamaracas encontraban la manera de escabullirse y disfrazarse para continuar haciendo males a  la gente. Unas veces los tamaracas se convertían en langostas y en otras oportunidades eran las pestes que dejaban tendales de muertos,
Los tamaracas llenaban de odio a las tribus de noanamaes y tatamaes y los empujaban  hacia los dominios ansermas, entonces la diosa Michua, compañera de Xixaraca bajaba del pico del cerro Batero lanzando rayos y convirtiendo en sangre el agua de los manantiales, hasta que los atacantes llenos de pánico volvían sobre sus pasos y se internaban en las densas espesuras de las selvas chocoanas.


LA ÚLTIMA VISITA A CURRUMÍ.

A fines del año de 1948 papá me llevó de nuevo a las lomas más allá de la vereda de Encenillal. Esta vez no fue el paseo de risas y fiesta de otras épocas. Aún siendo un niño pude notar que todo había cambiado en  Currumí. Cándido Aricapa estaba armado y un grupo de campesinos indígenas, con escopetas de fisto, no se separaron de papá Luis y tampoco me permitieron nadar en la quebrada salada donde  solía flotar como un pato y la corriente me arrastraba como un corcho por una laja que terminaba en un arenero.
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Recuerdo las hileras de gusanos luminosos que trepaban  de noche por los parales del rancho y se perdían en el follaje de un mango y los millones de cocuyos que subían por el cañón al lado del rancho y a Cándido recostado sobre la chambrana de chonta a contraluz de la luna. Algo me decía que era la última vez que vería ese viejo arrugado como una pasa y enteco como una momia de indio.

“ Mi querido amigo Luis Angel-  dijo el anciano a mi padre- nos jodimos … después de tanto tiempo  de vivir en paz volvieron los  tamaracas a cebarse en nosotros.
Vos te podés volar con la familia para Medellín- Yo no puedo hacerlo- continuó diciendo Cándido-  Nosotros somos parte de esta tierra, vos sabés que los memes somos de aquí y no  podríamos vivir en otro lado
Se nos acabó el  camino Luis- Los españoles nos ‘zamarriaron` para quitarnos el oro, después los curas y los antioqueños nos quitaron el carbón, las salinas y la tierra; ahora , a los pocos que quedamos, nos quitarán la vida por liberales.
Nos jodimos Luis Angel- los “pájaros” nos pavean en los caminos, los chulavitas nos echan bala cuando vamos al pueblo  y nadie nos ayuda, ni siquiera los jefes que nos dan palmaditas en elecciones  y nos dejaron solos en grima en manos de los tamaracas disfrazados de doctores de Manizales.”

Regresamos a Quinchía. Papá iba callado, miraba a un lado y a otro esperando una emboscada y reteniendo en su mente el recuerdo de un camino que sabía que jamás repasaría y la memoria de una gente noble que iba a dejar sus huesos anónimos en medio de esas montañas
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Meses más tarde, cuando ingenuamente Cándido se acercó a las urnas lo obligaron a votar por las listas contrarias y lleno de vergüenza se cortó el dedo manchado con tinta que había sido cómplice de su pecado, poco después la chusma lo asesinó y despobló a Currumí.

¿Cuántos murieron?- Nadie lo averiguó, lo cierto es que sus tierras quedaron en manos de la gente de Guática. Los sobrevivientes se unieron a las filas bandoleras de Pedro Brincos y del capitán Venganza o terminaron de peones en las empresas azucareras del Valle del Cauca. De Currumí no  quedó ni  la palabra, quién sabe con el nombre de que santo lo denominaron los camanduleros. A mitad del siglo veinte se perdió la huella de los currumíes y no quedó una cruz en el hoyo donde Cándido Aricapa retornó a la tierra.

Los vecinos de Currumí fueron los últimos descendientes puros de las etnias ansermas.   En Guática los detestaban y a Quinchía se acercaban de cuando en cuando a vender cayanas y maíz capio y unas gallinitas paticortas que ponían huevos con cáscara de color verdoso.
 Los hombres iban con un enorme machete a  la bandolera y las mujeres, de baja estatura y gorditas lucían vestidos de colores vivos. Al pasar el mediodía y con el calor del aguardiente los currumíes se convertían en  un problema de orden público: empezaban a vivar al partido liberal y a Crisanto Álvarez, un riosuceño que los llevaba a votar en columnas con  banderas rojas y los citaba  a  las concentraciones partidistas con  tres tacos de dinamita que hacía estallar  en lo alto del cerro Cantamonos.

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