EN FILADELFIA CALDAS- EVARISTO PESCADOR Y LA GUERRILLA DE MANUEL OSPINA




Alfredo Cardona Tobón*

 
(Como me lo contaron así se lo estoy contando)-
Manuel Ospina fue uno de los  bandoleros más temidos  en la guerra de los Mil Días; delinquió por las orillas del río Cauca en territorio de los municipios de Riosucio, Quinchía, Filadelfia y Neira y era tan malo que  le temían tanto liberales como  conservadores, pues no respetaba bandera  para  cometer sus fechorías.
Gente de Bonafont y de Batero acompañaban al sanguinario antisocial que se desplazaba  como alimaña peligrosa de un lado a otro, burlando la persecución del general Alejandro Arango, comandante militar de la Provincia de Marmato.
A mediados de 1902, las fuerzas gobiernistas ocuparon a Quinchía y fusilaron a cuanto guerrillero o sospechoso caía en sus manos; después de someter a los guerrilleros de David Cataño y de Ceferino Rios, los conservadores entraron  a la población de Bonafont y concentraron sus esfuerzos en la banda de  Manuel Ospina, que escaso en víveres y municiones planeó un asalto a la zona antioqueña, al otro lado  del río Cauca.
 LOS PREPARATIVOS DEL ASALTO
Con sobrevivientes de las guerrillas disueltas, la banda de Manuel Ospina se internó en el monte y por trochas casi impenetrables llegó al sitio de Irra, donde solamente estaba la casa de la hacienda del Ciruelo y  dos ranchos pajizos .Los antisociales pernoctaron en  El Ciruelo y en la madrugada del 27 de agosto de 1902 formaron  filas en el patio de la hacienda para recibir las últimas instrucciones.
“-Oigan les digo”- tronó Manuel Ospina- “todas esas lomas del frente están llenas de godos armados, el que tenga miedo o algún problema  es mejor que se  devuelva, aquí solamente hay sitio para machos de pelo en pecho y remolino en el culo”.
La chusma bandolera se componía de macheteros de Quinchía y de escopeteros pirsas, gente joven y arriesgada, pero entre ellos  había dos viejitos reclutados en Bonafont que servían de cocineros. Los dos ancianos tembleques, ante el ofrecimiento de Ospina, salieron de la formación con la esperanza de zafarse del compromiso, pensaron que al  fin y al cabo Victoriano Bañol era un cucho reumático con 65 años de trajín y el otro era Zofonías Ladino, un viejo asmático sin alientos para cargar la escopeta y por tanto en vez de ayudar  estorbaban a los bandidos.
 Manuel Ospina  los observó en silencio, desenfundó la peinilla y a reglón seguido descargó un planazo en la cara a Victoriano y  dejó si sentido a Zofonías  con otro planazo en  la cabeza; los dos cocineros quedaron tendidos en el patio de la hacienda mientras Manuel Ospina enfundaba el arma y daba la orden de iniciar la marcha con rumbo a Filadelfia.
EL ASALTO A FILADELFIA
Los gallos anunciaron el 29 de agosto de 1902 en la aldea de Filadelfia; Doña Rosario Cardona madrugó a moler maíz, armar las arepas y dorarlas en la cayana; su esposo Don Aquilino Castaño, entre tanto, se levantó ,  se hizo un aseo de gato en la alberca del patio,  dio un pedazo de plátano al turpial y se dirigió al potrero a echar un vistazo a dos vacas recién paridas. “¡Ya vuelvo mija!”- gritó desde  las escaleras- y salió en busca de la muerte,
Un tropel en la esquina de la plaza alertó a los parroquianos que salían de la misa, unos corrieron a sus casas, otros se refugiaron en la iglesia, Don Aquilino Castaño topó de frente con los intrusos, intentó defenderse y cayó de bruces con un escopetazo en la frente, cuyo estampido alerto  al sacerdote Nicanor Lotero, que pálido como un muerto, cerró la puerta del templo e invocó la misericordia divina
La gente de Ospina se volcó sobre las tiendas y los negocios del pueblo, asaltó las casas principales, saqueó la alcaldía, asesinó a  dos ciudadanos que opusieron resistencia y  a un curioso que salió al balcón a ver qué sucedía. De pronto, en medio del caos, se oyó un tiroteo en la entrada de Filadelfia;   un señor de apellido Zapata, creyó  que venía tropa del gobierno y salió gritando: “¡Adentro mi gente… adentro mi gente!”, con la ingrata sorpresa de caer en manos de la retaguardia de Ospina que lo enlazó  y lo arrastró hasta la plaza.
LA  NOBLE ACCIÓN DE EVARISTO PESCADOR
Por décadas estuvo vivo el recuerdo de las fechorías de Manuel Ospina en los andurriales de la banda izquierda del río Cauca. Haciendo quites al olvido Nubio Pescador  me habló de Ospina y de su abuelo Evaristo, que según mi amigo merece una gran placa en  el parque de Filadelfia por haber salvado esa población.
Sigamos pues   y veamos dónde entra Evaristo Pescador en este relato:
Cuando Manuel Ospina cargó las  mulas con el producto de la rapiña, ordenó a su lugarteniente Evaristo Pescador,  fusilar a todos los que estaban  refugiados en la iglesia, colgar a otros en las ceibas de la plaza  para aterrorizar a los godos y echarle candela al pueblo.
Evaristo Pescador,  era muy verraco, cuenta su nieto, pero no era un asesino:  escuchó la orden sin chistar, esperó que se alejara su jefe y entró con dos hombres de confianza a la iglesia,  donde hizo  tender al cura y a los aterrados feligreses en el piso y soltó una lluvia de plomo  por encima de sus cabezas como para hacer creer  a los que estaban afuera que había perpetrado una carnicería.
Como todavía había gente de Ospina cargando mulas, Evaristo tenia que hacer algo  para salvar las apariencias, y  a su pesar no tuvo otro  remedio que sacrificar a alguien donde todos lo vieran, entonces escogió una ceiba de la plaza, anudó la punta de la soga en el cuello de Zapata, el gordito que había gritado arriba mi gente, y pasó la otra punta  por el brazo de un  árbol. En el primer intento el nudo se corrió y en el otro se reventó la rama como si la ceiba se negara a ser cómplice del asesinato.
Antes del tercer intento se escuchó  en la lejanía el ladrido de unos perros que anunciaban la llegada a paso redoblado un contingente gobiernista despachado desde Salamina. Sin pensarlo dos veces Evaristo  arrancó por la loma del Cauca con sus secuaces y cuatro mulas robadas y solo paró en el sitio del Pintado donde le informaron que una comisión fuertemente armada, proveniente de Riosucio, había pasado el puente e iba tras la gente de Manuel Ospina.
Desde dos años atrás Evaristo Pescador  estaba luchando al lado de la revolución liberal. Ya era demasiado tiempo. Y sin esperanzas del triunfo estaba hastiado de tanta corredera, tanta hambre y  noches en vela- Ésta no es vida- dijo para sus adentros-   que sigan otros su guerra. Entonces arrojó la escopeta al río Cauca  y caminó ribera arriba hasta La Virginia y luego hasta el pueblito de Fenicia, trepado en la cordillera, y se perdió para siempre en las lomas del  Valle del Cauca.

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