sábado, 7 de mayo de 2011

LA GENERALA MANUELITA SAENZ

Alfredo Cardona Tobón*



Manuela Sáenz  fue mucho más que la compañera del Libertador: fue sus ojos  y oídos, su confidente, la más fiel aliada, consejera, enfermera y la valiente auxiliar que le salvó la vida dos veces y puso su patrimonio al servicio de la causa grancolombiana.
Esta extraordinaria mujer nació en Quito y murió en el puerto de Paita en el Perú. En el bicentenario de la independencia los ecuatorianos quieren repatriar sus cenizas y como se confundieron en una fosa común, se llenaron dos urnas con tierra de  Paita, una de las cuales quedó en Quito y la otra va camino a Caracas para ponerla al lado de la tumba de Bolívar.
La dueña de haciendas, la bella mujer que iluminó los grandes salones de Lima y Santa Fe, la “Libertadora” del Libertador, la quiteña que tuvo poder sobre tropas y generales, terminó sus días  inválida, atendiendo una modesta tienda en una playa yerma, adonde la confinaron sus enemigos. Sin embargo, como la gloria refulge por encima de las bajezas humanas, el mundo no se olvidó de Manuelita, que recibió la visita de Garibaldi, de Ricardo Palma, de Simón Rodríguez y muchos admiradores  que quisieron acercarse a la memoria de Bolívar a través de su más abnegada compañera.
LA SALVADORA DEL LIBERTADOR
En un  país sumido en el caos, a Bolívar no le quedó otra alternativa que asumir la dictadura que desató las furias de algunos compatriotas que  tramaron su asesinato.
El 16 de agosto de 1828 se celebró un baile de máscaras en Santa Fe. Pese a las advertencias de un atentado, Bolívar llegó  al Coliseo en compañía de algunos oficiales. Manuela quiso sacarlo del recinto y  para ello se vistió con la peor de las fachas y armó un escándalo mayúsculo en las puertas del edificio para abochornar a Bolívar  quien  regresó malhumorado a Palacio frustrando las intenciones de doce conjurados que armados de puñales esperaban la señal para quitarle la vida.
El 28 de septiembre de 1828 Manuela duerme al  lado de Bolívar  Es una noche  con la traición rondando por los pasillos y los salones de Palacio. Los atacantes asesinan a tres guardias y tratan de derribar la puerta de la alcoba. Bolívar toma la espada  y trata de enfrentarlos, Manuela le dice que es un sacrificio inútil y obliga al Libertador a saltar  por  una ventana, mientras ella distrae a los asesinos.
EL PATRIOTISMO DE MANUELA
Su matrimonio con Thorne, un acaudalado comerciante inglés, permitió a Manuela alternar con lo más granado de Lima. Cuando los vientos de Independencia soplaron desde Chile, la quiteña se sumó a las sociedades patrióticas, recabó información y recogió fondos para auxiliar a las tropas argentinas que marchaban  hacia el Perú.
Por su apoyo a la causa libertadora, el general San Martín la nombró caballeresa de la Orden del Sol junto con otras prestantes damas limeñas. Manuela regresó a Quito para arreglar asuntos familiares, y  como lo hizo en  Lima, envía caballos, mulas  y provisiones a los patriotas colombianos que avanzaban por las tierras pastusas.
En la mañana del 26 de junio de 1822  Bolívar entra a Quito. Una corona de laurel cae sobre la cabeza del héroe que mira el balcón y ve unos ojos de fuego que conquistan su  corazón.  Esa noche Manuela baila con el caraqueño hasta la madrugada. Desde ese momento  los envuelve una pasión irrefrenable y un amor infinito empieza a consumir para siempre a la quiteña.
Bolívar parte a Guayaquil a consolidar el dominio colombiano antes de la llegada de San Martín y Manuela viaja a su hacienda “Las Garzas”, no muy lejos del puerto, donde continúa el idilio de los dos amantes.
Bolívar se dirige al norte a sofocar la rebelión de los pastusos y Manuela viaja a Lima ante la insistencia de su esposo Thorne, que conserva la esperanza de retener a la ardiente quiteña.
Las fuerzas realistas del Perú son un peligro para el resto de América, es necesario acabar con ellas o la libertad recientemente conquistada en Buenos Aires y en la Nueva Granada se perderá. San Martín solicita en vano el apoyo argentino y tiene que acudir a Bolívar, a quien entrega sus tropas para que consolide la lucha independista.
Manuela se reúne con Bolívar en Arica y en la capital peruana el general O` Leary  la incorpora al Estado Mayor del Ejército como secretaria de la campaña libertadora y encargada del archivo personal de Bolivar.
 Manuela intenta sumarse a la tropa colombiana que acompaña a Bolívar pero el general se lo impide señalando el peligro y los riesgos que correría. En carta fechada el 16 de junio de 1824 Manuela insiste: “ … mi amado, las condiciones adversas que se presentan en el camino de la campaña que usted piensa realizar, no intimidad mi condición de mujer, por el contrario, yo los reto. ¡ Que piensa usted de mi !, usted siempre me ha dicho que tengo más pantalones que cualquiera de sus oficiales. ¿O no?”
En Lima Manuela no descansa un momento:  arma lo que llamó “Comisaría de guerra”, reciclando chatarra, confiscando campanas de los templos y para fabricar pertrechos hace sacar los clavos de estaño de los bancos y fomenta la construcción de talleres para hilar lana para los uniformes de la tropa.
Como Bolívar no le permite que lo acompañe, Manuela se suma a las tropas de Sucre que buscan la situación propicia para enfrentarse a las fuerzas realistas, con uniforme de Husar participa en el combate de Ayacucho con derroche de valor. En una carta Sucre  habla de Manuelita: “ que se incorpora desde el primer momento a la Plana Mauyor organizando y proporcionando el avituallamiento de tropas, batiéndose a tiro limpio bajo los fuegos enemigos; rescatando a los heridos..” y  Sucre concluye la misiva con una solicitud al Libertador de que se reconozca el valor  y patriotismo   y se  otorgue  a Manuela el grado de coronel del ejército colombiano.
Santander se opuso inútilmente a tal distinción aduciendo que no había ninguna mujer con tal rango en América y también se opuso el general  Córdova, quien rabiaba cuando la tropa la llamaba Libertadora. “ Ella también es Libertadora, escribió Bolívar al general antioqueño, no por mi título, sino por su ya demostrada osadía, sin que usted y otros puedan objetar tal”.
LA MAYOR ALIADA DE BOLÍVAR
En 1826 los peruanos están molestos con la presencia colombiana,  estan resentidos por la creación de Bolivia y se oponen a la Constitución propuesta por el Libertador. Por ello cuando Bolívar viaja  a neutralizar  los movimientos separatistas de Quito y Venezuela, los peruanos desconocen la presidencia de Bolívar y sobornan al socorrano Bustamante  para que insubordine al  batallón Callao y se pronuncie contra el Libertador. Manuela  interviene,compromete voluntades, arenga a la tropa, da apoyo a los amigos de Bolívar  e intenta proteger los intereses colombianos; pero todo es es inútil: nada puede hacer ante la traición y la apatía cómplice de Córdova y la ingratitud de los altoperuanos que se suman a las intrigas de Lima. Como consecuencia, las tropas colombianas y Manuelita se ven forzadas  a retirarse de Bolivia, dejando atrás los huesos de los llaneros y los combatientes andinos que le dieron la indenpendencia y como indeseables tuvieron que  embarcarse con rumbo a  Guayaquil.
Manuela se radica un tiempo en Quito, debe atender sus intereses y darle reposo a su corazón  lacerado por el aparente olvido de Bolivar. Hasta que le llegó una carta de su amado y Manuelita vuelve a olvidarse de todo y a caballo, por trochas y barrizales , llega a Santa  Fe.

En la capital colombiana  la compañera de Bolívar se ve sumergida en un mar de intrigas y como un ciclón se va contra los enemigos del Lilbertador, no tiene medias tintas, quien esté con Bolívar está su amigo y quien esté en contra es enemigo jurado, como es el caso de Santander y de Córdova cuyas efigies manda a fusilar el 24 de julio de 1828, en medio de una fiesta, lo que motivo un gran escándalo que por poco causa la separación de la pareja..
Al arreciar la oposición, Manuela destruye los pasquines que los enemigos del Libertador fijan en las paredes de Santa Fe. Cuando el general Bolívar deja el poder y se dirige a Cartagena, la brava mujer encabeza la oposición contra el nuevo gobierno: publica el periódico “La Torre de Babel” para defender la memoria de Bolívar  e insurrecciona al batallón “Callao” que impone a Urdaneta como jefe del gobierno y solicita al Libertador que regrese a la presidencia.
Muere Bolívar y Manuela queda en poder de los malquerientes santafereños que la arrestan y la obligan a exiliarse en Jamaica. Sin dinero, sin familia, pues todo lo dejó por Bolivar, Manuela desembarca en Guayaquil y quiere dirigirse a Quito pero el presidente Rocafuerte lo impide. Entonces  acepta el asilo del Perú que le señala la desolada aldea de Paita 

Al lado del mar y llena de desengaños  la valerosa mujer que lanza en ristre destruyó en Santa Fe los monigotes que ridiculizaban a Bolívar y  en Quito sometió un levantamiento,  quiere olvidarse de todo. Aún es  una hermosa dama que podría conquistar el corazón de cualquier hombre, pero ya nada parece interesarle,  se aisla en sus recuerdos y solo deja en su corazón la memoria de Bolivar.
La conspiradora, la poderosa que encumbró personajes vende dulces para sobrevivir en una humilde tienda de Paita y se convierte en la gran señora del pequeño puerto que da consejos, ayuda a los pescadores  y cuya imágen romántica, que vuela por el mundo, hace atracar navíos ingleses en Paita, pues sus oficiales quieren conocer a  la horoína.

 Una enfermedad limita poco a poco sus  movimientos. Las muerte se lleva a su esclava Jhonatás y Manuelita queda sola en manos de gentes caritativas que la cuidan con cariño.  Una tarde  del 23 de noviembre de  1856  el alma de Manuelita remonta vuelo con los alcatraces que se pierden en el horizonte marino. La difteria ha asolado a Paita y se ha llevado a la  " amable loca", como le decía Bolívar. Su cadáver  se deposita en una fosa común.  y ante el temor de un contagio se quema gran parte de la correspondencia que guardaba como un tesoro..

Para realzar la memoria de esta mujer extraordinaria los presidentes Correa, del Ecuador, y Chávez de Venezuela, ascienden a Manuelita a General de División de sus ejércitos , en Bogota siguen recordándola como la barragana que acompañó a Bolívar en sus últimos tiempos. Seguimos siendo santanderistas, aún militamos en las filas de Azuero y de Córdova, este país de leguleyos y de falsas legalidades, corrupto y de doble moral, aún no reconoce la  a generosidad ni el patriotismo de quienes como Nariño o Manuelita dieron todo por la Patria.


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jueves, 5 de mayo de 2011

QUINCHÍA, UNA HISTORIA DIFERENTE

Alfredo Cardona Tobón*




Quinchiaviejo agonizaba en una hondonada seca por donde pasaba el  camino que unía los estados de Antioquia y el Cauca; por la larga calle del rancherío de guadua y paja habían cruzado los patriotas antioqueños en los duros años de la  reconquista española y el metalurgista Boussingault, que en amena crónica dejó la impresión del caserío.

El caserío fundado en los primeros años de la Conquista al lado de una misión franciscana estaba arruinado. En 1860 no había barequeo de oro por la sequía y  dos mangas de langosta consecutivas arrasaron los cultivos  de los vecinos y el comercio entre el norte caucano y el sur de Antioquia.

Había que buscar un sitio con agua cercano al camino real, pero las parcialidades del vasto resguardo no lograban ponerse de acuerdo: Unos proponían el plan de Naranjal  y otras  el pequeño llano en márgenes de  la quebrada La Barrigona.

Para evitar enfrentamientos los nativos dejaron la decisión en manos de la Virgen Inmaculada, cuya imagen quiteña veneraban en la vieja capilla. Así, pues, a principios de 1882, los quinchieños  llevaron  la imagen por trochas y atajos con la esperanza  de que la Augusta Señora señalara el sitio  para la nueva fundación.

Después de días de marcha, al finalizar un día caluroso con la tarde teñida  por el sol de los venados, la tierra se humedeció de repente haciendo que los cargueros resbalase y la Virgen se fuera de bruces contra un barranco de la trocha. Era la señal que esperaban. El cortejo señaló el sitio, hicieron un claro en le monte e  identificaron el punto donde se construiría el templo del nuevo pueblo.

 Sin perder tiempo y sin apoyo de nadie , los indígenas se repartieron  las tareas: unos hicieron chambas, otros tumbaron monte y los aserradores cortaron las largas vigas, los cuartones y los estantillos para las edificaciones. A mediados de 1884 los trabajos estaban muy adelantados: se había llevado el agua en  atanores de gres, estaba trazada la plaza y se empezaba a techar el templo.

Por problemas con el techo y con las torres, el Cabildo indígena contrató a Protasio Gómez, un paisa que tenía experiencia en ese tipo de obras pues había ayudado a levantar las iglesias del Retiro y de Copacabana en Antioquia. En pago de la asesoría el Cabildo le arrendó a Protasio e la mina de carbón de Estúveda y le permitió explotar las fuentes saladas de Mápura.  Dos años después, el procurador del distrito de Quinchiaviejo  extendió las gabelas y concedió a Protasio Gómez la mitad de los vetas de hulla del Resguardo y la salina da Anchisme. Un infarto fulminante acabó con la vida del contratista,  un cuñado continuó la obra y las gabelas pasaron a  manos de Melquisedec Gómez, hijo mayor de Protasio..

NACE EL NUEVO QUINCHÍA

El 28 de noviembre de 1888, el sacerdote José Joaquín Hoyos celebró la última misa de difuntos en la capilla de Quinchiaviejo. Atrás quedaba la historia de la comunidad de los tapascos y guaqueramaes y la leyenda de los caciques Cananao y Chiricha. La antigua fundación que empezó en 1580  al lado de la misión del convento franciscano de San Nicolás de Quinchía se empezó a sumergir en el abismo sin fondo del olvido.

Amaneció el 29 de noviembre de 1888, el sol se levantó radiante por los lados del cerro Batero e iluminó los antiguos dominios de Xixaraca y de la diosa Michua.  Las familias  Trejos y Ladino, Tapascos, Vinascos, Aricapas y Guapachas desocuparon el viejo rancherío y  al repique de campanas se dirigieron en solemne procesión  al bello sitio escogido por la Virgen, situado en una suave pendiente entre los majestuosos cerros de Gobia,  Batero,  Cantamonos y Yarumal...

Al frente de la procesión estaban La Inmaculada y la imagen de San Jorge, una talla quiteña perteneciente al coronel Zoilo Bermúdez, cuya familia la heredó de  algún  fraile perdido en la manigua .Atrás iban los sacerdotes  José Joaquín  Hoyos y Simón de Jesús Herrera con el Santísimo bajo palio acompañados por los comuneros en medio de sollozos y risas, cánticos y oraciones.




EN EL BANDO CAUCANO

El distrito de Quinchía fue la punta de lanza de los radicales caucanos. Las parcialidades indígenas del municipio en alianza con las de Guática, eran las únicas comunidades liberales en medio del mar conservador que cubría el norte caucano.
El distrito parroquial de Quinchía perteneció al cantón de Toro y la suerte de su gente dependía de los avatares políticos del Cauca. La dejaban tranquila si dominaban los liberales y les cargaban la mano con impuestos si  el poder estaba en manos de los conservadores.

Fue notoria la rivalidad entre Quinchía y su vecino Riosucio. El primero apoyaba a los radicales y el segundo era aliado natural de los clericales de Antioquia y el Cauca. En la guerra de 1840 numerosos quinchieños se unieron a la fuerza de Eusebio Borrero para atacar a Riosucio y  en 1863 las guerrillas mosqueristas, bajo el mando del capitán Vinasco, acosaron a los rebeldes del Ingrumá que se habían levantado contra Mosquera.

El 28 de marzo de 1876 los caucanos derrotaron a los antioqueños en la base del cerro Batero y Zoilo Bermúdez con voluntarios de Quinchía reforzaron las tropas liberales que invadieron al Estado de Antioquia.. En noviembre de  1879 otro conflicto envolvió los campos  quinchieños, cuando  la tropa radical de Rudecindo Ospina sometió en el Alto del Higo a los rebeldes independientes que se habían levantado contra el gobierno de la provincia.

Con la “Regeneración”  de Núñez llegaron tiempos aciagos para Quinchía. Hacia 1890, los jefes conservadores de Riosucio fundaron un pueblo en la tierra fría con gente de Carmen de Viboral y de Marinilla para controlar los resguardos de Quinchía,  Arrayanal y Guática. Para tal fin el gobierno conservador puso como cabecera municipal a  la nueva fundación de Pueblo Nuevo, hoy Sanclemente, y dejó a Quinchía y a Guática como corregimientos. El concejo  de Pueblo Nuevo, que  entonces tomó el nombre de Nazareth, estaba compuesto totalmente por antioqueños recién llegados que vieron la  oportunidad de enriquecerse y  en forma arbitraria arrebataron las fuentes saladas y la hulla que desde tiempo inmemorial pertenecían a  los indígenas y el carbón  que por arreglos con el Cabildo nativo eran patrimonio de  Melquisdec Gómez.
Ante tal situación Melquisedec  tomó las banderas de las parcialidades y empezó la lucha legal con episodios violentos entre Nazareth y los quinchieños. Viendo que el problema iba en aumento con riesgos de un conflicto armado el gobierno de Caldas por medio de la Ordenanza No. 5 del 12 de marzo de 1919 volvió a darle categoría municipal a Quinchía, desligándola de Nazareth., y se restituyeron las propiedades arrebatadas a sus legítimos dueños.

 UN SINO DOLOROSO

La historia conocida de Quinchía empieza con la llegada del conquistador Belálcazar a la región y su paso hacia el sur por las orillas del rio Cauca y continúa con las tropas de Robledo que irrumpieron en 1539 en la región de Guacuma y tras derrotar al cacique Chiricha sometieron el territorio. Robledo establece una alianza con el cacique Cananao, Señor de los Irras, quien le ayuda a cruzar el río Cauca y le suministra cargueros, guerreros y provisiones para continuar la campaña contra los carrapas y los armas.

Para evangelizar a los indios y  aprovechar la mano de obra en las minas de aluvión y veta de la región, los españoles crearon las encomiendas.  Registros en los folios de "Caciques e Indios" del Archivo Nacional hablan de las encomiendas de Opirama y Quinchía y del  pueblo minero de Buenavista. Posteriormente con  las tribus de tapascos, irras y guaqueramaes se conforma el Resguardo  de Quinchía, cuyo nombre se derivó de la voz indígena quincho o rancho de guadua.

La viruela y la gripe diezman la población indígena y a tales calamidades se suma el desplazamiento forzado de  quinchieños jóvenes para trabajar en las minas de Quiebralomo y hacia Popayán  donde los emplean en la construcción de la catedral.. Por otro lado la despoblación se intensifica cuando llegan curas doctrineros  de mala entraña que roban las cosechas, esclavizan a los indios y  violan sus mujeres. Para evitar los abusos muchos huyen con sus familias a las selvas del Chocó y el poblado de Quinchía no pasa de ser un caserío miserable a la vera del camino que comunica la provincia de Antioquia con la provincia del Cauca.

En la Patria Boba las tropas de Nariño invaden al Socorro y extrañan a los líderes federalistas, entre ellos está el sacerdote  Bonifacio Bonafont que viene a parar a Anserma, luego a Quinchía y por último a la población de La Montaña. Este patriota lleva el mensaje de la Libertad a los resguardos indígenas de la región y numerosos comuneros toman las armas republicanas y marchan al sur con las tropas del general Valdéz y con el ejército de Sucre.

Durante el siglo XIX los quinchieños apoyan los regímenes radicales liberales y su gente lucha al lado de Mosquera en 1863 y con el general Payán en 1877. .La guerra de los Mil Días fue singularmente cruel en el  territorio. Los nativos apoyaron la revolución y organizaron bandas de macheteros. Para eliminar las guerrillas, tropas de Manizales y de Cartago irrumpieron en la aldea, fusilaron a inocentes como escarmiento y devastaron los campos obligando a los combatientes liberales a desplazarse a las selvas del Chocó

Cuando el presidente Reyes conformó el departamento de Caldas con provincias de Antioquia y el Cauca. Quinchía, que formaba parte de la provincia caucana de Marmato, entró a hacer parte del nuevo departamento. Con el nuevo orden empeoraron las circunstancias pues los dirigentes manizaleños miraban despectivamente los municipios de la banda izquierda del rio Cauca y los quinchieños ya no tuvieron el respaldo de los dirigentes liberales de Cartago y de Buga.

 Durante la primera mitad del siglo XX , el municipio  vivió en paz y la conservó durante la República Liberal que se extendió de 1930 a 1946. A partir de entonces y desde el momento mismo que subió al poder el conservatismo con  Mariano Ospina Pérez  se desataron  las furias. Los alzatistas quisieron conservatizar a la comunidad, y los latifundistas vieron el momento preciso para conseguir las fértiles tierras a orillas del río Cauca. En 1948 arreció la persecución política en tanto que el Congreso aprobaba una ley que autorizaba la disolución del  resguardo indígena.
 
El 28 de marzo de 1948, un mes antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, la policía junto con antisociales de Riosucio, San Clemente, Guática y Anserma atacaron a Quinchía. A la madrugada su comunidad pacífica enterró cinco ciudadanos, que fueron las primeras víctimas de esa violencia irracional  azuzada por Gilberto Alzate Avendaño y Silvio Villegas. En 1949 el occidente del Viejo Caladas había sido conservatizado por los "pájaros", los "chulavitas" y demás bandidos, habían quemado el poblado de Arauca y solo les quedaban los fortines liberales de Marmato y Quinchía. A fines de octubre los antisociales irrumpieron  en el pueblo y  los vecinos inermes empezaron a abandonarlo para salvar sus vidas. A los ataques de los pájaros y de los chulavitas los campesinos organizaron bandas de autodefensas bajo el mando de Medardo Trejos, alias Capitán Venganza.

El  llamado Capitán Venganza ase convirtió en un verdugo de su propio pueblo y sus crímenes se extendieron por el occidente del Viejo Caldas.  La violencia conservadora se respondió con violencia liberal y  Quinchía se anegó  en sangre.

A partir de 1960 el gobierno nacional y la Iglesia Católica se unieron para buscar la paz en el municipio. Llegaron misioneros de España, se incrementó el deporte,  pavimentaron calles,  abrieron fuentes de trabajo y se fundaron escuelas y colegios. El colegio de San Andrés  y el de Nuestra Señora de los Dolores se convirtieron en los semilleros de las nuevas generaciones, que por vez primera tenían oportunidad de labrarse un futuro fuera del agro.

Al separarse Pereira de Caldas para formar el departamento del Risaralda, a los quinchieños los incluyeron en la nueva sección colombiana. Y salieron ganando, pues por primera vez en la historia,  a las generaciones quinchieñas se les tuvo en cuenta en la administración departamental. Los muchachos formados en el pueblo empezaron a brillar en Risaralda, los jóvenes de la Corporación Quinchía Nueva (CQN) impulsaron el civismo y una fugaz pero meritoria Sociedad de Mejoras Públicas abrió nuevos horizontes a la comunidad.

Al desaparecer la  lucha violenta entre conservadores y liberales,  otro tipo de violencia azotó la tierra quinchieña: Con  banderas de reivindicación social el bandido con el alias de  Iván sembró el terror en el municipio, ese fue el principio de otra era nefanda donde Berlaín de Jesús  Chiquito Becerra con su clan familiar, sembró de cruces los campos del municipio, al igual que lo hizo Aurelio Rodríguez , las "Águilas Negras" , "Los Magníficos" y demás bestias humanas arropadas en los frentes asesinos del EPL, el ELN, las FARC y las organizaciones paramilitares.

En el choque contra la autoridad los campesinos quedaron entre dos fuegos; muchos inocentes fueron vejados y privados de la libertad acusados sin pruebas de ser auxiliares de los grupos insurgentes, como sucedió durante el gobierno de Alvaro Uribe Velez, cuando una fuerza de centenares de hombres, helicópteros artillados vehículos  blindados invadieron al pueblo y apresaron más de cien quinchieños.

Todas esas atrocidades frenaron el progreso que empezó a notarse bajo la administración de Hermes Vinasco . Desde hace mucho tiempo la población de Quinchía no crece y a veces va en descenso por los desplazamientos, por el miedo y por la inseguridad que parece una fiera al acecho. Hay épocas tranquilas pero luego aparece un criminal o una banda que nuevamente siembra el desasosiego en el municipio.

VENDRÁN TIEMPOS MEJORES

Quinchía es  un municipio especial cuya gente resistió el embate de los conquistadores españoles, los conflictos caucanos, la invasión antioqueña y la violencia partidista. Si no fuera así, hace tiempo que hubiera desaparecido en medio del hostigamiento de propios y vecinos. La comunidad quinchieña tiene la  mayor identidad cultural en Risaralda; conserva vivas las leyendas de los ancestros, el folclor y la historia. La tierra es fértil y su casco urbano es el más bello entre los municipios risaraldenses.

Es un municipio minero con vetas de oro y posibilidades aún no cuantificadas en otras explotaciones minerales .La extensión de Quinchía es de 153 kilómetros cuadrados  que albergan unas 32.000 personas  en su mayoría de ancestro indígena. El  eterno problema es la falta de líderes con trascendencia más allá de la parroquia que señalen un camino y empujen a la comunidad. Al fragmentarse los partidos s y convertirse en agencias electorales, los quinchieños perdieron la mística liberal y hoy el municipio es  un coto de caza electoral que en las urnas elige foráneos, pero no es  capaz de unirse para elegir un diputado y un representante a la Cámara.

Jamás un quinchieño ha ocupado la gobernación ni un ministerio, y no es por falta de personas calificadas sino porque su gente se acostumbró a  ser carne de cañón y cargaladrillos baratos de los políticos de turno..

Como en tiempos pasados Quinchía es un municipio aislado sin vías decentes que lo comuniquen con su corregimiento de Irra que será un punto clave  dentro del sistema vial colombiano. Es el principal municipio minero de Risaralda y no le llegan las regalías, y a pesar de ser  el municipio más bello del departamento y uno de los más atractivos del Eje Cafetero, no tiene promoción turística  pues lo persigue el  sanbenito de la mala imagen proyectada por  su pasad violento. 



lunes, 2 de mayo de 2011

LAS CENIZAS PEREGRINAS DEL PRECURSOR ANTONIO NARIÑO

Alfredo Cardona Tobón*


                        Casa donde murió Nariño en Villa de Leiva
Los primeros rayos del día despiertan los  yermos que rodean a Villa de Leiva y termina la noche de insomnio del Precursor Antonio Nariño, que yace en un camastro lejos de los suyos. Una  ventana abierta dibuja  un retazo de verdor y por el quicio de la puerta se filtra el canto de los afrecheros que buscan las migajas que caen del pilón,  donde  una joven campesina trilla el maíz para el masato.
Nariño abandona el  lecho con gran dificultad y se acomoda  en una vieja silla de cuero repujado; ha ido a buscar un poco de calor en esas soledades rocosas, y alejarse en  los postreros días de su existencia,  de los enemigos  que lo han acosado como  tábanos. Por fortuna no le ha faltado el consuelo del sacerdote Buenaventura Sáenz, cura de Sáchica, ni las atenciones del médico Camilo Manrique, que por ese entonces está de vacaciones en el  pueblo. Pero está solo, muy solo,  sin nadie de su familia, en una tierra extraña.
Al avanzar el día la respiración de Nariño se va haciendo más difícil y se alarga la angustiosa agonía, Es época de lluvias; otro aguacero empapa los tejados y se desliza por las acequias del pueblo. Es un mal día para morir  para un hombre que hubiera querido partir bajo el estruendo de los cañones y ahora termina su vida en medio del ruido de los goterones que se estrellan contra los pedruscos del patio. No es la  manera de morir de un luchador que se sobrepuso a tantas calamidades.

 Nariño no quiere despedirse entre lamentos ni oraciones fúnebres, y como en los tiempos que se enfrentó a los pastusos , le sonríe a la muerte y pide músicos para  enfrentar con salmos gregorianos sus últimos momentos. Pero la a muerte no tiene afán. Con sevicia y crueldad  descarga lentamente su guadaña sobre el Precursor; una oración sigue a otra oración, mientras el moribundo lucha por un poco de aire y tres sacerdotes, que acompañan al Precursor de la Independencia, le confieren la absolución por la Bula, por la Pía Mater y por la Hermandad del Carmen.
Continúa lloviendo. No hay un alma en la espaciosa plaza ni en las empedradas calles del pueblo. La vida de Nariño se va apagando y se extingue cuando el reloj marca las cinco de la tarde del 13 de diciembre de 1823. A su lado no está Magdalena, la esposa fiel que lo acompañó en todas sus penas y a quien lloró años atrás pidiendo a  Dios, que se abriera la loza que la ocultaba para que también lo recibiera en su seno. No estaba Antoñito, el hijo generoso que arrostró todos los peligros al lado de su padre, ni Vicente, ni Mercedes ni Isabel y tampoco  Gregorio, el hijo realista  que estaba en Cuba apoyando a los enemigos chapetones que amargaron la vida de su  padre.

DESPUÉS DE SU MUERTE
Como las Euménides que persiguen a Orestes en la tragedia de Esquilo, espíritus aviesos  atacaron a Nariño  en vida y continuaron haciéndolo después de su fallecimiento.
Los encarnizados enemigos del héroe lo acusaron permanentemente del desfalco de las Cajas de Diezmos, sin  tener en cuenta que el Precursor no se robó ni un peso y si le faltaron dineros para responder a los acreedores,  fue porque lo apresaron por la traducción de los Derechos del Hombre y no le dieron la oportunidad de  organizar sus negocios. Las hienas lo calificaron de traidor por haberse entregado a los pastusos,  cuando el valiente granadino sólo pretendía ganar tiempo y conseguir un cese al fuego  para salvar lo que quedaba del ejército de Cundinamarca.
A Nariño lo acosaron los criollos que pretendían seguir viviendo a costa del pueblo  y los españoles que no querían perder su dominio sobre América. En Europa lo calumniaron  los realistas y le hicieron el quite sus propios paisanos. Desprestigiaron de tal  modo al Gran Hombre , que Bolívar puso en entredicho su honorabilidad y se atrevió a decir que lo había nombrado vicepresidente en Angostura porque no había encontrado otro para el cargo, ignorando que ese viejo aporreado por el destino era el que había  allanado el camino de la libertad..
Cuando los cartageneros  designaron a Nariño  como su representante en el Congreso de Cúcuta, las Euménides en coro dijeron que el nombramiento era  ilegal pues Nariño había estado por fuera del país durante muchos años. ¡Qué maldad!, ¡qué  injusticia! . Si  se ausentó  no fue por su voluntad, ni porque estuviera de  paseo en cómodas mansiones, sino porque estuvo prisionero en inmundas mazmorras cargado de grillos y cadenas por defender la libertad y la independencia granadina.
EMPIEZA LA PEREGRINACIÓN
Dos días después de la muerte de Nariño, sepultaron  el cadáver en el templo de Villa de Leiva. La noticia del deceso llegó  días después a Santa Fe donde los seguidores del general Santander recibieron con alborozo la trágica nueva pues desaparecía el crítico más mordaz de la administración leguleya del llamado “Hombre de las Leyes”. Tan solo apareció una nota necrológica en La Gaceta de Colombia que remataba con “se durmió en  la paz del Señor”. No hubo decretos de honores, ni acuerdos del Cabildo, ni quién recordara los méritos de Nariño y los padecimientos por su patriotismo.
Un mes después, su hijo Antonio quiso hacer unas exequias solemnes en la Catedral de Bogotá, presididas por el sacerdote Francisco Javier Guerra de Mier. Pero debió cancelarse el acto litúrgico por las amenazas contra el prelado quien apesadumbrado escribió a la familia : “Me consta con absoluta evidencia que de hacer yo el elogio que me había propuesto del general Antonio Nariño, me van a resultar gravísimos daños en mi carrera y sin disputa los padecerá mi cuerpo”-
Los restos del gran hombre  empezaron su peregrinaje  con su traslado de la nave central de la iglesia de Villa de Leiva hacia un sitio a la salida del templo, como  si quisieran arrojarlos del sagrado recinto. En 1846  familiares y viejos amigos iniciaron  una suscripción para llevar los despojos de Nariño a Santa Fe y levantar un monumento en su honor;  para ello se nombraron recaudadores en las principales ciudades del país, pero las donaciones fueron tan miserables que los huesos del  notable granadino   continuaron convirtiéndose en polvo en el rincón del templo  de Villa de Leiva.
En 1857 los nietos Ibañez, hijos de Merceditas, desenterraron el cadáver de Nariño y lo condujeron a Zipaquirá en una delicada urna. En 1878 Merceditas regresó a Bogotá y encomendó la urna a su hijo, el general Ibáñez, quien en 1885 emprendió viaje a Jamaica y llevó  las cenizas del abuelo a  Barranquilla y  al puerto de Colón en Panamá.
Nariño no tuvo reposo ni siquiera muerto, como en vida sus cenizas fueron de un lado a otro, sin un destino cierto.  En Colón un delincuente catalán robó la urna, pensando quizás en joyas o artículos de fácil venta, pero las cenizas del Precursor tan solo interesaban a su nieto, el general Ibañez, quien las recuperó tras laboriosa pesquisa y las salvó del incendio que destruyó el puerto..
De regreso al país, la urna pasó por Medellín camino a Bogotá,  y siguió a Serrezuela (Madrid)  para volver a la capital colombiana en 1907 y terminar el peregrinaje cuando los colombianos, por fin, reconocieron su deuda con Nariño y  depositaron las cenizas en la Capilla de los Dolores de la Catedral Primada de Bogotá, donde el 19 de junio de 1913 se levantó un  monumento en su memoria..
Solamente ahora, al cumplirse el primer centenario de la Independencia colombiana,  empezamos a ver el inmenso trabajo y los sufrimientos de  Nariño por darnos la libertad, su nombre honró al décimo departamento colombiano cuya gente respetó la vida del gran americano cuando en bando contrario luchó contra el general Nariño.