viernes, 10 de junio de 2011

EL PRESBÍTERO MARCO ANTONIO TOBÓN TOBÓN

ENTRE LIBROS Y CULEBRAS

Alfredo Cardona Tobón*



A mediados del  año de   1911 varios jinetes descienden por la vertiente del Pacífico con dirección a la población de  Pueblo Rico en el Chocó. La neblina borra los recodos de la trocha, la llovizna menuda y pertinaz resbala por los encauchados  y se va escurriendo por las ancas sudorosas de las bestias.
Al acercarse al caserío la cabalgata gira a la izquierda y loma arriba se dirige a la hacienda “Noruega”. A lo lejos un hombre fornido, blanco, cabello canoso, tez curtida por el sol  y con profundas arrugas en la frente  ve a los viajeros y se adelanta para abrir el tranquero. Los jinetes zigzaguean por el camino empinado mientras el labriego protegido por una ruana de lana virgen apura el paso y sale a recibirlos

-Qué alegría verle, padre Tobón- exclaman los recién llegados.
- Y yo de recibir tan distinguidas personas en estas soledades- comentó el dueño de la hacienda, echando la ruana atrás para abrazar uno por uno a sus amigos..

EL PADRE MARCO ANTONIO TOBÓN.

El sacerdote Marco Antonio Tobón, de  manos callosas, sin sotana, con carriel y machete terciado como cualquier campesino, espanta los perros y  después de ordenar al peón que lleve  a las cansadas bestias a la  pesebrera, se dirige con los recién llegados a una cabaña de troncos, construida  tras ardua lucha con la selva y las culebras.
Al  reencontrarse el levita con antiguos camaradas, recordó sus pinitos en la parroquia del Jardín y la marcha hacia el Estado Cauca con una caravana de familias liberales que huían de la persecución política en Antioquia tras la guerra de los Mil Días.

Con tanto para contar y para recordar, el tiempo se pierde en los punteros y minuteros de los relojes. El paisaje y el viento helado llevan al padre Tobón y a su amigo Ricardo Mejía a las  tierras altas de Riosucio para revivir el paso de la caravana del Jardín por el río Cauca, la remontada de la cordillera y la llegada al pueblito del Rosario, la fundación caucana, que con el empuje y coraje de los nuevos vecinos, llegó a tener colegio, imprenta, taller artesanal, molino de trigo, rebaños de ovejas y talleres para tejer la lana.

En el  Rosario los paisas tumbaron selva, establecieron intercambios con los indios guasarabes y pusieron la aldea en el mapa de Colombia. Los jefes políticos de Riosucio creyendo que los recién llegados eran un peligro para su hegemonía, orquestaron una virulenta persecución contra el sacerdote y sus amigos, obligándoles a continuar su camino hasta el naciente caserío de Pueblo Rico situado en las laderas del cerro Tatamá donde siguieron descuajando selva para dar pastos a sus ganados y sitio a los cultivos de cargamanto..

El Prefecto apostólico de Quibdó encargó al Padre Tobón  de la cristianización  de  los indios chamíes y de  los negros arrochelados de las cabeceras del río San Juan. El levita empezó su misión predicando con el ejemplo, sin violentar sus culturas, sin obligarlos a creer en la fe cristiana, sin comprarles el espíritu con espejos ni convertirlos en peones serviles en   internados religiosos. El Padre Tobón abrió los primeros libros de la parroquia de Pueblo Rico y  aprovechando su amistad con el general Rafael Uribe Uribe envió por su conducto varias solicitudes a los poderes centrales para separar a Pueblo Rico del Chocó e incluirlo en el recién creado departamento de Caldas.

Como el padre Marco Antonio tomaba  aguardiente, toleraba los jolgorios, admiraba las mujeres bonitas y además era liberal, lo  acusaron  de modernista, le quitaron la sotana y el altar y dejaron a los negros y a los indios en manos de los religiosos claretianos que revivieron las técnicas coloniales de los españoles.

DE LA SELVA A LAS AULAS.

Un chaparrón arrinconó  a los amigos en la  modesta vivienda de troncos.  La charla se prolongó hasta altas horas de la noche  al calorcito de fogón y la animación de unos cuantos anisados. Fraternales lazos  unían al levita con Marco Tulio Escobar y otros miembros del Concejo de Santuario, Caldas, cuya misión era arrancar al Padre Tobón de sus oficios de labriego para que fundara un colegio  y dirigiera una imprenta abierta a todas las expresiones. Tras pensarlo un poco el sacerdote aceptó el reto y dejó ganados y cultivos en manos de su hermano Germán para trasladarse a Santuario.

El colegio  “ San Agustín ” fue un vivero de gente ilustre., donde surgió una generación aguerrida, con disciplina y virtud, que rigió los destinos de esa región  hasta mediados del siglo veinte. Paralelamente a sus estudios botánicos, el padre Tobón dio vida al centro cultural “ El Ateneo”  que editó la revista Tatamá , publicó  libros, periódicos de variadas tendencias, organizó veladas, conciertos y recitales y promovió concursos e intercambios con escritores de América Latina.

En abril de 1915 la sociedad santuareña  ciñó una corona de laurel en las sienes del sacerdote y en sentida velada literaria, a la que asistió lo más granado del pueblo, los alumnos y ciudadanía reconocieron los méritos del educador, del hombre de letras y del levita, que sin estar frente al altar, seguía regando la semilla del evangelio.Pero en la sombra los enemigos estaban emboscados, el párroco y sus aliados  dijeron que el colegio era un antro de masones,  logrando que numerosos  padres de familia retiraran sus hijos del plantel y acabara por cerrarse el colegio.

ENTRE  ARCOS DE TRIUNFO.

En 1921 los quinchieños quisieron tener su colegio y el concejo en pleno se movilizó hasta Santuario para invitar al Padre Tobón a la tierra del Gobia y del Batero.  Allí el curita liberal se sintió firme, iba a un pueblo que no le caminaba a los clérigos ni al conservatismo, así que puso manos a la obra y fundó el primer centro de educación secundaria del municipio que llamó  “ San Agustín”, como en Santuario,  y consiguió otra imprenta, donde editó  libros de historia y filosofía.

Por esos días el obispo Salazar y Herrera, organizó una gira pastoral por el occidente caldense; de Riosucio pasó a Bonafont y de allí siguió a caballo hacia Quinchía con dudas y temores, pues se adentraba en un territorio  donde el párroco Herrera había casado una pelea con la ciudadanía. Al llegar  al sitio del Higo empezó a ver arcos de triunfo decorados con rosas, dalias y claveles Los campesinos indígenas se agolpaban  vivando al pastor, luego engrosaban la comitiva y continuaban el recorrido al lado de su Obispo; en la vereda de Quinchiaviejo  se le unieron centenares de jinetes con ramos como en Semana Santa. La  bienvenida fue apoteósica. Un río humano entonaba salmos y se arrodillaba a su paso  Al acercarse al pueblo una cabalgata lo recibió con banderas y pendones. Monseñor Salazar y Herrera se adelantó un poco y vio que al frente del comité de recepción estaba Marco Antonio, el condiscípulo elocuente y bueno para el latín y la filosofía que había sido su amigo en el seminario de Medellín.

Esa tarde el obispo y el padre Tobón concelebraron misa y por disposición del alto jerarca el presbítero Marco Antonio ocupó el curato de Guática. Allí  los más viejos lo recuerdan, al igual que en Anserma y en Risaralda

.El padre Marco Antonio fue un sacerdote notable, formador de juventudes y de ideas avanzadas cuya labor no ha sido reconocida por la iglesia católica, que apenas lo menciona en sus archivos, pese a haber sido el primer cura de Pueblo Rico y del Rosario, fundador de tres colegios,  colonizador, empresario, director de periódicos y autor de revistas de botánica y literatura y orador sagrado de altísimos quilates.

El padre Tobón perteneció a una familia emparentada con los Córdovas de Rionegro y con un Alferez Real de Santa Fe de Antioquia.  Nació en Rionegro en el año de 1873; desde niño quiso ser sacerdote y ese sueño se hizo realidad, pues el dueño de la finca que administraba su papá, le tomó cariño al muchachito trabajador y formalito que cuidaba las bestias y hacía los mandados y le consteó los estudios en el seminario.  En 1950 el padre Tobón Tobón ya  viejito y con olor de santidad  entregó su alma al Creador en una casita que le regalaron sus antiguos alumnos en Cartago, donde fue capellan del asilo de ancianos en sus últimos  años.