martes, 19 de julio de 2011

JOSÉ MARÍA CARBONELL Y LA NOCHE DE LOS CHISPEROS

Alfredo Cardona Tobón *
                José María Carbonell. Nervio y fuerza del 20 de julio de 1810

Las campanadas de la siete de la noche se extendieron por las calles oscuras de la monalcal Santafé  y el aire helado que venía del páramo de Cruz Verde se colaba entre los grupos, cada vez más ralos, que rodeaban el Cabildo, en cuyo balcón Acevedo Gómez hacía esfuerzos inauditos para contener la desbandada  y mantener vivo el movimiento, que desde horas tempranas, se había volcado contra las fuerzas virreinales y los odiados oidores españoles.
Ya se habían retirado los indios, los campesinos mestizos de los pueblos vecinos, los artesanos y las marchantas, quienes,  repletos de la chicha que les repartieron los organizadores del motín del veinte de julio, estaban durmiendo la perra en los arrabales de la capital.
Tras un día de guachafita y saqueos a los negocios ibéricos, el virrey Amar y Borbón volvía a respirar con cierta confianza. El bochinche parecía agonizar sin consecuencias mayores:  quedaban los coscorrones que dejaron mal parado a Llorente en el sainete del florero, la pérdida de algunos bienes que se podían recuperar con tributos, y el susto de los criollos que ante el temor de los ataques de la plebe, se habían retirado a los retretes más recónditos de sus casas.

Mientras los españoles creían que amainaba el barullo, la situación se tornaba dramática para los jefes de la revuelta pues se imaginaban en  el patíbulo que el gobierno español levantaba a los traidores. "Si perdeis este momento de efervescencia y calor- clamaba Acevedo desde el balcón del Cabildo a las personas que lo acompañaban - si dejais escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas sereis tratados como insurgentes. Ved ( señalando la cárcel) los calabozos, los grillos y las cadenas que os esperan".

APARECEN LOS CHISPEROS

Muy pocas personas acompañaban a Acevedo y Gómez. La Junta que nombró a dedo para representar al populacho enardecido era una Junta fantasma, pues casi ninguno de los nominados se atrevió a acercarse al teatro de los acontecimientos: refugiados y parapetados en sus casas, consolaban a sus esposas llorosas y de seguro rezaban, muertos de miedo. Cuando todo parecía perdido para la causa americana, aparecieron los "chisperos" o agitadores comandados por José María Carbonell y por Ignacio Herrera Vergara, que con algunos estudiantes se regaron por las barriadas,  por los tugurios y las covachas, y empujaron al lumpen, a los artesanos pobres y a las marchantas hacia el centro de la ciudad.
Un río de antorchas, un  alud humano que fluyó de San Victorino, de Egipto, de Belén y de La Cruces se convirtió en un trueno que rompió el silencio de las sombras exigiendo Cabildo Abierto y desfogando su furia contra la virreina corrupta, contra los oidores Frías e Infiesta y contra el despotismo de España.

A las ocho de la noche la multitud atronadora colmaba la Plaza Mayor. No eran los lanudos montaraces del  día sino la hez del pueblo, los olvidados, los marginados, los que nada esperaban del futuro, quienes bajo sus ruanas piojosas acariciaban los mangos de sus puñales. Grupos exaltados se aproximaron a los cuarteles y hostigaron a las tropas acantonadas, que ansiosas esperaban la orden de abrir fuego. Al lado de los chisperos iban mujeres armadas de garrotes que animaban a sus amantes, a sus maridos y a sus hijos. Se mezclaban artesanas y sirvientas, vivanderas y lavanderas. Una de ellas, cuyo nombre infortunadamente no pasó a la posteridad, bendijo a su hijo cuando vió que la tropa preparaba los cañones y le dijo: " Ve a morir con los hombres! Nosotras las mujeres marcharemos adelante, presentemos nuestros pechos al cañón; que la metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen, y quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres; que se  apoderen de la artillería y libren la Patria!."

CABILDO EXTRAORDINARIO

Ante la presión del pueblo y de Carbonell, el virrey permitió que las tropas quedaran bajo el mando del Cabildo. Viéndose a salvo, la oligarquía criolla, que había permanecido al margen de los acontecimientos, empezó a salir de sus escondites, no para convertirse en voceros de las masas que habían hecho la revolución- según anota Liévano Aguirre- sino para ver  qué podían obtener de una victoria que no les pertenecía.
Como el virrey Amar continuaba oponiéndose a la instalación de un Cabildo Abierto con representares del pueblo, los chisperos se apoderaron de las iglesias y echaron las campanas al vuelo. "Estos clamores- dice el Diario Político- en todo tiempo horrosos, llevaron la consternación y el espanto a todos los funcionarios del gobierno. Tembló el virrey…" y presintiendo que el poder total se escurría hacia el común, Amar negoció con la oligarquía criolla y en vez de un Cabildo Abierto autorizó un Cabildo Extraordinario, cuyos miembros reconocieron a Fernando VII y conformaron una Junta de notables con el virrey a la cabeza.
Carbonell y los suyos hubieran podido forzar los acontecimientos e imponerse sobre el gobierno colonial y sobre el estamento criollo, pero no lo hicieron. Se acalló el grito de la Independencia de la metrópoli, los herederos de la conquista marginaron al pueblo y de momento usufructuaron el poder en igualdad de condiciones con los españoles. A las tres de la mañana del 21 de julio de 1810, los criollos celebraron la victoria y los pardos y los indios, ya cansados, empezaron a retirarse a sus casuchas, sin darse cuenta cabal de que su destino empezaba a depender de nuevos amos…