sábado, 20 de agosto de 2011

EN EL ALTO DE LAS COLES DE PÁCORA

LA CAMPAÑA DE TITÁN EL PERRITO AMARILLO  TROMPINEGRO

Alfredo  Cardona Tobón.*


El chasquido de la leña seca, las chispas que reventaban sobre la olla de barro, el olor dulzón del aguapanela que empezaba a hervir,  y la mirada tierna del perrito amarillo trompinegro que dormitaba en un rincón de la cocina de bahareque, parecían indicar una madrugada más del año 1851 en la vereda del Botón, falda abajo del poblado de Salamina.
Pero no era así. La guerra había llegado al rancho y mientras la mamá enjugaba las lágrimas que mojaban las arepas que doraba en la cayana y el padre llenaba  bolsitas de pólvora y perdigones para  su hijo, el  muchacho despreocupado, como si fuera a salir de cacería, alistaba la ruana y la escopeta para tomar camino y reunirse con la tropa del general Braulio Henao.

Soplaban vientos calamitosos: en mayo de ese año 1851 los pastusos  se habían levantado en armas contra el gobierno de Hilario López y la provincia de Antioquia estaba en pie de lucha, pues se decía que había que atajar a los enemigos de Dios y la  familia.  En la madrugada del 30 de junio, ochocientos vecinos de  Aná, Belén y Envigado, bajo las órdenes del general caucano Eusebio Borrero ocuparon a Medellín, tomaron las armas y los cuarteles y depusieron a  Sebastián Amador, Jefe Político de la provincia.

En tanto que los alzados en armas se afianzaban en la capital de La Montaña y  la columna de Salamina se preparaba para marchar a la capital  a respaldar a los rebeldes, tropas del gobierno central controlado por los liberales, avanzaban desde Supía hacia Salamina y remontaban el páramo de Herveo con destino a Manizales.

EMPIEZA LA CAMPAÑA

Al aclarar el día, Ricardo Mejía  abandonó el rancho del Botón  y se unió a los trescientos campesinos que formaban en la  plaza de Salamina.  Después de una misa campal entre  escapularios y estandartes de la Virgen María, la tropa comandada por Braulio Henao abandonó el pueblo en medio de llantos y bendiciones  y se dirigió al norte para  unirse a las fuerzas de Eusebio Borrero, un general caucano, de ideas conservadoras, que se había puesto al frente de la revolución antioqueña.

Los improvisados combatientes descendieron por la loma de la quebrada La Frisolera, cruzaron el río San Lorenzo y por el atajo de las Águilas  empezaron  a trepar hacia el Alto de las Coles, en cercanía de la aldea de Pácora; unos iban armados con lanzas, otros con primitivas escopetas de fisto y algunos con fusiles que apenas habían aprendido a disparar. Era gente pacífica empujada a la guerra  que se enfrentaría a los bravos caucanos, duchos en la emboscada, que venían por un botín y  estaban acostumbrados al combate
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A medida que el sol calentaba  se espaciaron las charlas. Poco a poco los voluntarios sintieron el peso de las armas y cayeron en cuenta que la aventura, bien podía convertirse en un encuentro con la muerte En mitad de la loma la tropa disminuyó el paso y aguzó los sentidos, pues al acercarse a Pácora se temía el ataque de las guerrillas de Heliodoro Jaramillo.

Como a las once y veinte minutos de la mañana del 16 de agosto de 1851, las  avanzadas de Braulio Henao  alcanzaron la cima del Alto de las Coles.. De pronto se sintió un tropel entre las cañabravas al borde de la trocha. Sonó el grito de alerta, se prepararon las lanzas y dedos nerviosos tocaron el gatillo de las armas de fuego. Después de segundos que parecieron siglos  salió del rastrojo el causante del alboroto: era un perrito amarillo trompinegro que  voleando  la cola y las orejas se  abalanzó hacia Ricardo Mejia y casi se lo come a lambetazos. El animalito estaba lleno de cadillos,  pues desde que salió del Botón tras de su amo, lo había seguido por entre la maleza para no dejarse ver, hasta que cansado de andar entre zarzas, decidió salir a la trocha y enrolarse en la tropa.

La columna salamineña se atrincheró en el Alto de las Coles y esperó. El general Braulio Henao no mostraba deseos de avanzar pese a que el enemigo había cruzado el río Cauca y se acercaba peligrosamente a sus posiciones..Después se supo que a  Henao no le interesaba presentar batalla, pues había entrado a esa guerra de 1851 más por compromiso  que por convicción, sabía que era una revolución de esclavistas y latifundistas contra un gobierno que quería cambiar las viejas estructuras coloniales.  Era un conflicto de intereses barnizado de religión y condenado al fracaso.

Cuando el General  Tomás Herrera, Jefe de Operaciones contra Antioquia,  ofreció un  indulto a los alzados en armas, Braulio Henao  firmó  la paz con el gobierno. Y no fue por miedo, pues Braulio era un gallo de pelea, sino porque como zorro viejo sabía donde y cuando  podía presentar la cara al enemigo.

 El 20 de agosto, sin haber disparado un tiro, los salamineños  se plegaron a las fuerzas del gobierno  con 370 fusiles con sus fornituras y municiones, algunas lanzas y dos cajas de guerra
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 VUELVE LA PAZ

Las fuerzas rebeldes de  Antioquia, comandadas por el general Eusebio Borrero  continuaron  la lucha  empujados por el padre Canuto Restrepo y otros notables de Abejorral  que estimaban que los negros del  Cauca, mal armados y en menor número no serían capaces de doblegar a los paisas.. Con el parque  entregado por  los salamineños  las tropas amigas de Hilario López pudieron adelantar la campaña y vencer a los alzados en armas en Abejorral y en Rionegro.

La gente de Braulio Henao había estado varios días entre las trincheras esperando hora tras hora el ataque de los caucanos, ya estaba cansada y sin muchos ánimos de pelea, por eso cuando se conoció la noticia del indulto todos a una se congregaron en la trocha y celebraron el  acontecimiento con una descarga cerrada que se oyó leguas a la redonda. Los colonos de los alrededores se santiguaron creyendo que había empezado el combate y oraron por sus muertos y el perrito amarillo trompinegro ante semejante estruendo sintió que se acababa el mundo y despavorido se perdió entre el rastrojo.

Dos días más tarde la mamá feliz preparaba el desayuno y Ricardo y su padre llenaban los calabazos de chicha para llevar al corte, en esas entró Titán, el  perrito amarillo trompinegro, con el rabo entre las patas esperando el regaño por su ausencia y se acurrucó junto al fogón. Como vio que nada le iba a suceder, levantó la cabeza y con un ladrido fuerte, de veterano de guerra, asustó al gato que  cruzó por la puerta de la cocina..

lunes, 15 de agosto de 2011

TOMÁS FUNES Y LOS CAUCHEROS DEL ORINOCO

EL CAÑO CASIQUIARE: UNA RUTA DE IGNOMINIA
Alfredo Cardona Tobón*


Colombia es un país andino cuyos dirigentes han mirado muy poco las vertientes del Amazonas y del Orinoco, se olvidaron de la costa del océano Pacífico y no han podido integrar plenamente el Caribe al resto de la nación.. En 1921 estaba al frente del país Marco Fidel Suarez, un gramático, que como Marroquín, Sanclemente y otros  presidentes, nunca  había salido del país, ni conocido el mar, era lego total en asuntos tecnológicos y solo conocía los extensos territorios del oriente en los mapas incompletos de Colombia.
De la misma manera como se entregó a Panamá sin luchar, como  se permitió que Brasil y El Perú fijaran a su amaño la línea Apoporís-Tabatinga sin hacer respetar los derechos del país, en esa forma irresponsable el presidente Suárez  dejó que gente extraña esclavizara a  los nativos de la Orinoquia y ocupara los vastos territorios de Vichada, Vaupés y Guanía.
POR EL CAÑO CASIQUIARE
El descubrimiento de la vulcanización del caucho  y su uso en  neumáticos y en llantas y dio origen a la fiebre del caucho que empezó en 1879 y se extendió hasta avanzado el siglo XX, dando impulso a las  poblaciones de Manaos, Brasil, Iquitos, Perú y en menor grado San Fernando de Atabapo en Venezuela.
El padre Acuña en 1639 y el jesuita  Manuel Román en 1744, descubrieron que parte de las aguas del río Orinoco desaguaban en el Río Negro, un afluente del Amazonas mediante un gran caño, llamado Casiquiare, que comunica directamente al Orinoco con el Amazonas. Esta vía hizo posible, en la época de la fiebre del caucho, que  los siringueros del Orinoco llevaran el caucho a Manaos y que los atropellos, la explotación y las infamias del Putumayo se repitieran en el Orinoco cuyas márgenes se convirtieron en una zona  lejos de la misericordia divina  y olvidada  por las autoridades de Colombia, Venezuela  y Brasil.
EN SAN FERNANDO DE ATABAPO.
Este  poblado fue por muchos años la capital  del Amazonas venezolano. En 1911 el presidente de ese país General Vicente Gómez, designó como gobernador de esa sección a Roberto Pulido, quien estableció una administración personal que combinaba sus negocios de caucho con los negocios del estado y  confundía el erario con su propio bolsillo.
Al exigir  nuevas contribuciones los empresarios del caucho acuden a  Tomás Funes, un militar retirado que manejaba explotaciones de látex.   El 8 de mayo de 1913 Funes toma por asalto la Casa de Gobierno del Territorio Federal del Amazonas y asesina a Pulido.  Para barrer de una vez por todas con la oposición  ordena que busquen casa por casa a los amigos, funcionarios y familiares  de Pulido y apila más de 200 cadáveres en la plaza del pueblo en la tristemente célebre “noche de los machetes”
Un gobernador nombrado por  Vicente  Gómez al ver que Funes estaba atornillado al  poder regresó a Caracas, el dictador venezolano dejó las cosas como estaban y Funes, con la tolerancia del gobierno central,  impuso la ley a su antojo, cobró impuestos sin rendir cuentas y  durante  ocho años cometió todo  tipo de abusos contra la población.
Los atropellos de Funes se extendieron a territorio colombiano. Sus fechorías ensangrentaron al Vaupés y al Vichada, donde era amo y señor como en el Territorio Federal del Amazonas, sin que el gobierno de Marco Fidel Suárez moviera un dedo para hacer respetar la soberanía nacional y proteger a nuestros nativos En “La Vorágine”, José Eustacio Rivera escribió que “ese bandido debe más de 600 muertos puros racionales, porque de los indios no se les lleva número”, y en su novela “Toa” el escritor César Uribe Piedrahita. denuncia crímenes de Funes tan abominables como los que denunció  Cassement en el Putumayo.

En enero de 1921 el guerrillero venezolano Emilio Arévalo Cedeñó combate la dictadura de Juan Vicente Gómez. Areválo necesita armas y Funes las tiene, entonces organiza una expedición desde los llanos colombianos, desciende por el Meta, remonta el Orinoco y en San Fernando de Atabapo sorprende a Tomás Funes, que se entrega  cuando los asaltantes van a prender fuego a su fortín. Al salir el bandido tiende la mano a Emilio Arévalo que se queda mirando a Funes y le dice: “Todas las aguas de los ríos y mares no me serían suficientes para lavar los crímenes por usted cometidos” y  le da la espalda.
Después de un juicio  condenan a  Funes y  lo fusilan  en presencia de todos los habitantes de San Fernando de Atabapo. “El Terror de Rionegro”,  vestido de liquiliqui  blanco y un sombrero Panamá en la cabeza  no permiten que le venden  los ojos y con un  Adiós amigos” recibe las balas que le tronchan la vida..
LA ACTITUD COLOMBIANA
El pusilánime e inepto presidente de Colombia, Marco Fidel Suárez, no solamente ignoró los atropellos de Funes y sus secuaces sino que le hizo el juego al dictador Gómez al ordenar al Prefecto de Casanare que capturara a  Emilio Arévalo y lo internara en una cárcel boyacense. Fuerzas colombianas y venezolanas a ambos lados de la frontera persiguieron a Emilio Arévalo que luchó una y otra vez contra Vicente Gómez, sin lograr que el pueblo del vecino país lo acompañara en su cruzada.
 Marco Fidel Suárez no tuvo la malicia para entender que mediante el asesino Tomás Funes, el dictador Vicente Gómez extendía su poder  a la Orinoquia colombiana,  de hecho bajo el control venezolano, y se fortalecía la ambición territorial de Venezuela que de tiempo  atrás reclamaba vastas extensiones colombianas de los llanos orientales. Lo único que hizo  Suárez fue crear la comisaría del Vichada,  una  entidad en el papel, con autoridad inexistente y ningún respaldo militar.
 Los  puinabes, unos grupos indígenas de cuatro o cinco familias, que se movían por las orillas del río Inírida, tuvieron que remontarse río  arriba y perderse en la manigua. Así evitaron  que la gente de Funes los capturara y los convirtiera en esclavos. Además, los colonos colombianos, se vieron extorsionados, como sus vecinos allende el Orinoco, por las cuadrillas de los matones de San Fernando de Atabapo. .
.Aunque en la “ Vorágine”  se develan  algunas atrocidades en el Orinoco,  apenas es una pálida muestra de lo que ocurrió en esas vastas soledades donde no solamente la bestia Funes atormentó a nuestra gente sino otros criminales como El Cayeno y varios lugartenientes de la Casa Arana, que hasta allí extendió sus horrorosos tentáculos.