martes, 30 de agosto de 2011

SIMÓN BOLIVAR Y LA GUERRA A MUERTE

Alfredo Cardona Tobón*

La iglesia, la monarquía y el terror sostuvieron el poder español en América; la Iglesia desdibujó las identidades nativas, la monarquía llenó el vacío que dejaron los caciques y con el terror  las exiguas fuerzas coloniales pudieron controlar el inmenso territorio.
Con esas tres armas los españoles sofocaron los levantamientos del Alto Perú y a los comuneros, pero no fueron suficientes para apagar las ideas independentistas al empezar el siglo XIX, pues gran parte del clero apoyó la revolución,  la monarquía se desmoronó en manos de un rey inepto y el terror les rebotó a los realistas.
Los españoles trataron a los insurgentes como reos de lesa majestad que había que exterminar de la faz de la tierra. En 1809 el gobierno de Quito masacró a los prisioneros patriotas y exhibió las cabezas de Cadena y Rosillo  para atajar la rebelión granadina. En 1812 el gobierno virreinal ejecutó en Pasto a Caicedo y a Maculay y pasó por las armas a Luisa Góngora, Domitila Sarasti y a Dominga Burbano. Era lo usual para castigar a los revoltosos, pero esos cuadros dramáticos iban a ser una  pálida muestra de lo que sucedió en los años posteriores.
EMPIEZA LA GUERRA  A MUERTE
En 1813 Simón Bolívar, con el apoyo de Cartagena y de Mompox, invadió el territorio venezolano donde los españoles habían desatado una guerra de razas para quebrantar el poder de los criollos. El caraqueño avanza victorioso con tropas granadinas, pero en Venezuela carece de apoyo popular, porque los negros, indios y mulatos se unen a las filas realistas para desquitarse de los mantuanos que los habían explotado por siglos..
En la proclama de Trujillo  con fecha 15 de junio de 1813, Simón Bolívar intenta convertir la guerra civil venezolana en un conflicto internacional de americanos contra españoles  En esa proclama Bolívar insta a los peninsulares a dar apoyo irrestricto  a la causa libertadora y termina con un ultimátum  que abrió de par en par las puertas del infierno: “Españoles y canarios contad con la muerte aunque seáis indiferentes si no obráis por la liberación de América. Venezolanos contad con la vida aunque seáis culpables.
La barbarie entre los dos bandos ya era extrema, pero con la Proclama de Trujillo se desbordó el salvajismo. En octubre de 1813 el coronel republicano Campo Elías venció al caudillo realista Tomás Boves en la batalla de Mosquiteros y no tomó prisioneros, pues degolló  a los 170 afrodescendientes que se rindieron.  Tomás  Boves al conocer la dantesca carnicerías juró acabar con todos los republicanos que cayeran en sus manos. A partir de entonces se libró una guerra de exterminio que no respetó a combatientes ni a civiles, niños, mujeres ni ancianos.
El 4 de diciembre de 1813  el Libertador derrotó a los realistas en Acarigua y al igual que Campo Elías hizo asesinar a los rendidos y  cuando alcanzó al resto de los derrotados,  que se entregaron exhaustos y sin municiones en el sitio de La Virgen, Simón Bolívar, sin ninguna compasión, hizo matar a bayoneta a los 600 prisioneros.
OTRO DIA DE VERGÚENZA
En febrero de 1814 Bolívar tomó la ciudad de Caracas. El comandante de la plaza pidió instrucciones para hacer frente al inminente contraataque de Boves, e informó a Bolívar  sobre el crecido número de prisioneros españoles y los pocos hombres que tenía para la defensa. En las mazmorras de Caracas, Valencia y La Guaira había 1200 civiles prisioneros cuyo único delito era ser españoles. El arzobispo trató  inútilmente de evitar el crimen  que se avecinaba, pero  no se le escuchó, para ahorrar municiones las tropas patriotas los asesinaron a golpes y con arma blanca. En el parte de  febrero de 1814, el comandante Arismendi informa a Bolívar: “Hoy se han decapitado los españoles y canarios que estaban enfermos en el hospital, último resto de los comprendidos en la orden de su Excelencia.”
La patológica crueldad de Bolívar pareciera que empieza a atenuarse en julio de 1814 en Ocumare: “La guerra a muerte que nos han hecho nuestros enemigos- dijo el Libertador-  cesará por nuestra parte, perdonaremos a los que se rindan, aunque sean españoles. Ningún español sufrirá la muerte fuera del campo de batalla.” Pero fueron meras palabras ya que los crímenes continuaron durante varios años, como se vio después de la batalla de Boyacá, cuando  ejecutaron a Barreiro y demás oficiales españoles capturados en combate y que en las circunstancias de entonces no representaban ningún peligro para los patriotas.
La guerra de exterminio  en Venezuela se extendió a la Nueva Granada en la trágica era de la reconquista. Tras siete años de la dantesca orgía de pavor,  Pablo Morillo, comandante de los ejércitos del rey y el Libertador Simón Bolívar, seguramente presionados por la gente racional de Europa, firmaron el Tratado de Regularización de la Guerra y a partir del 26 de noviembre de 1820 se comprometieron a matarse “como lo hacen los pueblos civilizados”, a respetar a los vencidos, atender a los enemigos heridos y realizar de inmediato un canje de prisioneros.
Hay que recordar el salvajismo de la guerra de la independencia y abonarle a Bolívar la parte que le corresponde.  El cronista de la época José Manuel Restrepo,  dice: “los excesos y crueldades cometidos, sobre todo contra las mujeres, fueron horrendos y las tropas de Bolívar se cargaron de oro, plata y joyas de toda especie..”  Castillo y Rada se refería a Bolívar y a su gente como “los antropófagos de Venezuela” y  no  olvidemos las órdenes del Libertador de borrar de la superficie de la tierra a los pastusos y las amenazas de  reducir  a pavesas la ciudad de Santa Fe de Bogotá  cuando comandó las tropas de Tunja en su lucha contra Cundinamarca.