miércoles, 7 de septiembre de 2011

LOS OREJONES Y LOS CHISPEROS

JORNADAS DE JULIO DE 1810 EN SANTA FE DE BOGOTÁ

Alfredo Cardona Tobón*


Al llegar la noche del 20 de julio de 1810, unos pocos corrillos en la Calle Real y en la Plaza Mayor, eran los vestigios de las ruidosas manifestaciones que horas  antes exigían  Cabildo Abierto y gritaban mueras al mal gobierno. Las vivanderas y los indios de la Sabana se habían marchado de Santa Fe y el virrey Amar sonreía complacido al ver que la revuelta se apagaba, sin necesidad de derramar una gota de sangre.

LA NOCHE DE LAS ANTORCHAS

Al perder el control de los acontecimientos, los promotores del bochinche se refugiaron en lo más recóndito de sus casas y se marginaron totalmente cuando la rebelión iba camino al fracaso. Solamente Acevedo y Gómez motivaba a los escasos manifestantes tratando de impedir el  inminente desastre.
Cuando todo parecía irse a pique, José María Carbonell, un empleado segundón, junto con el caleño Ignacio Herrera y varios estudiantes bartolinos dieron un giro total a la situación: en medio de las sombras se movieron de barrio en barrio, de tugurio en tugurio haciéndolos vibrar con palabras de libertad y de esperanza.
Un mar de antorchas iluminó las calles de la capital del virreinato, el grito de ocho mil  gargantas aturdió la Plaza Mayor, haciendo borrar la sonrisa de Amar y Borbón. Entonces aparecieron los próceres de la Patria y colmaron los escaños del Cabildo para deliberar con un emisario del virrey, mientras el pueblo se enfrentaba a las fuerzas coloniales.
“¡Ve a morir con los hombres!- dijo una madre anónima al hijo que avanzaba  hacia una barricada  donde el coronel Sámano esperaba la orden de abrir fuego contra la multitud-“Nosotras las mujeres marcharemos adelante, presentando nuestro pecho al cañón, decía a las marchantas que la acompañaban,  que la metralla descargue sobre nosotras, y los hombres que nos siguen, y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres, que se apoderen de la artillería y libren la Patria”
En  las calles, los “chisperos”, dirigidos por José María Carbonel, pedían la renuncia del virrey y la independencia de España; en el Cabildo, los criollos, manejados por Camilo Torres, defendían los derechos del rey y la jurisdicción del Consejo de  Regencia. El pueblo exigía un Cabildo Abierto y el notablato,  una Junta Suprema, con el virrey como presidente y José Miguel Pey, hijo del Oidor que condenó a Galán, como vicepresidente.

LA ACCIÓN DE LOS CHISPEROS

Al  medio día del 21 de julio, cuando Amar se reunía con la Junta Suprema, una gran manifestación popular se tomó el centro de Santa Fe., exigiendo a  gritos la libertad del canónigo Rosillo  y la prisión para los Oidores Alba y Frías, quienes cargados de cadenas, fueron presentados ante el pueblo.
 Los “chisperos” no aceptaban el cambio de chapetones por criollos, querían un gobierno con representación popular que cortara  los nexos con la metrópoli. Por ello, al sentirse marginados instalaron en un pequeño local de San Victorino una Junta Popular, paralela a la Suprema, que empezó a hablar del poder del pueblo, de igualdad y de soberanía.
Mientras la Junta de Carbonell mantenía la ciudad en efervescencia, sin fijar estrategias que le permitieran la toma del poder, la Junta manejada por Camilo Torres, tomaba medidas para controlar la ciudad y neutralizar a  los “chisperos”.
En la mañana del  22 de julio, después de rendir honores a una efigie de Fernando VII, la Junta Suprema  promulgó algunos decretos que recomendaba el respeto y la consideración a los españoles, la creación de un regimiento de voluntarios y cuatro escuadrones de caballería conformados por los “orejones” o estancieros de la Sabana.

LOS OREJONES DE LA ALTIPLANICIE

El 25 de julio entraron los “orejones” a Santa Fe. “Figúrese- escribió el historiador Groot-  una columna de quinientos hombres a caballo, de cuatro en fondo, armados de lanzas y medialunas, en sillón vaquero de enorme  tamaño…  y encima un orejón con ruana de lana listada, calzón corto de gamuza, zamarros de cafuche, pañuelo rabo e’gallo anudado en la cabeza bajo un sombrero de media ala… quinientos hombres de esa calaña, marchando al trote y metiendo un ruido infernal con los estribos metálicos que se tropezaban y rozaban unos con otros.”
Pese a tan espectacular demostración de fuerza, los “chisperos” no se arredraron. Inmediatamente concitaron a carniceros, pulperos, artesanos y desocupados y  armaron otro bochinche que obligó a la Junta Suprema a deponer al virrey y confinarlo en el edificio del Tribunal de Cuentas.
Transcurrió una semana de aparente calma, pero la marejada de inconformidad fue creciendo con las rondas y el patrullaje molesto de los  “orejones”  y el 13 de agosto los “chisperos” volvieron a la carga  al correr el rumor que el virrey saldría de Santa Fe a buscar apoyo en otras provincias.
“¡El Virrey a la cárcel!- ¡La virreina a la cárcel de mujeres!”, fue el grito de los revoltosos. La lluvia de piedra del  populacho pudo más que el amague de ataque de los “orejones” y la Junta Suprema se vio forzada a encarcelar la ilustre pareja.

FIN DEL PRIMER ACTO

El 15 de agosto de 1810, mientras se efectuaba  una procesión de la Virgen, la Suprema reunió algunos fondos y puso al ex virrey  y a su esposa  rumbo  a Cartagena; aprovechó ese momento para movilizar a  los “Voluntarios  de la Guardia Nacional”, dirigidos por Antonio Baraya y a los escuadrones de “orejones” comandados por Pantaleón Gutiérrez y puso tras de rejas a José María Carbonell, a Manuel García y a Eduardo Pontón.

Así concluyó el primer acto de la confrontación entre el  pueblo raso y los descendientes de Don Pelayo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

UN ÁNGEL EN ARENALES

Alfredo Cardona Tobón *


Anciano, con la sotana raída y alguna muda de ropa por todo capital, el padre Anselmo Estrada Restrepo murió en el hospital de Salamina el 21 de febrero de 1936 a la edad de 75 años, irradiando bondad y repleto de méritos para el cielo.
El padre Anselmo no fue un orador destacado, ni letrado, ni ilustrado. Fue una vocación tardía, pues ya entrado en años cambió el oficio de maestro de primeras letras por la de seminarista . Se ordenó  en Popayán, sin muchos latinajos ni profunda teología , durante una “ escasez de sacerdotes” según explicaba jocosamente a sus amigos.
Sin embargo lo que faltó de luces intelectuales al  maduro sacerdote le sobró de corazón, amor, bondad y entrega a los feligreses. Quizás por su humildad, tal vez por su talante burdo y montañero, la curia lo encargó de los caseríos más pobres y alejados del norte del Cauca.  Por allá en 1885 vemos al padre Anselmo en medio de indios en Arrayanal, luego en la Villa de la Cáscaras, en Guática y en Quinchía, donde aparece como encargado de la parroquia a principios de 1894.

EL APÓSTOL DE LAS TROCHAS.

A una legua escasa de la aldea de Tachiguí, colonos invasores procedentes del Cauca y de Antioquia, levantaron algunos ranchos en las tierras del Resguardo indígena y dieron vida al caserío de Higueronal Era una tierra de nadie, donde malandrines de toda laya imponían su ley a los guaqueros y a los cultivadores de cacao de las lomas del Tatamá.
Higueronal creció y cambió su nombre por Arenales.
Durante la revolución de 1885 los vecinos reforzaron las filas de los radicales liberales, y los labriegos tumbamontes  cambiaron el hacha por el fusil.  Los veteranos conservadores de Ansermaviejo aliados con sus copartidarios azules del  Ingrumá marcharon a combatir a los insurgentes de Arenales, fue cuando por primera vez apareció el Estado  en esas soledades, no para llevar progreso, sino para sembrar destrucción y muerte.
El conflicto despobló la región  y los sobrevivientes de la antigua población de Tachigui optaron por recoger sus bártulos y trasladarse a la vecina Arenales, cuyos colonos paisas siguieron adelante pese a la destrucción y la pobreza.
Ya instalados en Arenales, los indígenas del antiguo Tachiguí pidieron un sacerdote que enterrara sus muertos, bautizara a sus hijos y construyera un albergue digno a la milagrosa imagen de Santa Rosa de Lima que habían llevado con ellos..
No serían muchos los candidatos para ese curato de frontera, levantisco y sin recursos. Así pues la jerarquía eclesiástica le dio ese “ chicharròn” al  padre Anselmo Estrada, que de inmediato entregó la parroquia de Quinchía,  cruzó el río Risaralda, trepó por los riscos que llevan al Tatamá, y en una tarde lluviosa se apeó de la mula en la calle embarrada, bordeada de casuchas pajizas, que constituía la aldea de Arenales. Al día siguiente, tres de octubre de 1894,  el padre  Estrada celebró la primera misa en  el descampado del Alto de la Cruz, pues no había capilla, y empezó a palpitar lo que en pocas décadas iba a convertirse en la progresista población de Belén de Umbría..
Con sus propias manos y la ayuda de la comunidad,  el sacerdote construyó un humilde tabernáculo de guadua, varas y palmiche, donde los feligreses sintieron que Dios afirmaba su presencia en esa montaña llena de tigres, matones y serpientes.


LA EPIDEMIA DE VIRUELA

Al empezar 1895 la tragedia cierra de nuevo  sus garras sobre Arenales. La viruela avanza por el Cauca y se ceba, principalmente, en la población indígena del norte del Estado .No valen los rezos, ni las procesiones con Santa Rosa de Lima, ni los remedios y fórmulas de los curanderos y de los  jaibanás de Arenales. Las campanas no descansan llamando a duelo, el  sepulturero no descansa y el  camposanto está repleto.
Como un ángel de esperanza el padre Anselmo corre de rancho en rancho sin temor al contagio, reparte medicinas, consuela viudas, socorre huérfanos, moja la frente ardiente de los agonizantes abandonados y acompaña a todos en el postrer paso por la vida. Arenales se desocupa: De 805 vecinos mueren 105 personas. Todo es desolación, dolor y llanto, tan solo unas pocas familias antioqueñas respetadas por la viruela continúan en el desolado caserío
Meses después de la tragedia trasladan al  padre Anselmo Estrada a la desaparecida aldea del Rosario, en la parte fría de Riosucio y allí construye una capilla a La Virgen de La Merced, atiende a los indios guasarabes y ve partir a los últimos colonos paisas que dejan el pueblo por presiones políticas de los riosuceños y continúan camino hacia Pueblo Rico en le Chocó.
Al padre Anselmo no le arredraron  tragadales ni culebras, no tuvo hora para llevar la extremaunción a sus feligreses, no importó el hambre ni la falta de techo. Estuvo en los sitios más alejados y abandonados de nuestra geografía, fue un apóstol, fue un sacerdote que pensó siempre en los demás.
Al final de su ministerio sacerdotal un párroco amigo recogió al  venerable sacerdote en la casa cural de Quinchía donde desempeñó labores livianas en el templo y los domingos recogía  unos pesitos con responsos por las ánimas en el  cementerio, adonde llegaba apoyado en un bastón y abrumado por los callos, tras un titánico esfuerzo por un camino abrupto y pantanoso. Tras algunos meses en Quinchía, el Obispo le concedió una modesta pensión con la que cubrió su asilo en Salamina.  En la notaría de esta población caldense consta que el padre Anselmo no hizo testimonio porque no tenía bienes de ninguna clase. ¡Qué iba a tener el santo cura, si lo poco que recogió en su vida fue para atender a su anciana madre y a los feligreses más pobres!
 Era tal el desprendimiento del virtuoso levita, que si hubiera podido,  hasta el alma habría cedido al Enemigo Malo para salvar del suplicio a algún infeliz descarriado. A este curita humilde y anónimo le ha faltado vitrina para que lo lleven a los altares y es tal el desconocimiento de su labor pastoral que  ni siquiera la gente de Belén de Umbria sabe que Anselmo Estrada fue la luz que  mandó Dios a  su naciente aldea para que la viruela no la borrara del mapa.