jueves, 22 de septiembre de 2011

JOSÉ MARÍA CÓRDOVA Y EL TAMBOR RIONEGREÑO

Alfredo Cardona Tobón*

     Monumento a José Maria Córdova en la ciudad de Rionegro- Antioquia

La noche del once de septiembre de 1829 un jinete cruzó rápidamente las calles de Rionegro, una pequeña ciudad de la provincia colombiana de Antioquia y desmontó frente a la casa de Doña Pascuala Muñoz, madre de José María y de Salvador  Córdova.
El resollar de la bestia y los fuertes aldabonazos contra la puerta de la vieja casona sonaron como presagios siniestros; el general José María Córdova se levantó con una pistola en la mano, abrió lentamente la ventana y entre las sombras identificó a  su amigo  Francisco Jaramillo, que a marcha forzada acababa de llegar de Medellín para advertirle que detrás venía un piquete militar con la orden de apresarlo

JOSÉ MARÍA CÓRDOVA SE REBELA CONTRA BOLIVAR.

Con  el ardor de sus treinta años coronados con laureles y gloria, Córdova no se plegó  a la camarilla que adulaba sin límites al Libertador Simón  Bolívar, por eso era un obstáculo para los militares aquellos  que roto el yugo de España, empezaban a manejar a la república como una satrapía al servicio de los  venezolanos y de los mercenarios extranjeros que controlaban el poder.
Los chismes y los malquerientes habían alejado a Córdova del general Simón Bolívar; de ministro de guerra y Comandante del Ejército, el antioqueño pasó a un cargo subalterno; de brillante oficial los áulicos del Libertador lo llevaron a una posición secundaria en la línea de mando, monopolizada por mercenarios extranjeros.

Como la paciencia no era una virtud de Córdova y tampoco lo fue la prudencia, el más distinguido militar granadino dolido en su amor propio, se pronunció contra los planes monarquistas  y rechazó al gobierno absolutista servido por incondicionales.
La Junta de Gobierno de Bogotá conocía la actitud de Córdova y quiso adelantarse a la rebelión enviando  a Francisco Urdaneta a Medellín, con el fin de neutralizar cualquier movimiento  del general,  pero Urdaneta no era el hombre para tal misión: obró sin tino ni diplomacia. En vez de buscar un entendimiento con Córdova precipitó los acontecimientos al enviar al peruano Manuel Herrera con una escolta de veinticinco veteranos a Rionegro, con orden de aprehender a  los Córdovas  como si fueran vulgares delincuentes.

RIONEGRO EN PIE DE GUERRA

Manuel Herrera salió de Medellín durante la noche y llegó a los extramuros de Rionegro en las primeras horas de la madrugada. Avanzó sigilosamente con la idea de caer por sorpresa y capturar a los Córdovas, pero no pudo hacerlo, pues la alerta de Francisco Carrasquilla despertó a los vecinos del poblado; entre ellos al teniente Antonio Álvarez, un veterano lisiado de la guerra de la Independencia, que desempolvó su viejo tambor de guerra, salió a la calle y con redobles marciales congregó a los amigos del general Córdova quienes,  armados con lanzas, con machetes y viejos fusiles se dispusieron a hacer frente a los gobiernistas.
Mientras unos  montaban barricadas para contener la escolta de Herrera, el platero  Joaquín Celis fabricó a toda prisa municiones y  las hermanas y  la cuñada del general Córdova con otras damas, se dedicaron en esa madrugada a recalzar cartuchos y recoger plomo y pólvora para cebar las escopetas.
Disipada la amenaza de Manuel Herrera,  el general Córdova que sabía muy bien que la mejor defensa es el ataque, organizó una avanzada de  sesenta hombres  que al compás  del tambor de Antonio Álvarez  marcharon con rumbo a Medellín a enfrentarse con el destacamento de Francisco Urdaneta.

DESDE EL  PUENTE DE LA TOMA

La tropilla de Córdova empezó a descolgarse  por la loma de Santa Elena, de tal forma, que al dar la vuelta por un barranco  hizo creer a Urdaneta, que los divisaba con un catalejo, que su número era enorme. Sin encontrar resistencia la exigua fuerza llegó al puente de La Toma y se desplegó en guerrillas hasta la plazuela de San Francisco. De repente se sintió tropel de caballería. Córdova dispuso sus hombres y esperó la acometida del enemigo, cuyos hombres en vez de entrar en combate mermaron el trote y enarbolando bandera blanca trasmitieron el mensaje de Urdaneta que entregaba  la guarnición y las armas a cambio de un pasaporte para regresar a Bogotá.

Los rebeldes victoriosos desfilaron por las calles de Medellín al golpe del ruidoso tambor del teniente Álvarez.
-Es la punta de la tropa- decían lo curiosos que osaron salir de sus viviendas.
-El resto viene en camino- asentían otros, Nadie creía que tan pocos hombres hubieran tomado la capital sin disparar un tiro-

EL ACABÓSE EN SANTUARIO

Apenas se conoció en Bogotá el pronunciamiento de Córdova, salió el batallón Occidente a someter a los alzados en armas. Poco podía hacer Córdoba con 300 reclutas y con el mero apoyo de Rionegro y de Medellín, pues los otros municipios, principalmente Marinilla y San Carlos, apoyaban a las tropas gobiernistas que avanzaban bajo el comando de O´Leary.

La traición de algunos y la información que los campesinos dieron a los invasores fueron fatales para la causa rebelde. En la mañana del 17 de octubre de 1829 el general O´Leary sorprendió a José María Córdova en el  llano de Santuario. El ego crecido del héroe no le permitió ver que llevaba al sacrificio a un puñado de valerosos paisanos.
El 17 de octubre de 1829 las fuerzas de  Córdova  iniciaron el combate. El tambor de Antonio Álvarez sonó con  ecos de sangre y muerte. Braulio Henao avanzó una y otra vez y retrocedió una y otra vez ante el destrozo inmisericorde del fuego y las lanzas enemigas.
Ala fin se apagó el sonido del tambor, cayó Antonio Álvarez sobre el parche deshecho por las lanzas. El general Córdova con una bala en el  pecho se guareció en una casona vieja que servía de hospital de sangre. O´Leary dio la orden de asesinarlo. Ruperto Hand lo macheteó tres veces y tres de sus dedos cayeron sobre el camastro sobre el cual se desangraba José María Córdova; afuera Tomás Murray, Ricardo Crafton, Dabrey Oscarr y demás mercenarios remataban al puñado de valientes antioqueños que prefirieron  la muerte al descarado sometimiento impuesto por Bolívar y sus esbirros.

Cuando los soldados de la dictadura abandonaron el campo de combate, manos piadosas recogieron el cadáver del general Córdova  y lo dejaron al lado de una casa en Marinilla. Al día siguiente gente desconocida  lo llevaron en parihuela y lo enterraron en una fosa sin nombre sobre los huesos de una mujer anónima. Fue un asesinato infame que no despertó la reacción de Bolivar y sus secuaces. Así pagaron los absolutistas al  más grande heroe granadino