sábado, 8 de octubre de 2011

LUCES Y SOMBRAS EN LA VIDA DEL VIRREY AMAR Y BORBÓN

Alfredo Cardona Tobón*



“Esto tiene una cola muy larga”- dijo el virrey Antonio Amar y Borbón al observar el tumulto en la tarde del veinte de julio de 1810 ; pero ni agarró la cola ni cortó la cabeza de la rebelión ue se fraguó desde tempranas horas en la capital del virreinato de la Nueva Granada..
Fue extraña la conducta de este personaje que no había palidecido en el ataque español al Peñón de Gibraltar y había cubierto con valor la retirada de sus compatriotas hacia Tolosa en la guerra contra los franceses.

EL PERFIL DE AMAR Y BORBÓN

Los virreinatos de Nueva España ( Méjico), de Nueva Granada y del Perú fueron las joyas del imperio ultramarino español y por ello  la Corona tuvo especial empeñó en gobernarlas con personajes destacados de la península . El arzobispo Caballero y Góngora, por ejemplo, fue un humanista de alto coturno y los virreyes Ezpeleta y Mendinueta, para mentar solamente los últimos funcionarios, fueron personas ilustradas, modernas e innovadoras que trajeron progreso al Nuevo Reino.
Por sus antecedentes y calidades Amar y Borbón no fue inferior a los antecesores. Este virrey de la Nueva Granada nació en 1742 en Zaragoza entre una familia de médicos que sirvieron a Carlos III y a Fernando VII. Muy joven  ingresó al regimiento de Caballería de Farnesio; a los treinta y un años alcanzó el título de Brigadier en  guerra contra los ingleses, y con el grado de Teniente General se enfrentó en 1792 a los revolucionarios franceses.

En la familia Amar y Borbón se vieron los extremos de una nación apasionada como la española, donde no hubo medias tintas. Por un lado estaba Antonio Amar,  militar puntilloso, aristócrata, fiel y leal seguidor de sus reyes y sus jerarcas católicos, y por otro lado, María Josefa, la hermana de Antonio; una mujer típica de la  “Ilustración”,  poliglota de ocho idiomas, erudita, sin igual entre las escritoras de su tiempo, liberal convencida, que aborrecía la extrema religiosidad de su época e iba en contra de la educación de las niñas en conventos de monjas y luchaba por la igualdad de géneros, pregonando que el cerebro no tiene sexo y que las mujeres eran tan capaces, como los hombres, para cualquier desempeño.

Tras una vida de combates y peligro, el virrey Amar, por designio del monarca, llegó a la remota Santa Fe de Bogotá, que despertaba de un letargo apoltronado y sentía los efectos de la situación europea,  aislada de la metrópoli, sin recursos para defender los puertos de una invasión extranjera, y en medio de la pugna por el poder entre peninsulares y criollos, el acoso de los  “afrancesados” y los levantamientos en Quito y otros centros que  aspiraban a manejarse sin la tutela española.

LA OBRA DE AMAR Y BORBÓN

Los santafereños recibieron a Amar y Borbón como jamás lo habían hecho con virrey alguno. Las festividades se extendieron desde su llegada en septiembre de 1803 hasta febrero del año siguiente. La virreina  Francisca estaba feliz y Santa Fe revivió por un tiempo la antigua vida plácida en medio de saraos y la novedad de los bailes de disfraces que la virreina había llevado al frío altiplano.

No habían sanado del todo las heridas de la revolución comunera y s sentía cada vez más los aires de la Ilustración, alentada por los debates en San Bartolomé y  en el Rosario. Con el apoyo de Mutis, el virrey Mendinueta había controlado el brote de viruela de 1802. Amar y Borbón continuó la labor preventiva de su antecesor con fondos  asignados a otras actividades, lo que motivó la reacción del  Ayuntamiento que acusó al virrey de malversación de recursos.
Amar empezó bien el gobierno y se preocupó por la salud del pueblo santafereño, azotado de tanto en tanto en tanto por la viruela,  con medidas que  sirvieron para que la Corona destinara un presupuesto especial para financiar la expedición de Balmis, que recaló en varios puertos de América y Asia, llevando vacuna viva en la sangre de diez huérfanos que portaban el virus atenuado de la enfermedad, cuyas cepas sirvieron para inocular 56.000 granadinos y dejaron atrás las tremendas mortandades que despoblaron al virreinato.

SURGEN LOS PROBLEMAS

La ambición de la virreina terminó por enemistar al virrey con los santafereños,  con los Oidores y con el Cabildo. Además de vender puestos, Doña Francisca monopolizó los negocios de la plaza de mercado, adquirió los mejores almacenes  y ubicó a parientes en puntos clave de la administración, y los roces con los criollos empezaron con el envío de tropas para someter a los rebeldes de Quito

. Los rumores y los chismes que llegaban al palacio virreinal hicieron que el virrey Amar y Borbón viera enemigos por todos lados; ello  desembocó en una cacería de brujas que llevó a  Nariño y a  otros criollos a prisión, causó la ejecución de Rosillo y Cadena, restringió el comercio de los americanos y se vio coartado el poder de los criollo en el  Ayuntamiento.

LA CAÍDA DE AMAR Y BORBÓN

En los sucesos del 20 de julio de 1810 que llevaron a la instalación de una  Junta Suprema de gobierno,  el virrey evitó un baño de sangre al contener las tropas coloniales que esperaban órdenes para someter a los revoltosos. Por ello y por aparentar lealtad a la corona los miembros de la Junta nombraron al virrey como presidente del nuevo gobierno. Pero esa situación duró muy poco pues el 25 de julio “los chisperos” lo hicieron recluir en el Tribunal de Cuentas y no contentos con ello, los revoltosos siguieron presionando hasta que llevaron al virrey y a su esposa a la cárcel, en medio de denuestos y empujones.

Con el apoyo de los “orejones”, o estancieros de la sabana de Santa Fe de Bogotá,  la Junta Suprema sacó a los Amar de prisión y en secreto los envió a Cartagena, donde permanecieron confinados hasta que el  12 de octubre tomaron un barco con rumbo a la Habana El nuevo gobierno granadino se quedó con los bienes de  Amar y Borbón, que arruinado regresó a su patria sin la dignidad de Virrey, pues la Junta de Sevilla lo había reemplazado por Francisco Venegas.

Tras muchos esfuerzos el veterano militar, que sirvió con lealtad a España, consiguió en Zaragoza el modesto puesto de Consejero Honorario de Estado. En 1824 los viudos del imperio lo llevaron al banquillo culpándolo de las rebeliones en el virreinato de la Nueva Granada. Dos años más tarde muere el antiguo virrey en la ciudad que lo vio nacer.




miércoles, 5 de octubre de 2011

EL SACERDOTE REMIGIO ANTONIO CAÑARTE Y LOS ESCAÑOS DE CARTAGO

Alfredo Cardona Tobón.*





El ocho de junio de 1841 una muchedumbre apostada en la plaza de Cartago oyó el rataplán del tambor de la escolta que llevaba al  patíbulo a los prisioneros ; en la desdichada comitiva iban el coronel Salvador Córdoba, su cuñado el Doctor Manuel A. Jaramillo, el capitán Bibiano Robledo, el teniente José Antonio Castrillón, José María Ayala, Juan de la Cruz González y el Doctor Manuel Antonio Camacho,  condenados a muerte por Tomás C. de Mosquera, acusados de haberse levantado en armas contra el gobierno de Márquez.

La guerra iniciada en Pasto en 1840 había encendido a la Nueva Granada y el levantamiento de los caudillos regionales contra el poder central amenazaba la integridad territorial de la república. Fue un baño de sangre atizado por Mosquera y Pedro Alcántara Herrán, quienes parecían solazarse asesinando enemigos rendidos, como sucedió en Buesaco, donde sacrificaron trescientos pastusos  que habían solicitado una amnistía para entregar las armas.

EN LA PLAZA DE CARTAGO

Al llegar a la plaza  el coronel Salvador Córdova, veterano de  Pichincha,  Junín y  Ayacucho y hermano menor del general José María Córdova,  se quitó el sombrero y lo obsequió al tambor de la escolta; miró hacia atrás y vio al sacerdote Remigio Antonio Cañarte, quien dese la noche anterior acompañaba a los reos para darles fortaleza y asistirles espiritualmente en esas horas tan amargas.

El padre Remigio al igual que los condenados era un veterano  de guerra. En sus años mozos lo reclutó el comandante Calzada y junto con otros cartagüeños  fue obligado  por los españoles a combatir en los llanos del Casanare bajo la órdenes del general realista  Plat,  hasta que pudo pasarse a las guerrillas de Nonato Pérez y continuar la lucha al lado de los patriotas..

A las diez de la mañana  de mediados de junio de 1841 las campanas  de la torre de la iglesia de Cartago  llamaron  a muerto, sus lúgubres tañidos se confundieron con el rezo de las mujeres piadosas y con la postrer bendición del  padre  Remigio Cañarte. Y el pueblo enmudeció cuando los esbirros de Mosquera amarraron a cinco prisioneros en los escaños del parque y ataron a  los dos restantes en asientos colocados en los extremos de los escaños.

En el ambiente tenso se podía escuchar el zumbido de una mosca; los vecinos eran gente de paz que por curiosidad o presionados por la tropa asistían a tan macabro espectáculo. Entre la multitud estaba Fermín López,  un antioqueño recién llegado de los abiertos del otro lado  del río Chinchiná, y que políticamente comulgaba con los alzados en armas.  Estaba afligido y preocupado,  meses antes Fermín López se había enfrentado en Salamina a la camarilla de  los latifundistas amigos del gobierno  y había llegado a Cartago con la esperanza de encontrar una tierra pacífica y abierta para los suyos.

López  vio apesadumbrado como el pelotón cargaba sus armas y se preparaba para disparar: la primera descarga tronchó las vidas de seis de los  prisioneros y las balas pasaron por encima de la cabeza de Bibiano Robledo sin atreverse a tocarlo. La gente conmovida pidió gracia, suplicando a las tropas  que le perdonaran la vida; Bibiano aturdido y con los ojos vendados esperó un milagro, pero el oficial al mando  ordenó al pelotón que disparara nuevamente contra el joven oficial antioqueño.

El sacerdote Remigio Cañarte, curtido en la guerra del llano, acostumbrado a la violencia de esos años ingratos, experimentó tan grande conmoción, que al decir del historiador y militar Gustavo Arboleda, el levita perdió el conocimiento al oír la descarga que tronchó la existencia de Bibiano

Este asesinato en masa  fue la segunda carnicería en los escaños de Cartago, La primera fue tan inútil y atroz como la de los antioqueños.En  octubre de 1819 los republicanos ataron en esos mismos escaños de Cartago a los españoles vencidos en el combate de San Juanito y los fusilaron. Fue otro asesinato sin disculpas pues al comandante  español Miguel Rodríguez y a sus oficiales les había prometido el respeto a su vida si rendían sus armas, lo que hicieron pensando que se iría a respetar la palabra empeñada.



LAS DISCULPAS DEL GENERAL  MOSQUERA
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No hubo juicio contra los acusados y no se tuvo  en cuenta una propuesta de canje de prisioneros con los insurgentes, fue un vil asesinato, que el sanguinario oficial trato de justificar aduciendo que era necesario  para desalentar  a los rebeldes de Supía que preparaban una nueva ofensiva. El sacrificio fue en vano, porque Manuel Góngora se levantó en armas en  ese cantón y las guerrillas continuaron hostigando a los gobiernistas durante varios meses.

Después del fusilamiento, Fermín López y sus paisanos se alejaron de Cartago, olvidaron la propuesta de fundar un pueblo en Cartagoviejo, antiguo asiento de la ciudad,  y buscaron  las orillas del río San Eugenio, vírgenes y alejadas de las querellas políticas, para  darle vida a Santa Rosa de Cabal.





 LOS ESCAÑOS DE CARTAGO

Otto Morales Benítez

En la historia nacional no hay mucha precisión en cómo y por qué se hicieron los fusilamientos del 8 de julio de 1841, que se conocen como el desgarrador episodio de los "escaños de Cartago". Evoquemos los hechos políticos:
Por el Patronato Real, en la Colonia, tenía el gobierno, la prerrogativa para la fundación o supresión de conventos y la designación de jerarquías eclesiásticas y curatos. En el Congreso de Cúcuta, en 1821, se dictó una ley que autorizaba la supresión de aquellos que tuvieran menos de ocho religiosos. Bolívar, el 27 de agosto de 1828, violando la ley, y en el furor de su dictadura, buscando el apoyo clerical, restableció los abolidos. La convención de Nueva Granada, que expidió nuestra primera constitución, en 1832, con el carácter de la república independiente, después de la disolución de la Gran Colombia, declaró nulos tales actos. Eliminó varios conventos, menos el de Pasto y los del Desierto de la Candelaria, en la provincia de Tunja. El congreso de 1839, por petición razonada del obispo de Popayán, clausuró los de "La Merced", "Santo Domingo", "San Francisco", y "San Agustín", de la ciudad de Pasto. El padre Francisco Villota desató una rebelión. Pero es indispensable hacer unas precisiones. Aquéllos dependían, de las casas provinciales del Quito. Sus rentas llegaban al país vecino. No eran, por lo tanto, recomendables ni para la iglesia ni para el estado colombiano.
Nació "La Guerra de lo Supremos", que fue la primera en Nueva Granada, después de la Gran Colombia. Para suceder a Francisco de Paula Santander, para el cuatrenio 1837-1841, triunfó José Ignacio de Márquez, uno de los "ministeriales" o conservadores, quienes fueron los amigos más beligerantes de la dictadura de Bolívar y, posteriormente, de la del general Rafael Urdaneta. Si el liberalismo no se divide, probablemente no se presenta esta guerra civil. Los votos se distribuyeron así: Márquez, 622; Obando, 555; Vicente Azuero, 164. La mayoría liberal, como en otras ocasiones, se dilapidó.

El presidente Márquez, para debelar a Villota, envió tropas al mando de Pedro Alcántara Herrán, quien sometió a los insurgentes en Buesaco, el 31 de agosto de 1841.
Comenzaba la campaña presidencial para suceder a Márquez: 1841-1844. Uno de los candidatos era Herrán, yerno de Mosquera. Ambos, "ministeriales" y sostenedores del despotismo bolivariano. Era difícil que ganara en votación limpia: se apeló a todos los trucos, tropelías, abusos y azarosos menesteres políticos. Obando se perfilaba como su contrincante muy popular. Lo primero que hicieron fue revivir la acusación por la muerte de Sucre, hecho ocurrido en Berruecos, diez años antes, en junio de 1830. A la vez, los "ministeriales" contrataron a Irisarri para que escribiera y distribuyera un libro contra Santander y Obando, pues aspiraba a mermar la imagen internacional de éstos. Para aquéllos no contaba que a Obando lo hubiera absuelto la H. Corte Suprema de Justicia en 1832, a solicitud suya para posesionarse, provisionalmente, de la presidencia de la república. Se desconocía una sentencia de más alto tribunal de justicia. Obando se insurreccionó en Timbío. Se firmó un armisticio en Arboledas.

El enfoque económico colonial aún predominaba. La prensa proclamaba la federación como la mejor solución.

Arrecia la campaña contra Obando. En junio de 1840, éste lanza proclama pidiendo apoyo a sus amigos, pues alega estar "perseguido por un gobierno de origen impopular". Además manifiesta que le devolverá a la Nueva Granada "su libertad e integridad con el renacimiento de Colombia bajo un sistema federal, que es el grito nacional".
Se profundiza la oposición a Márquez, la cual proclama la federación. El gobierno de éste pide a Juan José flores, quien ejerce su hegemonía despótica, que invada el territorio colombiano para combatir a Obando. Flores fue enemigo, tradicionalmente, de Colombia. Ahora aspira a anexarse parte del territorio sur colombiano.
Las tensiones políticas se agudizan. La situación de persecución toma el furor de todas las crueldades. Se persigue a los periodistas: a Manuel Azuero y Fernando Nájera, directores de El Latigazo, los condenan a trabajos forzados, entre ellos dos infamantes para unos escritores: empedrar las calles de Bogotá y conducir al cementerio soldados muertos por la peste de viruela; confiscan sus bienes y destruyen la imprenta. Murillo toro, quien era su colaborador, huye al Socorro. Desde luego, se apropian de más periódicos.


La cátedra universitaria estaba controlada. Rememórase el proceso contra el profesor José Duque Gómez "por opiniones emitidas en la clase de Derecho Constitucional del Colegio del Rosario" 116. Era el control del pensamiento. Esto llevaba a que sintiera el ciudadano -y con mayor razón, quienes manejaban ideas, como eran los jefes de ese tiempo- una imposición de silencio a la discusión pública. El gobierno de Márquez aplicaba con exceso de rigor el código penal de 1837. Jesús Torres Almeida 117, hace un resumen en estas palabras: "El mencionado estatuto acababa con los derechos individuales y garantías sociales, sustituyendo tácitamente la constitución de 1832. Por el mencionado Código Penal se instauraba la pena de muerte por delitos políticos y comunes, y contaba con extenso articulado represivo donde predominaba el derecho penal europeo anterior a la revolución francesa de 1789.


"Las penas corporales se complementaban con doce años de reclusión y diez, sin agravantes. Por los artículos 42 y 50 se ordenaba imponer los 'oficios más duros' para las mujeres, con diez y seis años de reclusión y doce de trabajos forzados. En lo relativo a culpas y a penas contra la Constitución, se instauraba el delito de opinar, privándose a la oposición de sus derechos políticos. La sedición era penada con la ejecución e indicios contra la seguridad del Estado con penas de diez y seis a doce años de trabajos forzados, y tres años de vigilancia policiva.


"Por los artículos 202 a 209 se tipificaban delitos contra la religión estableciéndose la 'venganza divina'. El artículo 205 rezaba: 'Los que en público blasfemen contra Dios sufrirán una pena de uno a cuatro meses de prisión, y una multa de veinticinco a cien pesos. Si este delito se cometiera por la imprenta, la pena se triplicará al editor'.
"Los delitos de "Libelos difamatorios" comprendían los Títulos Segundo y Tercero de la Sección Tercera del Libro Cuarto, en los cuales se eliminaba la libertad de imprenta. Y por el artículo 760 se establecían penas de reclusión de seis meses a un año y multas de cien pesos 'a quien en público leyese o perorase delante de más de ocho personas'. También era delito criticar a los empleados públicos. El artículo 772 decía: 'La injuria grave cometida en discurso público o en manuscrito leído, en conversación en sitio de reunión pública, o en la concurrencia particular que pase de ocho personas, será castigada con la pena de reclusión por tres meses a un año, y multa de veinticinco a cien pesos'".


Con la bandera de la federación, y acosados por la política de represión, se levantaron los jefes militares en las provincias y cada uno se llamó "jefe supremo". De allí viene el nombre de la guerra. Les faltó, unidad y por ello fueron derrotados. Las causas fundamentales que los impulsaron, fueron:


1. Apoyar a Obando;


2. Desalojar las tropas invasoras de Flores, de las cuales se consideraba que rompían la soberanía nacional, a pesar de que, equivocadamente, hubieran sido llamadas por el gobierno de Márquez, pues se conocían sus aspiraciones a varias provincias del sur, según notas que rebosaban en la cancillería;

3. La supresión de los conventos;

4. Defensa de la H. Corte Suprema en sus fallos, que debían dictarse con total independencia;
5. Por lograr la libertad de pensamiento en la prensa y en la universidad;
6. Por impedir que la política de represión pudiera crear y fortalecerse más en la república;
7. Por recobrar el imperio de la libertad, que había sido el signo de la guerra de independencia.
Uno de los fusilados, en Cartago, es Salvador Córdova 118, prócer de la patria. Hermano de José María, Salvador ha servido, con eficacia, heroísmo e inteligencia, a Antioquia, al Valle, a la Costa Atlántica. Para rememorar esta parte me apoyo en una investigación de alta categoría histórica del académico Gabriel Camargo Pérez. Peleé contra la dictadura de Rafael Urdaneta y, como es de lógica política, no compartió la de Bolívar. Dio ejemplo de largueza en sus heroísmos y de confianza en la necesidad de luchar por la integridad de la patria. Por eso siempre rechazó las invasiones del venezolano Flores que gobernaba en el Ecuador. Precisamente con José María Obando combatió en 1831 y 32 contra las pretensiones de éste. Ahora, en 1841, flores está invitado por el gobierno de Márquez para invadir, y así poder derrotar la "guerra de los supremos". Córdova, el 19 de octubre de 1840, en Medellín, lanza una proclama en la cual, con ardor, manifiesta: "Granadinos: Vehementes indicios acreditan que el gobierno de Bogotá, rompiendo el artículo 2o. de la Constitución, trafica con el territorio nacional, ofreciendo al General Flores la provincia de Pasto, en cambio de ochocientos verdugos que derramen la sangre granadina. A los crímenes de la administración del doctor Márquez sólo falta el de traición, y ya la obra parece consumarse".


Salvador Córdova peleaba no sólo una guerra de facciones colombianas. Su lucha se enderezaba a la defensa de la integridad de la patria. Por eso su fusilamiento no se justifica.


Hay una carta de Mosquera a Herrán en que le dice, desde Túquerres, el 24 de septiembre de 1840: "Mi querido Perucho:... Debiéramos donarle al Ecuador la tal provincia, con Timbío de encima". Y de la misma ciudad le manifiesta el 25: "Deseo que salgamos de esto pronto, para que se lleve el Ecuador o el demonio esta provincia.... Cada día me convenzo más de que si no nos unimos a Flores, perdemos nuestra reputación en esta guerra...".


El 12 de noviembre, Córdova lanza otra proclama que sostiene ardientemente: "Caucanos: Yo marcho hacia esas provincias con quinientos soldados resueltos a triunfar o perecer conmigo en la demanda". Y, al comienzo, interroga "El coronel Borrero pregunta: ¿qué hará Antioquia cuando el Cauca sea del Ecuador?... Me anticipo a contestar, porque mi respuesta puede ser fecunda en buenos resultados. La provincia de Antioquia, siempre granadina, jamás mendigará un amo en países extranjeros...".
El 16 de diciembre de 1840, José Ignacio de Márquez, presidente, escribe a flores: "Mi estimado amigo: La revolución que los demagogos han extendido en algunas provincias de esta República, no sólo atenta ante la existencia de este gobierno, sino que amenaza muy directamente la paz y la tranquilidad de Ecuador. Los negocios se han complicado en términos que hace urgentemente un auxilio de dos mil hombres, con usted a la cabeza, para que ochocientos obren por el Cauca sobre Antioquia, dirigiéndose el resto con usted hacia esta capital". Creemos innecesario hacer comentarios. Es la entrega de la patria.

A Salvador Córdova lo exalta José Hilario López en sus Memorias. Don Joaquín Mosquera lo considera fundamental en la lucha contra Urdaneta. Cuando pide su retiro del ejército para atender a su familia, el general Santander le dice: "Lo que debe tomar son Letras de Cuartel. Usted está joven, y por sus cualidades está llamado a ser uno de los principales jefes del ejército republicano granadino". De suerte que estamos ante un hombre de jerarquía y condiciones militares de excepcional calidad.

El 27 de mayo de 1841 le da el gobierno las gracias a Flores "por la importante cooperación que ha prestado a la división de operaciones del Sur". El 2 de mayo había asumido el mando Herrán, el yerno de Mosquera.
Córdova, que ha avanzado sobre el Valle, regresa a Cartago. Allí se entrevista con su cuñado, el exgobernador de Antioquia, doctor Manuel Antonio Jaramillo. En "El Naranjo" fueron detenidos. El 1º de junio se ordena conducir los presos a Bogotá. Desde Ibagué el 21, le escribe Córdova a Mosquera: "No obstante que nuestras opiniones no han estado conformes, aunque en el fondo quizá pudieran serlo, yo deseaba que usted hubiese venido a ésta, antes de mi regreso a Cartago, pues que no dudo habría evitado algunos padecimientos al hallarme a disposición de un jefe noble y caballeroso".

¡Qué profunda equivocación sufría Córdova! Esta solicitud fue puesta en conocimiento del presidente por despacho que le hizo Mosquera el día 17, al llegar a Ibagué, procedente de Neiva. En él manifiesta: "Los reos que están aquí, traídos del Cauca, son famosos criminales... Si hay riesgo que Córdova se vaya, porque no puede haber un juicio pronto, lo fusilo pare en lo que parare mi reputación".
Desde Pasto, el 29 de julio de 1845, Herrán escribe a Mosquera, su suegro: "El suceso de Córdova: Mis respetables amigos don Joaquín y don Rafael Mosquera me avisaron con urgencia y sobresalto la orden que V. E. había despachado para fusilar a Córdova. Me manifestaron que este golpe sería funesto para mi admirable administración e ignominioso para mí como Presidente... Entonces V.E. me impuso la condición de que revocara mi orden de hacer pasar a Córdova a Bogotá, y que dispusiera que pasase a Cartago, comprometiéndose V.E. la palabra, que allí sería juzgado".
Mosquera llega a Cartago el 7 de julio de 1841, como lo recuerda José Manuel Restrepo, en carta del 17 de julio de 1859. Reclama a los presos... "El jefe político le contestó no poder entregárselos, por cuanto habían sido puestos a disposición de la autoridad judicial... No hubo poder humano que salvara a esos desgraciados".
Así llegó a los escaños de Cartago. Salvador Córdova, escribió a Anita, su esposa, el 8 de junio, fecha de su ajusticiamiento: "Parece que el Creador decretó ya nuestra separación eterna. Toda la noche he estado en capilla. Son ya las seis de la mañana, y a las siete está decretada mi muerte, y la de Manuel Antonio, Camacho, Robledo, Castrillón y dos señores más. Nada me ha alterado".





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