jueves, 19 de enero de 2012

EN MEMORIA DE DON JOAQUÍN LOPERA GUTIÉRREZ

HACE 50 AÑOS  BALAS ASESINAS TRONCHARON LA EXISTENCIA DE ESTE CIUDADANO EJEMPLAR. UNA ORACIÓN  Y NUESTRA ADMIRACIÓN POR ESTE  COMPATRIOTA, SIMBOLO DE LAS VÍCTIMAS  QUE ENSANGRENTARON NUESTRA PATRIA  DURANTE LOS REGÍMENES NEFASTOS DE MEDIADOS DEL SIGLO XX.



1907-2007

JOAQUÍN LOPERA CIEN AÑOS

una crónica familiar


Por Jaime Lopera G.

El 10 de diciembre de 2007 honramos el centenario de nacimiento de Joaquín Lopera Gutiérrez. Este año, los cincuenta de su muerte.

Procedente de Manizales, llegó a Calarcá aproximadamente en 1930 y murió asesinado allí el 17 de enero de 1962 a los 55 años de edad. Había nacido en Pereira el 10 de diciembre de 1907, ciudad donde su padre, Juan de la Cruz Lopera Berrío, se había instalado para fundar una sucursal de su oficina de negocios judiciales que ya funcionaba en Manizales al final de la guerra de los Mil Días.

El abuelo Juan de la Cruz


Por aquellos pormenores de esa guerra, Cruz dejó a Santa Rosa de Osos, la tierra de sus mayores (donde había nacido el 3 de mayo de 1868), y de sus importantes primos Berrío, para instalarse en Manizales y allí casarse con una joven de Supía, Maria Gutiérrez De Celis, quien le dio siete hijos. Creemos que, en su calidad de Coronel y Auditor de Guerra, Cruz había estado presente en algunos episodios de ese acontecimiento bélico y al parecer obtuvo acceso a las reclamaciones que hacían los soldados cuando, terminadas las hostilidades, hubo interés por las adjudicaciones del Gobierno de los baldíos que se entregaban como parte del estímulo oficial a los colonos. Conocidas esas leyes de tierras, Cruz las vertió en dos pequeños libros (“Colombia Agraria” y “Leyes de Baldíos[1]) que servían de consulta a mucha gente y a su oficina para dar algunas asesorías.

Entre 1902 y 1907, Cruz vive en Pereira donde ejerce su oficio de abogado en esos mismos menesteres de tierras y baldíos. Allí nace Joaquín quien, muchos años más tarde, sería enviado por su padre a manejar sus asuntos en ese distrito. Al parecer, Joaquín desestimó la oficina en Pereira y más bien decidió abrirla en Calarcá que, por aquella época, se destacaba como un municipio promisorio en el Quindío. También podría pensarse que —como hermano mayor—con esa decisión procuraba poner distancia con su numerosa familia de Manizales y hacer una vida independiente, rasgo de su carácter que lo acompañó toda la vida. Sin embargo, mantuvo unos lazos estrechos con su familia manizaleña, incluso de ayuda económica, a tal punto que fueron muchas las fechas de semana santa que la pasábamos en esa ciudad, en especial porque la camada de mis primos Gálvez Lopera, hijos de Camilo y Esther, eran los contemporáneos perfectos para los primos que veníamos de la provincia quindiana.

Cruz era un hombre serio y bondadoso, de pocas palabras pero muy cariñoso con sus nietos. Cuando lo conocí ya era un hombre mayor, que vestía trajes oscuros y un sombrero hongo con el cual caminaba desde su casa en la avenida El Carretero (frente a la Poker) hasta su oficina en una calle cercana a la famosa Catedral de Manizales. Casi nunca invocaba su ascendencia de los Berrío de Antioquia, que habían ocupado cargos notables en esa Provincia (como su destacado primo Pedro Justo Berrío[2]) y solo evocaba con afecto al profesor de inglés y literato Joaquín Lopera Berrío, quien vivía en Bogotá, y a sus ilustres hermanas las escritoras Luisa y Emilia[3], que se hallaban en Medellín. Antes bien, solía pasar de largo esos ancestros que, para mis tías Lopera Gutiérrez, eran una prenda de orgullo familiar. Falleció mi abuelo en 1949, cuando apenas cumplía 81 años, y sus restos reposan en el cementerio central de la capital caldense.

La abuela María, por su parte, era una mujer severa y fuerte, como quizás correspondía serlo con tantos hijos y un esposo correcto y caballeroso. Nueve fueron sus hermanos y hermanas que se dispersaron por varias regiones de Caldas. Salvo con Vicente Gutierrez, su quinto hermano, quien era comerciante de telas en Chinchiná, fueron muy pocas nuestras relaciones con esos tíos abuelos, los Gutiérrez, excepto por las hablillas que seguíamos de cerca sobre Flora, una hermana, con quien mi abuela tenía serias diferencias, al parecer por unas asignaciones testamentarias. Y desde luego por Uriel Gutiérrez Restrepo, mi primo segundo, hijo de Vicente, que estudiaba medicina y filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá y quien fuera absurdamente inmolado en una huelga de estudiantes contra Rojas Pinilla, lo que le valió cierto reconocimiento de mártir nacional en aquellas gestas frente a la dictadura.

Juventud y política


La juventud de Joaquín transcurrió en Manizales, pero ingresó al ejército en Pereira en febrero de 1926. Ascendió a cabo segundo al año siguiente y “no faltó al servicio por enfermedad ni un solo día”, según se consigna en su libreta de reclutamiento —la cual por cierto registra su ingreso con el nombre de Joaquín E., pero aún no sabemos si dicha inicial corresponde a Emilio o Eduardo. Como lo dijimos, años después, por instrucciones de su padre Cruz, fue su trasladado al Quindío para atender allí los negocios judiciales a distancia, en especial las adjudicaciones de tierras por parte del Estado en las tierras de Burila.

Hacia 1934 (el mismo año de su matrimonio) ya vemos a Joaquín participando en política. Ayudó en la creación del Fondo Liberal, que tenía como tesorero a Pompilio Palacio y como secretario a Pedro Fayad, pero sus actividades mas regulares se dieron durante el gobierno de López Pumarejo. Con Antonio Panesso y Gabriel Diaz acompañan, en 1942, la candidatura del doctor Arango Vélez; pero hacia octubre de 1945 participa en los propósitos de unión liberal cuando él, con Elías Mejía Jaramillo y Luis Eduardo Leal, invitan a reuniones conjuntas con Antonio Panesso, Fernando Arias Ramirez, Marco Ramirez, Jorge Jaramillo Arango y Pedro Fayad que militaban en campo contrario.

En 1946, Joaquín se unió con entusiasmo a un grupo enorme de ciudadanos que le enviaron un memorial al Presidente de la República con el objeto de reclamar para Calarcá el paso del ferrocarril que iba a Ibagué y que amenazaba desviarse de esa ciudad por causa de otros intereses regionales. En enero de 1947 el Directorio Departamental de Caldas lo designa como suplente del directorio correspondiente en Calarcá[4]. Por esa época, y en su calidad de miembro del mencionado directorio por muchos años, le prestó importante ayuda a Eduardo Norris para que éste llegara al Senado de la República.

No obstante, años más adelante, durante la famosa división liberal del 47, abrazó los ideales del turbayismo (Gabriel Turbay), con correctas discrepancias con los gaitanistas (como Benjamín Pardo Padilla) que también eran sus amigos. En marzo de 1948 (un poco antes del nueve de abril) es nombrado asesor de la junta de tesorería, y al año siguiente entra el cargo de secretario general del Directorio Liberal de la ciudad[5].

Gracias a sus dotes como organizador activo y buen amigo de sus amigos, Joaquín siempre fue tenido en cuenta como secretario general del directorio liberal de la ciudad, cargo al cual era reelegido con frecuencia. Su oficina era un hervidero de gente que no solamente llegaba a demandar empleos o servicios, sino también a realizar tertulias cívicas que se concentraban en el examen de los problemas públicos de Calarcá y la posibilidad de llevar al Concejo decisiones de progreso. En la década del cincuenta fueron iniciativas propias de Joaquín la junta de vivienda popular, la modernización del acueducto municipal, la construcción del Palacio municipal, el proyecto para establecer el impuesto de urbanismo y valorización y la creación de la junta de fomento y turismo, como consta en los anales de esa corporación.

Aunque se ha hablado de su participación en las actividades de apoyo a los insurgentes liberales en la época de La Violencia, su colaboración fue mucho más discreta dada su propensión a cuidar de su familia por encima de todo. Solo el episodio de la liberación de El Feíto, un guerrillero del grupo de Chispas, que le valió un carcelazo de varios días, puede señalarse como una participación directa en aquellos hechos y una prueba de su enemistad con el congresista conservador Oscar Tobón Botero —de quien se afirmaba su simpatía con los sicarios de Tuluá. Paradójicamente, cuando asesinaron al parlamentario laureanista en el mismo año de 1962, la violencia contra los liberales declinó en forma radical.

Pero en los debates en el Concejo, Joaquín era implacable con la corrupción y la incompetencia de los funcionarios, y no fueron pocos los adversarios del propio y del otro partido que se le atravesaron por esas razones. Cada debate suyo era cuidadosamente estudiado, con documentos a la mano, de tal modo que se hacían casi irrefutables sus argumentos. Finalizada la sesión del Concejo, salía directamente hacia su casa pues en general no se distraía en la calle cuando tenía programado, con todos nosotros, escuchar al humorista Jorgito en la Voz de Pereira, con el cual gozaba lo indecible.

Algunas costumbres


Calarcá le brindó a Joaquín todas las satisfacciones posibles: su oficina de licenciado, y su reconocimiento como letrado en procesos civiles, penales y en algunos casos tributarios, creció a la par con su civismo y sus intereses políticos. Todos sus códigos eran anotados al margen cuando se emitía una ley, o una sentencia que modificara su contenido o interpretación, y se conservan muchos de esos libros con los cuales atendió las necesidades de la familia y el estudio de sus hijos[6].

Para entonces ya se había casado con la mona Clotilde, hija de un tocaimuno, Gil Gutiérrez, que vino al Quindío en busca de tierras y de cultivos y quien murió prematuramente en 1906 dejando una familia de siete hijos que mi abuela materna, Eulogia Molina Bernal, pudo criar con disciplina y con la ayuda de una finca cafetera llamada El Mangón, situada en la vereda La Primavera, la cual limitaba abajo con el río Santo Domingo. Sus hijas mayores estudiaron lo suficiente para hacerse maestras de escuela en las veredas de La Bella (Clotilde) y en Bohemia; por su parte, Gilma y Carlota tuvieron el primer kínder privado en Génova, servicio que luego profesaron en Calarcá con destacada competencia. 

Todavía lo recuerdo a Joaquín con su infaltable tabaco, de saco, corbata y cargaderas, con su voz recia y buen humor, paseando por el parque con Marco Tulio Betancourt, Benjamín Echeverri y Leonel Giraldo, comentando las noticias de El Tiempo, diario del cual fue su corresponsal oficial por muchos años como puede verse en el archivo que guarda mi hermana Cecilia con casi todas las copias de las noticias remitidas a ese periódico.

El protagonismo popular de Joaquín en Calarcá, despojado siempre de ambiciones que lo hubiesen llevado al Congreso como se lo insinuaron varias veces, más bien lo puso al servicio de las clases medias. Acompañado de varios amigos, cierto día de 1951 fundaron el Club Popular donde sus socios hacían fiestas o se reunían a jugar dado en uno de los reservados del establecimiento. El primer garitero fue Emilio Valencia Díaz, un antioqueño que había recalado en el Quindío y que luego, gracias a la fortuna que había adquirido, se erigió en jefe político del liberalismo departamental al instalarse en Armenia con el objeto de acompañar al parlamentario Ancízar López en sus campañas.

Detalles y afectos


Mis padres se entusiasmaban mucho con la música culta, en especial la zarzuela y la opereta, de las cuales tenía muchos discos en acetato. Pero además, como hombre curioso y amigo de las novedades, Joaquín hacía cosas inusuales en ese pequeño municipio. Por ejemplo, a la edad de doce años, viajamos con él –y con el dentista Rafael Castaño— en la empresa Tarca, a presenciar en Bogotá el espectáculo del Carnaval en el Hielo que llegaba por primera vez a Colombia.

Mas tarde decidió llevarnos a conocer el mar y, para tales efectos, consiguió en La Dorada los pasajes para embarcarnos por el río Magdalena hasta Barranquilla (en el famoso vapor David Arango), donde no solamente nos solazamos con las olas de Puerto Colombia, sino que también tuvimos la fortuna de ser atendidos por uno de sus mejores amigos, Gonzalo Uribe Mejía, quien escribía en La Patria, con el pseudónimo de “Luis Yagarí”, unas deliciosas crónicas que aún hacen parte del costumbrismo caldense.

Joaquín era una persona con gustos exquisitos: de vez en cuando se las agenciaba para comprar jamón enlatado de importación; fumaba con absoluto deleite unos puros cubanos que encargaba; no había corrida en la Plaza de La Giralda de Armenia a la cual no asistiera con nosotros; leía el periódico mientras escuchaba el radioperiódico Ultimas Noticias y al mismo tiempo veía la televisión en blanco y negro de entonces.

En la temporada de Navidad solía involucrar a los niños más pobres de la Calle 40 y les regalaba pequeños detalles a quienes asistían a nuestras novenas, al punto de hacer construir una banca en madera para que esos niños vecinos vieran televisión en los bajos de nuestra casa.

Discrepancia y ruptura


Fue muy lamentable la discrepancia política que una vez tuvimos cuando volví de Bogotá a pasar vacaciones. Durante mis estudios en el Externado de Colombia (mi hermana Cecilia estudiaba trabajo social en la UPB de Medellín), hice parte de los cuadros del MRL que habían creado Alfonso López Michelsen y Alvaro Uribe Rueda contra la alternación y la paridad del frente nacional. En las fiestas de la cosecha yo solía regresar a Calarcá con el ánimo de agrupar a esos disidentes que, posteriormente, mostramos unas cifras respetables de votos en las jornadas electorales del Quindío y el país.

Dicho movimiento ya tenía raíces en el Quindío, con Iván López Botero, Enrique Gómez Restrepo y Bernardo Gutiérrez H. a la cabeza, y por lo tanto los liberales oficialistas –entre ellos Joaquín-- nos acusaban de la división del partido liberal, y aun de comunistas --como se nos calificaba entonces por las posiciones progresistas que representábamos. No fueron pocos los regaños que me daba por esa razón, pero después adoptó una actitud indulgente y respetuosa de mis ideas cuando supo que mi puesto en ese movimiento, y mis reportajes en La Calle, el semanario del grupo, cobraban un significado que muy pocos calarqueños jóvenes presentaban.

Una sangre viva


Mi rompimiento con el Quindío (que he recuperado después de mi regreso en 1999), se sucedió en aquel período. En forma inconsciente rechacé a la región.

Solo hasta hace poco he podido admitir que mi residencia en Bogotá —la cual perduró por 38 años, con unas pocas ocasiones en las que intenté ser parlamentario y cuando fui nombrado Gobernador por el Presidente Belisario—, se volvería permanente con ocasión de su crimen. En efecto, Joaquín Lopera fue ultimado hace ya cincuenta años de un solo disparo en la cabeza, ese 17 de enero de 1962, en un café llamado Club 60, por un pájaro importado del Valle del Cauca para exterminar al político y concejal más crítico de los gobiernos conservadores de entonces. No obstante que han pasado muchos años, y que ya no es la hora de hacer debates retroactivos sobre los verdaderos culpables de aquel escalofriante episodio, hay cicatrices que renacen cuando tocan la conciencia de sus testigos.

Al escuchar la noticia de su asesinato, regresé de prisa de la capital[7] con el objeto de acompañar a mi madre, a mis hermanas y a mi familia en el terrible duelo, pero solo pude soportar mi permanencia en Calarcá mientras se hacían los arreglos legales y se atendían los numerosos homenajes que se hicieron al líder sacrificado. Al retornar a Bogotá, para reasumir mis estudios de derecho y mi trabajo periodistico, establecí una barrera de negación hacia el Quindío a la manera de una protesta muda frente a la tragedia que habíamos vivido.

Coda

Todavía se estremece en mi memoria el ruido de la salpicadura de la sangre de Joaquín, en la sala de mi casa, que fluía debido a una autopsia mal hecha que ninguno de los dolientes se atrevía a remediar. Gota tras gota, gota tras gota, en las largas horas y el impasible silencio del amanecer, como un metrónomo que señalaba las condiciones del recuerdo hacia una posteridad que hoy, a sus cien años de nacimiento y cincuenta de su muerte, nos evocan hoy (a Cecilia, a Martha Lucía, a mis primas Galvez, a mi tía Gilma y sus hijos, y a Marta Inés por razones de afinidad) la figura de mi padre en un pedestal ejemplarizante, esforzado y honesto.

10 de diciembre de 2007/Enero 17 de 2012.


[1] Libros consultados profusamente por Marco Palacio para su importante libro sobre el café en Colombia.
[2] Pedro Justo Berrío, notable gobernante de Antioquia (1827-1875), nació también en Santa Rosa de Osos y era hijo de Juliana Rojas y Lorenzo Berrío Hernandez.
[3] Emilia, educadora y pedagoga, publicó dos libros: “Esbozos Sociológicos” (1927) y “Mi Libro” (1928) y fue una escritora muy reconocida en Medellín.
[4] Eran los principales del Directorio los señores Everardo Londoño, Fernando Arias Ramirez, Luciano Jaramillo, Armando Muñoz y Martiniano Montoya; y lo suplentes designados por Manizales fueron Samuel Ortiz, Alfonso Restrepo Botero, Francisco Aguirre, Alfredo Botero y Joaquín Lopera.
[5] Hubo, por dicha época (1948), un curioso Sindicato de Empleados Sin Casa de Habitación en cuya junta aparecen Roberto Gomez Palacio como presidente, e Iván López Botero, como vicepresidente, en una de sus primeras incursiones de éste en la política quindiana.
[6] En agosto de 1947, el colectivo de abogados no titulados de Calarcá le envían un telegrama al parlamentario pereirano Camilo Mejía Duque en solidaridad con un proyecto de ley que le daba garantías a su ejercicio. Firman Gabriel Gomez Henao, Emilio Hincapié, Jeremías Rico, Ernesto Zapata, Carlos Palomino Pacheco, Mario Durán, Gonzalo Alzate lopez, Benito Gutiérrez y el propio Lopera.
[7] Mis amigos Benjamín Ardila Duarte, Luis Felipe Zanna y Armando Yepes, compañeros del Externado, me acompañaron a Velotax cuando la noticia se hubo confirmado.  Es imposible pasar por alto su solidaridad.