martes, 13 de marzo de 2012

EL COMBATE DE GÜEPÍ- CONFLICTO ENTRE COLOMBIA Y EL PERÚ-

Alfredo Cardona  Tobón *

            Barranco de ´Güepí en la ribera peruana del río Putumayo

En el Tratado Salomón-Lozano, puesto en vigencia en 1928, Colombia aceptó una zona en forma de trapecio entre los ríos Putumayo y Amazonas a lo largo de la línea Apoporis-Tabatinga.
Con el Tratado Colombia reconoció de hecho la línea Apoporis Tabatinga, trazada por el Perú y Brasil sin tener en cuenta los intereses colombianos, y el país cedía una enorme franja selvática que figuraba en los mapas del virreinato, era una vasta extensión que  llegaba a la desembocadura del Putumayo en el Amazonas y  limitaba al sur con el caño Avantiparaná.
En ese tiempo, como ahora,  el trapecio amazónico estaba desconectado del resto del país y solo tenía una población habitable, Leticia, fundada por peruanos y poblada  casi exclusivamente por gente de esa nacionalidad.
Un vasto sector del Perú consideró el Tratado Salomón-Lozano como el “más horrendo acto de traición a la patria” y se movilizó para obligar a su gobierno a desconocerlo.
LA INVASIÓN  A LETICIA
El primero de septiembre de 1932 numerosos civiles y militares peruanos  apresaron al intendente colombiano e izaron su pabellón en Leticia, donde no había quién hiciera respetar la soberanía colombiana, pues  los 35 soldados de la guarnición se habían trasladado a El Encanto, ante el temor de que los desalojara  una fuerza invasora superior en número y armamento.
El gobierno de Olaya Herrera consideró la toma de Leticia como un asunto de orden público, mientras los “rebeldes”  se fortalecían con cañoneras y el Perú reforzaba sus guarniciones  en las márgenes del Putumayo. Después de comprar algunos barcos  y una flotilla de aviones, Olaya Herrera envió una fuerza naval bajo el mando del general Vásquez Cobo, que remontó  el Amazonas y se dividió para enfilar una parte a  Tarapacá y la otra hacia las proximidades de Leticia.

           
                            Bombardeo colombiano a las posiciones peruanas


El 15 de febrero de  1933 las tropas colombianas con el apoyo naval y aéreo ocuparon a Tarapacá tras recio bombardeo y muy escasa resistencia peruana. La guerra no era ya contra rebeldes sino contra los invasores peruanos. El gobierno colombiano prescindió de los oficios de mediación del Brasil debido a su evidente parcialidad y trasladó las reclamaciones a la Liga de las Naciones.  A partir de entonces Brasil cerró los brazos del Amazonas a los barcos colombianos y limitó su aprovisionamiento. Ante tal circunstancia, era imposible recuperar el puerto de Leticia y una vez tomado el fuerte peruano de Tarapacá las acciones tuvieron como objetivo la guarnición de Güepï en la margen peruana del Putumayo.
EL ATAQUE A GÜEPÍ
En esta acción  sangrienta derrocharon valor colombianos y peruanos en medio de la selva inhóspita y enemiga. Colombia estaba en ventaja con los barcos Cartagena y Santa Marta y cinco aviones piloteados por expertos pilotos; los peruanos solamente tenían sus  fusiles y algunas ametralladoras.
A las tres de la mañana del domingo 26 de marzo de 1933 los colombianos desembarcaron  arriba y abajo del barranco de Güepí y en la isla de  Cachaya ocupada por los peruanos. A las ocho y media llovieron bombas sobre Cachaya y el cañonero Cartagena barrió con metralla el caserío; después irrumpió la infantería colombiana  bajo el fuego de las ametralladoras peruanas. Cayó Sósimo Suárez destrozado por las balas y siguieron avanzando como una tromba de muerte los macheteros de la Compañía Uribe Linares; en ese  momento Juan Solarte Obando descubre la trompetilla de una ametralladora  peruana oculta en el follaje y sin pensarlo dos veces levanta el machete para silenciarla pero dos ráfagas en cruz le destrozan el pecho.
Tomada Cachaya el cañonero Cartagena se acerca a  Güepi  cañoneando los nidos de ametralladoras ubicadas en el barranco. La ametralladora de la proa del barco se traba y el indio siona Filemón Jaiguaje, herido en un hombro y en el brazo la destraba y sigue disparando al fortín enemigo. A las once y media de la mañana cesa el tiroteo desde el barranco y  ocho hombres bajo el mando de Néstor Ospina trepan sobre las trincheras destrozadas y en lo más alto de Güepì izan el tricolor colombiano.
Los peruanos se defendieron con honor ante una fuerza superior en hombres y armamento. El teniente peruano Teodoro Garrido León resistió valientemente hasta que no quedaron armas para defender el fuerte; EL suboficial peruano, Alberto Reyes Gamarra, se enfrentó con su ametralladora a los cañones del Cartagena. Cuando cesó la lucha y el capellán recorrió el campo para socorrer a los heridos, el valiente peruano en medio de su agonía se levantó para decirle a la patrulla ¡Acábenme de matar colombianos malditos¡
LAS TUMBAS EN LA MANIGUA
En Güepì murieron 15 peruanos y cinco colombianos. Solarte (oriundo de La Unión Nariño), Sósimo Suárez (de Gigante) y Manuel Salinas (de Cajibío Cauca) recibieron sepultura en la misma fosa, y en tumbas aparte reposaron los cuerpos de Manuel Eleira (del Huila) y Balvino Guzmán (de Ibagué). Los  peruanos quedaron en la selva en una fosa común, sin un nombre que los identificara.

A las dos de la tarde del 26 de marzo los peruanos abandonaron las fortificaciones de Güepi y se replegaron a las posiciones de Yuvineto y Pantoja a más de 300 kilòmetros de distancia. Fue un recorrido dramático por trochas paralelas al  río Putumayo en medio de la lluvia.

Las bajas de Güepí representaron  una parte ínfima de las victimas del conflicto pues fueron decenas los jóvenes peruanos y colombianos que murieron no por las balas sino víctimas del paludismo, las enfermedades gastrointestinales, ahogados o mordidos por culebras y escorpiones.
Después de la toma de Tarapacá y Güepí los combates continuaron a lo largo del río Putumayo: se luchó en  Calderón, en Yabuyanos  y en el el río Algodón mientras la armada peruana tomaba posiciones en el Pacífico y movilizaba submarinos para atacar las costas colombianas.
El 30 de abril  un militante aprista asesinó al dictador Sánchez Cerro,  su sucesor Oscar Benavidez, amigo del presidente colombiano Alfonso  López Pumarejo, facilitó las conversaciones que terminaron con un acuerdo de paz, la devolución de Leticia, la entrega de prisioneros y barcos tomados por Colombia y la ratificación del Tratado Salomón-Lozano que ha sido respetado desde entonces  por los dos países.

ANEXO
RESEÑA SOBRE LA VIDA DE JUAN SOLARTE OBANDO- UN HÉROE DE GÜEPÍ´
( Tomada de Yahoo! Argentina.Respuestas)

Mucho se ha escrito del acto de heroísmo del Soldado Venteño Juan Solarte Obando, muerto gloriosamente el día 26 de marzo de 1933 en la Batalla de Güepí. Sin embargo la mayoría de los escritores carecen de datos exactos.

El 24 de Junio de 1904 nació en el Municipio de La Unión Nariño el héroe, siendo sus padres Don Francisco Solarte y Doña María Obando, dos sencillos campesinos. Fue bautizado por el párroco de ese entonces, Padre Alejandro Cuevas Leiva, siendo padrino Don Gregorio Martinez.
El 21 de Julio de 1929 fue declarado apto para el servicio militar al que ingresó el 10 de Septiembre de 1929, en el regimiento de infantería Boyacá Número 12.

Durante el año se distinguió por su buen comportamiento y en su libreta de Servicio Militar, encontramos la siguiente anotación "Su conducta fue intachable en todo el año militar. Asiduo en el trabajo, muy subordinado respetuoso, y de magnífica voluntad para todo servicio. Bueno para el servicio, práctico y muestra de resistencia. (Fd.)Guillermo Diago, Teniente Comandante".
Cuando estalló el conflicto con el Perú fue llamado reservista de primera clase y movilizado con los contingentes del Batallón Boyacá a las guarniciones del sur.
Era un muchacho maravilloso y muy servicial dice el ex-sargento J.J. Granados Lozano, natural de La Mesa y superior nmediato de Solarte Obando en la acción de Güepí.

Combate de Güepí

A las 8 de la mañana con cierta mal disimulada nerviosidad me dijo: "Mi Sargento, quiero tomar parte en el combate, porque he prometido llevar un trofeo a mi pueblo", inicialmente había sido desinado como ranchero.
A las 9 menos unos pocos minutos, oimos el ruido de tres aviones y luego el retumbar del cañón de Santa Marta. En seguida la firme voz del Teniente Gómez Jurado que gritaba: "Valor muchachos y adelante, fuego"; la útima sílaba de la voz de mando la pisé con la primera ráfaga de mi ametralladora, contestada inmediatamente por las fuerzas enemigas, cuyas balas hicieron blanco en unos pantalones que había puesto a secar en un árbol, por encima de nuestras cabezas. Solarte impaciente y armado de un machete, dió un salto fuera de la trinchera, diciéndome:
- Mi Sargento, estas ramas impiden la puntería. Y empezó a cortarlas hasta que el fuego enemigo lo hizo saltar nuevamente a la zanja.
- Mire mi Sargento, me dijo Solarte; allí abajo aquel árbol alto, sale humo y allí está la pieza que nos da candela.

Reprendí a Solarte, por su actuación, ordenándole fuera a ocupar su puesto de ranchero. Una nueva descarga del enemigo y es alcanzado Ismael Meneses. Al verlo Solarte grita: "Mi Sargento, yo vengaré la sangre de un hijo de Nariño". A mí la pieza se me había encascarado, cuando volví a emplazar la pieza vi una embarcación conducida por un tripulante solo y siendo el blanco de las descargas enemigas. En la canoa mal manejada iva Solarte Obando llevando como única arma un machete. Concentramos el fuego sobre las piezas enemigas para protegerlo y lo vimos llegar a tierra y arrastrarse cono una culebra hacia la prominencia donde estaba emplazada la pieza enemiga. Suspendimos el fuego por el temor de herirlo. Al mismo tiempo varias canoas repletas de soldados y protegidas por el cañonero Santa Marta se dirigían rumbo a la posición Peruana.

La ametralladora que nos hacía fuego tenía a tiro a un centenar de hombres, cuando Solarte estaba sólo a unos diez pasos de ella, fue un momento inolvidable, nuestros hombre ivan a ser cegados por la pieza enemiga colocada a menos de un centenar de metros del centro del río. Los creímos perdidos a todos. La canoa se había dejado arrastrar por la fuerte corriente del río y había perdido la protección del cañonero. Era imposible que las compañías del capitán Velosa y el Capitán Uribe Linares llegaran a tiempo para atacar porla retaguardia al enemigo. Nuestros hombres no podían desembarcar porque las ametralladoras los tenían a tiro de pistola. Auxiliarlos con nuestra pieza era imposible: lo impedía Solarte Obando cercano al puesto enemigo.

Fue un momento supremo que más tardo en relatarlo que en cumplirse. Solarte, haciendo relucir su machete a los rayos del sol, se puso en pie y se lanza sobre la ametralladora enemiga. El artillero viendo tan cerca a un enemigo, viró la pieza contra el valiente. Oímos el rugido de la ráfaga de la ametralladora, y Solarte Obando cayó sobre la pieza, silenciandola con su cuerpo. Caía la segunda víctima de Güepí y un sacrificio libertaba de una muerte segura a un centenar de nuestros soldados que pudieron desembarcar y atacar al enemigo.

Con el peso de Solarte, la pieza mal emplazada rodó con su trípode al barranco y cuando nuestros hombres saltaron a la rivera Peruana, encontraron el cuerpo de Solarte abrazado a la ametralladora y destrozado el pecho por centenares de proyectiles. Recibimos la orden de embarcarnos y estando ya en medio del río vimos arriar el pabellón del Perú y enarbolar en lo más alto de la guarnición la bandera colombiana