miércoles, 21 de marzo de 2012

EL DÍA EN QUE NACIÓ LA REPUBLICA DE COLOMBIA

Alfredo Cardona Tobón*

                                                 José Maria Carbonell

Gregorio Cucunubá o Sáchica pudo haber sido un artesano de oficio talabartero, que como tantos otros del barrio San Victorino, vivió y actuó en los albores de la independencia.
El “maestro” empleaba dos aprendices que dormían en cualquier rincón del taller y cuadraban sus  ralas entradas con  encargos de las engalanadas señoras de los funcionarios coloniales.
Como  Gregorio no se perdía la movida de un catre fue actor de primera fila en los acontecimientos de julio de 1810, cuando lo vieron al lado de Jesús María Carbonell y de Pedro Groot en las agitadas marchas contra los oidores Alba y Frías y contra el virrey Amar y Borbón.
Al lado del “maestro” marchaban, obviamente, sus ayudantes, para conformar una fuerza de choque que se armó para rechazar a los invasores en la “noche de los negros” y ayudar a fijar pasquines contra la fronda criolla.

CALMA CHICHA

El notablato santafereño ignoró el clamor del pueblo que lo había llevado al poder y para neutralizarlo puso bajo rejas a Carbonell y a otros connotados  “chisperos”. Como el primer congreso granadino, influenciado por Nariño, apoyó las regiones que se separaron de las viejas provincias y se opuso a las ideas del clan gobernante,  la camarilla de la capital lo silenció y lo atacó hasta que logró su desintegración.
Al nuevo congreso, convocado por Jorge Tadeo Lozano, asistieron los representantes de las antiguas provincias coloniales, que conformaron un Colegio Constituyente para redactar una Constitución acorde con sus intereses. Los patricios reconocieron la autoridad de Fernando VII y establecieron una monarquía constitucional en Cundinamarca con Jorge Tadeo Lozano como vicegerente del rey.
Para frenar las aspiraciones populares, los criollos establecieron condiciones a los electores, tales como la de ser personas libres, mayores de 25 años, padres o cabeza de familia, con rentas y una ocupación independiente.
Para Gregorio y demás artesanos de San Victorino solamente se había cambiado de amo. De nada sirvieron los bochinches de julio.  Y para los aprendices del “maestro” la situación iba empeorando, pues se remataban las tierras de sus resguardos indígenas y nuevos tributos se cernían como buitres sobre sus míseras familias.

VUELVEN LOS CHISPEROS

El nuevo objetivo era tumbar el gobierno de casta entronizado el veinte de julio de 1810. Para ello Nariño y Carbonell pusieron nuevamente en movimiento los comandos populares y buscaron el apoyo de los oficiales granadinos que los criollos habían puesto bajo el mando de comandantes españoles.
Ante esta amenaza, el Cuerpo Legislativo y los ministros de Tadeo Lozano solicitaron la prisión de Nariño y de Carbonell,  la suspensión de las garantías constitucionales y el establecimiento de la dictadura.
El 17 de septiembre de 1811  la “Compañia  Challerde” compuesta por soldados españoles controlaron los primeros  motines callejeros. En la mañana del 19 de septiembre la reacción  popular fue incontenible. La gente se volcó a la plaza mayor y oradores improvisados leían las últimas noticias de “La Bagatela”, periódico de Nariño que criticaba al gobierno y mostraba el peligro inminente de la reconquista española.
Gregorio Cucunubá, o Sáchica,  acompañado por los aprendices se sumó a la manifestación. Jamás se había visto tan grande muchedumbre en las calles de Bogotá. La turba atacó el Palacio sin que  las tropas intervinieran pues en los cuarteles sólo se oía el grito de ¡Viva Nariño¡.
Tadeo Lozano convocó una Representación Nacional, compuesta por la camarilla gobernante, que ante la presión del populacho aceptó la renuncia de Tadeo Lozano y del vicepresidente Domínguez y nombró a Nariño como jefe de gobierno.
La multitud acompañó a Carbonell a la residencia de Antonio Nariño, que escoltado por portadores y carpinteros, por vivanderas y lavanderas llegó al Palacio y aceptó el cargo de presidente, poniendo como condición la derogación de los artículos de la Constitución que lesionaran al pueblo.
Así cayó el gobierno instaurado el veinte de julio. Así se dio el primer golpe de opinión de la nación colombiana. En esa forma empezaron los presidentes a manosear la Constitución en aras del bienestar ciudadano. Así empezó el pulso entre la clase dominante y el pueblo llano, que ha visto la violencia como la única forma de cambiar las cosas.

De regreso al taller de talabartería  uno de los aprendices le comentó al maestro: muy querido don Nariño, pero vea su Merced, que está haciendo lo mismo que el rey Tadeo, está nombrando los mismos ministros y la misma gente que dizque tumbamos el 19  de septiembre”.

lunes, 19 de marzo de 2012

LOS MOVIMIENTOS COMUNEROS

ARDE EL VIRREINATO

Alfredo Cardona Tobón *

                                              José Antonio Galán


En un territorio casi despoblado, de comunidades aisladas, con economía de subsistencia y precario control de la metrópoli, se necesitaba muy poco para desbaratar el débil andamiaje que sostenía la autoridad.
El aumento de impuestos en otra de las guerras de España contra Inglaterra, fue la chispa que encendió los ánimos de las colonias hispanas en América, y principalmente en la Nueva Granada, donde el movimiento comunero iniciado en Mogotes, coincidió con las rebeliones en Aipe y Neiva, en Caguán y en  Túquerres, en los llanos y en Antioquia.


LOS DESÓRDENES EN GUAITARILLA


La plaza de la aldea de Guatarilla, que hoy pertenece al departamento de Nariño, estaba abarrotada de indígenas ese día de mercado. Con sus largas polleras, la burda manta sosteniendo el crío y el sombrero coco sobre las trenzas, las comadres se quejaban del corregidor y de los estanqueros que exprimían al pueblo. Había que pagar por los vellones esquilmados, los huevos y hasta por los cuyes, por todo se cobraba impuesto para atender las exigencias de la Audiencia de Quito.
Correspondió al cura anunciar nuevas contribuciones: ahora se extendían los diezmos a toda la población y se exigía un “donativo” para las arcas del rey. En la misa mayor el sacerdote leyó el decreto con los consabidos consejos de acatamiento a las autoridades, porque Dios así  lo disponía y habría de recompensar sus esfuerzos y penalidades con gozos en la vida eterna.
El pueblo no estaba dispuesto en esos momentos para escuchar al levita: pesaba más el hambre que las recompensas divinas. Un vocerío de desaprobación inundó el templo y acalló la voz del clérigo. Manuel Cumbal y Francisco Aucú se acercaron al altar mayor, arrebataron el decreto de la Audiencia y lo volvieron añicos.
Sin modo de desfogar la ira en su propio pueblo, los indios furibundos avanzan  sobre Túquerres, destruyen el alambique del corregidor Clavijo y asaltan las residencias de los estanqueros.
El cura de Túquerres saca en procesión al Santísimo y a la imagen  de Nuestra Señora de la Concepción en vano intento para apaciguar los ánimos. Nada detiene a los indios alborotados, cogen a palos a los cargadores de la Virgen y una feligresa intenta arrebatarle la custodia al sacerdote.
El corregidor Clavijo y su hermano se refugian en el templo. El populacho sitia  la iglesia y al compás de los tambores y las quenas hacen guardia hasta el amanecer, cuando Julián Carlosama y varios compañeros entran al recinto sagrado, descubren a los Clavijos tras los velos de unos santos, los atacan a pedradas y  rematan a lanzazos a Anastasio Clavijo, el diezmero, y a Francisco Clavijo, el corregidor.
Las campanas tocan a muerto y en una de las naves de la iglesia los sublevados cavan una fosa y sepultan a los Clavijos. Afuera el motín continúa y la turba destruye todo lo que tenga relación con los recaudos.


LOS SUCESOS DE GUARNE


Don Manuel Jaramillo es un mediquillo criollo que suministra recetas gratis a los vecinos de Guarne y Medellín, es un tuerto de genio avinagrado que hace su voluntad en la comarca y es, además, un poderoso empresario, dueño de minas, de muchos esclavos y vastas estancias de ganado y caña.
El Visitador Real Gutiérrez de Piñeres busca todos los medios para aumentar las contribuciones y para ello ordena el establecimiento de pulperías, o tiendas mayoristas de abarrotes que cobran por derecha el impuesto al consumo. Además, establece un pago a los mazamorreros, cuyas explotaciones  garantiza a costa de los intereses de los grandes mineros, que ven limitadas sus concesiones a las designadas expresamente por la ley.
Como Don Manuel explotaba oro donde quería, se sintió lesionado en sus intereses y amargado por las disposiciones del Visitador, empezó a crear el peor ambiente contra las autoridades, incitando a los mazamorreros a no pagar el impuesto establecido y a rebelarse contra las pulperías.
El 17 de junio de 1781 una multitud de mulatos y negros de Guarne al son de los tambores se dirigieron a la pulpería  de Jerónimo Mejía y al grito de ¡Viva el rey, abajo su mal gobierno¡ hicieron trizas la licencia y con amenazas de muerte hicieron cerrar el negocio de Mejía.
El 16 de julio de 1781, día de la fiesta de la Virgen del Carmen, llegaron 200 guarneños a la ciudad de Rionegro armados hasta los dientes a reclamar el oro que se había cobrado a los mazamorreros o barequeros y a exigir la rebaja de los precios del tabaco y del aguardiente.
Entre el tumulto iba Don Manuel Jaramillo, los líderes mineros Bruno Grial e Ignacio Zapata y los campesinos cuyo cultivos de tabaco habían sido arrasados o estaban en peligro de serlo por orden del corregidor.
Rionegro quedó en manos de los guarneños. Los blancos, entre criollos  y españoles, que no pasaban de trescientos, trancaron los portones de sus casas y esperaron lo peor, pero la conmoción no pasó a mayores como en otros sitios. Los revoltosos sólo pospusieron el pago de los impuestos y exigieron el nombramiento de criollos en la administración, pues según palabras del fiscal  Pedro Biturro “los pobres (criollos) se creían de mejor alcurnia que los españoles”.

Las rebeliones populares  no pararon con el sacrificio de Galán y sus compañeros, ni con el sometimiento de los focos subversivos en los Llanos y en el Tolima. El común continuó protestando contra las medidas fiscales. El dos de noviembre de 1802 se  levantó el pueblo pastuso y asesinó al cobrador de impuestos, poco después la gente de Tumaco se negó a pagar las  contribuciones y desterró al teniente de recaudos. Lo mismo sucedió en Villavieja, en el Tolima, donde un arriero mulato mantuvo alejados durante varios meses a los cobradores de impuestos.