martes, 15 de mayo de 2012

! CAYÓ UN AVIÓN¡-! CAYÓ UN AVIÓN¡

Fue en la manga de Don Vicente Garcés donde se asentó el primer avión que conocieron los quinchieños. Cuando cayò el avión todo mundo corrió al sitio del accidente, incluyendo la que estaba en misa. Recuerdos.
Alfredo Cardona Tobón


Era un domingo de marzo de 1936, la plaza de piso en tierra estaba atestada de campesinos; en el centro de ella un busto de Simón Bolívar rompía las ringleras de toldos ordenados según la mercancía en venta, frente a  la Casa Consistorial estaban los carniceros, en el costado de la iglesia los cacharreros  y en la parte opuestas se ubicaban los toldos de forcha, sirope, mazamorra, envueltos...  es decir, con todo aquello que hacía las delicias de los labriegos llegados de todas las veredas de Quinchia.
Al mediar el día el sacerdote iba por el Padrenuestro cuando se sintió el ruido  de dos aviones; era un sonido inusitado en esas latitudes; el ronco trepidar de un  motor seguido por el del otro aparato, que parecía estar tosiendo, sacudió el campanario de la iglesia. Los aparatos dieron una vuelta en el cielo y de repente uno de ellos empezó a perder altura y se precipitó a tierra por los lados de Lavapié, a pocas cuadras del pueblo.
LOS RECUERDOS DE UN TESTIGO
Hace pocos días el exmagistrado Absalón Gartner T. visitó  su pueblo natal y desde le mirador de la “Posada de Don Melqui” oteó el cañón del río Cauca, la majestuosidad del imponente cerro Batero y las calles aledañas que le recordaban las pilatunas escueleras.
-        Vea esa manga- le dijo a su hijo David, mire ese plancito al lado de una chamba, esa fue la manga de Don Vicente Garcés en la que se asentó  el primer avión que conocieron los quinchieños..
-        Observe hijo ese llanito, allí había un enorme aguacate donde se enredó el piloto Fabricio Cabrera instantes después que Miro Gómez y yo nos bajamos del árbol.
Retornando al pasado el Doctor Absalón Gartner empezó a darnos detalles de ese acontecimiento que corre de generación en generación y que marcó en dos la historia del pueblo.
-        Cuando cayó el avión, agrega ese testigo de primera fila, se desocupo la plaza de mercado, toro el mundo corrió al sitio del accidente, incluyendo la gente que estaba en misa que al oir los gritos en la plaza abandonó el templo, dejó al cura solo y se abalanzó en masa a la manga de Don Vicente Garcés-
-        ¿ Qué estaba haciendo en esa manga, papá- preguntó David-
-        Pues cogiendo aguacates sin permiso, ya que en ese entonces nos tenían prohibido comerlos, eran alimento solo de gallinazos y marranos y según decían solo les faltaba un grado para ser veneno. Pero a Miro y a mí nos gustaban y allá fuimos ese domingo a darnos un hartazgo  de curas ( así llamaban a los aguacates) con arepa de chócolo.
-        En esas estábamos cuando vimos ese avión que venia directamente hacia nosotros, muertos de pànico nos descolgamos como ardillas y corrimos hacia el camino. Segundos después la aeronave golpeó de lleno contra el ramaje del árbol, dio dos vueltas y quedó panza arriba como un chulo agonizante-
EL HÉROE DEL MOMENTO
Pudo más la curiosidad que el susto. Los dos escueleros volvieron sobre sus pasos y se acercaron a la nave destrozada y vieron al piloto enredado en las cuerdas y las lonas de las alas tratando inútilmente de salir de la cabina. En esas llegó el primer alud de noveleros y Fabricio Cabrera, piloto del correo nacional, creyó que lo iban a asaltar y a robar los valores postales y maltrecho y sin poder salir del avión sacó un revólver  y mantuvo a distancia a la gente, hasta que llegaron los gendarmes con las altas autoridades municipales; solamente entonces Fabricio permitió que lo sacaran del berenjenal en que se hallaba y lo condujeran al pueblo en una camilla.
El capitán Zoilo Bermúdez, héroe de la Guerra de los Mil Días, y Mirús, un bandido que robaba a los ricos para dar  a los pobres, quedaron en palotes al lado de Fabricio Cabrera, para los quinchieños era un milagro que saliera apenas con rasguños de semejante trance y para todos los vecinos, bajitos, rechonchitos y a pata limpia, Fabricio era un ser superior con 1,8 metros de estatura, breches y casco... parecía un superhombre bajado de las estrellas.
SUSPIROS Y CORAZONES ROTOS
Don Luis Duque, el boticario de la aldea, revisó al piloto y aunque solamente le encontró rasguños y algunas magulladuras le recomendó reposo absoluto. El párroco ofreció la Casa Cural, el alcalde puso su vivienda a la disposición, pero se optó por llevarlo a la residencia de Don Efraím Tobón, próspero comerciante de la población, donde reposó Fabricio Cabrera con las atenciones de un rajá en una corte oriental.
Dese la irrupción del piloto en la  vida de Quinchia, los novios y  prometidos de las muchachas del pueblo quedaron descalificados, no podían competir con un príncipe azul bajado de las nubes que hizo suspirar a todas las casaderas. Con la disculpa de indagar por la salud de Fabricio las señoritas iban en grupitos a visitarlo y acompañaban las serenatas que los admiradores del piloto le llevaron en dos noches seguidas. Muchas agraciadas quinchieñas se enamoraron de Fabricio y en sus cándidos corazones imaginaron un amor no correspondido atizado por una sonrisa, por una palabra, por un gesto de Fabricio.
LA ESPERANZA DEL REGRESO
Después de la corta convalecencia Cabrera se alejó del pueblo; en una mañana de fines de marzo de 1936 el hombre que bajó del firmamento salió montado aferrado a la silla de una mula mansa, hubo lágrimas furtivas, promesas de regresar  a visitar a los nuevos amigos y calurosos abrazos cuando la caravana que lo acompañó hasta Anserma se despidió del futuro coronel de la aviación.
-        Y qué se supo después de Fabricio Cabrera- preguntó David-
El Doctor Absalón miró la manga de Don Vicente desde el mirador de “La posada de Don Melqui” y cerró este capitulo de sus recuerdos:
-Cuantos recodos tiene la vida hijo... aqui Fabricio se escapó de la muerte... pero años más tarde supimos que había perdido la vida al estrellarse en un pantanero chocoano desolado y triste plagado de culebras y escorpiones.