miércoles, 18 de julio de 2012

COLOMBIA Y LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA

COLOMBIA Y LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA
Alfredo Cardona Tobón*


La presidente de Argentina, Cristina Fernández, calificó la guerra de la Triple Alianza como una traición a Latinoamérica; pero olvidó decir que  fue  otra de las infamias de su país, esa vez contra los hermanos paraguayos que casi son exterminados por la acción conjunta de Brasil, Uruguay y Argentina.
La hecatombe fue atizada por la soberbia del presidente paraguayo Francisco Solano López, los intereses territoriales de Argentina y Brasil, la falta de patriotismo de los lideres del Partido Colorado del Uruguay y por el lucro de los banqueros ingleses que se vieron beneficiados en el conflicto.
Todo empezó con el paso de tropas paraguayas a través de territorio argentino para apoyar el gobierno del Partido Blanco del Uruguay amenazado por la insurrección del Partido Colorado de ese mismo país, respaldado a su vez por Brasil.
 El presidente argentino  Bartolomé  Mitre declaró la guerra al  Paraguay y desde 1865 hasta 1870 argentinos, brasileños y uruguayos se unieron  para acabar con el pueblo de la pequeña nación. Eso no fue un conflicto armado, fue el genocidio de una nación que al empezar la guerra tenía 1.300.000 habitantes y la final de la lucha apenas contaba con 200.000 sobrevivientes, de quienes solo había 28.000 hombres en edad reproductiva y el resto eran mujeres, ancianos y niños.
 De los 100.000 soldados al empezar las acciones, quedaron 400 combatientes, entre quienes figuraban decenas de mujeres y adolescentes. Paraguay perdió 170.000 kilómetros cuadrados de su territorio y quedó totalmente devastado, era la sombra apenas, de una nación que fue la primera en establecer líneas ferroviarias en Suramérica, la primera en establecer fundiciones y fábricas de papel y la segunda en el mundo en la producción de textiles y en el cultivo de algodón
EL DESARROLLO DE LA GUERRA
El Paraguay tomó la iniciativa en los combates: ocupó el Matto Grosso brasileño e invadió la provincia argentina de Corrientes; sus fuerzas armadas estaban mejor preparadas que las de sus vecinos, el país tenía recursos para la guerra en tanto que  sus enemigos estaban inmersos en serias dificultades económicas.
La ventaja inicial no duró mucho, pudieron más las montoneras que un ejército calificado: los brasileños se aliaron con comunidades indígenas y contraatacaron saqueando lo que encontraron y quemando lo que no podían robar. El  10 de abril de 1866 las fuerzas de la Triple Alianza tomaron la fortaleza de Itapirú en el río Paraná y derrotaron a los paraguayos en Tuyutí, en una de las más sangrientas batallas en la historia americana. Una victoria de Solano López en Curupayty detuvo por algunos meses las acciones militares de los aliados, que en enero de 1869 llegaron hasta la ciudad de Asunción.  A partir de entonces, el avance de brasileños, argentinos y uruguayos fue continuo, dejando desolación, hambre y muerte por donde pasaban, degollando a civiles, niños y mujeres como si la consigna fuera despoblar al Paraguay y acabar con su gente.
El Mariscal  Solano López trasladó la capital a Piribebuy y en agosto de 1869  20.000 soldados aliados  se enfrentaron con 1.600 defensores de Piribebuy que nada pudieron hacer contra la superioridad numérica de los atacantes. La resistencia paraguaya fue tenaz y heroica, la garra de los paraguayos exasperó en tal forma a los jefes brasileños que asesinaron a los prisioneros o los vendieron como esclavos en las plantaciones de Rio Grande.
Solano López se retiró con unos pocos combatientes a las montañas del oeste perseguido de cerca por el comandante brasileño conde D´Eu. El 16 de agosto de 1869 la gente del pequeño poblado de Acosta Ñu trató de obstaculizar la marcha de los brasileños para dar tiempo de escape a las tropas de Solano; cuatro mil niños y adolescentes se pintaron bigotes y con palos de escoba simularon una columna en la retaguardia paraguaya, algunos llevaban machetes, otros lanzas de cañabrava y la mayoría caucheras; el Conde D’Eu ordenó el ataque, pequeños de seis años se aferraban a los pies de los asesinos para que no los mataran, fue una terrible, cruel e inhumana carnicería que remató el conde D´Eu prendiendo fuego a  los montes cercanos donde quedaron calcinados miles de niños con las madres que trataron de auxiliarlos.
En el Cerro Corá 26.000 soldados brasileños rodearon a los 409 paraguayos que acompañaban al Mariscal Francisco Solano López y los mataron a casi todos, incluyendo al presidente paraguayo que pereció con sable en mano al igual que su hijo Panchito que luchaba a su lado.
EL APOYO DE LOS RADICALES COLOMBIANOS
El 27 de julio de 1869 el Congreso de Colombia expidió un decreto para expresar su admiración por la resistencia de los paraguayos y participar del dolor por la muerte del Mariscal Francisco Solano López; y un año más tarde, cuando todo estaba consumado,  expidió la siguiente resolución:
“Si por efecto de la guerra, el Paraguay desapareciera como nación, ningún paraguayo será paria en América, con  solo pisar tierra colombiana, en caso de producirse, gozará en forma automática de los privilegios, facultades, prerrogativas y derechos de colombiano, es decir que de perder la nacionalidad paraguaya serán automáticamente colombianos”
Firman Eustorgio Salgar-(Presidente), Felipe Zapata (Ministro de Relaciones exteriores)  y Jorge Isaacs ( Presidente del Congreso)
Además de ese apoyo en el papel, que no aprobaron los conservadores colombianos, nuestro país contribuyó en la medida de su raquítico presupuesto en la reconstrucción del Paraguay ocupado por los brasileños; envió comida, drogas y varios médicos que acompañaron una pequeña fuerza para garantizar el respeto por los vencidos.
El mundo vio atónito la sanguinaria alianza contra los paraguayos, si los  vencedores no desmembraron al Paraguay fue por la oposición de algunos países amigos como Bolivia, Ecuador, Colombia y de los Estados Unidos que mantuvieron sus embajadores  en tierra paraguaya. Los aliados impusieron grandes tributos como indemnización de guerra. Unos años más tarde la Argentina suspendió los cobros y trató de adjudicar la responsabilidad de las masacres a los brasileños. Durante el  gobierno de Perón  los argentinos devolvieron los trofeos  tomados  a los paraguayos en los campos de batalla.
                               Mariscal    Solano López, presidente paraguayo

La recuperación demográfica del Paraguay fue muy lenta, Brasil tomó todo el territorio que quiso, Argentina ocupó parte del Chaco y recuperó la parte de la provincia de Misiones que en tiempos del Doctor Francia se  había adherido al Paraguay.
Esa guerra es un crimen que taladra la conciencia americana y nunca ha sido reconocido por el ambicioso Brasil. El resquemor de los paraguayos con sus vecinos sigue vivo y se necesitarán más que discursos de Cristina Fernández para borrar la culpa  de la nación argentina, cuyo gobierno hubiera podido frenar el salvajismo brasileño y oir el clamor del pueblo raso que no quería ir a la guerra contra sus hermanos paraguayos.

Lástima que Paraguay estuviera tan lejos de Colombia, porque de poder hacerlo de seguro miles de voluntarios del radicalismo liberal hubieran ofrenda su vida en defensa de sus hermanos.