sábado, 11 de agosto de 2012

LOS CHULAVITAS DE BOAVITA

Alfredo Cardona Tobón*

                                                       Iglesia de Boavita


Boavita es una pequeña población  distante 187 kilómetros  de Tunja, capital del departamento de Boyacá, en Colombia. Es una aldea conservadora y campesina, donde el tiempo parece ir a paso de caracol. y con un pasado violento, sobre todo entre los años de 1920 y 1940 cuando hubo  sangrientos enfrentamientos entre su gente y las comunidades liberales de El Cocuy y Tipacoque.

Durante la República Liberal, que se extendió desde 1930 hasta 1946, muchos vecinos de Boavita, víctimas de las persecuciones liberales, abandonaron sus tierras para salvar la vida y emigraron a las zonas frías del Viejo Caldas y del  Tolima, llevando consigo las larvas de la venganza, que ensangrentaron años después  a Salamina y a la zona de Barragán en el Quindío

Una de las veredas de Boavita es la de Chulavita  con una comunidad de labriegos de ruana y botas pantaneras dedicados a cultivar trigo, cebada, cebollas y otros productos que venden en Bogotá.

Chulavita es, pues, una vereda como cualquiera de las centenares veredas boyacenses, sin embargo su nombre quedó estampado en la historia colombiana por la violencia que desplegaron sus habitantes en otras regiones del país, con todos los matices de crueldad y sevicia.

LA CANTERA DE LA POLICÍA POLÍTICA

Para entender el papel de los vecinos de la vereda de  Chulavita en nuestro triste pasado, debemos retroceder a principios del siglo XX, cuando después de la guerra de los Mil Días el gobierno conservador convirtió la policía en una fuerza de choque, al servicio de los caciques pueblerinos, que sirvió para afianzar el poder del régimen..

En 1930 el liberalismo volvió a gobernar, tras  ochenta años de ostracismo, y en forma similar a los conservadores, utilizó la policía para asegurar su dominio; en 1946 los conservadores retomaron el poder y como era costumbre empezaron a licenciar a los agentes que no eran de su partido y a enganchar personal de su confianza,

Dos años después de victoria el conservatismo, aún  había en la policía personal liberal, que en el nefando nueve de abril de 1948 se sumó a los amotinados en la rebelión tras el asesinato  del líder  Jorge Eliecer Gaitán. En esa fecha el  pueblo bogotano se lanzó a las calles., destruyó las instalaciones de periódicos y emisoras conservadoras y el populacho desbordado incendió, robó y sumió en el caos a la capital colombiana.

Con parte de la policía en contra y con un ejército insuficiente y mal armado, el presidente Mariano  Ospina Pérez espera lo peor , pero si no llegan refuerzos será imposible que esos bravos militares resistan por mucho tiempo. En tales circunstancias los jefes conservadores de Boyacá reclutan partidarios en las localidades mas fieles a sus banderas y con ellos marchan a Bogotá a contrarrestar el furor de las turbas. Mariano Jimenez con 500 voluntarios de Chulavita y otras veredas de Boabita se dirigen en camiones a la capital y en la madrugada del diez de abril de 1948 entran a sangre y fuego al centro de Bogotá.

Muchos alzados en armas duermen la borrachera en las aceras, otros se han marchado con el producto de la rapiña, el fuego consume edificios y bodegas,  una lluvia pertinaz barre la sangre  y también enfría los ánimos de la chusma que ronda como una manada de lobos el Palacio de los presidentes. Los voluntarios de Boyacá empiezan a cambiar la balanza de los acontecimientos, es gente fresca y motivada que viene a defender a su partido y cree estar defendiendo los valores cristianos amenazados por una turba  comunista.

Al medio día del diez de abril llegan tropas del Tolima y los Santanderes y el gobierno controla la capital; la policía amotinada se disgrega y deserta con las armas de dotación. De inmediato el gobierno conservador  reorganiza el cuerpo policial con  base a los voluntarios chulavitas y con  centenares de campesinos  conservadores de  Chiquinquirá, La Uvita y  Boavita en  el departamento de Boyacá,  y de las provincias de Vélez y   García Rovira en Santander.

POLICÍA PARA EL CENTRO-OCCIDENTE DE COLOMBIA

En el Viejo Caldas se  licenció casi toda la fuerza policial y llenaron las vacantes con gente de Boyacá y de Santander que no tenían vínculos con la región; eran personas con otra cultura, sin amigos en la zona, taciturnas, ignorantes, agresivas, arbitrarias y violentas que sirvieron  a los jefes conservadores para sembrar el terror y alejar de las urnas a los oponentes políticos.. La gente los designó con el término genérico de  “chulavitas” y  les abonó el historial de las aldeas incendiadas, los asesinatos en masa y las  violaciones, aunque en verdad no todos los crímenes cometidos en esa infame etapa del pasado fueron perpetrados por los chulavitas, pues tenebrosos personajes locales rivalizaron en crueldad  con  esos infames asesinos.

La policía chulavita fue enemiga declarada de los liberales y en muchas ocasiones se enfrentó al Ejército Nacional, que a menudo se  puso al lado de las víctimas,  pues en las filas del Ejército continuaban sirviendo oficiales y suboficiales liberales con  gran respaldo en la Institución Militar.

EL REBOTE DE LA INIQUIDAD

El imperio de los chulavitas se extendió durante los gobiernos de Ospina y de Laureano Gómez. Al aparecer las guerrillas  y las bandas de autodefensas liberales,  se multiplicaron los asesinatos de chulavitas en la zona occidental de Colombia. Al final, en el régimen de Rojas Pinilla la policía chulavita desapareció de los cuadros oficiales por presión del liberalismo y  de un  sector del conservatismo .

En vastos territorios se  recuerda con horror a los chulavitas:  fueron la personificación de lo más ruin del género humano con las masacres, las torturas, los desplazamientos y los asesinatos selectivos de los dirigentes liberales. Otra opinión tienen los vecinos de Boabita, donde se  ensalza la memoria de esa gente y en versos  exaltan la valentía de esos asesinos  que trajeron el infierno a la tierra  y la desolación en los Llanos Orientales, en el Valle y el Tolima.

Hay que anotar, que  al igual o tal vez más que los chulavitas, los responsables de las macabras acciones fueron los patrocinadores de la violencia, entre los cuales se cuentan ministros, gobernadores, alcaldes y políticos como Gilberto Alzate Avendaño. También la iglesia católica  tiene una enorme cuota de culpa pues los altos jerarcas no tuvieron el valor de velar por la vida de los feligreses, numerosos sacerdotes azuzaron a los bandidos y la institución en general,  fue incapaz de impedir los crímenes, cuando tenía el poder de hacerlo.

Los chulavitas fueron campesinos envenenados por el odio y víctimas de los ataques liberales durante el régimen liberal; al final  también fueron víctimas del horror que desataron , pues cuando los caciques locales ya no los necesitaron los dejaron a su suerte. .Muchos   cayeron bajo las balas vengadoras y los más  se perdieron  en los cinturones de miseria de las grandes ciudades.

martes, 7 de agosto de 2012

SIMÓN BOLÍVAR Y JOSEFINA MACHADO

Alfredo Cardona Tobón*


El cuatro de agosto de 1813 Bolívar entró a Caracas en medio de la aclamación de los notables mantuanos, y de doce bellas jovencitas vestidas de ninfas que lo coronaron y le hicieron guardia hasta el templo de San Francisco, donde se ofició un solemne Te Deum.
En el sagrado recinto las miradas del guerrero  se encontraron  con los hermosos ojos de una ninfa de tez morena clara, hermosas facciones y cuerpo escultural, y de inmediato el amor y el deseo nacieron en sus corazones. Esa noche Josefina Machado, o Pepita como la conocían en Caracas, asistió a un sarao en  la casa del Libertador y en medio del baile y las copas surgió un romance que no aprobó                                                                     doña Antonia que quería una mantuana distinguida para su hermano Simón y no la hija natural de un canario cultivador de cacao.
DESTINOS CRUZADOS
En 1814 negros nubarrones se cernían sobre Caracas; los realistas amenazaban en todas las direcciones y Bolívar, temeroso de un levantamiento, en febrero   ordenó ejecutar a los españoles que estaban en la cárcel de la Guaira: la información oficial señala la decapitación de 518 prisioneros, pero fueron casi mil los asesinados, incluyendo a 21 enfermos que se encontraban en el hospital.
Los españoles atizan una guerra de clases; hordas llaneras seguidoras del rey  triunfan en La Puerta, en San Mateo y La Victoria, y a paso arrollador se acercan a Caracas cometiendo todo tipo de villanías. Como no es posible frenar el avance  realista, las tropas de Bolívar  abandonan la capital venezolana seguidos por más de veinte mil personas aterradas ante  la llegada de la gente de Boves y de los bandidos  de Francisco Rossete
El seis de julio de 1814 empieza el éxodo hacia el Oriente en una caravana compuesta en gran parte por mujeres ancianos y niños, muchos de quienes morirán de hambre, de  cansancio o víctimas de las alimañas y de los torrentes desbordados. Al lado de Bolívar va Pepita, la mujer que no compartirá  las victorias del Libertador y sufrirá a su lado los trágicos días de derrota.
A los veinte y tres  días, la caravana llega al  puerto de Barcelona bajo la andanada de plomo de los barcos españoles surtos en la bahía; los más afortunados se embarcan y encuentran la salvación en las islas antillanas; el resto se dispersará en la selva.  Bolívar, sus oficiales y algunos soldados se  dirigen a Jamaica, y Pepita y su madre encuentran refugio en la casa de un amigo del Libertador en la isla danesa de Saint Thomas.
Fueron dos larguísimos años de ausencia, durante los cuales Pepita esperó con ansia el reencuentro con su amado. El 31 de marzo de 1816 Bolívar sale de Haití con la primera Expedición de los Cayos rumbo a la costa venezolana y llama a Pepita perdiendo un tiempo precioso, que según sus oficiales, malogró el factor de sorpresa.
 MÁS SINSABORES
Cerca a la isla Margarita el buque donde viajaba  Bolívar  aborda un navío español y  Simón, sable en mano, combate como cualquier pirata. Entre tanto, Pepita resguardada en su camarote, llena de angustia y temor, oye los tiros, el choque de las armas blancas y las maldiciones de los heridos. Al fin cesa la lucha y Bolívar descamisado y sudoroso se acerca a Pepita que con un grito de júbilo lo abraza y lo colma de besos.
La Expedición a la costa venezolana fracasa, los oficiales se insubordinan y culpan a Bolívar por  la derrota; los sobrevivientes se internan en los llanos y el Libertador con Pepita y  varios refugiados recorren los islotes a bordo del “Indio Libre” huyendo de la persecución española. El buque encalla en la isla de  Viques y sin agua ni provisiones los fugitivos desembarcan en busca de armas y comida. Luego, mediante una ingeniosa estratagema,  apresan  un velero español, desencallan al “Indio Libre”  y obligan que su capitán  lleve a Pepita, a su madre y demás refugiados a la isla de Saint Thomas  a cambio de respetar su vida y la de los tripulantes del velero español.
Los patriotas venezolanos no claudican en su lucha por la libertad; tras intensa campaña se apoderan de la Guyana y establecen  en Angostura un gobierno republicano bajo el mando de  Bolívar, quien en una segunda expedición, ha logrado el control de la costa. El recuerdo de Pepita no se borra de la mente del Libertador pese a sus conquistas y continuos amoríos y de nuevo la llama a su lado. En 1818 la caraqueña llega a Angostura y el tórrido idilio renace en los esteros llaneros.
Pepita ejerce una influencia singular sobre Bolívar no solamente en la cama sino en los  asuntos públicos; corre el rumor de que numerosos nombramientos y ascensos se deben a Pepita, quien conquista el aprecio de la tropa que la llama Doña Pepa y respeta a  la mujer de su jefe que no le teme a los indios flecheros ni a los  ríos desmadrados y siempre está al lado de los combatientes como intendente y como enfermera.
 DE NUEVO LA AUSENCIA
Bolívar remonta el Orinoco y con tropas llaneras cruza la cordillera y derrota  al enemigo en el Pantano de Vargas y en la Batalla de Boyacá. Santa Fe de Bogotá lo aclama jubilosa y  bellas señoritas comparten con el Libertador las mieles de la victoria. Mientras las Ibañez calman la sed de Bolívar, en la lejana Guyana venezolana lo espera Pepita Machado, con veintisiete años de edad marchitos por  el exilio, las fatigas y los primeros síntomas de la terrible enfermedad que acabó con la vida de los padres de Simón Bolívar y años después tronchó la existencia del Libertador.
La fiebre y la tos consumen a Pepita; los médicos aconsejan un clima más benigno y  ante una nueva llamada de su amado la valiente muchacha emprende viaje por el Orinoco hacia las frías montañas de Santa Fe de Bogotá. Infortunadamente la tuberculosis es fulminante, la consume la tos y la fiebre. Se detiene en la  población de Echaguas y no puede más: en la navidad de 1820 sus acompañantes cavan su tumba en una lomita y el cuerpo de Pepita Machado  se confunde para siempre con el suelo llanero.