martes, 4 de septiembre de 2012

FROILÁN Y LA TOMA DE SALENTO

 Alfredo Cardona tobón




El mes de julio de 1876 fue una de las épocas más calientes en los registros históricos del Estado del Cauca;  la educación laica y la exclusión de la Iglesia Católica del manejo del Estado levantaron los ánimos conservadores contra el gobierno de ese Estado federal, estalló la guerra en el norte caucano y se extendió el conflicto por el Tolima y Antioquia, estados soberanos que apoyaron la rebelión en el Cauca..

El día once de ese mes, trescientos hombres comandados por Daniel Herrera, a los gritos de ¡Viva la religión!- ¡Vivan los conservadores!,  ocuparon a Palmira; y cinco días más tarde,  los rebeldes  dirigidos por  Julio de Jesús Hormaza  hicieron  frente a  las  fuerzas liberales de Eliseo Payán en la loma de Santa Ana, en cercanías de Cartago, y lo pusieron preso con once de los oficiales de su plana mayor.

Mientras el valle del Cauca se rebelaba contra el gobierno radical de César Conto, el Estado de Antioquia reunía tropas en  Manizales para apoyar a los insurgentes caucanos en su lucha a favor de los conservadores y sus valores clericales. El 23 de julio de 1876, tropas acantonadas en Salamina invadieron al  Estado del Cauca por el paso de Moná, frente a Marmato, y atacaron por sorpresa el cerro de Reventón, donde  Felipe Ortiz guardaba la frontera sureña.

 En forma simultánea, otra partida procedente de Manizales, con Rafael Ramírez al frente, cruzó el río Chinchiná  por Villamaría y dando un rodeo por la aldea de Condina, se dirigió a  marcha forzada hacia territorio del Quindío. En la madrugada del 25 de julio la avanzada  de Rafael Ramírez se acercó a  la aldea de Salento; por encima de los techos pajizos se elevaban las primeras bocanadas de humo de los fogones campesinos; los gallos empezaban a bajar de los chirimoyos para ensayar los primeros polvos mañaneros y los labriegos, lagañosos y  medio dormidos, dejaban los catres,  se enfundaban  en las ruanas y se dirigían a la cocina a deleitarse con  tragos de aguapanela, mientras les preparaban el desayuno con calentao
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El telegrafista del caserío se levantó como lo hacía todos los días del año; se persignó, se hizo el bañado de gato y puso un espejito frente al aguamanil para  afeitarse; luego de vestirse se dirigió a la cocina donde su mujer le sirvió  chocolate con queso y arepa y, arroz con fríjoles del día anterior.

En un rancho cercano al del telegrafista,  el mono Froilán García se volteó para el otro lado de la cama y se apretujó contra Aracelly: el día frio y nebuloso los pegaba a las cobijas y seguían arrunchados sin que los incomodara el ladrido persistente del perro y el canto acucioso del turpial enajulado pidiendo el cotidiano pedazo de papaya. De repente sonó una balacera y gritos vivando al conservatismo, a la Virgen Santísima y al Cristo redentor: parecía que el mundo se iba a acabar, que a Salento hubieran llegado los cruzados y estuvieran atacando a los sarracenos. Unos perdigones se incrustaron en la tablas del cuarto y Froilán  que se levantó medio dormido pensando que era el marido de Aracelly, que regresaba del Valle y pensaba acabar con su mujer infiel y al amante. Froilán lleno de pánico salió en calzoncillos con las botas en la mano y corrió a mil hacia la casa de sus padres, situada en la salida de Salento hacia el camino central. No pensaba en otra cosa que en salvar su pellejo y por eso no se dio cuenta que en contravía venían los revoltosos, que de una lo encañonaron y lo llevaron prisionero con los calzones en  la mano.

Mientras Froilán huía despavorido y Aracelly se guarnecía bajo la cama, los rebeldes tomaron por sorpresa a los seis soldados del gobierno caucano acantonados en Salento e hicieron salir en carrera mar a dos o tres liberales que intentaron hacer resistencia.

Froilán condujo a los revoltosos hasta la casa del telegrafista, que al darse cuenta de su llegada intentó saltar una tapia, mal le fue al pobre hombre, pues sin haber despachado el arroz con fríjoles lo sacaron a golpes de la casa, lo arrearon hasta la oficina y lo hicieron emitir varios boletines donde se anunciaba que la revolución había triunfado en Salento y que tras una cruenta y valerosa ofensiva los conservadores eran dueños de todo el Quindío.

Después de enviar los telegramas los alzados en armas cortaron las líneas, tumbaron varios postes y siguieron calle abajo, dejando a don Hermes, el telegrafista, tembloroso y amarrado  al lado de Froilán, que con los calzoncillos al revés y sin camisa  hacía compañía al corregidor y a los seis soldados del gobierno en manos de la revolución.

Las notas de la Gaceta del Cauca  no hablan de muertos o heridos en Salento en el “glorioso”l 25 de julio de 1876; sin embargo esa acción incruenta tuvo amplias repercusiones políticas, pues con  esa incursión armada el  Estado de Antioquia rompió la neutralidad y en alianza con el Tolima iniciaron una   guerra religiosa, cruel y destructiva,  que terminaría el 5 de abril de 1877 con la toma de Manizales, la derrota conservadora y el dominio de los liberales independientes, que abrieron las puertas del poder a Nuñez y sus secuaces.

El marido de Aracelly jamás regresó del Valle del Cauca: unos aseguraban que pereció en la guerra, otros que alguien le contó los devaneos de Aracelly y la abandonó; lo cierto fue que a los nueve meses del asalto a Salento,  Aracelly tuvo un monito igualito a Froilán García, un peladito que se escondía muerto de miedo cuando estallaba un triquitraque, oía un tiro o retumbaban los truenos, “un polvo que cuajó con susto”, afirmaban los entendidos.

 Como yo no soy experto en estos menesteres y no tengo documentos para afirmar o negar  qué la historia de Froilán y  Aracelly es cierta, si doy fe del relato del asalto a Salento, haciendo la salvedad que estoy contando lo que me contó mi amigo el ingeniero Hernán Martínez, que se sabe la letra gruesa y menuda de Salento y sus alrededores.