sábado, 15 de septiembre de 2012

EN CARTAGO LOS NEGROS ESTRENAN SU LIBERTAD


           Presidente colombiano José Hilario López                              

           
Alfredo Cardona Tobón *

En el último día de 1851 el resplandor de las fogatas encendió la noche Cartagena. Desde  una choza en las laderas del cerro de Santa Bárbara, la negra Eduviges Balanta observaba la población iluminada presintiendo que la próxima alborada traería una nueva vida para su raza. Por la colina subía el eco de los tambores y los ritmos alborotados de los africanos; innumerables antorchas, semejantes a inmensas luciérnagas, titilaban en las sombras en tanta que centenares de parejas danzaban  alrededor de las fogatas en violento torbellino.
Partidas de negros de los caseríos de Japio, de la Balsa, del Bolo y Zaragoza habían partido días antes hacia Cartago, adonde el presidente José Hilario López había llegado para presidir el primero de enero de 1852 la ceremonia de liberación total de los esclavos ordenada por la ley 22 de junio de 1850.

UN LARGO CAMINO

La abominable esclavitud  empezó a resquebrajarse en la Colonia, época en la cual los negros obtenían la libertad como un regalo del amo,  la compraban tras largos años de  privaciones y trabajo en aluviones y  socavones auríferos, o simplemente la arrebataban fugándose a regiones inaccesibles o a los palenques defendidos por los cimarrones.
La abolición de la esclavitud se hizo más evidente en la guerra de independencia  y es Cartagena la primera provincia  en prohibir el comercio de esclavos;  Antioquia fue más lejos al proclamar la libertad de los hijos de las esclavas nacidos después de 1814. En la reconquista española Bolívar huye a Haití y promete al presidente  Alejandro Petíón liberar a la gente de su raza a cambio de ayuda en soldados negros, armas y barcos. El Libertador cumple su palabra, pero priman los intereses de terratenientes, mineros y hacendados, que en el Congreso de Angostura, convocado en 1816, revocan el decreto de Bolívar, posponiendo la liberación hasta que hubiese recursos para indemnizar a los amos.
La liberación  de los negros se torna realidad con la ley 22 de 1821 que ordena la manumisión de los hijos de las esclavas nacidos a partir de la promulgación de la ley. La república siguió el ejemplo de la provincia de Antioquia en los tiempos del presidente Juan del Corral, sin embargo los legisladores se burlan del espíritu de la ley, pues los libertos quedan a merced de los amos hasta cumplir la mayoría de edad  y otra ley permite la  exportación de los esclavos, lo que da pie para que madres y críos se vendan a los esclavistas peruanos.
Por presión de los abolicionistas y de la opinión inglesa el gobierno nacional creó las juntas de manumisión, cuyo fin era comprar la libertad de los negros, pero su efectividad fue limitada por los dineros escasos en un país sumido en la pobreza.

INQUIETUDES INFUNDADAS

Se aseguraba que al ser liberados, los negros sé levantarían en masa contra los antiguos amos en una orgía de violencia y desafueros similar a la ocurrida en Haití. Se decía igualmente que los libertos invadirían las tierras de las haciendas y se negarían a trabajar en las propiedades de los blancos y los mestizos. Por otra parte estaba vivo el recuerdo de la guerra de los Supremos, con Obando al frente de montoneras negras y no se olvidaba la participación de los descendientes de los africanos en la guerra de la independencia, atraídos por las promesas de libertad en los bandos de patriotas y realistas.
Ante los rumores y el temor  a los negros de Bolo y de La Paila, el presidente Hilario López viajó a Cartago   a presidir el acto solemne de la liberación de los esclavos y a controlar, si fuera el caso, cualquier alteración del orden público.
El primero de enero de 1852 la negrería de Cartago y del norte caucano llenó las calles de Cartago. Esta población que fue epicentro de la conquista española, era ahora fiel testigo del acto oficial que liberaba a la raza oprimida. El presidente José Hilario López presidió los regocijos públicos y en todo el país las Sociedades Democráticas del liberalismo le dieron trascendencia a tan especial acontecimiento.

LOS SEUDO- LIBERTADOS



En la noche del primero de enero de 1852 la negra Eduviges Balanta vio llegar a su compañero Casto Cambindo, lleno de euforia y pasado de tragos.
_Ya somo libres Eduviges- dijo a su mujer.
-Y ahora que vamo a se negro. Quién nos va a dar la comida y los trapos y un rancho?-

Los turbios augurios de los esclavistas no se hicieron realidad, pero hubo un gran desajuste en la vida nacional. Por falta de mano de obra se malograron  haciendas y cultivos y numerosos negros vagaron sin rumbo, sin saber que hacer con su libertad, acostumbrados  a depender en forma absoluta de sus antiguos amos. Ante tal situación aparecieron los oportunistas; en 1853 el caudillo conservador Sergio Arboleda, defensor del viejo orden, inventó otra forma de esclavitud: reunió 174 manumisos de las haciendas de los Arboledas, los Arroyos y los Larrahondos y los contrató en la hacienda Quintero, brindándoles alimentación, vestido, techo y  salario. Arboleda  asignó una huerta  a cada familia y ató a los libertos a su hacienda, pues no les permitió laborar con otro patrón,  restringió la salida al pueblo y los puso bajo la férula de un capataz tiránico.
Muerto Arboleda, sus sucesores continuaron explotando a los descendientes de los seudo- libertados  en las modalidades de concertación, terrazgo y aparcería. Con la ley  22 de 1850 se cumplió parcialmente el sueño de Bolívar, pues continuamos bajo el látigo de  amos económicos y políticos. Basta con mirar la cuota del poder en Caldas para ver el abismo inconmensurable entre los llamados “ blancos” y el resto de los ciudadanos.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

PAISAJE CULTURAL CAFETERO (3)- LAS CASAS SOLARIEGAS

LAS CASAS SOLARIEGAS
Alfredo Cardona Tobón*


Al colono le bastó un rancho de vara en tierra  mientras abría la selva y sembraba maíz y frijol después, para proteger a su familia del sol y de la lluvia levantó una modesta edificación de bahareque con techo de paja  a la que adosó  corredores con chambrana de chonta y una cocina con fogón de leña, estantillos para curar la carne con el humo  y travesaños para colgar las ollas de barro y la chocolatera de cobre.
 Y las casas solariegas?
Las casas de alcurnia en medio de la pobreza general  vinieron después de las primeras olas de la colonización; llegaron con los grandes propietarios, con  monseñores y generales, con los Gutiérrez y Jaramillo, con los Arango y los Mejía… es decir con los paisas del curubito, dueños del poder, de prosapia alpargatuda y con algún alférez español en  el árbol genealógico.
Si los hidalgos  europeos tuvieron sus castillos, los epónimos ancestros criollos tuvieron su casa solariega, sin almenas pero con balcones y enormes ventanales, sin los austeros recintos de piedra pero con luz, flores,  solar con limonar; aguamanil  en vez de fuentes; patio empedrado y zaguán con enorme puerta y  contrapuerta.
La casa solariega de los bisabuelos con dinero y abolengo fue la impronta de la familia; se heredaba de generación en generación y se trasmitía como los genes o  la sangre… fue un santuario  con  historia y  fantasmas propios. El tamaño y el mobiliario de esas casas dependían de los recursos económicos,  del  número de hijos y eran indicadores de la posición social de la familia.
 BLASÓN DE UNA ESTIRPE
Los ancestros, por más poder y distinciones que ostentaran,  eran campesinos de alpargatas o de pie en el suelo aferrados a la tierra; por eso las casas solariegas estaban en el poblado y también se construían en el campo; las primeras buscaban el marco de la plaza o las manzanas adyacentes, las rurales aparecieron inicialmente en las zonas ganaderas y cuando surgió el café adornaron las grandes fincas cafeteras.
Las casas solariegas eran parte de la arriería,  del cacao, del comercio y  de los cruces camineros; no rimaban con aldeas pobres sino con poblados distinguidos como Salamina,  Aguadas, Manizales… y cuando apareció el café  engalanaron las zonas urbanas   y las veredas de Pereira, Calarcá, y Armenia .
LA CASA SOLARIEGA DE LA ZONA URBANA
La edificación es rectangular con un gran patio interior, habitaciones contiguas con puertas al exterior, amplios corredores internos, un zaguán con portón y contraportón, techo de teja de barro y un solar trasero con árboles frutales. La diferencia de las nuestras con las del oriente colombiano está en los materiales, pues las de  Villa de Leiva, por ejemplo, son de tapia pisada y en las de la zona paisa es el bahareque con guadua.
 Algunas casas solariegas tenían un portón auxiliar que comunicaba  un callejón lateral  por donde entraban las vacas de ordeño y las bestias hasta el patio trasero; el comedor era enorme, con mesa de cedro de doce o más puestos donde se atendía a los mayores, pues los chicos comían en la cocina, también con un      área enorme para dar cabida a graneros y alacenas con el menaje de uso cotidiano.
Los comerciantes y funcionarios preferían las casas de dos pisos. En el primero se ubicaba el negocio o el despacho y en el segundo se  alojaba la familia., atrás de la vivienda estaba el patio con árboles frutales y un corral para las gallinas.
LA CASA SOLARIEGA RURAL
Es de dos plantas, con corredores en ele en ambos pisos y  ventanales que llevan luz  y sol a las habitaciones contiguas. En la parte baja está la cocina,  el lavadero, el cuarto de trebejos y el depósito  para guardar los bultos de café  o de maíz, y en el amplio corredor central se ubica el comedor de diario.
En la parte alta están los dormitorios con cuartos amplios para varias camas; en la finca  no hay  sala de recibo, la zona social está en el corredor del  segundo piso donde se atienden visitas y se reúne la familia para departir y rezar el rosario.
En el poblado  predominan los colores austeros, pero en el campo se aprecia  la algarabía de colores amarillos y verde biche,  rojo fiesta, azul español y azul eléctrico. Por doquier hay materas, tiestos de auroras y helechos de  todo tipo.
En las casas construidas  en la época del cemento prima el ladrillo con corredores de guadua  y madera y  últimamente se han remplazado las cubiertas de tejas de barro por otras de fibrocemento


DE AYER A HOY
El costo de la tierra y la pica de los constructores  van diezmando las casas solariegas de las ciudades en tal forma que apenas se aprecian en algunas zonas  de las capitales del Eje Cafetero y en Aguadas y Salamina. Esas casas enormes aferradas al pasado se van convirtiendo en bibliotecas o en centros  culturales Las casas señoriales rurales han  corrido con mejor suerte: se han librado de los urbanizadores; ya no son el centro de las antiguas fincas  pero se están convirtiendo en hoteles  y alojamientos campestres: son joyas de un pasado, engastadas en el verdor de los cafetales y las haciendas ganaderas, con campos deportivos, piscinas, jacuzzis, asaderos y muy cerca de centros poblados, de aguas  termales y parques temáticos. Son oasis de paz, de aire limpio, envueltas por el canto de los pájaros y los grillos
Algunas, como la del Arenillo de Manizales o la Casa de Monseñor en Salamina, son símbolos históricos; otras como la de Llanoverde en Pereira reviven el olor de los trapiches y la estampida de las mulas bajo los ciruelos centenarios que  enmarcan el paisaje.
* 

domingo, 9 de septiembre de 2012

LAS HAZAÑAS DE FERDINAND MACHAUX


Alfredo Cardona Tobón*

                         En este avión aterrizó Machaux en Dosquebradas

La postguerra del dieciocho trajo a nuestro suelo a numerosos pilotos europeos, que sin oficio en la vida civil, vinieron a buscar nuevos horizontes en Suramérica.
Los alemanes dirigieron la primera escuela de  aviación en Colombia, establecieron la primera empresa aérea de transportes en el país y una de las pioneras en el mundo; atendieron el primer correo por aire, unieron las dispersas e incomunicadas regiones de Colombia y luchando, al igual que varios franceses e italianos, por una patria que no era suya, decidieron el destino del vasto territorio sureño pretendido por los peruanos.

Fue el capitán Helmuth Von Krohn el primer piloto que aterrizó en Bogotá en un hidroavión  cuyos flotadores reemplazó por el tren de rodaje de un viejo auto Hudson. Llegar a Bogotá o a Manizales en  aeroplanos de lona sacudidos por los vientos, era una hazaña que rayaba en suicidio al navegar entre nubes a puro ojo y descender en campos improvisados, señalados por sábanas blancas y medio aplanados con pala y con carretilla. El francés René Guichard, estrenó los cielos manizaleños, quizás más peligrosos que los bogotanos, pues en la sabana  había dónde aterrizar y  en Manizalesí tuvo que planear sobre una estrecha manga, rodeada de cerros en sus tres costados.

EL MONOPLANO ANTIOQUIA EN CIELOS PEREIRANOS

Mientras los alemanes operaban en el norte y en el centro de Colombia, el italiano Ferruccio Guicciardi  llevaba el primer avión a Cali y extendía sus operaciones hasta Tuluá. Paralelamente,  el paisa Francisco González tomaba como centrote operaciones  a Tuluá y operaba el monoplano “Antioquia” con el piloto francés Ferdinand Machaux..

El “Antioquia”era un avioncito de alas de lona, que sobrevivió al “Goliath”, al “Cartagena”y al “Santa Marta”, todos ellos pertenecientes a una compañía antioqueña y que acabaron estrellados en los riscos cordilleranos.
Un día de marzo de 1921 llegó al campo de aviación de Tuluá Vicente Bernal Botero, alias ‘Tico’. Después de tres días de fatigante viaje, el pereirano llegó al lado del “Antioquia”  y observó al viejo volador de color azul  oscuro, lleno de parches y remiendos y con el tren de aterrizaje asegurado con alambres. Como era el único avión que había visto no hizo comparaciones. Su interés era montar en el aparato y aterrizar en su ciudad ante el asombro  y la admiración de sus paisanos.
“Tico” convino precio y fecha con González y de regreso a su tierra, escogió con el empresario, un potrero contiguo al Club Campestre de Dosquebradas, donde  el “Antioquia” y  “Tico” descenderían desde las altas nubes.
A las diez de la mañana de un miércoles de junio de 1921, día de Mercado en Pereira, los vecinos oyeron un rugido en el aire y vieron al “Antioquia”revoloteando en círculos como un gallinazo. Unos miraban lelos y con la boca abierta y otros se santiguaban sobrecogidos de asombro. Al fin el aparato empezó a bajar y enfiló rumbo hacia la finca “La Víbora”, se asentó en la manga y entre brincos en el pasto y el corcoveo de los caballos asustados, el aeroplano detuvo su correteo.
Una cosecha de aplausos y abrazos recibieron  a Machaux y a “Tico” a quienes,  como héroes, llevaron en hombros hasta la ciudad. Dado que las pereiranas quisieron dejar constancia de que eran tan “machas”como “Tico”, el domingo siguiente Olga Mejía Botero y Rita Marulanda, vestidas a la última moda y cuidadosamente abrigadas, alzaron vuelo con Machaux, y  volaron sobre su linda ciudad.

EL VUELO A MANIZALES

Machaux y González siguieron estrenando cielos. El turno siguiente fue para Chinchiná adonde aterrizaron el 10 de julio de 1921 en una pista improvisada, y  empezaron a preparar a la aeronave  “Antioquia” para que pudiera elevarse y posarse en la encaramada Manizales.
El 14 de julio de 1921 los dos ases del aire dieron los últimos toques al avión y enfilaron el motor hacia la capital caldense. No serían los primeros en  tomar pista en la ciudad, pero esperaban tener más fortuna que el francés Guichard y el ‘ñato’ Hoyos Robledo cuyo aparato casi se desbarató en el aterrizaje. A ochocientos metros de altura el “Antioquia” sobrevoló Manizales, y se ignora por qué no aterrizó. Quizás fue porque notaron una rueda desinflada, o  debido a vientos  o  a poca visibilidad en la pista.
Los aviadores regresaron a Chinchiná y tocaron tierra con gran dificultad debido al daño en la llanta. Mientras González viajaba a Cali a conseguir  un repuesto y otro piloto, pues había disgustado con Machaux, éste decoló sin permiso, con la llanta rellena de paja, y el 20 de julio de 1921 se asentó en el campo de la Enea.
“Por segunda vez- escribió el cronista Mauricio en el diario “La Patria”- un aeroplano rasgó el azul de nuestro cielo. Fue una grata sorpresa… el ruido potentísimo del motor y la figura del pájaro metálico se llevaron tras de sí todos los ojos y los corazones… era Machaux el atrevido, otro valiente hijo de Francia que se aventuró hacia una región desconocida, a posarse en un campo peligroso, donde no hace muchos días se estrelló el aparato de Guichard”
Como en Pereira y  en Chinchiná, el recibimiento fue apoteósico. A las cinco de la tarde Machaux encabezó un desfile de autos, coches y camiones que llenó la Avenida Cervantes y cuya polvareda se extendió por cuadras…

*