jueves, 4 de octubre de 2012

PAISAJE CULTURAL CAFETERO 4- LAS RUTAS DEL CAFÉ

Alfredo Cardona Tobón*

Barco de paletas cerca del puerto de La Virginia en el rio Cauca- Colombia-


A principios del siglo XX una recua de mulas cargada con café sale de Manizales, pequeña ciudad de 24.000 habitantes; tres caminos la llevan a las tierras bajas, a cual más peligroso y lleno de obstáculos; toman la vía de Moravia y a  varios  días de  sortear tragadales, la partida llega a una estación del tren de La Dorada. 
El aire reverbera, parece que mulas y arrieros estuvieran sumergidos en una chocolatera hirviente y cuando la locomotora pita y rechina sobre los rieles, el perrito trompinegro que acompaña al caporal, huye despavorido con la cola entre las patas y se pierde para siempre en el rastrojero de las riberas del río Magdalena.
Los arrieros descargan los animales y los coteros van arrumando  los bultos en el depósito de la compañía inglesa  para luego llevarlos a las bodegas de un barco de la misma compañía que los llevará a un  puerto de la costa Atlántica, si el nivel del agua lo permite,  o se recalentarán durante semanas  dentro del barco en tiempos de sequía.
Si la embarcación no se vara en un arenero y no fallan las  máquinas,  por fin  llega al océano,  bajan los bultos de café y en canoas lo embarcan de nuevo en un navío  que cruzará el Atlántico rumbo a  Norteamérica o a Europa.
HACIA EL OCEANO PACÍFICO
Otra recua de bueyes sale de Manizales hacia Buenaventura; van más de cincuenta animales lentos y ‘pachochos’ pero más seguros y fáciles de manejar;  no tienen los resabios de las mulas, que aprovechan el primer descuido para desviarse a comer yerba o se hacen las cansadas en cualquier recodo del camino.
Los  bueyes se descuelgan por el Alto de San Julián, atraviesan  Santa Rosa de Cabal y con paso parsimonioso  entonan un concierto de mugidos al  llegar  al puerto de La Fresneda  sobre el rio Cauca, al frente de Cartago,  donde los arrieros, tan lentos como los bueyes, descargan sin afán los bultos de café de  60 kilogramos que de inmediato  se llevan al barco Cauca, que tiene capacidad para 180 bultos.
El vapor Cauca es un barco  de apenas 10 toneladas, pero hay otros como el Mercedes, de 200 toneladas de capacidad,  que no solamente cargan café y otros productos,  sino  también los pasajeros que llegan de Manizales y Pereira en viajes de placer o de negocios.
Tras cinco días de navegación  el barco llega a  Puerto Isaacs, se  vuelve a cargar el café en mulas y  empieza otro recorrido azaroso y lleno de peligro en medio de montañas eriazas que lleva la partida hasta la estación de Córdoba en el trayecto entre Cali y Buenaventura. Allí de nuevo suben el café a los vagones y el tren de carbón los arrima a los muelles de Buenaventura, para el embarque hacia el extranjero. Fue un viaje de centenares de kilómetros por ciénagas y pantaneros,  en medio de diluvios y  el calor sofocante del trópico.
OTRAS RECUAS
El café  de las laderas de Belálcazar y del Tatamá se sacaban a lomo de mula por trochas que iban a Puerto Chávez y a La Virginia. Los trayectos no eran tan largos pero estaban llenos de peligros por las fieras, la topografía y los bandidos que asaltaban las recuas.
Los arrieros de la región además de dominar las mulas eran macheteros y guapos. Fue famoso  Pedro Benjumea, un jayanazo de dos metros de altura, capaz de levantar una mula cargada. Cuenta la leyenda que Benjumea bajaba de Balboa y Santuario con enormes partidas hasta las orillas del Cauca. Después de descargar el café  departía con sus amigos hasta muy entrada la noche; nadie se atrevería a viajar en las sombras con decenas de mulas y menos por la trocha de la Giralda, plagada de espantos y almas en pena; solamente lo hacia  Pedro Benjumea.“Aquí voy con el sol que más alumbra” decía al partir mostrando una botella de aguardiente.
A falta de un Cauca navegable,  los antioqueños llevaron el ferrocarril a sus orillas para transportar el café del suroeste de su departamento y del norte de Caldas. A Bolombolo, primero, y luego a La Pintada, los arrieros de Aguadas y de Pácora llevaban parte del café de la zona y el resto del grano lo descargaban en una pequeña estación de un tren en miniatura que los paisas avispados tendieron de contrabando sobre territorio caldense.
 A la Pintada llegaba también el café de Riosucio y Supia, que pasaban en planchón con mulas y carga para llevarlo por ferrocarril hasta Puerto Berrío donde con  el café del norte de Caldas y el de Antioquia se embarcaba por el río Magdalena.
 EL CABLE Y LOS FERROCARRILES
Las exportaciones de café crecieron en razón directa a la extensión de las líneas ferroviarias y estas se alargaron a medida que aumentó la producción de café. Los caminos terminaron en las estaciones que fueron inmensos corralones de mulas y de bueyes.
Con la demanda de carga, los empresarios ingleses complementaron el ferrocarril de La Dorada con un cable  aéreo  que  enlazó la estación de Mariquita con Manizales. Por su parte, el departamento de Caldas construyó otro cable que conectó su capital con el sitio de Muelas en cercanías de Aranzazu que transportó gran parte del café del norte de ese departamento.
Mientras Manizales se defendía medianamente con los ineficientes cables, se tendió una vía ferroviaria para enlazar la región con  el ferrocarril del Pacífico que en 1923 había llegado a Cartago y se extendía hasta Buenaventura.
  El ferrocarril de Caldas arrancó en Puerto Caldas, a orillas del río La Vieja,  llegó a Pereira, un ramal lo unió con Armenia y otro con La Virginia. Atrás quedaba la época de las trochas camineras  y Pereira desplazaba a Manizales  en el comercio del café, pues hasta su estación de tren llegaba el grano del occidente y del centro de Caldas.
 Cuando por fin  el tren llegó a Manizales,  el afán no eran las ferrovías sino las carreteras y  Pereira  y Armenia  llevaban la delantera en ese sentido. El ferrocarril quebró las empresas navieras y a muchos dueños de recuas, pero el esplendor de las locomotoras no duró mucho, pues la burocracia y los malos manejos, más que los camiones, se encargaron de anular  la obra que tanto esfuerzo y dinero costó a los colombianos.
Después de varias décadas parece que regresan los trenes; reverdecerán los recuerdos y  no faltarán  poetas y  viejos nostálgicos que en noches de luna  vean a Pedro Benjumea arriando mulas, perciban  los espantos  por  las trochas de La Virginia y  sientan el bufido de la locomotora Zapata pidiendo paso, como un toro amarrado, para  borrar con  sus ruedas  la herrumbre de los rieles enterrados en los cafetales..      

martes, 2 de octubre de 2012

HUMBERTO GÓMEZ EN LA COMISARÍA DE ARAUCA

 UNA  REBELIÓN INDEPENDISTA EN LOS LLANOS
Alfredo Cardona Tobón*


La remota región entre los ríos Arauca y Orinoco fue colonizada y ocupada inicialmente por los venezolanos, y su desarrollo fue tan lento, que su caserío principal, fundado el 4 de diciembre por el sacerdote Isidro Daboin, apenas contaba con 1500 vecinos  a mitad del siglo XIX y no llegaba a tres mil al empezar el siglo XX.
Desligada del resto de Colombia y con el tráfico fluvial restringido por el dictador venezolano Cipriano Castro, la situación de Arauca no podía ser peor en 1900: dependía casi totalmente de Venezuela y su economía era paupérrima, pues sus habitantes, casi todos del país vecino, solamente vivían de la venta de  cueros de res y de las plumas de garza que demandaba la moda europea.
Ante la mínima presencia colombiana, los araucanos se levantaron en armas  en 1910 lo que obligó al gobierno central a segregar la región del Casanare y crear la Comisaria de Arauca, lo que poco sirvió, pues allí descargaron funcionarios siniestros y corruptos que enviaban a la comisaría porque no había lugar para ellos en otros puntos del país.
Además de la pobreza y la mala administración menudeaban en Arauca el abigeato para descuerar las reses y  la lucha por las garceras, donde los  antisociales abatían miles de aves en cada entrada para quitarles las plumas, pues la demanda europea no podía atenderse con las plumas que naturalmente mudaban las garzas.  A ese ambiente hostil con resequedad en los veranos e inundaciones en los inviernos se sumó la proliferación de las plagas, pues al descender el número de garzas  aumentaron los bichos que constituían su alimentación.
APARECE HUMBERTO GÓMEZ
Entre los pocos datos sobre Humberto Gómez, se sabe que nació en Santander en  1887; vivió en varios pueblos boyacenses donde ejerció la carpintería al igual que en  Guárico, Venezuela, donde trabajó con los hermanos Gagaldón, caudillos del llano y poderosos contrabandistas de ganado y de plumas de garza.
En 1912 Humberto Gómez se radicó en Arauca, donde contrajo matrimonio y se desempeñó como mayordomo del Hato las Delicias; por razones personales no esclarecidas,  el Comisario de Arauca, Esteban Escallón, se dedicó a perseguirlo y los esbirros del funcionario, incluso, trataron de asesinarlo.  Ante esa situación  Humberto repasó el río Arauca  y desde territorio venezolano buscó la manera de vengarse.
Humberto Gómez consiguió el apoyo de la cuadrilla de un bandido apellidado  Pérez Delgado que le suministró armas para los llaneros que de un lado y otro de la frontera odiaban  al comisario  Esteban Escallón por su trato tiránico y sus antecedentes como ex-subdirector de la policía nacional en Bogotá.

LA REBELIÓN INDEPENDISTA
Las motivaciones de Humberto Gómez, además de  personales y partidistas tuvieron un trasfondo social e independista que diferencia su rebelión de la mayoría de los alzamientos colombianos.
 Un testigo presencial narra los sucesos del treinta de diciembre de 1916:
“A las cinco y media de la mañana fue asaltado el cuartel de la policía por una cuadrilla de malhechores compuesta por 35 individuos, capitaneados por Humberto Gómez, los que asesinaron al general Esteban Escallón y a otros ocho funcionarios... después de esto pusieron presos a la mayor parte de los empleados del gobierno gritando ¡Viva el partido Liberal!- ¡Abajo el gobierno de Concha!... luego tomaron de las varias oficinas los dineros del gobierno destruyendo muebles y quemando algunos archivos, especialmente el del Juzgado de Circuito de la Comisaría... exigieron empréstitos en dinero y mercancías y expropiaron toda clase de bienes de distintas personas.”
El ataque se esperaba de tiempo atrás, pero el general Escallón sin dar crédito a los rumores debilitó la guardia del puerto al enviar una partida a traer el correo y otra en busca de Humberto Gómez. Los rebeldes tenían todo preparado, conocían los movimientos de la tropa de Escallón y contaban con infiltrados en la guarnición, entre ellos un cabo que a la hora del ataque hizo levantar a los soldados, para que, sin armas, hicieran  aseo general al cuartel.
Aunque en Arauca se habían presentado levantamientos liberales en 1895 y en  1899, en 1916, además de invocar los principios del partido, los rebeldes exigieron la atención de los poderes centrales y la reivindicación de los derechos de esa  región olvidada: “Ante la justicia ultrajada- decía Gómez en una de sus arengas- ante muchos derechos conculcados y la vida amenazada, hemos izado la bandera de la libertad en las regiones araucanas.”
Ni los liberales del resto del país, ni los propietarios de las haciendas y los fundos ganaderos respaldaron la rebelión de Humberto Gómez y entre sus hombres surgieron divergencias desde el primer momento, pues aunque la mayoría luchó por  Arauca, otros se adhirieron a la revuelta para robar y matar como sucedió en el poblado de El Viento que redujeron a cenizas y Colombia perdió desde entonces  pues la gente invocó la protección de los federales venezolanos.
LA RECONQUISTA OFICIAL
El 9 de enero de 1917 el presidente Concha declaró el Estado de Sitio en Arauca y envió dos columnas militares: una marchó por las trochas boyacenses de Chita y Tame bajo el mando del general Jesús García y la otra avanzó por el río Meta con el general Manuel Molano Briceño a la cabeza.
Las atrocidades atribuidas a los hombres de Gómez palidecieron ante los atropellos de las fuerzas oficiales. Las tropas del gobierno entraron al caserío de Arauca el 5 de febrero de 1917 e iniciaron una retaliación indiscriminada. Uno de los oficiales trató de justificar los crímenes ante un periodista: “¿Qué quiere usted que haga una fuerza que va a las pampas de Arauca a perseguir bandidos?- No iba a pelear con un ejército organizado, se trataba de cazar fieras... la gente de Gómez se dispersó en la llanura y hubo necesidad de cazarlos como tigres.”
La cárcel de Santa Rosa de Viterbo se  atiborró de prisioneros, muchos de ellos inocentes. Las autoridades de Venezuela apresaron a Humberto Gómez y a su estado mayor y luego los dejaron en libertad; posteriormente los gobiernos conservadores buscaron la extradición de Humberto Gómez sin lograrlo; muchos años después el  rebelde regresó a Colombia y en los años cincuenta murió en Cúcuta, dejando en la historia la huella de un régimen independista de 36 días.