sábado, 20 de octubre de 2012

EL FERROCARRIL DEL RIO ARMA

EL FERROCARRIL  DEL RÍO ARMA

Alfredo Cardona Tobón*



El recuerdo del “ferrocarrilito” de dieciséis kilómetros que se extendió desde el sitio del Oro hasta la desembocadura del río Arma en el Cauca, se perdió, al igual que los silbidos de “Tista”, de “Pacho” y de los otros arrieros que trasegaron los caminos de Caciquilla, de Buenavista  o La Mermita con el café caldense que daba nombre al grano “Medellín Excelso”.
Ese ferrocarril que parecía de juguete no figura en la historia vial de la región y los antioqueños le dedican  tan sólo unos reglones. Fue una obra que se ejecutó y se sostuvo sin alharacas, quizás porque fue una especie de invasión ignorada o tolerada por Manizales y que sirvió por varios años a los intereses cafeteros de Aguadas y Pácora.

EL FERROCARRIL DEL CAUCA

Ese fue el nombre que le dieron los antioqueños a la línea ferroviaria que saliendo de Medellín,  pasó por Itaguí, por Fredonia, venció  los desfiladeros de la quebrada Sinifaná, se detuvo unos meses en Bolombolo y paró en La Pintada mientras el ingeniero Villa construía un puente colgante sobre el Cauca.
A medida que se multiplicaban los durmientes y la carrilera se alargaba hacia el sur, la Junta del Ferrocarril de Antioquia los iba engarzando con carreteras a Bolívar, a Jericó, a Támesis y Valparaíso. El 26 de julio de 1928 se inauguró la Estación Bolombolo y allí confluyó el grano de la zona más cafetera de Antioquia y del norte caldense. En las sesiones de 1933 la Asamblea del vecino departamento aprobó la construcción de la carretera entre Valparaíso y Hojasanchas y  la zona cafetera del Alto Occidente de Caldas tuvo acceso a La Pintada, donde en 1944 el ferrocarril antioqueño empalmó con el tren que venía de Buenaventura por Cartago.

A LA ESTACIÓN DEL ORO

“ Tista”cargó el macho cenizo, apuró un tinto cerrero y con silbido y un madrazo enfiló la pequeña  partida loma abajo con dirección a la tierra caliente. Se alejaron las brumas de Aguadas, se sintió el tropel de la recua en Caciquilla y se oyó una letanía de maldiciones desde Arma hasta el alambrado de la casona- estación del Oro.
En el amplio corredor de la bodega los arrieros empezaron a descargar los bultos de café  y terminado el trabajo, “Tista” se acomodó el carriel, se terció la mulera, prendió un tabaco y entre fumada y fumada se acercó al tambo donde colegas de Pácora y de Aguadas desenjalmaban y organizaban riendas y retrancas. “Tista”desenjalmó las bestias y las llevó al corralón, donde en medio de pedos y relinchos, los animales corrieron como alma que lleva el diablo y sumergieron sus ardientes hocicos en el tanque de agua fresca

EL FERROCARRIL INDUSTRIAL

Mientras se prolongaba la carrilera de Bolombolo a La Pintada, la Junta del Ferrocarril de Antioquia construyó un tren pequeño, como de juguete, con apenas sesenta y cinco centímetros de trocha, para llevar a Bolombolo el café de Aguadas y de Pácora.
Ese tren de poca capacidad, que los ingenieros antioqueños denominaban “el ferrocarrilito”y que los directivos paisas llamaban “tren industrial” llevaba la carga de la Estación del Oro, en territorio aguadeño,  hasta la desembocadura del Arma en el río Cauca; allí se embarcaba en lancha de gasolina hasta el  puente de Jericó y se montaba en el tren que seguía hacia la ciudad de Medellín.
El trayecto en mula, en el tren industrial y en el ferrocarril se cobraba en el mismo paquete. Todo ello se facturaba con tarifas del tren de Antioquia. Era una jugada inteligente, muy propia de los paisas de Medellín, que aseguraban carga para la línea férrea tanto con café como con el carbón de la zona, que servía de combustible en la capital antioqueña y a las máquinas que desde junio de 1929 pasaban por el túnel de la Quiebra directamente hasta Puerto Berrío.
Además de lo anterior, el café del norte de Caldas se trillaba en Medellín, donde más de 3000 obreros vivían de tal actividad y se aprovechaba la excelente calidad del café del norte de Caldas.

DESAPARECE EL FERROCARRILITO

Al entrar en servicio la Troncal de Occidente, el tren industrial dejó de ser útil y competitivo. El café del extremo norte de Caldas continuó fluyendo hacia Antioquia por fletes, comercialización y facilidad de transporte, pero por las estaciones de la banda derecha del Cauca y luego por la carretera entre Aguadas y la Pintada, que en parte se construyó sobre la banca del ferrocarril industrial.
El trencito del Arma operó aproximadamente  entre 1928 y 1944 Cuántas historias se perdieron con sus rieles?- Cuántos recuerdos se volvieron polvo como sus traviesas?-

Un día cualquiera “Tista”  y  “Pacho”  no oyeron más los pitazos del ferrocarrilito y despachador y bodeguero empezaron  a añorar los desayunos con “hogao”y  la leche con natas en la cocina de la Hacienda. El eco se quedó sin madrazos y el río Arma sin los pitazos del trencito  que  pudo haber tenido un maquinista de peluche y una chimenea con copos de algodón como humo.

jueves, 18 de octubre de 2012

BOLETA DE CAPTURA

Alfredo Cardona Tobón*
                                  Foto tomada del Diario del Otún

El escritor y periodista Aldemar Solano Peña acaba de publicar su libro “Boleta de captura” que relata el operativo, la captura de más de cien habitantes de Quinchía y los ominosos meses que permanecieron en varias cárceles del país.
La narración de los hechos empieza en septiembre de 2003: “...hemos llegado hasta diecisiete veredas de la zona rural del municipio de Quinchía- declaró  el subdirector de la policía - llegamos en la madrugada del domingo, los capturamos, hicimos presencia contundente y la vamos a seguir haciendo porque vamos a seguir debilitando y neutralizando a estas agrupaciones de delincuentes”.
Por “indicios”, por meras sospechas y por afirmaciones de testigos sin credibilidad (y parece que presionados por fuerzas oscuras), se montó un show de película con helicópteros artillados, fuerzas de élite, el avión fantasma, numerosos soldados y policías que irrumpieron en las calles y campos de Quinchía,  apresaron al alcalde, a dos candidatos a la alcaldía, al concejal más antiguo de Colombia, al comandante de bomberos, a un anciano ciego, a funcionarios municipales, a numerosos  campesinos y a líderes agrarios.
Dos años más tarde la fiscalía tuvo que liberar a casi todos los capturados porque no encontraron pruebas y se comprobó que todo se montó con testigos espurios y con base en chismes, tramoyas e “indicios”. Fue otro falso positivo de la Seguridad Democrática que atentó contra un pueblo que ha sufrido vejámenes de la policía, de los bandidos amparados por banderas azules y rojas,  de los milicianos del EPL, de los paramilitares y del Ejército Nacional. Fue otro golpe doloroso  a una comunidad que ha sido víctima de todos los atropellos y ha sufrido las retaliaciones de unos y de otros.
Al leer el libro “Boleta de captura” llegan a la memoria episodios similares que se repiten en Quinchia cada vez que el Estado quiere mostrar su poder en épocas donde se rebasa su capacidad de garantizar la paz a los colombianos. Veamos los más recientes:
EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS
Al empezar el siglo XX las guerrillas liberales de Quinchía mantuvieron en jaque a las tropas gobiernistas con base en Manizales, Salamina y Cartago; los irregulares emboscaban y luego se ocultaban en las montañas o se mezclaban entre la población civil.
Los comandantes gobiernistas, al ver que no podían someter a la guerrilla, atacaron a  la comunidad quinchieña para amedrentarla y aislar a los revoltosos.  Fuerzas regulares apoyadas por voluntarios irrumpieron en la cabecera municipal e indiscriminadamente apresaron a cuanto varón cayó en sus manos. En el poblado capturaron a un  alcalde anciano  y al sacristán de la iglesia y como en el pueblo no había más varones pues solo quedaban allí las mujeres viejas y los niños, se regaron por los campos y pasaron por las armas a decenas de inocentes.
Ningún prisionero sobrevivió: asesinaron en la cárcel al alcalde  Santiago Rico mientras cumplía con una obligación fisiológica y frente a la iglesia fusilaron al sacristán y a otros cinco ciudadanos. El padre Guzmán trató inútilmente de frenar la matanza y nada consiguió. Algunas victimas recibieron  el consuelo del último sacramento y las demás quedaron en cualquier chamba perdida en los caminos.
EN LA VIOLENCIA POLÍTICA DE MITAD DEL SIGLO XX
Desde 1949 la comunidad de Quinchía, de profunda estirpe liberal, se vio rodeada de municipios conservadores que quisieron acabar con su gente; entonces surgieron cuadrillas de autodefensas como la del “Capitán Venganza” quien aglutinó  a los campesinos y constituyó un  feudo donde su palabra fue la ley.
El Estado, que contemporizó con los atacantes de Quinchía, fue incapaz de controlar a los secuaces de “Venganza” que se convirtieron en un azote para los  vecinos y para los quinchieños. Finalmente, al instaurarse el Frente Nacional, el  ejército tomó el control del casco urbano  de Quinchía y  comandos militares se adentraron en los campos para capturar a “Venganza” y a sus  seguidores.
En uno de los  operativos, los militares asesinaron a “Venganza” y para dar el puntillazo final a la “Republica de bandidos”  efectuaron redadas indiscriminadas y apresaron a centenares de campesinos, entre quienes había mucha gente inocente. Ese fue el sistema inmediato para mostrar el control del gobierno, dejando a un lado todas las normas de derecho.
A los capturados se les llevó atados con cadenas a las cárceles de Manizales y de Pereira, sin abogados que los defendieran y sin cargos concretos que justificaran una retención que llenó de dolor no solo a los presos sino también a innumerables hogares que quedaron en la miseria.
Como no había pruebas y tampoco “indicios”,  antes de un año tuvieron que liberar a la inmensa mayoría de retenidos  que quedaron  en las calles de Manizales y Pereira sin un centavo y sin manera de regresar a sus hogares.
Lo ocurrido a principios del siglo XX, los arrestos durante la violencia partidista y lo sucedido durante el régimen de la Seguridad Democrática en el municipio de Quinchía  son actos que no tienen justificación, son atropellos contra un pueblo pobre, sin padrinos, que ha sido víctima y no victimario,  que pese a todos los sufrimientos y vejámenes sigue aferrado a su tierra.
Las retaliaciones y los abusos no son los instrumentos más adecuados para cimentar la fe de los quinchieños en la Democracia y evitar que los antisociales se aprovechen de las duras condiciones sociales y económicas de la población. Ojalá las denuncias en “Boleta de captura” sirvan para que en un futuro las autoridades piensen en los inocentes atropellados y les importe más el derecho de los colombianos que los espectáculos mediáticos para dar contentillo a los jefes.
La denuncia de Aldemar Solano Peña  en su libro “Boleta de captura”  deja al descubierto otro fiasco de la Fiscalía; muestra  otro falso positivo a costa de la gente humilde.

lunes, 15 de octubre de 2012

POR EL AMOR Y POR LA PATRIA

Alfredo Cardona Tobón*

Los hombres se comprometen con una causa para hacer justicia, apoyar al débil y al oprimido, o para buscar la gloria y el poder empujados por la ambición, el afán de lucro o por la pobreza. La mujer, además de lo anterior, le agrega el sentimiento y el corazón que la impulsa para enfrentar  todos los riesgos y soportar las mayores vigilias al lado  del hijo o del compañero, respaldándolos, asistienéndoles en la enfermedad y cerrando sus ojos cuando la  noche se cierna sobre las tumbas.
Las mujeres han dejado una huella indeleble en nuestra historia. Fueron ellas las que tras de nuestros héroes los animaron  para perseverar en la lucha.

Recordemos tres valerosas damas:
REMEDIOS ESCALADA DE SAN MARTÍN


 Los argentinos guardan la memoria de Remedios Escalada de San Martín, una bella niña de quince años que dejó las muñecas para unirse a  la agitada vida del Libertador del Sur, que casi le triplicaba en edad.
San Martín conoció a Remedios en una fiesta y tras un corto noviazgo la hizo su esposa. La frágil jovencita dejó la casa paterna, donde vivía como una princesa, y al lado de su esposo marchó con las tropas unitarias desde Buenos Aires hasta Mendoza, un largo trayecto, que aún hoy se hace eterno al recorrerlo en tren o en automóvil.
En Mendoza, Remedios Escalada y las patricias republicanas  recogieron fondos, donaron sus joyas, cosieron uniformes y dieron aliento a la gauchada que preparaba la invasión del Alto Perú.  San Martín le pidió bordar la bandera patriota propuesta por Belgrano y Remedios recorrió el comercio mendocino hasta encontrar la tela del azul celeste, que bordó con esmero, para hacer el emblema glorioso que acompañó a las tropas argentinas hasta el puerto de Guayaquil.
La ardua campaña cobró su precio a la esposa de San Martín, una severa tuberculosis atacó a Mercedes y la hizo  regresar a  la casa paterna con su pequeña hija Merceditas.  Una aparente mejoría   permitió su regreso a Mendoza, pero el mal estaba avanzado y se vio obligada a volver a Buenos Aires, donde murió sin ver de nuevo a San Martin.

 MELCHORA CUENCA
Los uruguayos  no olvidan a la lancera mestiza, madre de dos de los hijos de  José Gervasio Artigas, el Protector de los pueblos libres del Río de la Plata. En cuecas y tonadas  los orientales hablan de la  guerrillera que acompañó  al líder federal en su lucha contra los españoles, los unitarios rioplatenses y los invasores brasileños.
Melchora.  amante de Artigas. con amor y generosidad lo acompañó en su lucha contra  el dominio español;  contra el egoísmo y la traición de los porteños y los sueños expansionistas de Rio de Janeiro.  Con lanza en la mano, Melchora  respaldó al caudillo y no se dolió cuando en el éxodo hacia las provincias interiores, Artigas la abandonó en Montevideo.


PEPITA PIEDRAHITA
El “Pacificador” Pablo Morillo se acercaba a Santa Fe y la república estaba irremediablemente perdida. Las fuerzas de Santander se internaron en los Llanos y las escasas huestes del presidente José Fernández Madrid huyeron a Popayán.
Ante la renuncia de Fernández Madrid, el Congreso de las Provincias Unidas nombró  al joven general Custodio García Rovira  presidente- dictador del efímero gobierno que empezó el 22 de junio de 1816 y terminó dos meses después.
La república iba en el lomo de los caballos de García Rovira y bajo su débil amparo se movilizaba una columna de refugiados civiles en su huída de la represalía española.
En un gesto desesperado, los patriotas atacan las fortificaciones de la Cuchilla de Tambo y las enlutadas banderas son la mortaja de la Patria en agraz, los pocos sobrevivientes buscan el amparo de la selva y con rumbo al sur buscan el río Amazonas para internarse en territorio brasileño.
Para los civiles es un suicidio, el camino por el Caquetá es peligrosísimo y las posibilidades de llegar al Brasil son muy pocas. Ante tales circunstancias los exilados prefieren enfrentarse a los realistas y no  a la muerte segura en la manigua.
Entre los desplazados que acompañan a García Rovira están los esposos Piedrahita con cuatro hijas, entre quienes sobresale María Josefa  por su belleza y su espíritu aventurero.  Cuando sus padres deciden regresar a Santa Fe, Pepita insiste en continuar con la tropa, pues su corazón palpita por Custodio García Rovira, a quien ama desde el momento que empezó el peregrinaje por cañadas y cuchillas  enfrentándose a las partidas enemigas.
Como Pepita no podía continuar sola entre la soldadesca, García Rovira le propuso matrimonio.  Sin suspender el avance, los jinetes formaron un círculo alrededor de los novios en el camino de Guanacas. Pepita y Custodio se apearon y el fraile Antonio Florido, que acompañaba a la columna, los unió en sagrado matrimonio, en tanto  el viento cortante agitaba los quiches y frailejones que hacían las veces del manto nupcial de Pepita.
La columna siguió su marcha; los recién casados quedaron atrás y  dos días después se integraron al grupo. Pero la suerte les fue esquiva pues los españoles los apresaron el 10 de julio de 1816. A Pepita la respetaron, pero a Custodio, junto con Liborio Mejía y otros patriotas los hicieron caminar descalzos, los ataron con cueros mojados que al secarse laceraron sus carnes y los arrearon como bestias hasta la capital del virreinato.
El pelotón de fusilamiento acabó con la corta y heroica vida del presidente García Rovira el  8 de agosto de 1816. Los realistas exhibieron su cadáver con un letrero infamante. El general Santander concedió  a Pepita una pensión de viudez, a la que renunció cuando, siendo aún muy joven, contrajo nuevamente matrimonio.