miércoles, 7 de noviembre de 2012

JOSÉ GABRIEL CONDORCANQUI

LAS EJECUCIONES DE LOS TÚPAC AMARUS

Alfredo Cardona Tobón*

                                        José Gabriel Condorcanqui

El 18 de mayo de 1781 es un día abominable que deberían conocer las nuevas generaciones españolas para que reconsideren  la historia de sus hazañas y es una fecha que deben recordar los americanos para honrar la memoria de sus ancestros.

Volvamos atrás  y revivamos los dolorosos hechos de esa fecha: Son las doce del día del 15 de mayo de 1781: por la plaza principal de Cuzco las milicias  del rey desfilan con varios reos indígenas, allí está José Gabriel Túpac Amaru con su mujer Micaela Bastidas,  su hijo Hipólito,  el hermano Francisco Túpac Amaru y  otros cinco nativos; van en fila amarrados cada uno a la cola de un caballo y cargados con grillos y cadenas; atrás van los sacerdotes con sus trajes negros, como buitres,  hablando del castigo eterno y del arrepentimiento, como si el infierno no hubiera venido con ellos , con su religión y  con  amos crueles  con licencia para matar, robar y violar a los americanos.

EMPIEZA LA FUNCIÓN MACABRA

Se abrió el primer acto de terror con el ahorcamiento de varios indios; es apenas la entradilla del horror y el irrespeto infinito a toda traza de humanidad; los verdugos cortan   la lengua a Francisco y a Hipólito y con el dolor vivo los cuelgan de una soga, solazándose con el sufrimiento y los chorros de sangre que inundan el cadalso.

Viene la segunda parte: amarran a la cacica Tomasa  y la muelen a garrotazos, luego el verdugo arranca la lengua a Micaela y tratan de matarla con garrote, pero la india es fuerte y resiste;  la  agonía  se prolonga, entonces los españoles le amarran lazos al cuello para asfixiarla y la rematan a patadas.

El suplicio del inca Túpac Amaru cierra la función  con todos los ribetes de sevicia que podría imaginar un desquiciado mental y los engendros del demonio; los victimarios son españoles pios que comulgan y creen en Cristo, algunos descendientes de Pelayo, para quienes la raza cobriza tiene menos valor  que un gusano.  De entrada cortan la lengua al Tupac Amaru  y concluido el suplicio  amarran cada extremidad a un caballo y luego los desbocan para que los animales lo descuarticen vivo, como las bestias no logran el cometido, los verdugos  decapitan a José Gabriel Condorcanqui y lo parten con hachas para enviar brazos, `piernas y cabeza a  distintos lugares y exhibirlas  como escarmiento.

Para rematar tanta bellaquería  las autoridades queman lo que queda del Inca y de su esposa y arrojan las cenizas   al viento.

                                               Micalela Bastidas

 LOS DELITOS DE TUPAC AMARU

José Gabriel Condorcanqui era heredero del curacazgo de Surimena, Tungasuca y Pampamarca y por ser descendiente del Inca Túpac Amaru  las autoridades españolas reconocieron su dignidad de Inca y le dieron el título de Marqués de Oropeza.

Condorcanqui fue un americano ilustrado y un empresario exitoso. Estudió en colegios jesuitas y explotó cocales, chacras, vetas de minas y fue dueño de grandes recuas que transportaron minerales y mercancías entre Potosí y Lima.

Al quedar el Alto Perú bajo la administración del virreinato del Río de La Plata, Túpac Amaru  pidió a las autoridades de Lima que no enviara a los indígenas  a trabajar a las lejanas minas de Potosí. “ Nos oprimen en obrajes- dijo a los funcionarios coloniales- nos explotan en  cañaverales, cocales y minas sin darnos libertad. Nos recogen como a brutos y ensartados nos entregan a las haciendas para laborar sin recurso alguno..”

Faltan palabras para enumerar los abusos de los españoles : los corregidores  obligaban a los nativos a comprar a precios exorbitantes baratijas inútiles; recluían a las mujeres y a los niños en talleres u obrajes sin paga o con salarios ínfimos; reclutaban a los indios mayores para llevarlos a minas de donde jamás regresaban o volvían incapacitados o gravemente enfermos; los curas exigían dinero para pendones, veladoras, sacramentos y diezmos a costa del mísero yantar de los naturales y recluían a los pequeños en las llamadas doctrinas donde borraban su cultura y los convertían en peones serviles.

En la guerra de España contra Inglaterra de final del siglo XVIII, las autoridades virreinales aumentaron los crecidos impuestos y  gravaron todos los bienes de consumo o sujetos al comercio. El malestar fue en aumento; el establecimiento de una aduana en Arequipa  fue la chispa que inició  una serie de alzamientos indígenas que empezaron en esa ciudad  el 13 de diciembre de 1779 y continuaron en Cuzco, la Paz, Cochabamba y  Chuquisaca.

LA SUBLEVACIÓN DE CHAYANTA

En la ciudad de Potosí los españoles encarcelaron al cacique Tomás Catari por oponerse a los abusos de los corregidores y el 15 de enero de 1781, temiendo el creciente poder de Catari, lo despeñaron por un precipicio en inmediaciones del pueblo de Quilaquila.
Con la muerte de Catari los acontecimientos se precipitaron. De insurrecciones aisladas se pasó a un levantamiento general contra los españoles: José  Gabriel Túpac Amaru ejecutó al corregidor de Sorata y en sangriento encuentro derrotó a las tropas coloniales en Sarangaro.

Las montoneras de Túpac Amaru eran numerosas pero luchaban sin armas, se enfrentaban con piedras y chuzos a  gente armadas con pistolas y espadas; en el combate de Tinta las fuerzas coloniales barrieron a las mesnadas indisciplinadas de los rebeldes y Túpac Amaru,  traicionado por uno de los suyos cayó con su mujer, varios familiares y amigos en poder de los españoles.

La revolución de Condorcanqui tenía todas las de ganar, fue un movimiento tumultuario que abarcó varios países, incluso la Nueva Granada. Fue un movimiento social en busca de la  reivindicación del hombre americano, la libertad de los esclavos y oportunidades para indios y criollos. Hubieran podido arrojar a los españoles de América, pues los europeos eran pocos, no contaban con muchos recursos y  luchaban en tierra extraña, pero a los americanos les faltó decisión, estrategia y unidad de mando.

En un principio Túpac Amaru reconoció al monarca español, oponiéndose al mal gobierno de sus representantes en América, pero  al final  se declaró Rey del inmenso territorio que abarcaba al Perú, Santa Fe, Quito, Chile y Buenos Aires.

SE APAGA LA REVOLUCIÓN

Desaparecido José Gabriel Condorcanqui , su familia continuó la lucha del  Inca; pero víctimas de los engaños y las promesas falaces, al final quedaron en poder  de las fuerzas coloniales..

Diego Cristóbal  fue el último de los Túpac Amaru. Meses después de sellar un convenio que lo amnistiaba lo apresaron junto con numerosos  parientes comprometidos en la lucha. El 15 de febrero de 1783 las tropas coloniales sacaron a los cautivos de la cárcel de Lima atados de pies y manos  y los ejecutaron con sadismo; con tenazas calentadas al rojo vivo arrancaron la carne de Cristóbal, luego colgaron su cuerpo agonizante de la horca y después lo  descuartizaron  para repartir los despojos en distintos pueblos como escarmiento. Al resto de los familiares los ahorcaron o los eliminaron a garrote.

Todos esos asesinatos  fueron el vano intento de una nación bárbara y cruel que pretendió exterminar las  semillas de la libertad americana, fueron crímenes de lesa humanidad, que deberian juzgarse no importa el tiempo. Son el baldón de un pueblo que ha tratado de hacernos creer que estamos en  deuda porque nos trajo el catolicismo y el castellano, como si el Nuevo Mundo no hubiera tenido sus dioses y su gente no hubiera tenido idiomas tan hermosos como el guaraní, el aimara o el quechua.




domingo, 4 de noviembre de 2012

A LOMO DE INDIO- PERIPECIAS DE MANUEL OLAYA

Alfredo Cardona Tobón *



No sigo más- dijo el riosuceño  Manuel Olaya y se sentó en medio de los troncos podridos de la selva del Chamí. Con los pies hinchados y ulcerados pensó que era preferible haber muerto acribillado en el puente del Pintado o en la emboscada del “Silencio” que acabar así,  tan miserablemente, agobiado  por el cansancio y tragado por las hormigas.

Tras varios días de camino, Olaya era incapaz de sostenerse en pie; había entregado la carabina de dotación  y apoyado en el hombro de su amigo Toribio Anduquia, trataba de seguir el paso a la columna guerrillera que desde el sitio de Mampay dirigían dos baquianos de la tribu Guasarave que señalaban la ruta hacia el Atrato.

Uno de los indios, al ver la situación de Olaya se compadeció y le dijo: “Montar aquí, compadre estar enfermo. Yo llevar por mal camino” y sin esperar su aprobación lo montó sobre sus anchas y sudadas espaldas, silbó al perro esquelético que lo acompañaba, y siguió como si  no llevara carga, esquivando las zarzas, los bejucos y los  alacranes de la inhóspita montaña.

LA COLUMNA REBELDE

Desde el respaldo rocoso del cerro Picará el centinela sopló el cacho de alerta y un sonido bronco congregó  en la plaza del caserío de Bonafont a los sesenta y cinco insurgentes que se dirigían al Chocó a reunirse con las tropas del general Simón Chaux.

A la una de la tarde del 15 de febrero de 1901, un tambor y una corneta despidieron a la columna rebelde en medio de aplausos y de vivas, y tras el discurso de Don Emiliano García, jefe liberal de Riosucio, los  combatientes abandonaron la población y empezaron a trepar por el “Patio de las Brujas”.

En la distancia se fue  perdiendo poco a poco la bandera roja que tremolaba al viento como despidiéndose de una tierra que fue la cuna de los guerrilleros y que arroparía los huesos de unos pocos, cuya vida se perdió en las selvas sin una cruz ni una tumba que recordara su existencia.

Desde el último ataque guerrillero a  la población de Salamina, el gobierno  intensificó la ofensiva contra las bandas rebeldes de Ceferino Murillo, Eduardo Suárez, Juanito Torres, Juan Bautista Alzate y Mariano Flórez. Fue una guerra a muerte entre los conservadores y los rebeldes liberales. Los militares de Salamina, con civiles a sueldo, capturaban a los auxiliadores de la revolución y los cosían a tiros, mientras las tropas gobiernistas de Supía  efectuaban redadas y arreaban a punta de culatazos a los sospechosos hacia  pútridos y atestados calabozos donde los heridos morían agusanados y otros, víctimas del hambre y los malos tratos.

 Los insurgentes de la banda izquierda del río Cauca  pelearon sin apoyo ni recursos; en pocas escaramuzas agotaron las municiones, sin  víveres y con precio por su captura o su muerte, pues eran considerados como bandidos, no les quedó otra alternativa que unirse a las fuerzas regulares del liberalismo resguardadas en las selvas del Chocó, con la esperanza del triunfo de la  revolución o la posibilidad cierta de morir por las armas o víctimas de la naturaleza hostil o de los bichos que infestaban la región.

HACIA EL CHOCÓ

Después de la parada militar en la plaza de Bonafont, los combatientes fijaron rumbo hacia la cordillera; al caer las sombras llegaron  a la cabecera del río del Oro y acamparon en un pequeño valle resguardado del viento. La noche era fría y llovía torrencialmente; los hombres se cubrieron con hojas de rascadera y tiritando de frio compartieron los costales con las escopetas  de fisto y la única carabina que llevaban como armamento. Cuando escampó, los hombres sacaron unos envueltos de maíz que traían en las jíqueras, algún calabazo de chicha y  trozos de panela. Se sentaron en las musgosas piedras y comieron despacio, muy despacio, haciendo rendir la exigua ración, mientras por el oriente los relámpagos dejaban vislumbrar las crestas nevadas del Ruiz y por el occidente la oscuridad cerrada  traía los más fatales augurios.

Al amanecer del 16 de febrero, los rebeldes se escurrieron con sigilo por las lomas del Mismís y al llegar al Alto de Jalisco se descolgaron hacia la pequeña planicie de Mampay donde entre el follaje de las palmeras reales vieron una columna de  humo. Al adentrarse  encontraron, de improviso, un gran tambo indígena parado en zancos sobre la tierra; la edificación tenía más de cincuenta piezas y en cada una de ellas vivía una familia con gente de todas las edades.

Los guerrilleros subieron con cuidado por el tronco que servía de escalera, los nativos los miraron con asombro y miedo sin musitar palabra. Después de unos minutos de silencio el compadre mayor los saludó con gestos hoscos, las indias se resguardaron en los rincones oscuros sin mirar a los  forasteros, la mayoría tenía recién nacidos colgados a la espalda y los muchachitos mocosos, aterrados por la presencia de los “racionales”,  se pegaban  a sus hermanas mayores de pechitos puntiagudos o a las abuelas con senos descolgados como trapos mojados. Los indios mayores parecían guatines prestos a huir en el momento propicio.

HAMBRE Y ENEMIGOS

De trecho en trecho el indio guasarave  descargaba a Manuel Olaya y le ofrecía un raspado de jaruma o harina de maíz, mezclado con panela rallada y un poco de agua. Ese menjurje y trozos de chontaduro constituían la comida de cada día. La dieta no era desagradable pero hastiaba, y con el estómago resentido y los vómitos continuos las fuerzas mermaban a medida que pasaban los días.

Los alzados en armas bordearon con sigilo la Serranía del Caucho y llegaron hasta el sitio del Cedral, donde una colonia antioqueña le ganaba espacio a la selva. Pero allí lejos del mundo  también había llegado la guerra. En las cercanías, el general gobiernista Estanislao Henao aniquiló la columna liberal  del  general Francisco Herrera sin tener clemencia para los  heridos ni respeto por la vida de los  prisioneros; ahora  llegaba a la colonia paisa la guerrilla de Bonafont, que se  comió la marrana de cría, la vaca que daba leche a los niños y el único buey para preparar las siembras.

Del caserío de Águita se devolvieron los baquianos guasaraves. “Toma paga, compadre”   dijo Olaya al indio que lo cargaba y le entregó una ruana y unos pesos en señal de  agradecimiento.
 “Volvé con mí tambo- Le respondió el indio- Llevar paisa todo camino montao. No dar paga“.
-“No compadre- Godos matarme en la montaña”-
-“Todos indios Mampay, flechas, machetes defender compadre”-.
Con un “Gracias compadre. Yo querer mucho a indios”- se despidió Olaya del noble baquiano, que de un salto se internó en el monte seguido por el perro esquelético con manchas café que, según  las creencias nativas, lo hacían invisible en el monte.

 Al abandonar el tambo embera, la tropa  rebelde sintió  que se cortaba el último eslabón con la civilización y que  desde entonces se enfrentarían con las comisiones gobiernistas y con la selva, enemigo más poderoso, cuyos bichos ponzoñosos, culebras y pantanos, habrían de acabar con la mayoría de los combatientes de Quinchía y Bonafont que creyeron  encontrar   la victoria en las selvas chocoanas.