jueves, 15 de noviembre de 2012

LA GUERRA SANTA DE FRAY EZEQUIEL MORENO

Alfredo Cardona Tobón*


A mediados de 1905 el obispo de Pasto fray Ezequiel Moreno  viaja a España con el diagnóstico fatal de cáncer manifestado en una llaga sangrante, que no cierra, en el paladar. “Bendito sea Dios. Dios mío dame resignación para sufrir por Ti” murmura conteniendo el dolor. “Es un santo”- dicen en la clínica, donde tratan inútilmente de devolverle la salud. Ya no había nada que hacer, el mal estaba muy avanzado, y fray Ezequiel, estoicamente, espera la muerte en medio de sufrimientos atroces en una celda austera del Seminario de Monteagudo.
En el texto “Últimas disposiciones” queda plasmada la pobreza y las ideas del religioso que  muestran el carácter vertical de un hombre que hizo de su vida una cruzada : “No hago testamento porque nada tengo.. confieso, una vez más, que el liberalismo es pecado, enemigo fatal de la iglesia y ruina de los pueblos y naciones; y  queriendo enseñar esto, aún después de muerto, deseo que en el salón donde se exponga mi cadáver, y aún en el templo durante las exequias, se ponga a la vista de todos un cartel grande que diga: “El liberalismo es pecado”.
CON LA VISIÓN DE OTROS TIEMPOS
Ezequiel Moreno nació y creció en la España Carlista, época de crueles enfrentamientos entre los católicos y los que propendían por la libertad de cultos, la libertad de cátedra y la separación del Estado y de la Iglesia. Fue época de persecución y atropellos que enmarcó la vida de Ezequiel en una guerra santa contra el liberalismo.
Fray Ezequiel formó parte de los religiosos que trajo  a Colombia la Regeneración de Núñez para reforzar el dominio del conservatismo y atacar desde  el púlpito y en los confesionarios a los que se identificaban con las doctrinas liberales de esa  época.
UNA VIDA MISIONERA
Ezequiel Moreno llegó al mundo en la provincia española de La Rioja en 1848 y a los 16 años de edad ingresó al noviciado para prepararse como agustino recoleto. En 1869 viajó a las Filipinas donde fue ordenado sacerdote y allí ejerció su ministerio con tanto celo, con tal devoción, que los vecinos de la isla de Paragua lo llamaron “Santulon” o el hombre santo.
Un severo ataque de malaria obligó a fray Ezequiel a regresar a España donde en 1885 lo nombraron Prior del Noviciado de Monteagudo en Navarra. En una terrible epidemia de cólera y viruela, fray Ezequiel cuidó a los enfermos, consoló a los moribundos y partió con los pobres las míseras raciones de los frailes del convento; fue un rayo de esperanza en medio de tanta desgracia.
En 1886 se trasladó a Colombia con siete compañeros; en Bogotá desarrolló una intensa actividad, no paró de predicar, de confesar,  atender a los enfermos; fue un dechado de austeridad que conquistó el cariño de todos, incluyendo al presidente Caro y a su familia, que le manifestaron su aprecio y su respeto.
El gobierno nacional consiguió que Roma erigiera el Vicariato Apostólico de Casanare, en parte para hacer presencia estatal y frenar las pretensiones de Venezuela y en parte para neutralizar la acción guerrillera de los liberales. A Casanare va Fray Ezequiel como Pastor de almas; una pobre choza le sirve de Palacio Episcopal y desafiando lluvias, sequías, fieras y bandidos hace según su propia expresión, de Obispo, de misionero y de sacristán y sufre los desmanes de los rebeldes en la guerra de 1895.
EN LA DIÓCESIS DE PASTO
En Ecuador el presidente liberal Eloy Alfaro es una amenaza para la “Regeneración” conservadora de Colombia. ¿Quién mejor que fray Ezequiel Moreno parar enderezar el rumbo de los pastusos y frenar la influencia de los liberales ecuatorianos?-
En 1896 nombran a fray Ezequiel obispo de Pasto, donde vivirá hasta 1906, preocupado por la educación, fomentando la construcción de iglesias y combatiendo al liberalismo con todas sus fuerzas. Es tan virulenta su lucha contra los liberales que le llegan amonestaciones de Roma y se gana el rechazo de altos prelados de Colombia y del Ecuador.
La mayoría de los eclesiásticos colombianos de ese tiempo consideraban que el liberalismo era un pecado, idea que refutó  Uribe Uribe; pero ninguno insistió con tanta obsesión como fray Ezequiel. El obispo decía que los enemigos más peligrosos eran los liberales católicos y  no se podía ser liberal y católico al mismo tiempo.
Para fray Ezequiel la guerra de los Mil Días  era un castigo de Dios con la ventaja de calentar los pechos católicos y dar oportunidad a madres, esposas y hermanas de mandar hijos, esposos y hermanos a la santa lucha con los escapularios bien templados. Decía el fraile que la religión se defendía con fusiles y machetes, definía cuándo era  lícito para un sacerdote pelear con las armas y hasta matar en defensa de la religión, y daba instrucciones para detectar el liberalismo en los confesionarios y dirigir el voto en las elecciones.
Durante la Guerra,  el Obispo alertó a la feligresía contra el general Avelino Rosas y los guerrilleros que habían irrumpido desde el Ecuador tomando varias poblaciones del  sur y poniendo en grave aprieto el poder del gobierno. En las parroquias se recogió dinero para auxiliar a las tropas conservadoras y fray Ezequiel emprendió una campaña para llevar la guerra al Ecuador y barrer con el peligro de Eloy Alfaro, mientras en su diócesis se extendía el extrañamiento y la persecución contra las familias liberales.
La vida de fray Ezequiel fue una mezcla de generosidad y fanatismo, de caridad y de intolerancia, de solidaridad con los pobres y desprecio total  por la vida de quienes no estaban de acuerdo con sus doctrinas. El obispo Ezequiel es la  imagen de los tiempos en que se mezclaba la religión con la política,  la época colombiana en la cual se ganaba el cielo luchando por la fe como en tiempos de las cruzadas.
 En 1997 el Papa Pablo VI beatificó a fray Ezequiel y el 11 de octubre de 1992 el Papa Pablo II lo elevó a los altares como otro santo del catolicismo.

domingo, 11 de noviembre de 2012

LOS YIPES Y LAS CHIVAS


PAISAJE CULTURAL CAFETERO ( 5)
Alfredo Cardona Tobón*


Nunca imaginaron los militares norteamericanos que el  notable campero de la Segunda Guerra Mundial y del conflicto entre las dos Coreas se convertirían en un  símbolo en las escarpadas montañas de Colombia.
El Willys se utilizó en la guerra para movilizar tropas, rescatar heridos, llevar provisiones y como base de baterías de mortero y ametralladoras; en la vida civil el famoso jeep  (yip) sirve hasta para remedio: lleva  los trabajadores a las fincas encaramadas en las serranías y arrima el café a los sitios de compra, transporta el abono y los insumos, sirve para hacer mandados, conduce a la novia campesina a la iglesia , se utiliza como ambulancia y es la carroza real en las fiestas pueblerinas. El Willys chato  y sin líneas aerodinámicas es como un cucarrón lento y poderoso que no se le “arruga” a una loma ni se “frunce” cuando le acomodan un arrume de plátano o de yuca y se le trepan decenas de pasajeros que se le aferran como si fueran garrapatas.
En las medidas de volumen al lado del metro cúbico, de la pulgada cúbica, los  galones y las canecas existe el “yipao” que significa: lo que le quepa al  Willys, en tal forma en las plazas de mercado se negocian los yipaos de banano y se habla del yipao de mazorcas.
Los Willys son como los bueyes: lentos, seguros y fáciles de manejar en trochas y voladeros.  Solo los tragadales detienen a los bueyes y el único obstáculo para el  yip es un pantanero profundo, porque no lo atajan las piedras, ni  los grandes canalones;  y al igual que los bueyes, los Willys se trepan por los barrancos y se levantan en sus “cuartos” traseros.
LA SIMBIOSIS DEL CHOFER Y EL WILLYS
De las carreteras desaparecieron las berlinas, los autos Studebaker y los Kayser, pero los Willys siguen aquí; algunos de lujo se muestran en los desfiles y en  las exposiciones; los más son las bestias de silla y carga que en vez de pasto consumen gasolina , no se amarran en los tranqueros, se parquean en las plazas de mercado de Calarcá o en el Barrio Cuba en Pereira y esperan pacientemente cerca de las Cooperativas de Caficultores en los parques de Pácora o Buenavista.
Los choferes de los  Willys son persona especiales;   los vecinos de las veredas los conocen y lo llaman por su apodo: ‘Buchepluma’ o ‘Condorito’ e innumerables alias de acuerdo con la figura y la personalidad del chofer, quien pese a la familiaridad guarda las distancias. El chofer del Willys sabe dónde recoger a Don Tista o a Doña Lola, está atento al celo de la marrana de Don  Pepe para llevarla al padrote, lleva las boletas de los novios que aún no entran a la era del computador, recoge las drogas de la farmacia y hace el penúltimo viaje del finado.
Willys y chofer son un ente asociado. El yip limpiecito y pulcro tiene un chofer  igualito y el pobre yip desvencijado y canijo tiene un conductor panzón, con la camisa suelta y barba de tres días. 
Así como el Willys rima con el chofer de sombrero y poncho, también el mecánico del pueblo rima con los yipes: los dos son igualmente simples; el mecánico de yipes no necesita saber electrónica, ni tener conocimientos avanzados de electricidad, ni mucha teoría; sus herramientas son unas cuantas llaves, un alicate un martillo y un hombresolo; esos elementos son suficientes para desvarar el vehículo que a lo mejor llegó  con piezas amarradas con alambres.
Aunque se consiguen repuestos originales, lo usual  es acomodar piezas de varias marcas en el armazón del Willys, porque aquello que no se encuentra se adapta y en eso son magos los mecánicos  de los pueblos.
LAS CHIVAS O BUSES ESCALERAS
Este es otro símbolo nuestro; quien no haya montado en  chiva” no ha estado en el Eje Cafetero. Estos buses aparecieron con las carreteras; en los chasises  de camiones Ford o Chevrolet los artesanos  montaron la carrocería de madera, con bancas para pasajeros que se desmontan para llevar carga. Las chivas tiene un capacete,o un segundo piso como los buses de Londres, adonde se llega por una escalera situada en la parte posterior del vehículo.
Las chivas tienen  más personalidad que los yipes; atrás llevan la impronta del dueño y plasman su temperamento, si el propietario es osado  y aventurero tendrá un paisaje de la pampa con la leyenda  “El llanero Solitario”  o   “El conquistador de La Merced”; puede reproducir la imagen de una bella mujer o una estampa de la patria chica con un letrero que diga “El berraco de Guacas” , “El emperador de Villamaría”, “Pa que sufran”  o  “La delicia de las muchachas”.
Las chivas se pintan de abigarrados colores y se decoran  con  colgandejos instalados arriba del parabrisas o con estatuillas en el capó. No se le miden a las trochas, son vehiculos intermunicipales o veredales, y en  cuanto a sus choferes son semejante a los de los Willys: serviciales, muy de la casa, llevan y traen encargos, con la diferencia que le apuntan a las peregrinaciones a Buga, las excursiones escolares,  y a las concentraciones políticas. En tiempos recientes los buses escalera han incursionado en  los recorridos turísticos en las grandes ciudades, con rumba y trago a bordo.
Los Willys no tienen remplazo, aún no se ha inventado un trasporte motorizado que sea capaz de trepar por nuestras carreteras rurales, en cuanto a las chivas,  el futuro es incierto, sus años de vida están contados: a medida  que se mejoren las vías las chivas irán desapareciendo, quedarán como recuerdo en el recinto del Banco de la República en Pereira  o como atracciones en los parques temáticos para quienes quieran revivir los tiempos de los bisabuelos.