viernes, 30 de noviembre de 2012

LA CAMPAÑA DE DON GERMÁN TOBÓN

Alfredo Cardona Tobón



Luis entró con su abuelo a la catedral de Villanueva en Medellín y apabullado por los colores que se desprendían de los vitrales, el olor a incienso y la inmensidad de las bóvedas de ladrillo, siguió como un autómata a Don Germán  en su recorrido por el templo.

Al llegar a un muro de la nave lateral derecha el abuelo se detuvo y  dijo a su nieto:
"Oiga mijito- aquí me agarraron las tropas del  General Tolosa en la guerra de los Mil Días; yo estaba pegando esta hilera de ladrillos  con argamasa de cal y sangre de toro, cuando llegaron los revolucionarios y me arrearon con la tropa."

Los recuerdos se agolparon en la mente del veterano combatiente que retrocedió cincuenta años en el tiempo y devolvió la película al 20 de diciembre de 1899:

Ese día Germán Antonio salió de su casa en el Camellón de Buenos Aires y tomó camino abajo hacia Medellín donde trabajaba como albañil en la catedral en construcción. Como era  costumbre llevaba  un fiambre envuelto en hojas de bihao y un calabazo de  aguapanela con limón, para refrescar su garganta a medida que el sol iba calentando el valle de Aburrá.

En el trayecto iba pensando en la navidad próxima y en el pesebre que haría por primera vez al lado de Cleotilde y del primogénito recién nacido.  El pesebre le estaba quedando muy lindo, había tallado a San José, a la Virgen, al Niño Dios y dos reyes magos, pero  con Baltasar no había podido pues le quedó tan choneto y descobalado que se iba de bruces a pesar de apuntalarlo con musgo. Bueno- pensó Germán-  esta tarde cuando salga del trabajo le hago un bastón  y soluciono el asunto.

A las diez de la mañana, mientras la cuadrilla  movía un andamio se sintió un tropel, choque de sables, gritos de: ¡ Alto! y la estampida de los obreros que se internaban en los matorrales de los solares vecinos. Germán no logró huir, lo apresaron como si fuera un bandido y a la brava lo hicieron formar en una fila de reclutas vigilados por gente armada bajo las órdenes del general Cándido Tolosa.

 Al compás de un tambor y detrás de un estandarte rojo, salió el abuelo con rumbo a Guarne como soldado obligado de la revolución liberal. Germán  recordó a Clotilde con su niño de brazos,  la cerca caída por donde se   podría escapar el ternero y hasta el bastón que le tenía que hacer al mago Baltasar, el único consuelo, si ello se llama consuelo, era marchar con sus copartidarios liberales y no con las tropas del gobierno conservador

Al salir de Medellín por los lados de Bermejal, un recluta se atrevió a gritar: ¿Y las armas mi general?- ¿Cuándo nos dan las armas para atacar a los godos?-
-        A eso vamos, a quitárselas al enemigo- Respondió Tolosa.

El gobernador de Antioquia, Alejandro Gutiérrez, organizó de inmediato sus huestes y atacó la columna de Cándido  Tolosa, que mal armada y sin víveres se retiró de Guarne, siguió en carrera a Concepción, continuó hacia Barbosa, repasó el río Medellín para subir a Don Matías y  luego a San Pedro para reunirse en Quirimará donde recibió algunos elementos de guerra que guardaban los liberales de Rionegro.

Ya medio armado y con algunas provisiones Tolosa  marchó rumbo a Santa Fe de Antioquia, la cual ocupó sin dificultad pues allí no había tropas conservadoras. Los revolucionarios desentablaron el Puente de Occidente y se parapetaron en la orilla izquierda para hacer frente a los efectivos gobiernistas que les venían pisando los talones.

El 12 de enero  los conservadores llegaron a la orilla derecha del río Cauca. El capitán Ramón Gaviria y el teniente Manuel de J. Herrera  en medio de la balacera liberal lograron entablar de nuevo el  puente y  avanzar hacia las posiciones enemigas.

Germán estaba agazapado detrás de un añoso tronco con Trino Montoya, un amigo de Sabaneta que se había metido de héroe al empezar el jaleo liberal. Allí estaban quietos esperando la ocasión de acabar con algunos soldados  del bando contrario que se oían a  distancia y poco a poco se ponían al alcance de sus fusiles.

Dos muchachos gobiernistas se acercaron corriendo, pero cansados por el esfuerzo  detuvieron su avance frente al tronco donde los esperaban Germán y Trino; miraron a todos lados y creyendo que los liberales  habían seguido en derrota  como en los días anteriores, se sentaron tranquilos, prendieron  sendas calillas y se pusieron a charlar sobre  muchachas, la natilla y la Navidad.

"Quemémolos Germán"- dijo Trino- "quemémolos que los tenemos a tiro".
Los amigos extendieron sus armas y afinaron puntería. Los muchachos enemigos seguían fumando sin presentir que la zarpa de la muerte se cernía sobre sus cabezas.
-Trino, yo no soy capaz  de  asesinarlos a sangre  fría. No los conozco ni me han hecho nada., dijo Germán.
-Yo tampoco soy capaz  de matarlos contestó Trino. Vámonos que esto no es para nosotros. Dejemos que Tolosa con sus matones terminen una guerra que nosotros no empezamos.

Cuando Germán se inclinó para dejar el fusil en  el rastrojo  se oyó un disparo en la espesura y  la bala rastrilló sobre su  arma salvándole  la vida. Huyendo por senderos y atajos  Germán llegó al  Valle de Aburrá tres días más tarde. Trepó por la cuesta de Buenos Aires y llegó a su casa donde los perros  anunciaron con alborozo la llegada. Clotilde salió a ver qué sucedía y se encontró con la maravillosa sorpresa de ver a su esposo vivito y coleando.
En un rincón aún estaba el pesebre. Clotilde en medio de su pena y sus llantos  puso al Niño Jesús y a la Virgen a esperar la  llegada de su esposo. Germán se acercó piadosamente y del carriel sacó el bastón  que le faltaba al Rey Baltasar, y que había tallado, casi perfectamente, la bala que rebotó sobre la culata del  fusil  durante el combate en  Santa  Fe de Antioquia.

lunes, 26 de noviembre de 2012

LOS 124 AÑOS DE QUINCHÍA- RISARALDA-COL

EL TRASLADO DE QUINCHÍAVIEJO
Alfredo Cardona Tobón*


Después de varios años de ausencia tuve  la ocasión de regresar a Quinchía a departir con los compañeros de escuela, desempolvar amigos del alma y embelesarme con el paisaje más bello del departamento. Desde la entrada de la Ceiba mucho había cambiado: bonitas casas en las laderas y fincas cuidadosamente cultivadas. Al llegar a las primeras calles mi sorpresa fue indescriptible al encontrar una pequeña ciudad con modernos edificios de cuatro pisos, una amplia avenida de acceso, microempresas, elegantes restaurantes, calles asfaltadas, bellos parques, intenso movimiento cultural y palpar las ganas de salir adelante.
A Quinchía le ayuda su excelente tierra y la riqueza minera, pero más que eso,  la clave de su progreso está en su gente de raíces caucanas e indígenas con espíritu solidario y comunitario, que ha vencido obstáculos que hubieran acabado con un pueblo diferente.
En medio de municipios agónicos es alentador ver a Quinchía con microempresas de joyería, cafés especiales, calzado, confecciones y alimentos que dan trabajo a  sus habitantes  y encontrarse con una economía diversificada empujada por las explotaciones paneleras, los frutales, la hulla y la minería del oro por barequeo y de veta con importantes trasnacionales que realizan cuantiosas inversiones.
Aunque el minifundio y la pobreza siguen acogotando las zonas indígenas, al contrario de tiempos pasados, cuando la miseria era pareja, en la zona urbana se ven barrios nuevos, casas restauradas e intenso movimiento comercial.



LA CELEBRACIÓN DE UN NUEVO ANIVERSARIO
Quinchía está cumpliendo 124 años y sus habitantes se unen para recordar el 29 de noviembre de 1888, fecha en que los ancestros abandonaron el caserío fundado en 1539 al lado de una misión franciscana, y se trasladaron al moderno pueblo; la localidad que sobrevivió a los ataques de  noanamaes y tatamaes y fue asolado  por la viruela y la langosta, había muerto de sed; la deforestación de los alrededores había cobrado  un doloroso tributo,  pues el riachuelo que surtió  las ollas de barro y los calabazos durante  siglos, era un hilo  que desaparecía en tiempos de verano.
Para escoger un sitio adecuado para la nueva aldea, las parcialidades indígenas delegaron en la Virgen Inmaculada la delicada tarea: después de recorrer  trochas y atajos, los cargueros llegaron a un sitio que se humedeció de repente e hizo que  resbalaran y que la imagen se recostara  sobre un pequeño barranco. Esa fue la señal esperada para construir allí una iglesia y  trazar las  calles y las plazas del moderno pueblo.
 UN PROCESO AUTÓNOMO
Sin pedir permiso  ni contar con nadie, las parcialidades indígenas iniciaron trabajos a partir de 1875;  todos colaboraron en la empresa: la gente de Naranjal  abrió caminos, los de Moreta cortaron las maderas, los vecinos de Sausaguá  levantaron las chozas y los vecinos de Guarguará  llevaron el  agua por tubos de guadua hasta la plaza principal.
El cabildo indígena contrató un maestro montador y a cambio de la mitad del carbón del Resguardo,  Protasio Gómez dirigió la obra del templo con el apoyo de los sacerdotes José Domingo Sánchez, Clemente Guzmán y Simón de Jesús Herrera, que durante una década se unieron a la comunidad en las mingas y convites.
 LA MISA DE DIFUNTOS
Con las últimas luces del 28 de noviembre de 1888, el sacerdote José Joaquín Hoyos congregó a la comunidad  para celebrar una misa de difuntos en la capilla de Quinchiaviejo. Don Antonio Bermúdez, hijo del capitán Zoilo Bermúdez, fue testigo del impresionante  acto litúrgico : tres candelabros iluminaban el altar y las sombras de los feligreses se proyectaban sobre las paredes de bahareque como danzando en medio de la penumbra. Era una despedida; los recuerdos se agolpaban y las  lágrimas corrían por los rostros  de los feligreses que dejaban las cenizas de los seres queridos; atrás quedaban las luchas de las generaciones de Aricapas y Guarumos, de Tapascos y Guapachas y el sudor de los Trejos, los Bermúdez y Vinascos cuya sangre caucana se había entremezclado con la nativa para formar el alma quinchieña.
EL DESFILE TRIUNFAL
Al aclarar el alba del 29 de noviembre de 1888 empezó el traslado de las imágenes y de los ornamentos; el capitán Zoilo Bermúdez encabezó el desfile con la imagen del arcángel San Miguel, después iba La Inmaculada y el padre Hoyos con el Santísimo Sacramento rodeado por la abigarrada feligresía. Al contrario de la víspera, en esa mañana los quinchieños estaban radiantes, iban a un altozano verde, se dirigían  a un sitio fresco y bello, acurrucado en las laderas del Cerro Gobia, y rodeando por las colinas de Cantamonos, Puntelanza y Yarumal. En el horizonte se recortaban los nevados del Ruiz y de Santa Isabel y al fondo se erguía majestuoso el Cerro Batero, morada de Xixaraca, el dios tutelar de los ancestros, y de Michua, la Señora del Valor y de la Guerra.
A los remisos en abandonar las viejas construcciones no les quedó otra alternativa que empacar sus bártulos, meter las gallinas en costales y seguir la procesión al lado de los  ranchos destechados que cargaban en minga numerosos vecinos. El desfile cruzó la quebrada Lavapìé, ascendió hasta la plazuela de La Pola y al fin desembocó en la plaza donde se ofició un Te Deum para dar gracias al Señor y pedir de hinojos la bendición al Altísimo.
UNA HISTORIA DIFERENTE


Quinchiaviejo nació del caserío de Nuestra Señora de La Candelaria levantado a mediados del siglo XVI al lado de una doctrina franciscana; la aldea desapareció en un incendio y la refundaron como Quinchía que era el nombre del resguardo que incluía las parcialidades vecinas.
Los exilados patriotas de Antioquia y también el sabio Boussingaut, describen el caserío: según ellos era un pueblo miserable. Sin embargo a mitad del siglo XIX ese paupérrimo rancherío adquiere importancia al aliarse con los liberales radicales del Cauca y convertirse en su punta de lanza en las confrontaciones con los conservadores de Antioquia.
La Regeneración de Núñez tuerce nuevamente la  historia: de distrito municipal con jurisdicción sobre Ansermaviejo, Guática y Arrayanal  los conservadores rebajan a Quinchía a corregimiento de San Clemente y dejan a las parcialidades  a merced de los invasores paisas que intentaron quitarles las minas y las  tierras.
En 1919 Quinchía recobró la dignidad de municipio y siguió adelante venciendo todo tipo de vicisitudes . Todo ha cambiado, es un municipio con identidad, con posibilidades y realizaciones que puede enseñar muchísimo al resto de los municipios del departamento.