sábado, 22 de diciembre de 2012

LA GÓNDOLA FUNERARIA

Alfredo Cardona Tobón



Repasando las páginas amarillentas de los periódicos de la época se encuentra todo tipo de sucesos en los  quebrados tramos de los cables aéreos que comunicaron a Manizales con Mariquita y con Aranzazu; encontramos bandidos que asaltaban a los pasajeros en las alturas y héroes que arriesgaron sus vidas para rescatar viajeros varados entre las torres.
Los periódicos registraron tragedias causadas por travesuras de muchachos, otras por borrachos irresponsables y dramáticos  rescates de víctimas de accidentes. Los cables aéreos crearon roces entre Manizales y los municipios  del  occidente del departamento, fueron la dura competencia de los arrieros y también celestinos de amores entre las nubes...
La era de los cables fue una  época especial sin paralelo en Colombia, es un pasado de sombras y luces, con  errores y aciertos, que contribuyeron a modelar la identidad caldense y conviene recordar antes que el tiempo y la polilla acabe con los testimonios escritos de aquella época.
UN DESCONOCIDO LLEGA A GUALÍ
En la resolana del medio día del 22 de junio de 1927 varios obreros levantaban la nueva casa de Jesús Jaramillo en el sitio de Gualí, cerca de una estación del cable entre Mariquita y Manizales. El agudo chillido de las cigarras apagaban los trinos de los pájaros, el  revoloteo de los guaraguaos y el lejano latir de los perros de la Hacienda. De pronto un relincho hizo callar las cigarras,   y entre los árboles de quiebrabarrigo  que sostenían los alambres de la cerca se fue dibujando  un jinete encorvado sobre una bestia blanca.
La yegua con la rienda suelta enfiló derecho hacia la construcción y  paró a tomar agua en el bramadero;  los trabajadores se acercaron al animal y vieron sobre su cuello  a un hombre desmadejado que era piel y huesos, tez lívida y resuello tan imperceptible y cortado que hacía adivinar la cercanía de la muerte.
Los artesanos se apiadaron del forastero, lo desmontaron con cuidado, lo tendieron en el corredor de la casa y con la solidaridad que une a quienes nada tienen y saben que algún día les tocará la mala suerte,  dieron  de beber al enfermo y le colocaron unos paños de agua fría en la frente quemada por la fiebre.
Entre balbuceos el recién llegado dijo llamarse Pedro Obando, natural de Palestina en Caldas y comerciante de profesión; dio a entender que la enfermedad lo había sorprendido en Honda, en vista de lo cual apuró su regreso a  Manizales en busca de un galeno que  atendiera su quebrantada salud.
Con la fresquita de la tarde el enfermo reaccionó un poquito, pero al llegar la noche se fue agravando. El pobre hombre adivinó su suerte y en los momentos de lucidez fue repartiendo las escasas pertenencias entre las personas que lo acompañaban en la  agonía:  a Tista Uribe  le regaló el poncho de lino, a Juancho Vargas le dio el carriel jericuano, a un negrito de Mesones la muda de ropa que llevaba en las alforjas y con manos  temblorosas obsequió al capataz el reloj  Ferrocarril de Antioquia.
A las diez de la noche un arriero procedente de Victoria llegó al corral con varias mulas cargadas con cacao, el hombre descargó los animales  se acercó adonde yacía inconsciente el comerciante, se condolió de su suerte y al ver la yegua dijo que se la había prestado al enfermo; con las primeras luces del alba el arriero enjalmó sus mulas, cargó el cacao y desapareció con la  yegua blanca y el petate con cachivaches del finado, mientras Pedro Obando, sin un sacerdote que  le administrara la santa Extremaunción, sin quién llorara su muerte, se fue de este mundo con las primeras luces del día.
EL VIAJE POSTRERO DEL INFORTUNADO VIAJERO
Dos días estuvo el cadáver en  un rincón del corredor como si estuviera en cámara ardiente; los gallinazos empezaban a  asentarse en los postes de la cerca y los obreros, cada vez más desesperados, no atinaban qué hacer con el muerto, pues como buenos cristianos no se atrevían a sepultar  al pobre hombre bajo un mango o un samán como si fuera un perro.
El olorcito y el cristianismo obligó a  remitirlo a Manizales   para que lo enterraran con ataúd y los ritos de la iglesia y como no hubo arriero que lo llevase ni plata para pagarlo, embalaron a Pedro Obando con doble encerado, para disimular la hedentina, lo aseguraron con unas guaduas, lo cubrieron con una manta como una momia y de contrabando lo subieron a una góndola del cable con una boleta donde anotaron las señas del difunto
Mientras la góndola se acercaba lentamente a la capital caldense,  Antonio Restrepo, empleado de la firma Isaza Llano, esperaba en la estación Manizales una carga de cigarrillos de Ambalema. Al  llegar la góndola con el fardo cuidadosamente amarrado  imaginó que había llegado la mercancía y con un par de ayudantes procedió a desenvolver  el bulto para revisar el contenido.
A medida que fueron desenvolviendo el atado el olor se hizo insoportable y al retirar el último encerado casi se mueren de susto, pues en vez de tabacos se encontraron con la mueca cadavérica del polizón del cable. La gente se arremolinó, llegaron las autoridades, leyeron la boleta con el nombre del muerto y de inmediato se supuso un crimen.
La necropsia  constató la muerte natural del sujeto de unos 35 años de edad, moreno, de regular estatura y dientes naturales. Como esperaban los trabajadores de Gualí, manos piadosas enterraron a Pedro Obando en el cementerio de San Esteban.
En Palestina una viejita solitaria preguntaba a todos los que venían de orillas del rio Magdalena por el hijo ingrato que no era capaz ni de mandarle una boleta para atenuar su angustia y saber que estaba bien en tierra extraña

jueves, 20 de diciembre de 2012

ENTRE ENCAJES Y SARAOS



Alfredo Cardona Tobón

En Nueva España (México) y en Lima, las élites criollas y la burocracia colonial emularon en tal forma el boato de la Corte madrileña que los palacios virreinales y  las lujosas mansiones rivalizaban en lujo y extravagancia con los grandes salones europeos.
Imitando a los franceses, muchos de los asistentes a los elegantes saraos frecuentaban reuniones donde se hablaba de literatura, se discutía la Constitución de Cádiz y se pedía la igualdad con los españoles.

En los salones se derrochaba frivolidad; y en las tertulias, ingenio. En los dos casos un observador sagaz podía tomar el pulso de los acontecimientos de actualidad y evaluar las tendencias políticas del momento.
Hermosas  o talentosas mujeres dejaron sello  imperecedero en ese mundo de intrigas y confabulaciones, donde, aprovechando sus encantos femeninos, recababan información para los republicanos y catalizaban el sentimiento patriótico de los asistentes.

Entre todas esas damas vamos a recordar tres patriotas que sin temor al peligro ayudaron a la causa de la Independencia

LA PROTECTORA



Rosa Campuzano fue una bella guayaquileña, hija de un rico productor de cacao; era una hermosa dama de tez blanca, ojos azules, con rasgos de lejanos ancestros africanos.
La exótica mujer llegó a Lima en 1817 y con dinero, belleza y un amante español de campanillas se coló  en la mañosa sociedad del virreinato.
La Campuzano aprovechó los amoríos con un general realista para obtener información y enviarla a las fuerzas de Buenos Aires que se adentraban en el Alto Perú.

Cuando San Martín  entró victorioso a Lima, el Cabildo organizó un gran baile en honor del “Protector del Perú”. Ese 28 de julio de 1821, en medio del baile y los brindis por la libertad, el general rioplatense conoció a Rosa Campuzano y al instante quedó impresionado con su belleza.  Alguien los presentó y San Martín para halagarla, le agradeció el esfuerzo en favor de los patriotas. “Si lo hubiera conocido antes a usted señor general- le dijo con coquetería- mis afanes hubieran sido mayores”.

San Martín perdió la cabeza por la Campuzano y con ella transitaba las calles de Lima en un coche tirado por seis caballos; “allá va la Protectora”- decían al verla pasar, mientras las damas de alcurnia se mordían las uñas de rabia, porque al lado de otras encumbradas mujeres, el general San Martín condecoró a la ardiente y valiente guayaquileña con la “Orden del Sol”  por los servicios prestados a la causa.


LA GÜERA RODRÍGUEZ



María Ignacia Rodríguez fue una rubia despampanante que puso a sus pies a los militares y clérigos  de alto rango de la Ciudad de México al comienzo del siglo diecinueve.
La Güera consiguió el divorcio de su primer marido,  en el segundo matrimonio quedó viuda y con plata y  repitió nupcias por tercera vez.

Al  finalizar el siglo dieciocho  un  jovencito de apenas quince años pero con una bolsa llena de dinero sostuvo un tórrido romance con la Güera, que lo aventajaba en edad y mundo. El marido descubrió la infidelidad y buscó al amante de su mujer para cobrarle cuentas.  Por fortuna para América,  Simón Bolívar, que había desembarcado en Méjico antes de seguir hacia España, ya estaba en el buque “Ildefonso” y navegaba mar adentro.

Para la Rodríguez no había puertas ni sitios vedados: entraba a los salones más elegantes de México, se reunía con clérigos y militares y asistía a reuniones secretas donde se conspiraba contra los gachupines.

Porque era simpatizante del padre Hidalgo, se le acusó de pasar información a los  insurgentes y se le hizo comparecer ante el Santo Oficio. Tranquila, sin inmutarse, la Güera se presentó como si fuera a uno de los salones que dominaba  con su belleza. Se sentó, levantó la falda por encima de los tobillos y miró de frente a  los clérigos inquisidores. A uno le descubrió la sodomía,  a otro le pidió que fuera mas ardiente en la cama... y así acalló a los acusadores que la dejaron marchar sin imputarle cargo alguno.

La Güera fue amante de Agustín Iturbide y parece que influyó muchísimo en  la decisión del militar de pasarse del bando realista al bando de los patriotas.
Por manos de María Ignacia pasaron los documentos donde Fernando VII  proponía dar el poder a un militar como escalón para asumir directamente la monarquía en el virreinato de Nueva España, en tiempos en que la Constitución de su país  lo había dejado como una figura decorativa.

La hermosísima dama tenía tan embelesado a Iturbide, que en un desfile militar el general desvió el recorrido para llegar a la casa de la Güera, apearse del brioso corcel  e hincarse frente a su amada para ofrecerle una rosa blanca.

LA PANCHITA



La inteligencia, la ambición y la valentía le venían de casta a Francisca Javiera Carrera Verdugo, considerada como la madre de la Patria Vieja chilena.

En su hacienda daba albergue a los guerrilleros que se preparaban para engrosar las filas patriotas y por la noche recibía los armamentos que despachaba a los frentes republicanos. Fue tan significativa su actuación, que los rebeldes usaron la contraseña “Viva la Panchita” como santo y seña de los combatientes.
Francisca Javiera perteneció al grupo de los ideólogos de la revolución y criticó  implacablemente a O’ Higgins y a San Martín, a quienes acusaba de entregar a Chile a la Junta de Buenos Aires. Entre 1811 y 1814 fue asesora y consejera de su hermano José Miguel Carrera, en ese entonces presidente chileno. Intervino en la creación de los símbolos patrios y para asentar la identidad de su patria prohibió el minué en los salones y los remplazó por la zamba y el zapateo.

“La Panchita” creó talleres para fabricar los uniformes para la tropa y organizó un grupo de enfermeras para atender a los soldados patriotas.
Con la reconquista española, Francisca Javiera marchó al exilio y desde Buenos Aires siguió conspirando contra los españoles y contra San Martín y O’ Higgins a quienes consideraba igualmente  peligrosos para la autonomía chilena.

Entre encajes y saraos, en las fondas y en las ventas, en los grandes salones y en las trincheras las mujeres patriotas ayudaron a sus hombres a crear un mundo nuevo sin la tiranía española, infortunadamente la historia ha sido cicatera con ellas y a muy pocas se les ha reconocido su lucha por la libertad.

lunes, 17 de diciembre de 2012

LA LIBERTAD A LOMO DE CABALLO

Alfredo Cardona Tobón

En la reconquista española de la Nueva Granada, el general Morillo restableció el dominio realista en la costa atlántica y  en el centro del virreinato; entonces todo pareció  perdido para la causa republicana, pero no para los llaneros de Casanare en la Nueva Granada y  los de Apure y de Guárico en Venezuela que continuaron la lucha y volaron sobre sus caballos para revivir la esperanza de la libertad..
La tropa española se componía de veteranos curtidos en la guerra contra Napoleón; era difícil romper sus cuadros de combate con machetes y con lanzas, pero cuando los atacaba la caballería llanera, la lucha era a otro precio pues los infantes europeos eran incapaces de hacer frente a jinetes que se confundían con las espumas de los ríos desmadrados y surgían como fantasmas entre el humo de los pajonales en llamas.
En un informe de Morillo al rey  Fernando VII, el llamado “Pacificador”  relató  la acción de Mucuritas en el llano venezolano y reconoció la valentía de los llaneros: “Catorce cargas consecutivas sobre mis cansados batallones, me hicieron ver que aquellos hombres no eran una gavilla de cobardes, sino tropas organizadas que podían competir con las mejores de su Majestad el Rey”.
LA CABALLERÍA REPUBLICANA
Los “Húsares” armados de sables y los “Dragones” que combatían a pie o a caballo, decidieron el resultado de muchos combates:  La carga de caballería patriota selló el triunfo en el combate en “Las Queseras del Medio” y fue definitivo el empuje arrollador de Rondón en el “Pantano de Vargas”; la caballería patriota arrolló a los realistas en la batalla de Riobamba en cercanías de Quito y en la pampa de Junín los guasos chilenos, los gauchos argentinos y los llaneros colombianos sellaron la suerte de América en una lucha entre caballerías en la que  solamente se  oyeron el chasquido de los sables y el estruendo de las lanzas.
UN SÍMBOLO DE LIBERTAD
Las cucardas engalanaron las bridas de los corceles de las fuerzas patriotas en 1822; en ellas se veía un caballo blanco, indómito y sin jinete que figuró posteriormente en el escudo venezolano. Según la interpretación de Andrés Cordovez, ese caballo que galopa mirando atrás, representa a un pueblo altivo que no olvida su pasado de gloria y de honor y sigue adelante detrás de un futuro mejor.
En la historia colombiana el caballo va unido a Simón Bolívar como un centauro que dio vida a nuestra patria. La relación del Libertador empezó desde los primeros años del caraqueño. Cuentan que en una cabalgata,  el tutor Miguel Sanz reprendió al  pequeño Simón porque se estaba rezagando y  parecía no tener las aptitudes de jinete.
“Cómo voy a ser hombre a caballo- respondió el niño- si lo que me dan es un burro que sólo sirve para cargar caña”, no podía imaginar el licenciado que en el futuro ese pequeñín díscolo iba a recorrer a lomo de caballo más de  90.000 kilómetros de Sur América, una distancia superior a la que cubrieron en sus campañas Carlomagno y Napoleón Bonaparte.
La vida del Libertador estuvo ligada a la gloria, a las mujeres  y a los caballos a los que prestaba singular atención. Al final de cada jornada de campaña Bolívar atendía a sus caballos, enamoraba a la damita más bella y escribía otra página para la inmortalidad. El mejor regalo que podían brindar al venezolano era un caballo de clase:  en el lomo de “Muchacho”  entró victorioso a Caracas,  con “Pastor” y “Pomposo” cruzó las calles de Quito; “Fraile” y “Pájaro” lo acompañaron en Lima, “Mosqueado” bebió los caminos de Maracaibo y “Alfeñique” sorbió las sabanas araucanas y el repique de los cascos de “Palomo” se confundieron con el tañido de las campanas que anunciaron en Santa Fe la alborada de la Independencia.
LA LEYENDA DEL PALOMO
Cuentan que al regresar a Tunja, amargado por la derrota después de la Campaña Admirable,  Bolívar pernoctó en Santa Rosa de Viterbo. Al amanecer montó sobre un deslucido jamelgo y recorrió el fragoso camino con un peón de estribo que le sirvió de guía:
-¿Por qué no me alquilaste tu yegua?-
- Va a criar,  mi coronel, y mi mujer Casilda la está cuidando porque soñó que tendrá un potro que va a pertenecer a  un gran general-
Bolívar llegó  a Tunja donde lo recibieron con el mayor afecto  y al despedirse de su peón de estribo le dijo:” dile a Casilda que me guarde el potro”-
Pasaron los años. En la víspera de la batalla del Pantano de Vargas, el general Bolívar abrigado por una ruana y protegido de la pertinaz llovizna  por un sombrero alón oyó un tropel que se acercaba al campamento. Era una partida de caballos de Santa Rosa de Viterbo que remplazarían a las extenuadas cabalgaduras llaneras, menguadas y debilitadas por el paso por la cordillera. Un campesino venía arriando las bestias y en cabestro traía un hermoso caballo blanco,  el campesino se acercó a Bolívar y le entregó el caballo:  “Señor General- dice mi mujer Casilda, que aquí le manda su potro”-
El “Palomo”  recorrió con Bolívar los caminos del sur y lo llevó hasta Chuquisaca en el Alto Perú. Al cabo de un tiempo, el Libertador urgido por los sucesos en Colombia  regresó a Lima y continuó su viaje hacia Santa Fe, dejando la correspondencia y los asuntos personales en manos de Manuelita y su caballo  Palomo bajo el cuidado de un general amigo.
Vino la presión contra los colombianos, la insubordinación del Batallón Callao y la salida de Manuelita y de nuestras tropas del ingrato Perú.  Manuelita con el general Córdova y varios oficiales abordaron un navío en el puerto de El Callao y con ellos navegó el Palomo hasta el puerto de Guayaquil
Se cuenta que el general  José María Córdova cabalgó con el noble animal hasta el Valle del Cauca, seguramente sin los cuidados ni el cariño que tenia el Libertador con su Palomo;  en diciembre de 1829 pasó por Japio y se alojó en la Hacienda Mulaló, de propiedad de Don José Cuero, allí el caballo, posiblemente agotado por tan largo y continuo viaje enfermó, perdió la fuerza de las patas y  quedó allí mientras el alocado general continuaba su viaje a Antioquia en otro caballo. Una crónica relata que Bolívar al conocer la muerte del Palomo, dijo muy irritado: “Córdova no pudo montarse en Manuelita y me desjarretó al  Palomo”. Entre Bolívar y Córdova ya existía un abismo que empezó en el Alto Perú, cuando el antioqueño cometió muchos desafueros e hizo causa común con los enemigos de Bolívar.
EL PALOMO EN MULALÓ
En el corregimiento de Mulaló, en jurisdicción de Yumbo y muy cerca de Cali, se conserva la tumba del “Palomo”; es una atracción turística que los lugareños cuidan con especial esmero., allí hay un museo con las herraduras, las alforjas y otros objetos que tienen que ver con el Palomo y con la época de la Independencia y de la esclavitud de los negros.
En el pequeño poblado se siente al Palomo;  en los días festivos las cabalgatas de visitantes recorren los caminos del caserío rememorando las gestas del potro más amado por Bolívar. Mulaló gira alrededor del Palomo, los vecinos aseguran que el espíritu del hermoso y fuerte animal que relinchaba de alegría al acercarse Bolívar aparece en las noches estrelladas, como llamando a su amo para cabalgar con él entre las nubes.  

domingo, 16 de diciembre de 2012

AQUÍ NO PASA NADA- POESÍA-

LA VOZ DE UNA MUJER COLOMBIANA
A veces vivir en mi país, se me convierte en una tristeza, una tristeza que quiere volar. Un grito tal vez para un país que le importa nada y  se lo calla todo”. Irma




Y AQUÍ NO PASA NADA

65 muertos, 43 heridos, 26 desaparecidos
Y aquí no ha pasado nada.
País de ciegos
País de mudos,
País de inconscientes.
País que odio cada vez que veo la televisión
Y que amo  en las revistas de turismo.
País del que huyo cada noche entre mis sueños,
y al que me enfrento cada mañana,
cuando me bebo la taza de café barato.
¡Como me duele bebérmelo!
Sorbo de injusticia
Sorbo de mentiras.
Me lo bebo todo, me bebo la nada…
Cierro mis oídos para no escuchar tu suerte.
Cierro mi voz para no odiarte a gritos,
Y se me salen las palabras,
te condeno tecla a tecla,
letra a letra,
palabra a palabra.
¡Cuánto me pesa sentirte así!
Tan muerto dentro de mí,
Tan lleno de sangre y de bombas que matan niños.
Como me dueles herido en mí.
Como me duele no soñarte a gritos,
no quererme mío
sentirte tan ausente
país mío,
niño muerto que no sabe de flores y perfume,
que no sabe de caricias,
que no sabe de verdad.
Niño muerto
¡ Como quisiera abrazarte y darte un beso
Y revivirte un poco!
¿Pero sabes?
Yo también estoy así… muerta
muerta
muerta de miedo

-Poesía de Irma Cristina Cardona Bustos-