miércoles, 2 de enero de 2013

LA BATALLA DE GARRAPATAS- Mariquita- Colombia

Alfredo Cardona Tohón

- Información tomada del llibro "Los Caudillos del Desastre"


                                     General Santos Acosta 

Mientras el general Trujillo reorganizaba su gente en el norte del Cauca, el general Santos Acosta se aproximaba con tropas frescas por la vía del Tolima. Ante el avance de Santos Acosta, el general Marceliano Vélez salió de Manizales con fuerzas paisas y tolimenses y se atrincheró en el sitio de Garrapatas, en los llanos de Mariquita, con la intención de frenar a los gobiernistas o atacarlos por dos frentes, en caso de que lo esquivaran y pretendieran seguir hacia Antioquia.

El Ejército de Acosta estaba conformado por soldados boyacenses y cundinamarqueses y algunas partidas tolimenses de refuerzo que sumaban unos 5000 hombres que tendrían que enfrentarse a 7000 efectivos antioqueños. Marceliano Vélez convirtió el sitio de Garrapata en una fortaleza. “No hay piedra que no se haya utilizado en las trincheras, ni casa del poblado de Garrapata que no se haya convertido en trinchera- escribió J. H. Rodríguez-. En cada árbol hay un soldado apostado con un rifle amenazador[1].

El Tuerto Echeverri, testigo de la batalla, describe el sangriento encuentro de Garrapatas en su diario:

“El 15 de noviembre de 1876 se movió el ejército constitucional de Santa Ana a Garrapata, llano que había sido reconocido por los generales Marceliano Vélez, Cuervo, Córdova y Casabianca.
Allí se situaron las fuerzas conservadoras de Antioquia y el Tolima. Al pie de una colina abrupta, construyeron una trinchera recta de unos 450 metros de largo y se colocó allí una ametralladora y un cañón.

En la noche del 19 nadie durmió. El ejército de Santos Acosta estaba a nuestras puertas. En vista de esto el general Marceliano Vélez cubrió el centro con la División Vanguardia (en la trinchera antes mencionada) y puso a su derecha la División Giraldo (General Obdulio Duque) y la Segunda División del Tolima (General Del Río) y a su izquierda la Primera División Tolima a órdenes de Casabianca. Las Divisiones antioqueñas “Andes” y “Norte” quedaron a retaguardia: una parte de la División Giraldo fue situada en “La Cerca de Piedra” a unos 750 metros de la Casa de Vanguardia.
A las siete de la mañana del día 20, vio el ejército conservador que por las faldas de San Felipe y a paso redoblado subía un cuerpo enemigo de 2000 hombres.

El general Marceliano Vélez dispuso entonces ir a su encuentro y ordenó que una parte de la División Giraldo y otra de la Segunda del Tolima (a los cuales acompañó el doctor Cuervo), ocuparan las alturas inmediatas a las que enemigo pretendía ocupar.
El general Duque, pasado el río, dejó el camino real y se dirigió al oeste de la Cerca de Piedra. El general Del Río tomó el camino real de Santa Ana.
El general Vélez había dispuesto desde el 12 que el general Casabianca provocara al enemigo al sudoeste de la trinchera y que se retirara a emboscarse al pie de ella. La misma orden se había dado a las fuerzas estacionadas en la Cerca de Piedra.

Ya la segunda División del Tolima y la División Giraldo habían recibido orden de retirarse para cumplir el plan resuelto, ya las dos primeras comenzaban a replegarse bajo el fuego no respondido poco fuerte y ya algunos batallones enemigos se habían emboscado en las matas del bosque cuando a los diez y veinte de la mañana el general Casabianca atacó las fuerzas liberales y empeñó un verdadero combate. Brillaron allí, con su heroísmo, los soldados del Tolima, pero fueron dolorosamente rechazados por una fuerza emboscada, invisible y superior. Sin embargo, el enemigo, al cual impusieron silencio nuestra artillería y los tiradores de la colina, no pensó siquiera en avanzar.

La Primera División Tolima se retiró protegida por el fuego de la ametralladora de la colina que barrió sangrientamente los campos que quedaron a su alcance. Hubo allí una de las más grandes carnicerías que en los campos de batalla han visto. Los tolimenses pelearon como buenos y nuestra artillería y los batallones Herrán y Medellín arrojaron una lluvia, un torrente de balas que cubrió de cadáveres el campo.

El general Duque se retiró tácticamente pero al ver que en la Cerca de Piedra eran atacados sus compañeros marchó a auxiliarlos.
A una nueva orden del general Marceliano Vélez continuó en la retirada. El enemigo venía a paso de carga, pero vaciló un momento y se detuvo suspenso, cuando el general Duque, por medio de su corneta de órdenes mandó armar la bayoneta a sus soldados.
Aprovechando la confusión se confirmó la orden de retirada sigilosamente.

Llegó el general Duque a la trinchera y estaba haciendo que su fuerza se resguardara de ella cuando las fuerzas liberales desembocaron al frente de la Casa de Vanguardia.
Creían los soldados de Acosta que nuestra fuerza iba en derrota y así se lanzaron desalados, pero la trinchera de Vanguardia los recibió con una tempestad, con una avalancha de plomo. Algunos escaparon, otros como el teniente coronel Figueredo cayeron prisioneros dentro de la trinchera que su brioso ardimiento, atravesaron.

Era la una y media de la tarde, allí perdió el enemigo sus mejores veteranos y sus mejores banderas, varias de las cuales, clavadas en nuestro campo, fueron señal fatal que engañó a los liberales y los llevó lastimosamente al matadero.
Los cundinamarqueses cayeron como granos de espigas en la trilla, y al fin se concentraron en el caserío de Garrapata y en las inmediaciones del Morro Vigía, desde donde nos enviaban un fuego constante, aunque poco condensado.
A las cinco y cinco minutos de la tarde el volcán se apagó completamente...

El ejército conservador perdió:

1ª- División del Tolima 66 muertos 75 heridos 8 prisioneros
2ª División del Tolima 15 17 -
 División Giraldo 17 50 58
1ª División Vanguardia 5 4 -
1ª División Norte 1 4 -
1ª División Andes 8 10 -

Duelo y horror, angustia y admiración sentimos el día 21 en cuya mañana recorrimos las filas de los muertos; y decimos filas, porque los que no murieron atacando en pelotones, cayeron en sus puestos conservando las posiciones precisas de línea o guerrilla.

Tan grandes fueron las pérdidas liberales en este combate que, cuando después del armisticio de sangre y después de que cada ejército había retirado los muertos de sus inmediaciones, ellos recogieron en el rastrojo vecino 76 cadáveres de los suyos.

Destrozado finalmente el enemigo, quedó sin embargo, dueño de una fuerza de más de tres mil hombres, sin contar la reserva.
Podemos asegurar que el enemigo perdió en esta jornada 500 muertos y 600 heridos”[2].

Un recio aguacero que empezó la tarde del día 20 impuso un receso obligado a la carnicería. El 21 de noviembre ninguno de los dos ejércitos toma la iniciativa del combate. Vélez permanece en las trincheras y Acosta no ataca porque sus filas están destrozadas. “A las nueve de la noche de este día, a pesar de la hora y de las condiciones climáticas, Marceliano Vélez ordena reanudar el ataque, aunque no en batalla campal y sus hombres tratan de retomar algunas posiciones perdidas. Los asaltos se repiten hasta las cuatro de la mañana del 22 sin que pueda reconquistar terreno.

Las cornetas de los rebeldes anuncian el envío de una comisión negociadora y se pacta una tregua de tres días para recoger 800 heridos y 1500 muertos de ambos bandos. Cuando se aproxima la hora pactada para el cese de la tregua, el general Vélez solicita una entrevista que se realiza en el campamento liberal.

Las comisiones de las dos fuerzas, dialogan todo el día 26 y a las siete de la mañana del 27 firman un acuerdo en virtud del cual pactan una segunda tregua de 16 días, durante la cual los dos ejércitos deben abandonar sus posiciones que ocuparán nuevamente al vencimiento del término pactado.

Al general Acosta le censuraron no haber rematado las fuerzas enemigas que estaban seriamente quebrantadas y al general Marceliano Vélez le recriminaron no haber coronado la victoria: atrincherado, como estaba, en posiciones casi inexpugnables. “El general Vélez no atacaba el enemigo, escribió el general Manuel Briceño, porque estaba en posición inexpugnable; cuando éste atacaba las suyas, no se batía porque podía ocuparlas. Malditas posiciones con las cuales tropezaba aquel hombre a cada paso, para sepultar en ellas la noble causa en mala hora a el confiada.”[3]·
Al final de la triste jornada de Garrapatas, el general Sergio Camargo comentó al coronel Isidro Parra: “nos sobró valor y nos faltó prudencia”. El presidente Aquileo Parra exclamó al conocer los resultados catastróficos de la batalla: “nos han jodido estos maiceros”.
El general Casabianca, comandante de las tropas tolimenses, no perdonó al general Vélez la manera como condujo las operaciones y Don Marceliano Vélez. a su vez, increpó a Casabianca su temerario e infructífero arrojo que produjo en las filas conservadoras tan enormes bajas.

El 15 de diciembre el general Acosta regresa con sus hombres al sitio del combate y ocupa las antiguas posiciones, según se había convenido. Las horas avanzan y no aparece el general Vélez. Ante la magnitud de la carnicería olvidó la tregua y se dirigió con los suyos a las fortificaciones de Manizales.

La batalla de Garrapatas quedó en tablas. Semejante hecatombe no sirvió para nada. Allí perdieron liberales y conservadores. Nada se definió. Fue un mero desperdicio de vidas.



[1] Rodríguez Gustavo Humberto(1972). Santos Acosta Caudillo del Radicalismo. Biblioteca colombiana de Cultura- Bogotá- p. 205 )

[2] Echeverri Camilo Antonio. Obras completas (1971) Ediciones Académicas. Tomo II Editorial Montoya. Medellín p. 24 )


[3] Briceño Manuel (1947) La revolución de 1876. Imprenta Nacional. Bogotá

lunes, 31 de diciembre de 2012

LA EMBOSCADA EN LA TROCHA DE EL SILENCIO- FILADELFIA-CDAS

Alfredo Cardona Tobón



En  una mañana de agosto de 1900 los  soldados conservadores de la División Giraldo acantonada en Salamina, cruzaron el río Tapias y empezaron a trepar por una trocha que los llevó a la aldea de Morrón, conocida actualmente como Samaria. Al frente de la tropa iba el coronel Miguel Duque con la consigna de encontrarse en ese punto con fuerzas de Manizales para marchar al Cauca en una misión secreta.

Más que el enemigo la preocupación de los oficiales era la deserción de su gente, porque estaba  cantado que los antioqueños eran buenos para el trabajo pero pésimos para el combate. Los reclutas de Salamina aprovechaban cualquier ocasión para tomar las de Villadiego  y hacerle quite a la guerra; en esta ocasión tenían todos los motivos del mundo para perderse en la maleza, pues corría el rumor de una campaña contra el audaz Ceferino Murillo y el tenebroso Manuel Ospina, sanguinarios guerrilleros que operaban por los lados de Quinchía y Bonafont.

A mediados de 1900 el sur de Antioquia sentía los estragos de la revolución liberal , bandas  caucanas hostilizaban a Filadelfia, a Salamina y a Neira sin que las fuerzas gobiernistas de Manizales y Riosucio  pudieran atajarlos, pues las guerrillas atacaban y se diluían en medio de la población indígena

Los grupos armados de Emiliano García y de Teófilo Cataño reunieron un centenar de macheteros en la aldea de Quinchía, al otro lado del Cauca, cruzaron el río y se unieron a los hombres de Ceferino y de Ospina. Era gente ducha en acciones relámpago, donde sorprendían al enemigo y huían, pero no tenían experiencia en combate colectivo ni sabían luchar con efectivos regulares..

El 15 de agosto de 1900 fue un día esplendoroso; en el horizonte se veían los nevados de la cordillera central, era un día para vivir y no para morir. Desde temprano las guerrillas levantaron el precario campamento y  se internaron en los montes del sur de Antioquia con rumbo  a Filadelfia. Tres baquianos tomaron la punta y  al trillar los rastrojos para abrir paso los micos salían despavoridos y  pardadas de torcazas  buscaban el refugio de las copas más altas de los árboles..
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Las autoridades antioqueñas conocían los planes de los guerrilleros;  un labriego infiltrado había comunicado al  general  Carlos Londoño sobre la marcha y el rumbo de los insurgentes. Esa era la razón de la concentración de tropas gobiernistas en Morrón, donde se darían los últimos toques para sorprender el avance de los guerrilleros.

 El coronel Duque y el general Londoño unieron sus efectivos y sigilosamente tomaron un atajo hacia el río Cauca, en medio de la oscuridad de la noche, marchando a tal celeridad que al amanecer del 15 de agosto estaban emboscados  en la trocha de El Silencio, por donde se presumía que  iba a pasar la columna caucana.

El veterano Mariano Flórez y el exalcalde de Quinchía Gabriel Vinasco, iban a la vanguardia. Avanzaban confiados, sin esperar contacto alguno con las tropas del gobierno, que según informaciones confiables  estaban en Salamina. No se oía ni un pájaro, tan solo el chillar de las chicharras.
“Esto está muy raro”,  dijo Mariano y no acabó  de  completar la frase porque de  repente, a lado y lado de la trocha tronaron los fusiles y las carabinas y los macheteros caucanos  fueron barridos como  hierba mala
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Felipe Rojas alcanzó a disparar la escopeta y al atacar machete en mano una lluvia de metralla lo tendió entre el follaje  al igual que a sus 54 compañeros.,. Toribio Anduquia escapó de milagro; como una culebra se escurrió entre el rastrojo y huyó con Ceferino Ríos y con Manuel Ospina, que  venían en la retaguardia y tuvieron tiempo de resguardarse entre los árboles
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Cuando se propuso el ataque combinado, el coronel Zoilo Bermúdez dijo a sus copartidarios de Quinchia: "Trabajar con reclutas es una carajada y pelear sin armas es una solemne pendejada. Dígale a Ceferino que yo no le camino a esa vaina". Razón tenía el viejo militar, curtido en mil combates y sobreviviente de varias guerras, pues de los que marcharon hacia Filadelfia, ni siquiera regresaron  con los cadáveres
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El golpe asestado por Carlos Londoño y Miguel Duque desvertebró la revolución en la banda izquierda del río Cauca y la acción continuada de las tropas  conservadoras de Riosucio, Cartago y Manizales empujaron a los guerrilleros a la selva del Chocó donde continuaron la lucha.
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De la hecatombe de "El Silencio" quedó un recuerdo vago. No fue una batalla ni una acción gloriosa, fue no más  una matanza de "bandidos" perdida en el silencio de los tiempos  y en la trocha con ese nombre, los años borraron la memoria de  esos campesinos anónimos cuyos huesos quedaron  perdidos en el monte, sin que sus deudos hubieron oído el piadoso tañer de las campanas.