jueves, 24 de enero de 2013

QUINCHIEÑAS EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS



Alfredo Cardona Tobón.

                                         Doña Adelina García

¡Corran que vienen las tropas! - fue el grito que resonó por las callejuelas cuando el 19 de enero de 1902 irrumpieron las fuerzas gobiernistas en la aldea de Quinchía. Las tropas conservadoras compuestas por irregulares de Nazareth y de Riosucio comandadas por Azarías Gómez y Nemesio Gaviria, entraron sin encontrar oposición. ¡Qué la iban a encontrar si en el caserío sólo había mujeres y niños! Los hombres, o estaban en las guerrillas o escondidos en el monte, pues el cerco enemigo cada vez era más estrecho.

El tenebroso batallón 14 organizado por el prefecto Simeón Santacoloma revisó rancho por rancho y logró apresar al sacristán Nicolás Trejos, a Luis Trejos que convalecía de una herida y a Laureano Calvo, que a última hora se había refugiado en el zarzo de la casa de su novia.

Las guerrillas liberales se habían debilitado  desde los desastres en el Dinde, en el Pintado, en El Silencio y en Bonafont, pero aún así en los campos de Quincía seguían operando  las bandas de Ceferino Murillo, de David Cataño y de Manuel Ospina, contra las cuales se enfocaba la acción de todos los efectivos gobiernistas con base en las poblaciones de  Riosucio y Salamina.

Era necesario doblegar la moral de los auxiliares de las guerrillas, había que atemorizarlos y aislarlos de los combatientes irregulares y para ello nada mejor que aterrorizar y escarmentar a la población quinchieña;  sin fórmula de juicio, sin acusar a los prisioneros de delito alguno, los comandantes del Batallón 14 condenaron a muerte a Nicolás Trejos, a Luis Trejos y Laureano Calvo. El párroco Clemente Guzmán intentó impedir que los asesinara,  pero el oreño Azarías Gómez haciendo caso omiso a las peticiones del sacerdote le dijo :"Usted padre  tendrá que ver con lo de arriba, pero de tejas para abajo yo hago lo que me de la gana y  por eso ejecutaré a esos bandidos."

El 20 de enero de 1902, cuando el sol salía detrás del cerro Batero y descorría las  sombras del Gobia, las tropas gobiernistas formaron a los tres prisioneros contra un barranco, atrasito de la iglesia, y los fusilaron.

Rosaura Ibarra vio desplomarse a su hijo Luis bañado en sangre y Natalia Monzón, mordiendo el pañolón para no gritar de pena y de rabia, miró por última vez a su esposo Nicolás, el sacristán que sólo sabía de misales. El humo de los fusiles se elevó hacia el cielo y atrás volaron las almas de los tres condenados. Cuando el pelotón se retiró las tres mujeres cerraron los ojos de sus muertos y en parihuelas ensangrentadas los llevaron a los ranchos para darles la última despedida.

La soldadesca ebria de sangre y de chicha era la dueña del poblado, los hombres y las mujeres jóvenes huyeron y solamente permanecieron en Quinchia las ancianas y los niños, la tropa gobiernista se internaba en los campos y en el barranco frente a la iglesia acribillaba a cuanto labriego se ponía a su alcance.

Las ancianas y los niños se reunieron en las casas más grandes para auxiliarse, para  consolarse y protegerse de las torvas intenciones de lo peor de la tropa; en grupos salían al monte a buscar pepas de obamba y cogollos de guadua y guadilla, que agregadas a las chuchas y guatines que capturaban les servían de  alimento.

A finales del año 1901 los combates continuaban por las riberas del rio Cauca. Las tropas de Riosucio y Salamina  desesperadas ente la tenaz resistencia redoblaron las acciones punitivas y asesinaron a los heridos que caían en sus manos y a los prisioneros de cualquier condición como ocurrió con don Santiago Rico, un viejo exalcalde que fue destrozado a los balazos cuando satisfacía sus  necesidades fisiológicas  en un solar aledaño  a la cárcel

Como la sangre llama más sangre y los atropellos se responden con otros  atropellos, los quinchieños  hicieron imposible la vida de los vecinos de Guática y de San Clemente y los bandidos desplazados de orillas del río Cauca infestaron las poblaciones al otro lado del rio Cauca.

Natalia Monzón, con el recuerdo vivo de su esposo, se convirtió en estafeta de las bandas liberales, viajaba a Riosucio y a Cartago a vender pandequeso y envueltos y regresaba con mensajes y plomo. Dolores Trejos, joven y agraciada, brindaba sus favores a cabos y sargentos para sonsacarles al son del catre y el tapetuza, la información que requería la guerrilla para los operativos y para pasar su  gente hacia las zonas de combate del Chocó  y de Panamá controladas por los liberales.

Adelina García, partera del pueblo, se convirtió  en la enfermera y la cirujana de las guerrillas, sin medir el peligro,  recogía los campesinos heridos y los escondía en el zarzo de su casa hasta que pudieran valerse por sí mismos.

Cristina González y Graciela Espinosa atendían a los huérfanos y mantenían unida a la comunidad aterrada. Sin el espíritu de todas estas mujeres Quinchía no hubiera sobrevivido, quizás hubiera corrido la misma suerte de Tachiguí y de Papayal que desaparecieron en circunstancias semejantes en las guerra de 1860.

El talante de esas mujeres del 1900 no se perdió en  Quinchía, ellas sostuvieron sus hogares cuando en los años cincuentas los hombres tuvieron que emigrar o meterse al monte ante otra arremetida partidista den la violencia desatada durante los gobiernos de Mariano Ospina y Laureano Gómez o cuando en un falso positivo del gobierno de Uribe las tropas capturaron más de cien quinchieños acusados injustamente de auxiliar a las guerrillas. Son, igualmente las quinchieñas las que en tiempo de paz, cargan con casa, hijos y parcela  cuando sus compañeros tienen que dejar el minifundio y buscar el jornal en tierras  lejanas.

Son estas mujeres de temple indígena y caucano las que han impedido que un pueblo azotado por todas las furias siga adelante y al contrario de  otras localidades en mengua, Quinchía progrese y mire con confianza el futuro.

martes, 22 de enero de 2013

LA MARCHA DEL GENERAL MANUEL CASABIANCA


Alfredo Cardona Tobón




La entrada de tropas a Manizales no era novedad pues en esa ciudad fronteriza se concentraba la fuerza conservadora que guardaba la frontera con el Estado del Cauca; sin embargo la  llegada de soldados calentanos del Tolima fue algo inusual, primero por su marcha valerosa remontando la cordillera burlando al enemigo y segundo porque la presencia de esa columna mal armada y peor vestida llenaba de esperanza a una comunidad amenazada por todos sus flancos al terminar ese año de 1876.

Los ochocientos tolimenses  marcharon al compás de una caja de guerra por la calle empedrada que llevaba a la plaza principal de Manizales; la mayoría de ellos iba  a pie limpio, sin zapatos ni cotizas,  con vestidos andrajosos, jíqueras en vez de carrieles, mal armados, con las privaciones  y el hambre pintadas en su semblante después de una larga marcha  por caminos imposibles  y desiertas montañas.

El general Manuel Casabianca venía a reforzar al ejército conservador de Antioquia y a  repeler el ataque liberal que se cernía sobre Manizales por dos frentes:  el general Santos Acosta, con sus veteranos de Cundinamarca y Boyacá se acercaban por Lérida, y el general Julián Trujillo  avanzaba desde el Valle del Cauca  con fuerzas  del Estados del Cauca y otras  panameñas desembarcadas en Buenaventura.

¿QUIÉN FUE EL GENERAL MANUEL CASABIANCA?

Parece que Manuel Casabianca nació en aguas de la Guajira, a borde de un barco inglés, de madre venezolana y padre oriundo de Córcega. El médico Agustín Casabianca quedó viudo, frente a la costa inhóspita con un niño recién nacido.

 Un pasajero de apellido Canal se condolió de la situación del galeno y lo invitó a la región de Chinácota donde podría ejercer la profesión y atender adecuadamente al pequeñín. Agustín Casabianca y su protector desembarcaron en  Maracaibo y en un bongo remaron Zulia arriba con una india que amamantaba al recién nacido.

Contra todos los pronósticos el bebé sobrevivió en medio de los zancudos, mil clases de bichos y el calor  asfixiante de la selva. Transcurren algunos años y Manuel Casabianca, sin terminar aún los estudios de bachillerato se enreda en los movimientos armados bajo las banderas conservadoras de la familia Canal.

A los 23 años de edad el joven Casabianca es veterano de tres campañas. En 1860 al frente de una escuadra de caballería vence al enemigo en las acciones de Saldaña e Ibagué y  es uno de los paladines azules del  estado Soberano del Tolima. En 1870 sus copartidarios promulgan la primera y única constitución conservadora en la historia del Tolima y llevan a Casabianca al Senado de la república.

Al estallar la  guerra de 1876, Casabianca, con el grado de general  y en calidad de segundo comandante de las fuerzas de su Estado, toma las armas y en  alianza con los antioqueños se rebela contra  el régimen del presidente Aquileo Parra, en una guerra con matices religiosos que se extiende por media Colombia.

EL CRUCE DE LA CORDILLERA

Para hacer frente a las fuerzas de Cundinamarca y del Cauca, aliadas del gobierno liberal,  los Estados soberanos de Antioquia y del Tolima decidieron aunar fuerzas y para tal fin el general Manuel Casabianca reunió mil soldados de infantería y unos doscientos jinetes y salió del Guamo por la trocha del Quindío con rumbo a Manizales.

Casabianca y sus hombres llegan a Ibagué el 14 de septiembre de 1876 y empiezan el ascenso a la cordillera central seguidos muy de cerca por la columna  liberal del general Daniel Delgado que quiere, a toda costa, impedir que los tolimenses se unan a las tropas antioqueñas. Casabianca llega a Salento y amaga un ataque en el Valle del Cauca para hacer creer a Julián Trujillo que se acerca un gran ejército. mientras Casabianca ejecuta la maniobra de distracción sitúa  una avanzada en el sitio del Toche, en las faldas de la cordillera,  con la intención de frenar las avanzadas de Delgado y cubrir su retaguardia.

El Toche era un paso difícil, donde una pequeña unidad militar estratégicamente situada, podía impedir el paso a todo un ejército. Allí, el coronel Lozano con apenas 150 tolimenses contuvo la tropa liberal que venía pisándoles los talones, dando tiempo a  Casabianca a salir de Salento por  marañas de guadua y bosques impenetrables con dirección  a  Pereira.

Al llegar a la quebrada de Bolillos, en la trocha de Condina, fue imposible el paso de la caballería, pues en  los profundos tremedales se hundían hombres y bestias;  Casabianca no  podía improvisar puentes, ya que el ruido de las hachas retumbaría en la montaña y advertirían la ubicación de su gente; el general, entonces, ordenó degollar a los caballos cuya marcha era imposible en esos bejucales y sobre los cuerpos palpitantes de los nobles brutos continuaron su camino hacia las márgenes del Otún y luego con destino a Manizales.

 LA OTRA CARA DE LOS TOLIMENSES.

Mientras los manizaleños rezaban para que Dios protegiera la marcha de los tolimenses, los vecinos de  Villamaría oraban para que no llegaran a reforzar a los enemigos de Manizales que en noviembre de 1876 habían cruzado el río Chinchiná  para ocupar su poblado.

El temor de los villamarinos se hizo realidad, pues los tolimenses llegaron a su aldea y la saquearon en tal forma  que no dejaron ni siquiera las cobijas,  robaron las cosechas de maíz y fríjol, arrasaron plátanos y yucas, se comieron las gallinas, las vacas y los cerdos, dispararon a las mujeres y a los niños y  remataron a  los soldados caucanos que estaba  atendiendo en un hospital  improvisado.

Días después del saqueo  los generales Casabianca  y Marceliano Vélez se desplazaron con su gente hacia el Estado del Tolima y se enfrentaron a Santos Acosta en los llanos de Garrapata .Fue una batalla sangrienta, cruel e inútil, donde Marceliano malogró la victoria y dejó un campo lleno de muertos donde perdieron por igual los liberales y los conservadores.

El valor que le faltó a Marcelino le sobró a Manuel Casabianca. El descendiente de corsos  llevaba en su sangre el fuego que animó a Napoleón a enfrentarse con Europa. Era uno de esos gallos de pelea que bañaron con sangre la historia del siglo XIX; Casabianca combatió en todas las guerras de fines del siglo pasado en defensa de los intereses de la iglesia y de su partido conservador y como hombre público desempeño con lucidez la gobernación del Tolima y la cartera del ministerio de guerra. El 27 de mayo, cuando aún se oían los cañones en la contienda fratricida de los Mil Días, Manuel Casabianca murió en Bogotá, en su casa, lejos del campo de batalla donde  siempre  quiso dejar la vida.