jueves, 31 de enero de 2013

DEL CAFETAL A LA TAZA



PAISAJE CULTURAL CAFETERO

Alfredo Cardona Tobón*



El  aroma, el cuerpo, la acidez, el sabor y el gusto final se combinan para hacer del grano colombiano  el mejor café suave del mundo; distinción que no es gratuita, pues detrás de cada pocillo de café hay una cultura que la hace posible y tiene que ver con la gente de nuestras montañas, la variedad del cultivo, la altura y el beneficio del grano.

En el ramillete de las cualidades del café colombiano hay algunas especiales que atienden ciertas exigencias de nichos de mercado, para estos casos se redoblan las exigencias en el cultivo y por supuesto, se multiplica el precio de venta del producto. Pero sea para el consumidor general como para los paladares exquisitos, el café colombiano guarda la excelencia que lo hace  único para quienes desean aroma y acidez media o como parte de mezclas de alta calidad.

TODO EMPIEZA CON EL CULTIVADOR

Desde fines del siglo XIX se formó la cultura cafetera que ha permitido la producción de granos maduros, limpios y sanos en  plantaciones medias y pequeñas que hacen del cultivo un rito que se repite con devoción y cariño de generación en generación.  Ser cafetero en Colombia es una vocación, es algo que se lleva en el alma y se aferra a los almácigos, a  los secaderos y a los sacos de café.

El cafetero colombiano no se improvisa ni nace por generación espontánea. Eso se lleva en la sangre,  viene de ancestro y de generaciones que se han abonado los surcos con su sudor y hasta con su sangre. Por eso  la caficultura colombiana ha resistido bajos precios, plagas, sequias y largos tiempos lluviosos, porque quien ha nacido en un cafetal, seguirá aferrado al cafetal como parte de su existencia.

UNA TIERRA AMACIZADA CON EL CAFÉ

Al café le encantan los suelos volcánicos con materia orgánica, consistencia franco-arcillosa, situados entre los mil y dos mil metros de altura y con regímenes específicos de lluvias y tiempo seco; es decir Dios lo creó para que cubriera la zona andina colombiana y particularmente la región del Viejo Caldas; la naturaleza preparó la cuna del café suave y aromático con cenizas de los volcanes del Ruiz, del Machín, del Santa Isabel y del Tolima, asentó sobre ellas el humus producido en millones de años por tupidos bosques, la regó con lluvias abundantes y la calentó con veranos cortos y para que nada faltara, Dios hizo que los labriegos de la región se enamoraran del rojo, blanco y verde de los cafetales.

El café, como una diva es muy exigente; se palotea y se vuelve anémico en los malos suelos, es muy ácido y pasilludo por debajo de los mil metros de altura y se muere de frio arriba de los dos mil metros; no quiere la competencia de otras plantas y por eso exige dos desyerbas por año y  para prodigarse necesita abonos y mucho cuidado.

VARIEDADES DE CAFÉ

El café arábico entró por la zona de Cúcuta en el siglo dieciocho, pasó luego a  Cundinamarca y de allí se extendió a toda la nación; los abuelos sembraron la variedad Borbón, con plantas que parecían catedrales, y el Maragogipe de enorme grano que creció al lado de las variedades Pajarito y Típica.

Al buscar mayor  producción se incentivaron las altas densidades de siembra, los científicos de Cenicafé  desarrollaron la variedad Caturra. Cuando apareció la roya desarrollaron la variedad Colombia; luego obtuvieron la variedad  Castillo y el Supremo y ahora buscan un  cafeto que se acople al desbarajuste climático que está sacudiendo al  mundo.

EL PROCESO DEL CAFÉ

Ese café que se degusta  con los amigos en el centro de la ciudad o en una amable tertulia casera, empieza como un ‘fósforo’ en el germinador, sigue desarrollándose en forma de ‘chapola’ en  el almácigo y al trasplantarse se convierte en el cafeto pegado a nuestras lomas. Durante  los dos primeros años exige los cuidados de un niño chiquito y a medida que se viste de follaje  brotan las flores blancas que revientan en racimos amarillos y rojos durante  la traviesa y la cosecha plena.

Los recolectores forrados en plástico para protegerse de la lluvia y los bichos arrancan del arbusto los  granos pintones y maduros y los llevan al beneficiadero para quitarles la pulpa y fermentar el mucilago adherido a los granos;  a las  doce horas el agua desprende el mucilago  y el grano lavado y escurrido queda listo para  secarlo al sol o con aire limpio a temperaturas que no pasen  de los 50ºC

Sin embargo, lo que dio el clima, el suelo y el cultivo se puede perder con un mal beneficio: si se utiliza agua sucia coge mal olor, si se seca a más temperatura se pierden las propiedades de taza y se contamina si está al lado de sustancias extrañas.

TODA UNA AVENTURA

Del café con sombrío, acompañado de pájaros y de lombrices que se reproducían en mantos de hojas de guamo, se ha pasado a manchas verdes de cafetos abiertos al sol y a la lluvia. De once  o más millones de sacos de exportación se bajó a siete millones. Antes sobraba el café y ahora se están importando 700.000 sacos de calidad  inferior para atender el consumo interno  y dar margen para exportar el grano excelso.

No son halagüeños los horizontes cafeteros, con los precios actuales los cultivadores pierden dinero y ante el futuro sombrío las nuevas generaciones que crecieron al lado de los cafetales, están emigrando a las ciudades y el café se está quedando sin deudos, como huérfano, como abandonado y ya no cubre, como antes, las faldas de nuestras serranías.

Los viejos cafeteros tienen la paciencia del  santo Job y son como los tahúres redomados que juegan otra partida,  o esperan la otra cosecha con el anhelo de enderezar el camino, pero como está sucediendo con los cultivos del grano los cafeteros  también se están acabando; las lomas surtidas de arábigos se están llenando de pasto y la tierra de los carrielones de ruana va quedando en manos de “traquetos” y “lavaperros” de los grandes mafiosos.


lunes, 28 de enero de 2013

LA MADRE LAURA MONTOYA UPEGUI


Alfredo Cardona Tobón*



Posiblemente la situación de los indígenas al empezar el siglo XX era más miserable que en los tiempos de la conquista y de la colonia cuando tenían el coraje de luchar contra los invasores o la oportunidad de esconderse en las selvas. Después de siglos de “evangelización” los misioneros habían convertido a los nativos en peones serviles y los que no se sometieron, los llamados  “racionales”, los catalogaron como alimañas que se podían cazar y asesinar impunemente.

La Madre Laura, en cambio, a la par con el mensaje cristiano, defendió a los indígenas y los hizo sentir personas; decía que no  tenían  que obligarse a cambiar la paruma por el pantalón, su lengua por el castellano y sacarlos de sus bohíos para alojarlos en casas estrechas.

La Madre Laura no estaba de acuerdo con borrar las tradiciones y costumbres de los nativos para que  adoptaran las de sus victimarios. ¿Quién no ama su lengua?- preguntaba Laura Montoya- ¿Quién no quiere las tradiciones de sus antepasados como pedazos de su corazón?”-
Con esa visión, respetando la dignidad de los indígenas, integrándose a su vida y a sus costumbres, las lauritas se acercaron a los nativos para formarlos como personas con dignidad y con  los derechos de los demás compatriotas.

LA VIDA DE LAURA MONTOYA UPEGUI

Nació en Jericó, Antioquia, el 26 de mayo de 1874. A los dos años de edad fanáticos liberales asesinaron a su padre Juan de la Cruz, un comerciante con estudios de medicina y por entonces personero de la población. Desde entonces empezó el calvario de Laurita, de su mamá Dolores y los dos hermanos, que sin medios económicos se acogieron a la caridad de los  familiares en una sociedad de doble cara, con valores solo para exhibir, que reza para empatar con el pecado y  cree que la caridad es de una sola vía.

Inicialmente doña Lola con sus hijos buscó  asilo al lado de los suegros  y de allí los arrojaron a la calle como  ocurrió igualmente con un tío debido a las maquinaciones de la malvada abuela paterna. Al fin los acogió el abuelo materno, un viejo agrio y tosco que  nunca le brindó un cariño a la huerfanita.
Doña Dolores fue maestra en pueblos alejados y por esa razón dejó a Laurita al cuidado de una pariente que le consiguió una beca en un colegio de niñas ricas y luego la sacó aduciendo que la niña era incapaz de aprender algo útil.

La memoria de Juan de la Cruz vino al rescate de Laurita en la “Regeneración” nuñista. Los conservadores quisieron hacer justicia al mártir jericoano en la guerra de 1876 concediendo una beca a su hija menor, que se graduó con honores en la Normal de Medellín en 1893 y de inmediato fue nombrada maestra en la población de Amalfi.

En 1897 Leonor Echavarría funda el  colegio  “La Inmaculada” en un caserón frente al Palacio Episcopal de Medellín y  llama a su prima  Laura  para que trabaje con ella. La vecindad y la virtud de la jovenicita la acercan al arzobispo Pardo a quien confía su deseo de hacerse carmelita contemplativa. “El Señor la llama a usted a una empresa distinta aún no fundada”- le dice el alto prelado-  y en una visita  a la comunidad embera de Guapá,  Laura descubre su vocación y se afirma su deseo de trabajar por los indígenas a quienes considera los más desamparados de los desamparados.

Por murmuraciones de enemigos gratuitos Laura cierra el colegio y continúa de maestra en escuelas remotas, pero su deseo de evangelizar y trabajar con los nativos siguen ardiendo en su corazón y un día  de 1911, con el apoyo de monseñor Maximiliano Crespo, se dirige a Dabeiba con cinco compañeras de aventura y se enfrenta a la labor quijotesca de arrancar a los indígenas que deambulan por las selvas del Urabá de la miseria física, espiritual e intelectual

UNA LABOR INCREÍBLE

Soportando hambre, pobreza e incomprensiones, Laura y sus compañeras siguieron adelante con la labor misionera, viviendo en chozas miserables, aprendiendo el dialecto y empampándose de los  mitos y creencias de los nativos. A los dos meses de estar en Dabeiba, el obispo Crespo les aconsejó que crearan  una congregación religiosa y entonces nacen  las misioneras de la Inmaculada y Santa Catalina de Siena, que extienden su labor a las comunidades negras de Uré y a las selvas del Sarare. Posteriormente las lauritas, como cabras montaraces, se internan en las regiones de los indios cunas,  guajiros, arhuacos. motilones, sálivas y cubeos en territorio colombiano  y  continúan con su misión en 19 países de América, Africa y Europa con 90 casas y 467 religiosas.

En 1934 el presidente Santos condecora a la Madre Laura con la Cruz de Boyacá, honor por demás muy merecido, que comparte con  todas sus compañeras.

Las dolencias, la fatiga y la pesadez de su cuerpo  ataron a la madre Laura a una silla durante nueve años; después de una penosa agonía la religiosa entregó su alma al Creador  el 21 de octubre de 1949 en la ciudad de Medellín, a la edad de 75 años. En el año 2003 el Papa Juan Pablo II beatificó a la Madre Laura y comprobados milagros han dado el aval para que el Papa Benedicto XVI lleve a los altares a esta antioqueña que será la primera santa colombiana.

 LOS FRUTOS DE UNA MISIONERA

Es muy variada la labor de las “lauritas”: en el Vicariato Apostólico de Machique en Ecuador, por ejemplo, asesoran proyectos de salud y educación; en Panamá trabajan con la comunidad Ngbe Buglé apoyando prioritariamente a la mujer, doblemente estigmatizada por ser mujer entre su tribu y por ser indígena por los panameños. En el Perú las misioneras de la madre Laura son promotoras de salud en medicina natura;  en el Instituto de Wijint de ese país, atienden la educación de 200 jóvenes y desarrollan proyectos con paneles solares e insecticidas naturales. Las lauritas son misioneras, trabajadoras sociales, defensoras de los indígenas a tal punto, que pese a su pobreza recaudan fondos para sostener líderes indígenas en colegios y universidades.

La Madre Laura fue una escritora amena y prolífica; publicó 23 libros sobre diversos temas y dirigió 2814 cartas a los prelados y a otros personajes que tuvieron que ver con su misión.  Siguiendo el ejemplo de la fundadora,  varias lauritas se han distinguido  en diversos campos, entre ellas está la venerable Isabelita Tejada que con su guitarra y su bella voz se acercó a los catios y a los negros de Urá; Alicia Arango publicó mitos y leyendas de los catios y una gramática catía y la hermana Estefanía Martín escribió una cartilla en quechua y estudió la  genealogía de los indios de Dabeiba.

Como toda obra importante, el trabajo de las lauritas tiene sus detractores, que no alcanzan a opacar lo que han realizado las misioneras al  arrancar comunidades  de la ignorancia y de la miseria y apoyar a los líderes negros e indígenas, que con títulos profesionales y estudios avanzados están defendiendo a sus hermanos de raza.  



La antioqueña que hizo patria

Perfil de Laura Montoya, declarada beata en el 2004 por su intercesión en un milagro.

Por:  JOSÉ ALBERTO MOJICA

11 de mayo de 2013



Cuando era una niña, Laura Montoya odiaba rezar. Contaba que a los tres años ya repetía oraciones, letanías y responsos, haciendo gala de una memoria prodigiosa. Su devota madre se ufanaba de su pequeña rezandera y la ponía a recitar el rosario ante las visitas; ella obedecía, pero gruñendo. Años después, cuando anidó a Dios en su corazón, lloró sus ojos al saberse tan ingrata ante los asuntos sagrados.

Una noche, pegada a las pepitas de la camándula, le preguntó a Dolores, su madre:

–¿Quién es ese señor Clímaco Uribe por el que rezamos todas las noches con tanta devoción?
–Ese fue el que mató a su padre. Debemos amarlo porque es preciso amar a los enemigos, porque ellos nos acercan a Dios, haciéndonos sufrir, le contestó.

Desde entonces –narró en su autobiografía– aprendió que debía amar a sus enemigos, que no fueron pocos ni mansos.

Al padre de la santa paisa, Juan de la Cruz Montoya, conservador hasta los tuétanos, comerciante con estudios de medicina y personero de Jericó –la tierra donde nació Laura–, lo mataron en una contienda con los liberales. La viuda, con tres muchachitos –Laura era la segunda–, perdió la vivienda y tuvo que salir de Jericó. Pasaron hambre y necesidades. A Laura la dejó donde el abuelo, y en cualquier casa donde la recibieran, porque una mujer sola, pobre y sin trabajo no podía responder por tres hijos. Solo la veía de vez en cuando, y aunque entonces Laura no lo comprendía, le insistía en que era una privilegiada hija de Dios. (Lea también: Tres milagros y una cama bendita).

Tenía apenas tres años cuando empezó su peregrinaje de arrimada. Creció con amargura en el alma, sintiendo que nadie la quería, ni siquiera su mamá. Además, se sentía fea y torpe.

“Laura Montoya es el reflejo de una gran mayoría de colombianas: víctima de la violencia, desterrada y pobre, pero dueña de una fe a prueba de todo y echada para adelante”, así la describe Ayda Orobio, madre superiora de la comunidad de Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, o de las lauritas, como les dicen.
A los 16 años, Laura –sigue Orobio– se ganó un cupo en la Normal de Medellín para convertirse en profesora y así poder sostener a su familia. Ostentaba un cúmulo de conocimientos, pese a que nunca había ido a una escuela; siempre fue una autodidacta. (
Vea una galería sobre la vida de la madre Laura).

Empezó a conocerse como la señorita Laura, gran formadora de las niñas y jovencitas de las familias más acomodadas de Medellín, a quienes les inculcaba, además de una educación rigurosa, la buena moral y el amor a Dios.
Quiso ser carmelita descalza, pero nunca logró un cupo en el convento del Carmelo, en Medellín, pues debía esperar a que se muriera alguna religiosa allí enclaustrada, y eso nunca se dio.

Su vida cambió en una excursión que hizo a Guapá, un asentamiento indígena ubicado en el antiguo Chocó (hoy, Risaralda). Allí, de la mano del padre Ezequiel Pérez, conoció la realidad de los indígenas: olvidados por el Estado y la Iglesia, explotados y creyéndose sin alma. (Lea también: La religiosa en sus propias palabras).

“Laura se preguntaba: ¿Cómo es posible que esas personas, que fueron las primeras pobladoras de estas tierras, que son tan ciudadanos como los demás, vivan de esa manera tan cruel?”. La que habla es Estefanía Martínez, de 90 años, una de las pocas hermanas que conocieron en vida a la madre Laura y quien atestiguó sus últimos días. La vio, en una larga y penosa agonía, cuando murió el 21 de octubre de 1949, a los 74 años, víctima de una alteración del sistema linfático. Laura pesaba unos 170 kilos, pero no por ser glotona. De hecho, pasaba días enteros de ayuno y penitencia, sin probar bocado. Aunque no está documentado, se estima que padecía un desorden hormonal que la hacía subir de peso; problema de tiroides, tal vez. (Conozca los santos latinoamericanos).

Defensora de los indígenas

Desde que conoció a los indígenas, sigue Martínez, se convirtieron en su obsesión, o mejor, en su llaga. Fue por eso por lo que, a los 40 años, decidió embarcarse en lo que parecía una locura: meterse en el monte a evangelizar y a ayudar a los nativos. Lo hizo con un permiso de la Iglesia, sin ser religiosa aún, acompañada por su madre, de más de 70 años, y por seis amigas, sus escuderas, que la seguían con fe ciega.

¡Locas! Así les gritaban cuando iban saliendo desde Medellín rumbo a Dabeiba (occidente de Antioquia), a lomo de mula, con dos peones que las custodiaban, en un viaje de 10 días. Al llegar a Dabeiba –comenta Martínez– fue rechazada vilmente por todo el pueblo. Pensaban que ella y sus discípulas iban a quedarse con las tierras y a conseguir marido. Ni los indígenas la querían, y menos los gamonales y terratenientes de la región. Hasta la propia Iglesia a la que proclamaba se interpuso ante su iniciativa. “En esa época era inadmisible que una mujer hiciera algo tan intrépido como irse para la selva a vivir con los indios”, agrega Martínez. Además, llamaba la atención que una mujer, sin ostentar una credencial religiosa, pregonara el evangelio.

Poco a poco empezó a ganarse el respeto y el afecto de la gente, sobre todo de los indígenas. “La madre Laura entendió y defendió la diversidad, reconoció al otro ser, que también tiene cualidades y valores, formado desde la naturaleza y no desde la academia o la modernización. Les demostró a todas esas personas que categorizaban a los indígenas como seres salvajes que estaban equivocados”, dice José Leonardo Domicó, líder de la comunidad embera-katío asentada en Dabeiba.

Laura –añade Domicó– no solo les inculcó el valor de la educación –a los más destacados se los llevaba a estudiar a colegios y universidades de Medellín–, sino que luchó por el reconocimiento de sus tierras y por la garantía de sus derechos humanos. “Fue nuestra gran activista, la persona blanca que más ha luchado por nosotros. Además, nos evangelizó sin pretender arrancarnos nuestras costumbres ancestrales”, agrega el líder.

Allí, en Dabeiba, en 1914, se convirtió en fundadora de su propia comunidad religiosa, que hoy está conformada por mil misioneras, que les ayudan a los más desvalidos de Colombia y de otros 20 países. “La madre Laura no es una santa milagrera. Fue una mujer que revolucionó la historia del país, y que cambió el papel de la mujer en la sociedad. Ella es mucho más que una monjita que hace milagros desde el cielo”, dice la hermana Amparo de Jesús Álvarez, una de sus discípulas. Y lo dice sin pretender ser desagradecida, pues es hija de la mujer cuyo testimonio de sanación fue aprobado por Juan Pablo II para la beatificación, en abril del 2004. Herminia, su madre, tenía cáncer de estómago y se curó sin ninguna explicación médica, después de encomendarse a ella.

Más tarde vendría el milagro clave para la canonización, el del médico antioqueño Carlos Eduardo Restrepo, quien en su lecho de muerte, ya con los santos óleos encima, con un hueco en el estómago del tamaño de una naranja –como médico sabía que no tenía cura– le pidió que lo salvara.

De la madre Laura, la hermana Esther Hoyos, de 83 años, quien tuvo el privilegio de conocerla, recuerda la dulzura de su voz, su jovialidad y buen humor, y sus ojos negros profundos. Cuando la veía –confiesa– sabía que estaba al frente de una santa. Para Hoyos, los colombianos deben estar muy orgullosos de tener entre los suyos a una consentida de Dios y a una gran ciudadana. “Ella fue una luz en la selva, una luz que hizo religión y evangelio, que sembró a Dios, pero que también hizo patria”.

El libro ‘Habemus santa’, del periodista de EL TIEMPO José Alberto Mojica, será lanzado la primera semana de junio por Intermedio Editores.

Jericó y Medellín, sus santuarios

Los lugares que concentran a los seguidores de la madre Laura son Jericó y Medellín. El primero es su tierra natal. Allí está la casa donde nació. Hay una especie de museo donde está la pila de piedra en la que fue bautizada y una colección de sus libros y fotografías. En la catedral del municipio hay un monumento y un lienzo en su honor. El Santuario de la Luz, en Medellín, es todo un complejo religioso en su honor. En su tumba, los peregrinos se agolpan para pedirle milagros. El sitio más visitado es el cuarto donde ella murió. Se conservan su cama -se cree que el que allí se acuesta se cura- y sus pertenencias.

Sus reliquias en Colombia y el mundo

Obedeciendo a la costumbre de la Iglesia católica de atesorar reliquias de los santos, la madre Laura fue exhumada en 1974 para extraerle dos falanges del segundo dedo del pie derecho y una costilla, la número 11. Una de las falanges se conserva en un relicario de madera, expuesto al público, en la catedral de Jericó. La segunda, dentro de otro relicario, está en la Santa Sede, en Roma.

La costilla fue triturada en múltiples pedazos, que se enviaron a todos los lugares donde hay sedes de la obra de Laura: Colombia, Haití, República Dominicana, España y República Democrática del Congo.

JOSÉ ALBERTO MOJICA
enviado especial de EL TIEMPO