sábado, 1 de junio de 2013

PICORNELL, NARIÑO Y LOS DERECHOS DEL HOMBRE

Alfredo Cardona Tobón *



Juan Bautista Mariano Picornell y Gomila nació en 1759 en Palma de Mayorca. Sus ideas republicanas y modernistas lo llevaron a proponer cambios radicales en la educación española y en el gobierno decadente de la monarquía peninsular, y a alinearse al lado de los americanos que querían una administración autónoma y soberana.

Picornell tradujo al castellano la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que apareció en la constitución francesa de 1793 y fraguó un golpe para derrocar a Carlos III e instaurar la república en España, que se ha denominado la Conspiración de San Blas, y que al fracasar llevó a Picornell y a otros subversivos a la cárcel.

Por mediación de Francia, Picornell y sus amigos se salvaron de la horca, pero se les exiló a las Américas donde junto con Manuel Cortés, Sebastián Andrés y José Lax fueron a parar a las mazmorras de la Guaira en Venezuela.

LOS PATRIOTAS VENEZOLANOS

Las ideas libertarias de Francia se regaron por las islas caribeñas pertenecientes a esa nación y pasaron a las costas venezolanas.

Manuel Gual y José María España iniciaron un movimiento soterrado para levantarse en armas contra la metrópoli y fundar la primera república independiente en el territorio colonial. Cuando Gual y su gente se enteraron de la presencia de los republicanos españoles en la cárcel de la Guaira, establecieron contacto con los prisioneros con la complicidad de la guardia, que permitió una comunicación fluida entre Picornell y Gual.

En su celda Picornell escribió proclamas y manifiestos y la letra de “La Carmañola americana”, una canción inspirada en su homónima francesa y que sirvió de himno a los rebeldes:

“Bandera blanca, azul, amarrilla y roja
Viva tan sólo el pueblo,
el pueblo soberano.
Mueran los opresores
mueran sus partidarios..”

Los patriotas venezolanos urdieron la fuga de los republicanos y Picornell logró refugiarse en la isla francesa de Guadalupe, desde donde difundió sus ideas de libertad, igualdad y fraternidad y publicó su traducción de los Derechos del Hombre, cuyos mil ejemplares se distribuyeron por Venezuela.

El movimiento de Gual fracasó,  Picornell se desplazó a los Estados Unidos y terminó sus días en Cuba, donde, arruinado y sin apoyo, hubo de plegarse a la monarquía.

LAS VICISITUDES DE ANTONIO NARIÑO

A la edad de 29 años la acción revolucionaria de Nariño se había reducido a coloquios sobre la libertad y contra los Reyes, en círculos íntimos muy reducidos.
En 1794 Don Cayetano Ramírez, capitán de la guardia del virrey, le prestó un libro sobre la Asamblea Constituyente francesa, con un inserto de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Nariño tradujo el inserto y en su imprenta sacó cien copias del documento.
Con la tinta aún seca, Nariño tomó dos ejemplares y vendió uno a Miguel Cabal, regaló otro a su amigo Luis Rieux y guardó el resto de la impresión.

Pasaron dos años.  En una ausencia del virrey la calle principal de Bogotá amaneció empapelada con pasquines contra su autoridad y contra los españoles. Empezaron las pesquisas para encontrar a los culpables y Nariño, advertido por un amigo, quemó todos los papeles que pudieran comprometerlo, incluyendo los 98 sueltos de los Derechos del Hombre, que guardaba celosamente.

Los esbirros del régimen registraron la casa de Nariño  y encontraron en los muros de su estudio unas leyendas que consideraron subversivas. Empezaron los interrogatorios y Nariño, acosado por las autoridades españolas, confesó ingenuamente que había impreso material pernicioso como la llamada Declaración de los Derechos del Hombre, pero que al ver que eran perjudiciales, había optado por quemarlo pues “no convenía que anduviera en manos de todos.”

Termina el año de 1794 y Nariño permanece incomunicado en el Cuartel de la Caballería, enfermo, sin un peso y sin que se le defina su situación jurídica.

Al fin la Audiencia acusa a Nariño de conspirador y para defenderse el reo nombra a su pariente político, el Dr. José Antonio Ricaurte, famoso jurisconsulto, como su  abogado defensor. Nariño y Ricaurte urden la defensa. Su estrategia es mostrar que la Declaración de los Derechos del Hombre no constituye un documento subversivo, pues se basa en los principios naturales y en la doctrina de eminentes pensadores cristianos.

Aquí fue Troya. La defensa hundió a Nariño y al abogado Ricaurte, a quien apresaron y lo enviaron con grillos a las mazmorras de Cartagena, pues según la Real Audiencia, esa defensa era perversa, inicua, perjudicial, criminal y una apología de los principios revolucionarios de Francia.
Nariño se quedó solo. Nadie quiso continuar con su causa. Para conservar las apariencias la Audiencia nombró un abogado de oficio que forzosamente tuvo que asistir a Nariño. El proceso continuó y por unanimidad  se condenó a Nariño a diez años de prisión en una cárcel africana.
Ahí empezó el calvario de un hombre que pagó una pena por una traducción que nadie leyó y por unas copias que jamás vieron la luz del día.

En una carta con fecha del 19 de julio de 1798 el virrey Pedro Mendinueta informó a la carta española sobre los planes sediciosos del granadino Pedro Fermín de Vargas, que refugiado en las Antillas inglesas mantenía contacto con Miranda y con Gual  y José María España. Entre sus numerosas publicaciones figura  la traducción de los derechos del hombre que publicó en Jamaica y parece llegó con algunos viajeros a Santa Fe de Bogotá en el año de 1813.

No se ha reconocido el papel ideológico de Picornell en nuestra gesta independista y poco la de Pedro Fermín de Vargas, que al lado de Nariño sembró la semilla de libertad en tierra granadina.



viernes, 31 de mayo de 2013

SAN FRANCISCO (CHINCHINÁ) EN LA GUERRA DE LOS MIL DIAS

Alfredo Cardona Tobón.*



En  la edición Número 403 del “Repertorio Oficial”, el general Jesús María Arias informa al general Juan Pablo Gómez, comandante de las tropas antioqueñas, sobre la incursión guerrillera a la población de San Francisco- (hoy Chinchiná) el día 18 de mayo de 1901.Veamos los antecedentes y los hechos que afectaron la pequeña población en esas épocas aciagas:

Por esa época la situación era sumamente delicada para las fuerzas del gobierno; se combatía en la costa, en Panamá, en los Santanderes y en el sur del país. En esta zona aunque no se presentaban combates entre fuerzas regulares de la revolución y del gobierno conservador, la situación era invivible por la cantidad de bandas armadas de uno y otro partido que asolaban los campos y las poblaciones más aisladas. La ciudad fronteriza de Manizales, especialmente, se estaba viendo amenazada  por las cuadrillas que operaban en las riberas del rio Cauca y por los irregulares que iban ganando terreno en el norte del Tolima.

El 20 de enero de 1901 guerrilleros liberales sorprendieron, a las tres y media de la madrugada, a 150 soldados gobiernistas que guardaban la plaza de Honda. Tras intenso tiroteo,  y viendo que era imposible tomar el cuartel, los  atacantes regaron el edificio con petróleo y lo sembraron con dinamita; fue la única forma de vencer a los bravos soldados que perecieron entre el fuego y la explosión de la dinamita. Con la toma de Honda las guerrillas avanzaron por Soledad y Fresno mientras desde las orillas del río Cauca los irregulares de Manuel Ospina y Ceferino Murillo intensificaban los ataques a Salamina y entraban a San Francisco (Chinchiná) amenazando peligrosamente a Manizales.

EL ATAQUE A SAN FRANCISCO

Fue en la madrugada del 18 de mayo de 1901: los pocos policías acantonados en la aldea y el resto de la población dormían plácidamente; nadie esperaba un ataque a San Francisco: que las cuadrillas atacaran a las florecientes poblaciones del sur de Antioquia se explicaba, pues en ellas encontraban provisiones y armamento; pero que atacaran a San Francisco, una aldea pobre y sin mayores recursos sólo se explica después, al analizar una serie de ataques simultáneos, que tenían por objeto mostrar la fuerza de las guerrillas liberales y  sembrar la zozobra en el norte caucano y el sur de Antioquia.

No había aparecido el sol cuando el tropel, los gritos y los disparos hicieron callar los grillos en San Francisco y despertaron a los vecinos que trancaron puertas y se encomendaron a la  misericordia divina; el caratejo Mejía se escondió en el zarzo de su vivienda, doña Domitila encendió un ramo de Semana Santa y de rodillas empezó a desgranar las cuentas del Rosario y don José se escondió en medio de unos atados de leña.

¡Virgen Santísima!- exclamó la mujer del alcalde y don Jesús, cabo de la policía echó mano a una escopeta; y en medio de los sollozos de su mujer y el llanto a grito pelado de sus dos hijas se preparó a morir por la patria, en tanto que Guillermina dejaba las arepas a medio dorar y se perdía entre las matas del solar vecino.
Luis Quintero y Felipe Orozco al frente de 25 cuadrilleros se apoderaron de San Francisco sin encontrar la más mínima resistencia; derribaron la puerta de la Casa Municipal donde encontraron unos chopos con tornillo,(fusiles con bayoneta), recogieron unos pesos de impuestos y a continuación saquearon las tiendas y las casas principales.

Al igual que como entraron  los guerrilleros salieron de San Francisco gritando: ¡Viva el Partido Liberal y abajo los godos! A más del pánico, los robos en la alcaldía y en algunas casas, la desaparición de unos caballos y unas cuantas gallinas, no atropellaron a los vecinos ni cometieron otras fechorías; los perros los saludaron a la llegada y con ladridos los despidieron hasta que el último cuadrillero se perdió en la lejanía y seguramente por ser una toma incruenta los vecinos de Chinchiná no se dignaron asentarla entre sus crónicas.

LA PERSECUCIÓN

Apenas se pasó el susto los vecinos avisaron por telégrafo a Cartago y a Manizales sobre la incursión guerrillera; al cabo de pocas horas llegaron tropas de Manizales que se unieron a los lugareños en la persecución de los asaltantes. Tras dos días de marcha forzada los gobiernistas alcanzaron a los  cuadrilleros en un punto no especificado en la serranía de San Julián. Fue un combate corto y sangriento, en la acción quedaron gravemente heridos los coroneles gobiernistas Fernando Orozco y Teodoro Jaramillo y los guerrilleros dejaron en el campo dos muertos y un herido; tropas de Cartago taponaron los pasos de Vargas y de Santágueda sobre el río Cauca y una fuerza combinada de Santa Rosa y de Pereira se unió al batallón Estrada de Manizales en la búsqueda y captura de los guerrilleros.

Bajo el comando del general Arias en Manizales y del general Cerezo en Cartago, se intensificaron las redadas y las cárceles se llenaron de  liberales acusados sin pruebas de pertenecer a las guerrillas o de apoyar a los cuadrilleros. El 18 de mayo el general Jesús María Arias, temido por sus arbitrariedades, convocó un Concejo de Guerra que condenó a muerte a Marcos Arbeláez y a  dieciocho años de cárcel a Ramón María Márquez y a José María Palacio.

Las medidas conjuntas de Manizales y Cartago surtieron efecto; en menos de un año las tropas del gobierno arrinconaron a las guerrillas de las orillas del río Cauca y las hicieron desplazar hacia las selvas del Chocó, mientras en el norte del Tolima, las tropas de Antioquia dezmaron a las guerrillas del Negro Marín, de Tulio Varón y otro notables jefes rebeldes.

lunes, 27 de mayo de 2013

LAS HUESTES DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA


Alfredo Cardona Tobón*



El redoble del tambor congregó a los vecinos de la empobrecida villa frente al desvencijado edificio del Ayuntamiento; en medio de estandartes reales el sonido de los cascos del brioso caballo del caudillo resonaron por la callecilla empedrada, como en tiempos del Cid, al igual que en la época de los Infantes de Lara.
Se decía que allende los mares había reinos con montañas de oro y playas tapizadas de perlas con mujeres guerreras y dragones que escupían fuego; en la mente sencilla de la gleba, amarrada a la miseria, pugnaban  el temor y la ambición; sin embargo la sed de gloria y de aventura fue más fuerte que el miedo y tras un vellocino dorado numerosos aldeanos se unieron a la hueste que reclutaba el paladín con destino a los remotos territorios de las Indias.

LA EMPRESA DE LA CONQUISTA

El reclutamiento de las tropas conquistadoras se hizo principalmente en las regiones de Andalucía, Extremadura y Castilla con agricultores sin tierra, pastores sin rebaños, soldados sueltos, artesanos arruinados, funcionarios sin empleo y convictos en fuga de la justicia.
Al frente de cada expedición iba,  generalmente, un hidalgo castellano venido a menos, con ansias de poder y de fama, que había empeñado lo que tenía y  conseguido  el concurso de comerciantes y banqueros.
Antes de emprender cada campaña el caudillo expedicionario firmaba un contrato con el rey, donde se determinaba en forma vaga qué región se conquistaría para ponerla bajo la soberanía del monarca y se fijaban de manera muy clara las condiciones económicas entre las partes. Los derechos y los deberes de la Corona y del conquistador se consignaban en una Capitulación , aunque hubo casos, como el de Hernán Cortés en México y el de Pedro de Valdivia en Chile, en los que la iniciativa privada se adelantó a los contratos legales.
Los gastos de la empresa corrían a cargo del capitán a cambio del título de gobernador, de una parte de las tierras sometidas y el botín que se arrebatara a los indígenas. La conquista  fue  una empresa privada antes que una empresa promovida por el estado español. Quienes más se lucraron de la invasión fueron el rey, que poco arriesgó, y los capitalistas que aportaron recursos para organizar las expediciones.

LAS TROPAS INDIANAS

Los redobles callaron; el clarín apagó los murmullos y la voz del caudillo retumbó entre las pircas derruidas. No se ofrecían sueldos ni adelantos, ni siquiera armas o uniformes; el premio habría que ganarlo a sangre y fuego y los tesoros conquistados se repartirían según los aportes a la empresa comunal y a  la participación de cada combatiente en las campañas. Al soldado raso, por ejemplo, se le reconocía una parte de la prorrata del botín, al ballestero parte y media y al jinete con caballo propio se le asignaban dos partes del reparto. Además se ofrecían mercedes,  tierras y poder sobre la vida y el trabajo de los nativos sometidos. La ambición primó sobre la incertidumbre y los sueños sobre la miseria lacerante. Así, pues, pastores y peones sin experiencia militar, se armaron con lo que tuvieron a mano, empacaron sus andrajosos trajes y siguieron tras el espejismo del nuevo mundo.

Según las normas reales no se permitían moros ni herejes en las expediciones indianas, tampoco gitanos ni esclavos casados; se excluían las mujeres solteras y  las casadas que no viajaran con sus maridos; pero una cosa era la ley y otra su cumplimiento:  con Colón viajaron timoneles moros y fueron numerosísimas las soldaderas o juanas españolas que acompañaron  a las tropas, como se demuestra con María Estrada, una voluntaria que salvó a Cortés en la “Noche Triste” y con Beatriz Bermúdez, otra mujer que armada con casco y rodela, hizo frente a los aztecas, evitando con su ejemplo la desbandada europea en el asedio de Tenochtitlán.

La conquista de América se hizo con hambre, sin provisiones suficientes, con armamento elemental, equilibrado con perros que destrozaban a los nativos, caballos blindados que llenaban de espanto a los indígenas y con falconetes sobrantes de las guerras con los moros.
Las expediciones fueron un fiasco económico con excepción de las campañas del Perú y de México. Para paliar los reclamos de la tropa se establecieron las encomiendas y se repartieron los indios. Tras cada incursión había que organizar una nueva para contener el descontento y mantener vivo el espíritu combativo de las tropas; esa fue la razón de las innumerables fundaciones  y de la vertiginosa ocupación de las tierras americanas.

Entre 1492 y 1557  se embarcaron rumbo a Las Indias unos 27.787 españoles. Con tan poca gente era  imposible la conquista del continente. El éxito de las huestes invasoras dependió de los aborígenes, que  a la fuerza o por alianzas suministraron los alimentos y remplazaron las acémilas en travesías sin caminos. Sin el concurso de los indígenas los españoles se hubieran muerto de hambre pues desconocían el terreno y los alimentos. Los indios recogieron las cosechas en las zonas conquistadas, cargaron los tesoros robados y las mujeres nativas no solamente sirvieron de cocineras y de enfermeras sino en la cama de los intrusos.

Sin los toltecas y otras tribus aliadas, Hernán Cortés no hubiera podido derrotar a los aztecas y sin el concurso de los nativos que querían sacudir el  yugo de los incas, Pizarro no habría consolidado la conquista del Perú. Las huestes que establecieron un nuevo orden en América no fueron solamente españolas, habría que sumarle las huestes indígenas que lucharon contra sus hermanos creyendo que se librarían de un dominio que resultó peor con los europeos.