sábado, 8 de junio de 2013

HISTORIA DE LA COMUNIDAD DE QUINCHÍA- RISARALDA- COL


Alfredo Cardona Tobón.



Llegué a mi querido pueblo al medio día del domingo 14 de octubre de 2013 invitado por  mi amigo Edier Trejos . La idea era dictar una conferencia a los miembros de una organización campesina y minera sobre sus ancestros y sobre el papel de la comunidad indígena en la historia de Quinchia.

Todas las veces que recorro las calles de mi  pueblo natal gratos recuerdos inundan mi memoria; por allí ensayé mis primeros pasos, sobre los antiguos empedrados empezó mi vida y nacieron mis sueños...

Aunque mucho ha cambiado, creo  que para bien, el espíritu de Quinchía sigue aferrado a sus cerros, a su paisaje y a su gente cobriza que volví a saludar cuando me presenté en un gran salón  donde dejé a un lado los escritos que tenía preparados y di rienda suelta a mi palabra escasa que se multiplica cuando el amor y el sentimiento tocan mi corazón como aquella tarde de octubre.

Aquí consigno parte de lo que dije, porque las palabras se las llevó el viento y lo que queda escrito podrá servirle a alguien que se asome con ternura a las entrañas de mi tierra:

LA COMUNIDAD DE QUINCHÍA

En la banda izquierda del río Cauca, en territorio que una vez perteneció al Estado del Cauca, luego al departamento de Caldas y ahora al departamento de Risaralda está el municipio de Quinchía con características especiales que lo hacen diferente al resto de los municipios administrados por Pereira. La gente de Quinchia tiene raíces caucanas, ancestros indígenas, vocación liberal y un apego absoluto a su tierra.

Aunque el mestizaje ha diluido la cultura de los antepasados y la colonización antioqueña, aunque tardía, ha modelado, en parte, la idiosincracia local, Quinchia sigue siendo tierra de los Ladinos y Guapachas, de los Tapascos y los Trejos, de los Aricapas y Vinascos, de los Largos y los Mápuras, de los Guarumos y los Bermúdez.

Es justo, pues que recordemos a  todos aquellos que por siglos se han aferrado a las laderas del Gobia y del Batero y cuyo pasado está ligado a Opirama, a Guarguará, Sausaguá, Moreta, Anchisme, Estúveda, Irra,  Naranjal....

EMPIEZA LA HISTORIA

El pasado de Quinchia se remonta a Guacuma, nombre dado por los indígenas a esta tierra, y se liga a las tribus ansermas. de mujeres de porte fino y de artesanos que aleaban el oro con cobre para convertir la tumbaga en obra primorosas y en láminas finas para recubrir las cerámicas.  Los cronistas españoles hablan de  construcciones de guadua, colocadas a poca distancia unas de otras, con grandes patios cercados dentro de los cuales enterraban sus muertos.

Las tribus de los guaqueramaes, los tapascos y los irras poblaban esta tierra fértil, generosa en sal, en hulla y en oro. Eran cazadores, agricultores y comerciantes que solían engrasarse el cabello y pintarse cara, pecho y  espaldas con achiote.

Su dios Xixaraca vivía en la cumbre del cerro Carambá donde también moraba Michua, la señora del Valor  y de la Guerra. Eran genios del bien, protectores de los ansermas, que mantenían a raya a los demonios o tamaracas confinados bajo la gran mole del cerro Opirama.

De las leyendas y creencias de los ansermas no quedó nada porque todo fue borrado por los frailes y los encomenderos. El catolicismo convirtió un pueblo altivo en peones de los conquistadores y del idioma apenas se rescataron dos palabras: pixavac o chontaduro y tienguez o mercado al aire libre.  La cruz y el mosquete desterraron a Xixaraca y a Michua, que llenos de pesar por el abandono de su pueblo abandonaron el cerro Carambá y se perdieron en el olvido dejando sus huellas marcadas en las riberas de Riogrande.

Al lado de los ansermas vivían los irras: comerciantes y guerreros que intercambiaban la  sal que producían los ansermas por las mantas que tejían los quimbayas. Siempre hubo entendimiento entre tapascos y guaqueramaes con la gente de Irrada que según los cronistas fue una ciudad grande y póspera.

LLEGARON OTROS TAMARACAS

Para hacer daño a los indígenas y burlar la protección que les daban Michua y Xixaraca, los demonios o tamaracas se convertían en mangas de langosta, en veranos inclementes, en la enfermedad y en el granizo.
Cándido Aricapa, uno de los últimos sobrevivientes de la comunidad de Currumí, decía en los  años de la violencia política de mitad del siglo pasado que los tamaracas habían tomado la forma de los chulavitas y de los “ pájaros” para acabar con los quinchieños.

 En el siglo dieciséis los tamaracas tomaron la forma de los  conquistadores españoles que entraron a sangre y fuego al territorio de Guacuma ávidos, sedientos, enloquecidos por el oro. Sebastián de Belalcázar recorrió la orilla del río Cauca con sus flecheros africanos. No es difícil adivinar lo que pensaron los indígenas de entonces al ver gente con color carbón y pelo ensortijado con perros devoradores de hombres. Un poco después , en 1539, llegó la gente de Vadillo  y atacó un pueblo tapasco situado en la Serranía de Guarguará y rodeado de trincheras de guadua llamados quinchos.

Pese a la resistencia del cacique Chiricha y sus guerreros,   pudieron más los arcabuces y las ballestas y los invasores entraron al pueblo tapasco cuyos cercos estaba coronados por calaveras que producían aterradores sonidos cuando el viento pasaba por las cuencas vacías.
A partir del ataque de Vadillo los españoles siguieron llamando la región de Guacuma con el nombre de Quinchía por las defensas en guadua del poblado que los nativos llamaban quinchos.

Por  la misma época de Vadillo, entró Jorge Robledo con sus caballos y sus perros de presa con los frailes y los encomenderos. El cacique Ocuzca se levantó contra los invasores y pagó con su vida el intento de defender a los suyos. Cananao, señor de los irras, quiso resistir, y en marzo de 1540 Jorge Robledo con cien españoles y numerosos indígenas sometidos se dirigió a Irrada e hizo retirar a Cananao a la otra orilla del Cauca. Esta vez Robledo no empleó la violencia y el terror para doblegar al enemigo, sino promesas y halagos que conquistaron la voluntad de Cananao, un  valioso aliado que le ayudó a cruzar el río y emprender la cruel campaña contra los carrapas y los armados.

LAS PENALIDADES EN QUINCHÍA

Más destructivas que las balas, más mortíferas que las espadas, más letales que  los trabajos forzados fueron las enfermedades traías por los españoles para las cuales no tenían defensas los organismos de los  nativos. La gripe causó estragos y también la viruela. Comunidades enteras perecieron sin que hubiera remedio para frenar la mortandad, Irrada desapareció y de las tribus de Guacuma apenas quedaron unos seis mil sobrevivientes.

En 1557 Luis de Guevara, teniente general de la provincia de Anserma, famoso por su crueldad, decía que los indígenas de la región eran mal intencionados y prontos para la rebelión; para prevenir un alzamiento organizado por los quimbayas y los panches, Guevara apresó a los caciques Aytamara, de los pueblos de la sal, Opirama, hijo de la cacica Andica, Tuzarma señor de Mápura y Capirotama , señor de Irra, los confinó  en inmundos calabozos y los dejó morir de hambre .

Además de las enfermedades, el trabajo forzado y la violencia de los conquistadores se sumó el desplazamiento forzado. Los encomenderos enviaron numerosos varones de los repartimientos de Opirama y Currumbí a trabajar en la construcción de la catedral de Popayán y a las minas de Quiebralomo. Muy pocos de estos quinchieños desarraigados de sus hogares regresaron a su tierra.

NACE LA ALDEA DE QUINCHÍA

Los frailes doctrineros del convento de Anserma establecieron una misión en la región de Quinchía, alrededor de la cual fue creciendo un rancherío que denominaron Nuestra Señora de la Candelaria de Quinchía. No se conoce la fecha exacta de la fundación, se sabe que en 1726 tenía como cura doctrinero a Fray Pedro Orozco. De acuerdo con una relación del capitán José López de Ávila, Teniente y Justicia Mayor y corregidor de los nativos, el caserío de Nuestra Señora de la Candelaria de Quinchía contaba en 1729 con 38 familias  con Lorenzo Mamia como cacique y Pedro de La Cruz como alcalde partidario.

En el año de 1777 el virrey clausuró el convento de Ansermaviejo por no cumplir con los requisitos exigidos y agotadas las vetas de oro los criollos de esa población se trasladaron a Ansermanuevo con documentos y ornamentos de la iglesia. Por su parte la aldea de. Nuestra Señora de la Candelaria continuó  en una hondonada seca sobre el camino de las dos Ansermas. Un incendio acabó con la  capilla del caserío que  sobrevivió con el nombre de Quinchía.

EL RESGUARDO DE QUINCHÍA

En 1591 el rey Felipe II creó el Resguardo de Quinchia para agrupar a los sobrevivientes del antiguo Guacuma. En marzo de 1627 el Oidor Lesmes de Espinosa y Sarava visitó las minas del Real de Buenavista y al cruzar el territorio de Quinchia quedó gratamente sorprendido por su tierra fértil y los numerosos bohíos que encontró a su paso.

Lesmes de Espinosa ordenó la fundación de las poblaciones de San Lorenzo, Supía,  La Montaña y  Guática y en la visita efectuada a estos territorios sancionó al encomendero del Real de Buenavista por el descuido y mal trato con los comuneros bajo su cuidado.

En 1799 las autoridades virreinales fijaron los límites de los resguardos de Quinchia y de Guática, pero los guatiqueños no quedaron satisfechos con el territorio asignado y hubo serias confrontaciones cuando los vecinos quisieron extender sus cultivos de maíz por los lados del río Opirama.

En la época de la independencia la aldea de Quinchía fue paso obligado para las guerrillas realistas y patriotas; los saqueos, los reclutamientos y las mangas de langosta casi hacen desaparecer el rancherío que fue calificado de miserable por los exilados republicanos de Antoquia. Ignoramos cuantos quinchieños combatieron al lado de los patriotas, pero es muy posible que algunos voluntarios se hayan integrado a las tropas que marcharon con el general Valdéz a liberar el Perú, pues numerosos nativos riosuceños lo hicieron y el cura José Bonifacion Bonafont, que sembró la llama de la libertad en el pueblo vecino, también fue párroco en Quinchía.

Durante el siglo XIX la vida de Quinchía  giró alrededor del Resguardo indígena, pues ni el estado, ni la iglesia, ni el Estado del Cauca o la capital de provincia se interesaron por el futuro de sus habitantes. Vemos como en 1848 el Cabildo indígena abre una escuela de primeras letras y contrata al riosuceño Juan José Taborda para que enseñe a leer y a escribir a los niños.

Posteriormente cuando el gobierno caucano exige títulos para que se puedan explotar las tierras, el Cabildo indígena adelanta las gestiones ante el juez de Anserma Silverio Rivera, para que de posesión legal de los terrenos al Resguardo. Al empezar la invasión antioqueña, no es el estado el que protege a los nativos, es el Cabildo  el que asume la defensa de los comuneros ante las autoridades de Buga..

EL DISTRITO DE QUINCHÍA

El 26 de enero de 1870 el gobierno del Cauca distingue a Quinchía como cabecera municipal con jurisdicción  sobre Ansermaviejo, Arrayanal y Guática. Es un espaldarazo político, pues la gente de Quinchía  respalda al liberalismo radical y constituye la punta de lanza del liberalismo en una región dominada por los conservadores. Quinchía cuenta entonces con 2700 habitantes y líderes como Santiago Rico y Zoilo Bermúdez tienen peso en las esferas gubernamentales de Buga, Cartago y Toro.

El gobierno ordena el levantamiento topográfico de las tierras del Resguardo y como el Cabildo no tiene dinero contrata los servicios de William Martin, un ingeniero que trabaja en Marmato, y le paga con tres  grandes lotes de terreno. Los estudios de Martin dan un área de 32.784 hectáreas, de las cuales tiene que reservar espacio para un nuevo pueblo y para una escuela.

Como por ley los indígenas se consideran menores de edad y por lo tanto no pueden vender y comprar, la representación de la comunidad queda en manos de un administrador, que generalmente se aprovecha de la ignorancia y la buena fe de los indígenas para engañarlos y enriquecerse a costa de ellos. Los nativos de Arrayanal pierden sus tierras, los indigenas de Guática se ven arrinconados en tierras malsanas y las parcialidades de Quinchia pierden salados, minas de hulla y las tierras al lado del río Cauca. y durante la Regeneración Conservadora lo rebajan a la categoría de corregimiento de Guática .

El puntillazo final al resguardo  lo da Otto Morales Benitez en 1948 con una ley aprobada por un Congreso de  mayoría liberal que aprueba la desaparición del l Resguardo de Quinchía. para favorecer a ricos de Riosucio que querían quedarse con las tierras fértiles a orillas del río Cauca.

LOS INDÍGENAS Y EL MODERNO QUINCHÍA

El Resguardo cedió el terreno para el nuevo pueblo, en mingas abrió calles y  caminos de acceso, llevó el agua a la plaza y cedió la mitad del carbón a Protasio Gómez con la condición de que dirigiera los trabajos del templo

Los quinchieños a través de todos los tiempos han luchado por sus derechos y defendido la libertad, en 1860 el capitán Ramón Vinasco peleó al lado de Mosquera contra los paisas y sus aliados riosuceños, en la guerra de los Mil Dias las guerrillas quinchieñas acosaron a las fuerzas gobiernistas en la banda izquierda del río Cauca y cuando se vieron rodeadas por las tropas de Antioquia y del Cauca se desplazaron al Chocó donde siguieron combatiendo.

La violencia política del siglo XX anegó en sangre los campos quinchieños;  bandidos y policías al servicio del régimen conservador quisieron acabar con los liberales del municipio, pero los campesinos organizaron autodefensas que  bajo el mando de Medardo Trejos, alias Capitán Venganza, hicieron frente a los agresores; pero esas bandas, de salvadores del pueblo se convirtieron en verdugos de su propios paisanos; asesinaron, robaron y extendieron sus crímenes por todo el occidente de Caldas hasta que el 5 de junio de 1961 la fuerza pública dio de baja a Venganza y en los meses siguientes capturó o acabó con sus secuaces..
Infortunadamente  los hados crueles, los tamaracas, volvieron a castigar a los quinchieños en 1986 cuando un alcalde con la intención de neutralizar la amenaza del EPL, toleró la aparición de un grupo paramilitar denominado Los Magníficos. Estos bandidos se apoderaron del municipio y con el apoyo de otras células de Medellín y Dosquebradas extorsionaron, asesinaron y despoblaron a Quinchía hasta que las fuerzas del estado hicieron presencia y acribillaron  a gran parte de esa banda.

  La impunidad y la vagancia y el deseo de dinero facil abonaron el terreno para que surgieran otras bandas terroristas que frenaron el progreso de Quinchia; el 8 de julio de 2006 el GAULA del Ejército Nacional abatió a Berlaín de Jesús Chiquito Becerra, alias Leyton. Personal de la Cuarta Brigada, llegó a Quinchía, guiado por un informante al que le pagaron doscientos millones de pesos. Los militares se acercaron a la vereda Murrapal y a las cinco y media mataron a Leyton junto con sus guardespaldas.
" Consideramos que hemos dado un golpe al EPL ( Ejército Popular de liberación )- dijo  un alto oficial. Las tropas continuaran para acabar con estos bandidos. Vamos a seguir la ofensiva para acabar con el último  de los bandidos de este reducto."...

Durante el gobierno de Alvaro Uribe Vélez más desgracias atormentaron a los quinchieños. Basados en rumores  y en acusaciones que nunca pudieron probarse, apresaron más de un centenar de ciudadanos acusados de colaborar con la guerrilla. Tras dos años  de cárcel los dejaron libres, pero el daño fue enorme para ellos, para sus familias y para Quinchía, que se mostró al país como un reducto de bandidos.
 


Al entrar el siglo XXI nuevos horizontes se vislumbran en Quinchía, con la paz regresaron muchos hijos ausentes, los campos volvieron a cultivarse y  se están explotando recursos como el oro y el carbón que están empujando al pueblo hacia una vida mejor..

Por la sangre de los quinchieños raizales corre la sabia vital de los indígenas,  basta enumerar los apellidos y mirar el color de la piel quinchieña. Infortunadamente pocos  se acuerdan  de Chiricha y los demás caciques que dieron su vida por la gente quinchieña,  del capitán Vinasco en la guerra de 1860,  de Adelina García y las valientes mujeres de 1900, de Zoilo Bermúdez ni de los miles de quinchieños que a traves de los siglos han abonado con su sangre y con sus huesos los campos de Quinchía defendiendo su hogar y sus creencias ...

Ya es hora de invocar el espíritu de los ancestros para que su clamor agite a los Vinascos, Tapascos, Guapachas, Largos, Mápuras, Trejos y Aricapas para que con una sola voz hagan oir la voz de Quinchía y no permitan que nunca más los enemigos de su pueblo vuelvan a enturbiar el futuro de su gente.

IMÁGENES CON HISTORIA

Alfredo Cardona Tobón.*

                           San Antonio de Arma- (Aguadas- Colombia)

Por las lomas del Tatamá las volutas de humo de los ranchos de los colonos señalaban, nuevamente, la presencia humana en las selvas cerradas que un día fueron el hogar de los primitivos americanos.
En  uno de esos ranchos el mediquillo Antonio Granada combinaba la salud del cuerpo con la del alma, pues al lado de las yerbas medicinales estaba el altar de la “Niña María”.
Corría 1886. El  caserío de Santuario carece de capilla...  ni siquiera ha recibido la visita pastoral de un sacerdote. El mediquillo entona los rosarios y las novenas. Su consultorio es, pues, el centro religioso de la aldea.
Pasan los años. Santuario crece y soporta las verdes y las maduras; las generaciones pasan  y la imagen de la Niña María sigue en el poblado dando aliento a las almas piadosas.

Un clarín da la señal de partida. Los indígenas de Quinchiaviejo cruzan palos de cedro debajo de los ranchos destechados y en minga los levantan para trasladarlos al nuevo poblado. Es el domingo 29 de noviembre de 1888. Las campanas del nuevo templo repican a distancia. Se inicia la marcha, adelante va la imagen del Arcángel San Miguel con la espada en alto y un dragón humillado a sus pies. Empieza otra época... el notario Zoilo Bermúdez derrama dianas durante todo el trayecto como despertando al futuro.
Hoy el clarín oxidado y San Miguel Arcángel reposan en una modesta vivienda de los bisnietos de Don Zoilo. Si hablaran preguntarían por ese futuro que trató de despertar el aguerrido notario.

Los belumbrenses profesan una devoción sin par a la Virgen Inmaculada. No es para menos, pues está entretejida con las raíces de su pueblo. La Inmaculada fue la Patrona de Tachiguí, cuyas fiestas en honor de la santa congregaron durante siglos a las comunidades indígenas que moraban desde Toro hasta Marmato. En las terribles epidemias de viruela los fieles sacaban en andas a la Inmaculada para pedir clemencia  y mitigar los estragos de la terrible enfermedad.
Cuando los vecinos de Tachiguí se trasladaron a Higueronal, hoy Belén de Umbría, salieron en procesión con la imagen de la Inmaculada,  que en manos paisas se acabó víctima del comején y del descuido.

IMÁGENES CON LEYENDA.

Cuentan en Ansermaviejo que en 1750 llegó  la caleña Anselma Bautista. Era una mujer joven y bella que enredó con sus encantos a los criollos y españoles del pueblo.
Una tarde, después de la procesión de Santa Bárbara, Patrona de la comunidad, unos jayanes animados por el alcohol vistieron a la Bautista con ropas de la imagen y la pasaron en andas por la larga calle de Ansermaviejo.

En esas se desató una tormenta; el agua cayó a raudales y los truenos amenazaron con achicharrar hombres y bestias. Los profanadores llenos de pavor se refugiaron en la casa de la barragana, una mano invisible cerró con furia las puertas y ventanas; en medio de llamaradas y lamentos la casa se sumergió en un gran charco que rodeó la vivienda.

San Antonio y Jesús Crucificado son los personajes más notables de Arma. Se confunden con su pasado y cuentan, al igual que la antigua localidad, con numerosas leyendas.

En 1783 las autoridades españolas decidieron trasladar archivos, funcionarios y vecinos a la ciudad de Rionegro. Casi todos los residentes se fueron al norte, unos pocos se resistieron al cambio, entre ellos el Señor Crucificado, quien aumentó tanto su peso que fue imposible moverlo del lugar.

A San Antonio, por negrito y chiquito lo dejaron en Arma. Se volvió muy famoso, pues aseguran que no falla a la soltera que le pide marido. La imagen de San Antonio está rodeada con barrotes de acero. Unos afirman que se instalaron para librarlo de los ladrones, otros comentan que las pusieron para evitar se les escape de Arma, pues en tiempos pasados el sacristán no daba  abasto  para quitar los cadillos adheridos a las ropas del santo en sus frecuentes rondas nocturnas.

En la minúscula aldea de San Jerónimo, en Riosucio,  se venera una imagen tosca que dio nombre al lugar. Cuenta la leyenda que a fines del siglo XlX  unos cazadores se perdieron en el monte. Vagaron varios días hasta que encontraron una cueva donde hallaron una imagen burdamente tallada de San Jerónimo, un fogón caliente y maíz y panela para aplacar el  hambre. No apareció ser viviente. Tiempo después regresaron y encontraron la cueva igualmente deshabitada. Como la tierra era buena sembraron una roza, se asentaron en el lugar y siguieron acompañando a San Jerónimo.

LOS SANTOS EN LAS TRINCHERAS.

En Quiebralomo, Riosucio, la familia Rotavista fue famosa por su aguerrida actividad conservadora. En las campañas bélicas portaban la gloriosa bandera azul y cargaban en andas un Crucificado.
El Cristo de los Rotavistas electrizaba las huestes conservadoras. Animó a los combatientes en  La Polonia, en Los Chancos y avanzó con las fuerzas godas hasta las trincheras defendidas por Uribe Uribe en Quiebralomo. En esta oportunidad ni el valor de los riosuceños ni la presencia del Crucificado lograron frenar el avance liberal. Los conservadores retrocedieron y dejaron la imagen en uso de buen retiro en el oratorio familiar.

En Salamina el Señor del Improperio fue testigo de la persecución liberal en las épocas radicales. Los jefes de esta fracción quisieron neutralizar la intromisión clerical en los asuntos de Estado y ante la rebelión de curas y jerarcas los extrañaron o les impidieron ejercer el culto. El Señor del Improperio constituyó un símbolo de resistencia; Monseñor Canuto Restrepo y el padre Suárez se identificaron con su dolor y su pena.

Hoy el Señor del Improperio anima a una población perseguida, cercada por la guerrilla y los antisociales, que se debate entre la pobreza y la inseguridad sin contar con el apoyo de un Estado débil y cobarde.

miércoles, 5 de junio de 2013

LA MUJER EN LA COLONIA ESPAÑOLA

A
Alfredo Cardona Tobón *



No se puede considerar el papel femenino en la colonia, sin hacer distinción entre las mujeres criollas, las indigenas y las esclavas negras,  pues cada grupo enmarca valores que, forzosamente, delimitan su participación dentro de las comunidades granadinas.




DIFERENCIAS DE RAZA Y DE CULTURA


El carácter de las  criollas fue el calco de las mujeres españolas cuyas aspiraciones se limitaban a sostener una conversación que no avergonzara  a los varones, estar calificadas para administrar el hogar y ser cristianas honestas, recatadas y sumisas al marido.

La pedagogía colonial, diferencial y excluyente, alejaba la mujer de las aulas y se enfocaba primordialmente a  prepararla para el matrimonio y la maternidad, tesis que defendió la iglesia cuyo jerarcas sostenían que “como la mujer es un ser flaco, inseguro y muy expuesto al engaño, como lo mostró Eva... no conviene que enseñe”

Para las criollas y españolas la soltería era un baldón y una desgracia para la familia; su destino forzoso era el matrimonio, pero no tenían derecho a elegir al  pretendiente, pues los padres arreglaban la boda previa concertación de la dote y los bienes que aportara la doncella.

La mujer indígena no se preocupaba por dotes ni por matrimonio eclesiástico; se unía a quien quería con bendición o sin ella y abandonaba al marido si le resultaba un tarambana o no llenaba sus expectativas. Era el pilar de la familia en su mundo trágico  y difícil, donde tenia que trabajar para sostener a los hijos y pagar los tributos, pues el aporte de su compañero, mísero peón en minas y haciendas, era insuficiente para  asegurar la subsistencia.

En cuanto a las mujeres negras, su calidad de esclavas las convertía en un bien al servicio de los patronos. No disponían del presente ni del futuro de sus hijos, eran objetos sexuales del amo y ni siquiera podía escoger compañero, pues ello  dependía de la conveniencia de sus propietarios.


LA EDUCACIÓN DE LA MUJER


La idea de educar a las mujeres, independientemente de su clase social,  surgió a fines del período colonial como  un reflejo de la Ilustración  que vino con la dinastía de los Borbones. En 1591 se fundó un colegio en Popayán para atender a las hijas de los conquistadores, pero fue un caso aislado. Solamente al empezar el siglo XVIII  empezó a popularizarse la educación femenina: En Ciudad de México en el año  de 1802 asistieron  3.100 niñas a  la escuela  y en vísperas de la Independencia Doña Clemencia de Caycedo y Vélez fundó un convento en Santa Fe de Bogotá  para educar niñas de todos los estratos sociales.

Pese a todo, pese a los obstáculos y a la discriminación de género, en la colonia surgieron mujeres notables que marcaron hondas huellas en la historia:

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ


Nació en México en 1651. Desde sus tiernos años esta criolla, hija de vascos, asistió a la escuela vestida de varoncito para poder aprender las primeras letras.  Quizás para desenvolverse en un mundo sin las ataduras de un marido,  tomó los hábitos y en el convento dio rienda suelta a su producción literaria que abarcó pasiones y esperanzas, ecos de un pasado y  críticas a una sociedad pacata y discriminatoria. “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis” fue el grito contra el machismo y la cultura patriarcal.
Para buscar las raíces ancestrales y rebatir la imagen que forjaron los españoles del nativo irracional, inculto y de malas costumbres, Sor Juana estudió el lenguaje nahuatl y mostró la grandeza de la cultura azteca
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MICAELA BASTIDAS


Descendiente de africanos e indígenas, esta notable mujer  se casó a la edad de quince años con Juan Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II,  a quien acompañó en su lucha contra los españoles hasta los últimos instantes de su vida.

Micaela fue una dama de armas tomar, de notable inteligencia, don de mando y gran ilustración; fue el cerebro del movimiento rebelde de los incas, se desempeñó como Secretaria de guerra,  Jefe del Cuartel General en Tungasura, reclutadora, encargada de la parte logística de la revolución, fue consejera y combatiente.

Micaela presidió el Consejo de los Cinco que fijó las estrategias de campaña;  cuando las tropas coloniales atacaron la retaguardia indígena, la brava mujer con el apoyo de la Wami-kuraka, María Tu, contuvo la ofensiva de las tropas coloniales y venció al enemigo en el puente de Pilpinto.

 Micaela propuso reiteradamente el ataque a Cuzco, pero no la escucharon y  en esa forma,  los alzados en armas perdieron la ventaja táctica al comprometerse en escaramuzas sin importancia estratégica.

 Tras sangriento combate, los españoles capturaron a Tupac Amaru, a su esposa Micaela y a su hijo Hipólito; los españoles ejecutaron con sevicia a Hipólito en presencia de sus padres y luego se ensañaron con Micaela a quien cortaron la lengua, la estrangularon y la remataron a golpes; finalmente, ejecutaron a Tupac Amaru.

 Al menos la noble guerrera no presenció el triste y afrentoso fin de  su querido esposo.




OTRAS MUJERES NOTABLES


Las mujeres fueron la base de la independencia americana; ellas combatieron, fueron espías y estafetas, recaudaron dinero y suministraron caballos y provisiones; Juana Azurduy es la personificación del valor femenino en el Alto Perú; en la Nueva Granada se recuerda a Policarpa Salavarrieta, a Manuela Beltrán, la agitadora del Socorro en el levantamiento comunero,  a Josefa Moreno de La Cruz,  una mujer templada que se hizo cargo de la explotación de las minas y de las haciendas familiares, sin que le temblara la mano para controlar esclavos y frenar las ambiciones de quienes querían quedarse con la herencia. A todas ellas se suman centenares de mujeres que sacrificaron paz, hogar, vida y libertad por la Patria y por su familia


Entre heroínas y mártires también hubo encarnaciones femeninas del mal como “La Quintrala”, una chilena cruel y perversa, cuya vida trascurrida en la época colonial, ha motivado numerosas obras de literatura y de teatro, cine y telenovelas y a quien, al menos, debe abonarse su enfrentamiento  a una sociedad  que quiso destruirla  y entre las aventureras no podemos olvidar a “La Monja Alférez”, una española que vestida de hombre combatió al lado de los conquistadores o la Güera Rodríguez, una mejicana amante del general Iturbide, que tuvo en su puño y en su cama a los jerarcas de la inquisición de la Nueva España y al lado de la Güera las “ tapadas” limeñas que enfundadas en rebozos desfogaron su pasión en la permisiva capital del virreinato del Perú..