miércoles, 26 de junio de 2013

RAFAEL TASCÓN Y LA ALDEA DEL ROSARIO


Alfredo Cardona Tobón.*



Con gran sigilo un sujeto enruanado se acercó al despacho del Prefecto de Riosucio, prendió la mecha de un taco de dinamita y lo lanzó por la ventana entornada; la explosión destruyó tejas y agrietó las tapias de la oficina. El humo  espeso inundó los corredores, los amanuenses y gendarmes corrieron despavoridos hacia la calle empedrada, mientras el sujeto enruanado  se confundía entre la multitud de curiosos que se agolpaban frente a la edificación semidestruída con la certeza del deceso del Prefecto, que todos imaginaban estaba estrozado entre los escombros.

Pero no fue así. Don Rafael Tascón había salido minutos antes a una diligencia dejando el despacho con las ventanas abiertas y la puerta medio cerrada. Las obligaciones del cargo burlaron las intenciones del matón y corrieron por muchos años más la  cita de don Rafael con la muerte.

LA FUNDACIÓN DEL ROSARIO.

La familia Tascón, de origen bugueño, sobresalió en varias actividades en el norte caucano. Algunos Tascones fueron mineros exitosos, otros negociantes y en el caso de Rafael Tascón  se combinó la política, con la colonización y las actividades culturales y sociales.

En el año 1896 el Sr. Rafael Tascón en compañía de algunos paisas del suroeste empezó a descuajar montaña en las tierras altas de Riosucio, en una zona que se consideraba baldía pero que por derecho pertenecía al Resguardo indígena de La Montaña.

La nueva comunidad creció sin oposición  de los nativos, a quienes poco interesaba esa tierra mala para el cultivo del maíz y sin aluviones auríferos conocidos.

Don Rafael y los antioqueños establecieron potreros, trajeron ganado blanco orejinegro y rebaños de ovejas,  y fundaron una aldea que llamaron El Rosario, donde pronto se oyó el traqueteo de los telares manuales y el ruido rítmico de un molino de trigo.

El Señor Tascón construyó una capilla dedicada a Nuestra Señora del Rosario, que decoró lujosamente con la conveniente ornamentación; el 21 de octubre de 1898, día de San Rafael Arcángel, el sacerdote Clímaco Antonio Gallón bendijo la capilla y a los vecinos, que continuaron primero bajo la tutela espiritual del padre Anselmo Estrada y luego del sacerdote Marco Antonio Tobón.

Don Rafael no se contentó con el ganado, las tierras y una amplia casa en el marco del poblado. En la inmensa casona hizo espacio para acomodar los pequeñines de uno y otro sexo, que recibieron esmerada educación con un maestro y una maestra pagados por el generoso fundador.
Como el Rosario estaba situado al lado de las tierras de los chamíes de Arrayanal, el Señor Tascón creó los talleres de San José con el designio de cristianar a los nativos. Y allí estableció, además,  cursos de carpintería, zapatería, herrería y tejidos que los aprendices aprovecharon sin pagar un centavo.

En 1902  Don Rafael completó el proyecto con el Instituto de La Merced, que se encargó de la educación  secundaria  de los pobladores del Rosario.

UN PREFECTO NOTABLE.

En 1906 el gobierno de Caldas nombra a Don Rafael Tascón Prefecto de Riosucio. El funcionario crea de inmediato la Escuela Alejandro Gutiérrez, casi con fondos de su bolsillo, y  se enseña gratuitamente el arte de la zapatería a numerosas mujeres y la confección de sombreros de iraca a 64 jovencitos huérfanos o de familias muy pobres.

Para que pudieran sufragar los gastos el Prefecto les ayudó con 50 pesos mensuales hasta que estuvieran en capacidad de producir elementos de calidad y poder sostenerse. Además de los talleres, Don Rafael impulsó la educación rural y organizó los cuadros de honor en las escuelas para premiar a los mejores alumnos.

EL CANIBALISMO PROVINCIAL

El carácter fuerte de don Rafael, el antiguo cargo de protector de indios y sus actividades políticas en contra de los conservadores históricos le enajenaron la voluntad de algunos dirigentes de Riosucio.

Tras el atentado dinamitero de agosto  de 1908,  Don Rafael decidió radicarse en Ansermaviejo donde empezaron a marchar muy mal sus negocios.

El condiscípulo de Marco Fidel Suárez, el hombre acaudalado que derrochó gran parte de sus recursos apoyando a los riosuceños, murió en Anserma el 5 de marzo de 1926 en la mayor pobreza en una casita que le cedió la Sociedad de San Vicente de Paul. Su viuda pudo sobrevivir el resto de sus años con un pequeño auxilio que le brindó la Sociedad Pedagógica de Anserma.

La aldea del Rosario desapareció víctima del canibalismo político, pues los riosuceños creyeron que los inmigrantes paisas, de filiación liberal, eran un peligro para el conservatismo; y los talleres fracasaron sin un mecenas ni un doliente que los sostuviera.


De Don Rafael Tascón no quedó una cruz  con su nombre en  el cementerio de Anserma, ni un escrito riosuceño que agradeciera su obra

domingo, 23 de junio de 2013

EL ARDOR BÉLICO MANIZALEÑO

EN LA GUERRA CONTRA EL PERÚ

Alfredo Cardona Tobón*


Sin la exuberancia de los caribeños, los manizaleños también tienen sus momentos de efervescencia y de calor cuando los acontecimientos sacuden los vientos fríos del Ruiz, como sucedió con el recibimiento del piloto  Machaux cuando aterrizó en la Enea o en el desbordamiento patriótico para rechazar la toma peruana de Puerto Leticia, reseñado con detalle en el  periódico “La Voz de Caldas”.

REPASEMOS LOS HECHOS PREVIOS

En el tratado Salomón-Lozano firmado en 1922, el Perú  reconoció la soberanía colombiana  sobre la extensa franja entre los ríos Putumayo y Caquetá y cedió el trapecio amazónico con el puerto Leticia. Durante las primeras décadas del siglo XX  hubo malestar y escaramuzas continuas en esa frontera, pues gran parte de la opinión peruana y en especial los loretanos consideraban ese Tratado injusto y lesivo para sus intereses. El primero de septiembre de 1932 un grupo de 48 civiles peruanos bajo el mando del ingeniero Oscar Ordóñez con 200 soldados de la guarnición de Chimbote apresaron  a los funcionarios colombianos y a los dieciocho soldados de la guarnición de Leticia e izaron la bandera peruana.

Sin marina, sin aviación, con un ejército mal armado y el país en crisis, el presidente Olaya Herrera hizo frente a la invasión como si fuera un problema de orden público, pues al principio el gobierno peruano negó su participación en los hechos y en Bogotá consideraban que era la rebelión de unos particulares que no querían pertenecer a Colombia.

Al complicarse el conflicto, la oposición conservadora cerró transitoriamente filas tras el gobierno liberal: “Paz en el interior, guerra en las fronteras” fue la frase de  Laureano Gómez, quien con Aquilino Villegas había declarado meses antes que haría invivible la república liberal y había proclamado la “Acción Intrépida” contra el régimen de Olaya Herrera, es decir la extensión de la violencia que azotaba a Boyacá y Santanderes aupada por caciques y por curas “guapos”.

La guerra en el Amazonas en ese entonces era como una guerra en otro planeta, pues para llegar a las bases colombianas era necesario  remontar el Amazonas y otros ríos de Brasil, que neutral al principio, al fin se inclinó peligrosamente a favor de los peruanos. Para sufragar los gastos del conflicto la ciudadanía entregó anillos y joyas;  los niños rompieron las alcancías; y con lo que se recaudó se adquirieron unos buques viejos en Europa y algunos aviones con pilotos alemanes.

MANIZALES EN PIE DE LUCHA

Al conocer la noticia de la invasión los manizaleños reaccionaron con furor patriótico: el 18 de septiembre de 1932 se izó el pabellón nacional en edificaciones suntuosas y humildes y todos a una llevaron en blusas, camisas y solapas la insignia tricolor.

Desde tempranas horas la multitud colmó el centro de la ciudad y después de la Misa Mayor en la catedral se improvisó una manifestación que recorrió las principales calles de Manizales con el clero y las autoridades civiles al frente; a los gritos de ¡Viva Colombia!, el gobernador Gartner se dirigió a la multitud desde el balcón en el parque Bolívar exhortando a los ciudadanos  a luchar contra los enemigos de la Patria.

El Himno Nacional repetido por todas las gargantas se escuchó hasta en los barrios más alejados y la señora María Cuervo Márquez con un grupo de damas agitando las banderas tricolores aumentaron el fervor nacionalista de un pueblo con la sangre hirviendo en sus venas.

Después del discurso del gobernador, el patricio Simón Santacoloma, poeta, héroe y escritor riosuceño, leyó una bella poesía que compuso en ese momento pleno de inspiración; luego se unió al gabinete departamental y a los bomberos con sus máquinas y continuaron el recorrido, haciendo altos en el camino para escuchar las arengas de los oradores.

En el parque Caldas el señor Antonio Álvarez Restrepo pronunció un vehemente discurso y desde la casa de enfrente habló el señor Guillermo Guingue a la multitud enardecida; en ese momento un hidroavión de la empresa SCADTA surcó a baja altura los cielos manizaleños con una bandera que tremolaba en una ventanilla del aparato. Fueron momentos de indescriptible emoción con el sentimiento, el sacrificio y la entrega por la Patria a flor de piel.

La enorme columna ciudadana continuó por la calle de la Esponsión. En el balcón de la casas de José Pablo Escobar, el doctor Jaime Robledo Uribe pronunció un discurso; en el balcón del Splendid Swiss Fernando Londoño arengó a la concurrencia , más adelante lo hizo el doctor Néstor Villegas y desde el segundo piso del Hotel Europa doña Soffy Tobón de Arango se dirigió a la muchedumbre embriagada de celo patriótico, para decir que sería la primera mujer en despachar a su esposo para la guerra  y que llegado el caso ella misma empuñaría las armas para defender la frontera.

Mientras en las calles los manizaleños desfogaban su malestar con los peruanos, en la cárcel municipal los presos se organizaron por pelotones y al son de un tarro de lata, que les servía de tambor, recorrieron los patios del penal y ofrecieron su vida por la Patria.

CONTINÚA LA DEMOSTRACIÓN PATRIÓTICA

A la una y media de la tarde se disolvió la primera marcha, pero a las cuatro de la tarde salió el batallón Ayacucho con la banda departamental  y recorrió las calles a los acordes del Himno Nacional, seguido por los niños de la escuela de menores que iban armados con escopetas de madera. Una lluvia de flores cayó sobre el desfile, las lágrimas rodaban por los rostros de los presentes y desde los balcones se oyeron  proclamas y discursos de Juan David Robledo, Ernesto Arango Tavera y de Aurelio Jaramillo.

Las sombras cubrieron la ciudad que no quería recogerse como en otros días; a las nueve de la noche llegó al clímax con la entrada de 500 jinetes que componían el llamado Batallón Neira, acompañados desde la quebrada de  Olivares por  una abigarrada multitud que seguía entonando el Himno Nacional. De nuevo don Guillermo Guingue se asomó al balcón y desde allí saludó al batallón Neira con un vibrante discurso.