viernes, 16 de agosto de 2013

LA COLUMNA DE BONAFONT-RIOSUCIO-


 Alfredo Cardona Tobón *



Cuando observé, en mi último viaje a Medellín, a unos soldados de facciones indígenas que guardaban la carretera Panamericana, por los lados del puente del Pintado, volvieron a mi mente las imágenes de los combatientes que describía en sus anécdotas Don Sebastián Guarumo.

Recordé con nostalgia mi niñez al lado del  abuelo Germán, con su liberalismo radical e hirsuto iluminado por los héroes del partido, cuyas hazañas en boca de los veteranos de la guerra de los Mil Días, hacían palidecer la gloria de Napoleón y convertían en simulacros las gestas de Bolívar.

LOS COMBATIENTES DE LA FRANJA IZQUIERDA

El siete de diciembre de 1900 guerrilleros del Resguardo de Quinchía comandados por Mariano Flórez, treparon por las lomas de Donduango y Chorroseco con rumbo a la población de Ansermaviejo. Su objetivo era reforzar el ataque liberal de Rafael Díaz. Pero llegaron tarde. Cuando se acercaron, sus copartidarios iban en derrota, y  como para no perder el viaje, emboscaron a una partida riosuceña que llegaba a auxiliar a los conservadores.

Mariano Flórez dispersó a sus macheteros para eludir la persecución gobiernista. Los alzados en armas se mimetizaron entre los vecinos, pero Toribio Anduquia, Evangelista Suárez y Ascensión  Pescador, con los arreos de guerra que tomaron a la avanzada riosuceña, se unieron a la banda de Ceferino Murillo que operaba por las orillas del río Cauca.

La tropa de Ceferino con la de Manuel Ospina atacó  Filadelfia, entró a Neira, se tomó  Salamina y hostigó los campos de Aranzazu. Los gobiernos de Antioquia y Cauca sumaron fuerzas para acabar con las guerrillas que hacían invivible  la región y les decretaron guerra a muerte con sevicia y crueldad correspondida por los insurgentes. Guerrillero que capturaban lo ejecutaban sin juicio, sin piedad ni atenuantes; soldado o amigo del gobierno que agarraban los revolucionarios lo acribillaban  sin misericordia.

Poco a poco la fuerza pública acorraló a los rebeldes que huyeron de monte en monte, escasos de armamento, atisbando y acechando para conseguir municiones y comida. Al fin sólo les quedó el recurso de huir, pues si se entregaban los asesinaban y se unieron  a la revolución triunfante en el Chocó.

El viernes 15 de febrero de 1901 los guerrilleros se reunieron el la plaza de la aldea de Bonafont, se despidieron de los suyos y marcharon  hacia las selvas del Pacífico.

El capitán Estanislao Medina comandó la columna revolucionaria. Lo acompañaron Sebastián Guarumo, Nemesio Franco, Felipe Álvarez,  Rafael Ladino, Eustaquio Zapata y otros 59 combatientes, que en su mayoría dejarían la vida en los tremedales chocoanos.

La columna ascendió por un lado del cerro Batero y por la cresta de la cordillera de la China se descolgó hacia Mampay, para internarse luego en las selvas del Chamí.
En un tambo indígena cambiaron machetes por jaruma, o harina de maíz capio, que para sobrevivir, mezclaron con panela y agua,  hasta que en un abierto paisa encontraron una marrana que les sirvió de alimento por varios días, junto con los víveres que robaron en una casa de Rafael Tascón.

Tras una marcha de dieciocho días en medio de caños, culebras y bichos, los guerrilleros llegaron a Tadó, donde el coronel Bolaños, jefe de las fuerzas liberales, les suministró armamento y uniformes y  los asignó a la “ Compañía Suelta de Tiradores”.

LA CAMPAÑA DEL CHOCÓ.

Una comisión de la Compañía de Tiradores se dirigió a la aldea de Pizarro, en la desembocadura del río San Juan. Por allí merodeaba el bandido Federico Arboleda que tenía azotados los alrededores. El sargento Manuel Olaya, con José Aricapa y Toribio Anduquia fue en busca del salteador, quien sorprendido en su rancho, se entregó sin oponer resistencia.

De regreso a Tadó, Manuel Olaya con los compañeros de Bonafont se integró  al batallón Herrera para hacer frente a la ofensiva conservadora desplegada desde Pueblorrico.
Los liberales de Quinchía y Riosucio se enfrentaron en el Chocó con sus paisanos conservadores, que bajo el mando de José María Rincón y Julio Posada, atacaron a San Pablo, combatieron en la población del   Carmelo y debieron retroceder hasta el sitio de Number y luego al Valle del Risaralda, doblegados por las plagas, las enfermedades y el plomo de sus coterráneos.

Después del armisticio en Panamá, los combatientes liberales que sobrevivieron en el Chocó abandonaron sus posiciones y regresaron a sus hogares.

Manuel Olaya sintió el llamado de Cristo y terminó sus días en el convento agustino del desierto de la Candelaria. Toribio Anduquia, con su título de teniente del ejército liberal, regresó a Quinchía con Sebastián Guarumo y Bernabé Bartolo, donde gozaron del aprecio y la admiración de su gente. Evangelista Suárez se radicó en los baldíos de Belalcázar. En el río Quito, afluente del Atrato,  murieron ahogados Zabulón García, Domingo García y Ramón Franco. Narciso Villa murió a orillas del Pacífico. A Nemesio Franco se lo tragó la selva y al resto los engulló el olvido.

martes, 13 de agosto de 2013

SESQUICENTENARIO DE PEREIRA

LAS ALDEAS PRECURSORAS
Alfredo Cardona Tobón*


El pasado de varias comunidades se entrelazó para formar el moderno Pereira, una ciudad de tremendos contrastes, de pobreza y de riqueza ofensiva, de barrios que podrían estar en un país europeo y otros que son peores que las villas miseria de Buenos Aires o las favelas de Rio.

Pereira tiene una extensa zona urbana y vastas áreas rurales que van desde la cordillera hasta el río Cauca, con pueblitos campesinos como Arabia y La Florida y concentraciones de gente desplazada de otros departamentos, que han armado viviendas improvisadas como sucede en  Caimalito.

Pereira tiene la mayor población universitaria de la región pero en barrios enteros no se encuentra un puesto de periódicos. La ciudad ha contado con  numerosos cronistas que dan una visión general de Pereira, pero valga la verdad, no tiene aún una obra extensa y profunda que muestre el interesante y complicado  pasado pereirano.

LA HISTORIA EMPIEZA EN CARTAGO VIEJO

Cuando el conquistador Jorge Robledo irrumpió con su gente en territorio quimbaya, numerosas tribus conformaban caseríos  de nombres sonoros que al igual que sus habitantes, se perdieron entre las hecatombes debidas a las enfermedades de ultramar y a los desplazamientos forzados de los indígenas.

Los españoles fundaron a Cartago a orillas del río Otún; pero al declinar las explotaciones mineras de la región y crecer la economía basada en la ganadería y los cultivos de cacao, tabaco y caña de azúcar, a los vecinos no les quedó otra alternativa que buscar las sabanas del rio La Vieja y hacía allí se trasladaron con sus pergaminos y con la Virgen de La Pobreza a fines del siglo XVIII.

Como la población indígena había mermado considerablemente, el  Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia reunió en 1627 a varias tribus en el poblado de Nuestra Señora de las Nieves  en un sitio que aún no se ha determinado con exactitud. Poco duró este pueblo de indios, pues la gente de Chinchina volvió a su tierra y los vecinos de la parcialidad de Pindaná de los Cerrillos regresaron al antiguo resguardo ubicado  no muy lejos del actual punto de Cerritos.

PRIMERA FUNDACIÓN MESTIZA

En 1842 el gobierno nacional estableció un presidio en el punto de Boquía para que los reos mantuvieran el camino del Quindío; ese fue el principio de un caserío de mineros antioqueños, que posteriormente se  trasladó a Barcinales , y con el nombre de Nuevo Salento, se convirtió en el pueblo pionero del Quindío.

Los antioqueños fundaron a Santa Rosa y refundaron a  Furatena; desde esas poblaciones y con base en Nuevo Salento empezaron a ocupar las tierras de la hoya del Quindio; se aventuraron por el río Barbas y en el sitio del  Palmar establecieron un caserío que se conoció como Obaldía. Esa fundación en tierra de ombligo estaba limitada desde su nacimiento: era una zona de una sola cosecha de maíz al año y sin oro en las quebradas, que solamente admitía los pocos colonos que podían sobrevivir en potreros surtidos con ganado blanco orejinegro y en unas huertas sembradas con fríjol cargamanto.

Al desaparecer el presidio era necesario buscar quien atendiera el camino del Quindio y diera apoyo a los viajeros, entonces el gobierno cedió a los vecinos de Obaldía 24.000 fanegadas que iban hasta el rio Consota, los  eximió del pago de peajes y les concedió auxilios en dinero efectivo para incentivarlos a permanecer en la región.

Por Ordenanza de 28 de noviembre de 1854 se cambió el nombre de Obaldía por el de Condina, en honor a un benefactor de la aldea llamado Mariano Conde y ese mismo año el gobierno cambia el nombre de Pindaná de los Cerrillos por el de La Paz y la administración caucana  exhortó los antioqueños para que se instalaran en las tierras de los antiguos quimbayas.

Así, pues,  en 1854 hay dos aldeas en el territorio que conforma el moderno Pereira: una mestiza y otra indígena. La primera con poca población y malos suelos y la otra habitada por unos pocos nativos y peones muy pobres sin coherencia social  ni fuerza política.

CARTAGOVIEJO

Uno de los ramales del camino del Quindío pasaba por las ruinas del Cartago fundado por Robledo y por ese mismo punto  cruzaba la trocha que unía a Cartago con Salamina y con el camino de Hervé que llevaba a Honda.

Al fundarse Manizales, Villamaria y  Santa Rosa  se incrementó el tránsito entre el Cauca y el sur de Antioquia. Entonces colonos avispados y con visión de futuro  vieron las grandes posibilidades de las tierras aledañas a las ruinas de Cartagoviejo y empezaron a tumbar monte y a levantar sus ranchos a la vera del camino.

En 1858 el empresario Félix de la Abadía, abrió por concesión el llamado Camino del Privilegio que unió a Cartago con Villamaría  pasando por Cartagoviejo; en ese tiempo la vía de don Félix se semejaba a una moderna autopista, era amplia, apta para bueyes y para mulas, con tambos en cada jornada y puentes para cruzar los ríos Otún, San Eugenio y Rioclaro.

El Camino del Privilegió catapultó el desarrollo de Cartagoviejo pues se necesitaron más de 200 trabajadores que se engancharon en el caserío y en las s aldeas de Condina y La Paz.

 El 30 de agosto de 1863 los vecinos de  Cartagoviejo inauguraron la iglesia y poco después obtuvieron la dignidad de Aldea que tomó el nombre de  Pereira en honor al prócer Francisco Pereira. A partir de entonces el desarrollo fue acelerado, en el Cauca se convirtió en cabecera de la provincia de Robledo y al formar parte del departamento de Caldas, la pujante Pereira desplazó a Salamina y como segunda ciudad del departamento siguió empujando hasta montar rancho aparte y quedar como capital del departamento de Risaralda.


Condina corrió con la peor de las suertes; se fue despoblando poco a poco y Pereira la absorbió. La Paz se convirtió en una calle con ventorrillos que desapareció entre las fincas de  grandes propietarios. Una vereda pereirana conserva el nombre de Condina y de  Pindaná de los Cerrillos, refugio postrero de los últimos quimbayas, solamente quedan las leyendas que se van perdiendo en medio de las urbanizaciones campestres de Cerritos.