jueves, 29 de agosto de 2013

LA ESCLAVITUD, EL CRISTIANISMO Y EL ISLAM


 Alfredo Cardona Tobón


Con la unión de los reinos de Castilla y Aragón, en 1492 los reyes católicos vencieron al emirato  de Granada, último bastión árabe en  España y hasta allí llega su guerra contra los moros, pues la situación política y económica, no les permite cruzar el estrecho de Gibraltar y continuar la ofensiva en tierras africanas. Los portugueses, en cambio, tras haber expulsado a los musulmanes de su territorio, siguen la lucha en el norte de Africa, donde disfrazan el colonialismo y su afán imperialista con la defensa de la fe cristiana.

Para los españole, los términos moro, negro y musulmán fueron sinónimos y su Código de las Siete Partidas justificaba la  esclavitud de esos ‘infieles’. La lucha, en realidad, era con el Islam,  y no con los negros, que mal podían ser enemigos de la fe, cuando la mayoría de ellos no habían oído hablar del cristianismo.
Tras los saqueos y los innumerables asaltos a las poblaciones musulmanas, empezó a escasear el oro, el marfil y otras riquezas y entonces los portugueses,  vieron en la esclavitud de los negros  un estupendo negocio, ya que las colonias americanas los necesitaban  para la minería y el cultivo de la caña y el tabaco.

 EL BAUTISMO Y LA CARIMBA

Con la captura de los negros las flotas navieras de varias naciones europeas establecieron un triángulo riquísimo: llevaban mercancías al África, allí cargaban esclavos con rumbo a las costas americanas,  donde recalaban con oro y plata hacia el punto de salida.

En África los misioneros cristianos se acercaban a los barcos negreros e  iniciaban  la aculturación de los cautivos. Con un hisopo rociaban agua bendita a cada atribulado africano, le cambiaban su nombre ancestral por uno del santoral y lo marcaban al fuego con una cruz, para señalar que estaba bautizado. Al llegar a los puertos de Veracruz, Panamá o Cartagena, los esclavistas terminaban de identificar a los sobrevivientes del  viaje infernal con carimbas, o instrumentos que levantaban dolorosas quemaduras.

Lemaitre describe la ignominiosa labor del carimbero, o encargado de marcar a los africanos: “…Este oficial se hallaba con delantal de cuero ante un fuego en rescoldo. Al lado, pendiente de una tabla clavada verticalmente en tierra, tenía un alfabeto con letra de alambre de plata y otras figuras. Al llegar un esclavo que le traían amarrado, le frotaba con grasa la tetilla o el seno izquierdo, cubría luego el lugar con un papel aceitado y le aplicaba  la marca real con una R mayúscula con una corona encima, y enseguida practicaba la misma operación aplicando la marca de la compañía importadora, en el homoplato izquierdo. Un olor a carne asada se esparcía por el ambiente, y como eco del sufrimiento del desdichado esclavo, subían columnillas de humo que se desintegraban en el hediondo ambiente del corralón. El cuerpo del negro quedaba marcado con la carimba real, la del asentista y la del amo. Cuando cambiaba de dueño, el nuevo propietario le estampaba con fuego otra marca como si fuera ganado.

El bárbaro carimbeo duró hasta 1784, cuando un rey Borbón quiso mitigar la suerte de los  esclavos y prohibió la horripilante costumbre, pero no tanto por sentido humanitario, sino para atraer a los negros en la guerra antillana contra los franceses y acercarlos a la corona, pues ya se sentía la amenaza de los criollos americanos.

LA CRISTIANIZACIÓN DE LOS ESCLAVOS 

A los negros recién llegados del Africa los llamaban bozales, a quienes hablaban el castellano y estaban adaptados al medio se les conocía como ladinos, y eran cimarrones los africanos que huían de sus amos y se refugiaban en los palenques, o sitios escondidos en las selvas, donde luchaban a muerte por su libertad.
Desde los primeros años de la Colonia empezó la demanda de esclavos. En 1592 el licenciado Francisco de Anunzibay escribió al rey solicitando licencia para llevar esclavos a  la ciudad de Anserma y a otras zonas mineras, despobladas por las enfermedades europeas y por los ataques indígenas. El licenciado justifica tan nefando comercio pues “los negros no reciben agravio porque les será muy útil a los míseros, sacarlos de Guinea, de aquel fuego y tiranía y barbarie y brutalidad donde  sin ley ni Dios viven como brutos salvajes” y agrega que aunque la esclavitud es dolorosa, habrá que alegrarse pues traerá  la felicidad de salvar  almas que están en poder del demonio. 

Los esclavos procedían de pueblos animistas o idólatras y algunos como los mandingas, iolofos, berbesí, fulas y yolofos profesaban la religión de Mahoma y seguían piadosamente las  enseñanzas del Profeta. El padre Alonso Sandoval, testigo de los tristes desembarcos en Cartagena, decía que esos pueblos negros tenían gran contratación con los moros de Berbería que vienen en califas por los desiertos de Libia a rescatar caballos, camellos y jumentos y otras cosas.

Fue difícil imponer el cristianismo a los esclavos. Para animistas, idólatras y musulmanes el demonio temido por los cristianos, se convirtió en su aliado contra los blancos. Aparentemente los africanos aceptaban las enseñanzas de los clérigos, pero  disfrazaban sus dioses con los santos cristianos y mezclaban sus ritos con la liturgia católica. Por otra parte, a los amos no les interesaba la conversión de sus esclavos, pues decían que los volvía mañosos y rebeldes; además, muchos amos creían en los brujos negros que curaban, causaban y evitaban maleficios y predecían el futuro. Tampoco seducía a los negros esa caridad cristiana que los empapaba con agua bendita y les encimaba carimba. Los conquistaba más la magia y el sexo, que a menudo volteaban la medalla y convertían a los amos, en obsecuentes servidores de las esbeltas y avisadas negras.
    


lunes, 26 de agosto de 2013

PEREIRA. UNA CIUDAD SIN PUERTAS


Alfredo Cardona Tobón*


Una de las características de Pereira es la capacidad de integrar a su comunidad el gran caudal de personas oriundas de otras regiones, que se han establecido en la ciudad.Con la elección popular de alcaldes los recién llegados desplazaron a la tradicional clase dirigente pereirana, con raíces caldenses, de tal manera que en la actualidad se tiene un concejo donde la minoría son los raizales pereiranos y políticos de otros lados  mueven el electorado de la ciudad.

A través de los 150 años de vida de Pereira es notable la participación de los nuevos miembros de su comunidad; en tal forma que entre ellos están los líderes cívicos más destacados y los ciudadanos más entregados a la causa pereirana.
Recordemos a unos pocos:

LA FUERZA DE LA LEY

El norte caucano, como zona vecina con el belicoso Estado de Antioquia, estuvo infestada de rebeldes y antisociales que pasaban de un lado a otro de la frontera; por los lados de Pereira, la banda de Carlos  Arenas sembraba la intranquilidad sin que hubiera quién lo frenara; se necesitaba un hombre corajudo, un hombre de pantalones y entonces acudieron  a Valentín Deaza Zamora, el coronel liberal veterano de varias guerras y héroe de la toma de Salamina y del combate de Guacaica. El coronel organizó una partida y en la población de La Victoria, Valle, se enfrentó con el bandido a quien hirió, desmontó del caballo y puso tras las rejas. “Lo que pasa es que estoy muy pobre y mucho me debe el Estado” fue la disculpa del preso.
Pero Valentín Deaza, natural de Chocontá y avecindado en Pereira, no solo era guapo sino un hombre generoso, cívico, puntal de la justicia y gran defensor de los intereses pereiranos. En 1907, siendo  Deaza alcalde de la ciudad, la camarilla Gutiérrez había tomado las riendas de Caldas y miraba con displicencia a los antiguos municipios caucanos; entonces el veterano militar se alió con Santa Rosa y Chichiná y consiguió que el gobernador fijara los ojos en la región caucana y la favoreciera con obras públicas y educacionales.
Valentín Deaza impulsó la construcción de la Catedral de la Pobreza, del Hospital y del Cementerio y ayudó a consolidar la paz después de la hecatombe de la guerra de los Mil Días. Avecindado en Pereira luchó por ella como si fuera su patria chica hasta su muerte el 19 de junio de 1933.

UN GRAN HOMBRE SIN DIPLOMAS

Alfonso Jaramillo Gutiérrez nació en Abejorral en 1876, vivió con su familia en Pácora y con ella se radicó en Manizales donde trabajó como ayudante de construcción. En 1895 se trasladó a Pereira donde  montó una pequeña tienda y contrajo matrimonio.

Inquieto y colaborador, buen vecino y buen amigo se interesó por los asuntos de la comunidad pereirana que pronto depositó en Alfonso Jaramillo toda su confianza y lo llevó a altos puestos de la administración local. Con el apoyo de su hermano Esteban, notable antioqueño que fue ministro en varias administraciones conservadoras,  Alfonso Jaramillo fue pieza clave en la creación de la provincia de Robledo con Pereira como capital.

Alfonso Jaramillo Gutiérrez estuvo atento a todo lo que representara progreso para la ciudad;  tomó la iniciativa en la construcción de la Plaza de Mercado, la terminación de la Planta de Agua, gestionó la instalación de teléfonos automáticos, consiguió que la carretera que unió a Manizales con Armenia pasara por Pereira, y como escribe Hugo Ángel, el celo cívico de Alfonso Jaramillo  llegó hasta el punto de abandonar casi todos los negocios particulares para trabajar por Pereira. Este gran ciudadano murió en la ciudad que lo acogió con cariño y respeto el 29 de agosto de 1951.

EL HOMBRE QUE TRANSFORMÓ A PEREIRA

Manuel Mejía Robledo nació en Villamaría el 13 de mayo de 1891 y en 1909 llegó con su familia a Pereira donde se radicó hasta su muerte acaecida el dos de julio de 1932.
Manuel Mejía R, al igual que Alfonso Jaramillo G fue autodidacta,  no necesitó títulos académicos para convertirse en empresario, ser concejal de Pereira y diputado en Caldas y convertirse en el motor  del desarrollo pereirano en la segunda década del siglo XX.

Con Ricardo Sánchez y otros grandes ciudadanos fundó la Sociedad de Mejoras Públicas que impulsó la construcción de carreteras, caminos, calles, plazas y parques pereiranos.
Manuel Mejía Robledo fue el gestor de la Cámara de Comercio, del Cuerpo de Bomberos  y de la Policía Cívica; fue socio de firmas exportadoras de café y de la Compañía Constructora de Pereira que urbanizó los sectores de San Jorge, San Germán y Santa Teresa. Toda la infraestructura de la ciudad, escribe Hugo Ángel, la avizoraba Mejía Robledo; podría decirse que echó a caminar a Pereira con sus ambiciosos proyectos. No hubo una sola obra en la década de los veinte del siglo pasado en la que no estuviera vinculado el nombre de Manuel Mejía Robledo.

Pereira tuvo la suerte de acoger personas como Valentín Deaza, Alfonso Jaramillo y Manuel Mejía en épocas pretéritas y  también en épocas recientes: recordemos al doctor Jorge Roa Martínez, un boyacense de Guateque  que fue alcalde de la ciudad en 1950, Magistrado del Tribunal Superior, fundador de la Universidad Tecnológica e impulsor de numerosos proyectos que siguen trayendo progreso a Pereira. Y como el doctor Roa otros ciudadanos oriundos de otras regiones colombianas han contribuído al progreso pereirano como Benjamín Maya en el aeropuerto Matecaña,  el padre Antonio José Valencia con su lucha titánica por la Villa Olímpica y muchos más que agotarían las cuartillas para mostrar las obras que han  hecho de Pereira la ciudad que admiramos al cumplir sus 150 años de vida.

domingo, 25 de agosto de 2013

RAMIRO TABARES IDÁRRAGA

De las tierras del Batero y Opirama, a la Perla del Otún

Quinchía  es uno de los municipios más antiguos del departamento de Risaralda y su historia es el fiel reflejo de la tragedia que ha soportado el pueblo raso de Colombia,  expoliado, engañado, perseguido, menospreciado y utilizado por los políticos y los comerciantes de votos .
La juventud quinchieña acompañó a Tomás Cipriano de Mosquera en su lucha contra el clericalismo paisa y siguió las banderas liberales, cuando eran símbolos de lucha y de libertad. Esa juventud, que no temió dejar la vida en los campos de batalla  sigue defendiendo sus principios  con uñas y garras pese a las limitaciones que le impone a los pobres y los humildes nuestra limitadísima democracia.
Ramiro Tabares Idárraga es una muestra de esos jóvenes que se abren camino a codazos entre los heliotropos y los dueños del poder y a pesar de todos los obstáculos siguen creyendo y siguen luchando por sus ideales, por su gente y por su Patria.
Este testimonio de vida es  un ejemplo para los quinchieños y para los colombianos de siguen creyendo en un futuro para sus hijos. 



Por Ramiro Tabares Idárraga-
Como un joven lleno de ilusión y esperanza y con el propósito de iniciar mi proceso de formación universitaria, arribé a esta bella ciudad en el primer semestre del año 1984. Para la época, ya estaba matriculado en la UTP y  desde sus aulas universitarias pude percibir la fuerza y pujanza de una ciudad que hoy se ha convertido en mi segunda Patria.

Digo segunda, porque primero está Quinchía. Provengo de las tierras de Michua y Xixaraca, del Batero y Gobia, del guarapo y la lanza. De ese Quinchía libertario que siempre ha estado a la defensiva desde la misma conquista, en la colonia y aún en la época republicana. Un pueblo mestizo que hizo resistencia a la barbarie de la hegemonía conservadora y colocó una alta dosis de sacrificio en ese periodo amargo de la historia denominado la violencia partidista. Hoy vivimos como un pueblo civilizado, con respeto y tolerancia. Pero tolerancia no es resignación y menos indiferencia, es aceptar nuestras diferencias con la firmeza y coherencia ideológica de hallar puntos de negociación para 
garantizar una convivencia pacífica.

Llegué a Pereira y me quedé. Complementé mi formación post universitaria en otros importantes centros y al final terminé en varios de ellos como profesor en diversas facultades. Llegué a la Facultad de Ciencias de la Educación de la UTP, con más ganas que susto. El proceso de 
adaptación no fue complejo, por cuanto  la tenía clara sobre mi vocación y el deseo de superación ya que provenía de un escenario difícil y veía un futuro posible a través de la educación. En la facultad tuve verdaderos maestros de la talla de Stella Brand, Domingo Taborda, Gildardo Rivera, entre otros.

He sido protagonista del crecimiento educativo de la ciudad. En la década de los 
años noventa, estando al servicio de la Secretaría de Educación Municipal, formulé los proyectos y convenios para asegurar la llegada de importantes universidades como la del Tolima, La Universidad Nacional a distancia UNAD, la Gran Colombia y la Universidad de Manizales. Eran otras épocas, la oferta universitaria local era precaria; y por ello era importante traer nuevos programas. El desarrollo de las ciudades tiene un nuevo indicador y es la cobertura de la educación superior, donde Pereira tiene un importante crecimiento.

Por esta misma época y en materia de educación formal, de manera conjunta con un grupo de especialistas en planeamiento educativo, se formularon ante el Ministerio de Educación Nacional los
proyectos para la construcción de los famosos doce colegios nuevos, rompiendo una inanición en materia de cobertura de más de cincuenta años. Fueron plantas físicas novedosas en su diseño arquitectónico, manejo de espacios y zonas verdes; siendo la alternativa de solución para miles de estudiantes de bajos recursos.

También desde el sector cultural, he servido a la ciudad. Como director de la Biblioteca Publica “Ramón Correa Mejía”, tuve la oportunidad de liderar el proceso de “Biblioteca 24 horas”, lo cual fue un desafío a la oferta cultural existente. Pereira tuvo reconocimiento a nivel nacional, en un sector para nada tradicional, en una clara demostración que cuando hay vocación y compromiso por parte de los servidores públicos, es posible hacer gestión exitosa. En esta gestión se contó con el apoyo decidido del alcalde de entonces Israel Londoño, quien rápidamente interiorizo el proyecto y lo apoyó con recursos. 
Esta es la Pereira que quiero para mis hijos, los cuales han nacido bajo su cielo. Es la ciudad del crecimiento y desarrollo. Es la ciudad del emprendimiento y las oportunidades de negocio. Es cruce de caminos, territorio de innovación y aplicación de nuevas tecnologías, escenario para el comercio y la intermediación financiera. Así como Constantinopla era la Perla de Oriente en el mundo antiguo, esta Pereira, es la Perla del Occidente del siglo XXI.