sábado, 12 de octubre de 2013

HISTORIA DE GUACUMA- QUINCHIA-



- Presentación  del  libro Historia de Guacuma en acto solemne en Quinchía-


- Alfredo Cardona Tobón



Ningún municipio del departamento de Risaralda tiene una historia tan fascinante como Quinchía, cuya comunidad ancestral, aferrada a esta hermosa tierra, conserva las raíces  y el  espíritu que animó a sus mayores pese a todos los vaivenes y circunstancias adversas.

Por aquí pasaron los conquistadores españoles como una tromba destructora y al contrario de lo que ha sucedido en  otras poblaciones que rinden culto a la barbarie europea, en Quinchía  prefirieron rescatar y honrar la memoria de Chiricha y Riterón, de Cananao y Ocuzca, de Opirama y Tuzarma y del pueblo cobrizo cuya sangre levantisca fluye por las venas de la inmensa mayoría de los quinchieños.

En la tierra del Gobia y del Batero no se habla de linaje montañero ni de aristrocracia de alpargatas, porque por aquí nunca hubo latifundistas ni potentados con ínfulas castellanas, este es un pueblo distinto, con el aporte caucano que trajeron los Trejos, los Bermúdez y los Díaz, y la presencia antioqueña que en dosis menor llegó con los Gómez, los Arangos y los Uribes.

Alejandro Ugarte, Merardo Largo y Fernando Uribe nos ilustran sobre el pasado y el presente de Quinchía con su libro Historia de Guacuma.

Al hablar de Guacuma  retroceden en la bruma de los tiempos  para rescatar el pasado de los Tapascos y de los Guapachas, de los Bateros y los Mápuras, de los Aricapas y los Bañoles que sobrevivieron a la crueldad española, a la explotación de doctrineros y encomenderos, a las levas caucanas en las guerras civiles y la violencia política traída por gente extraña.

Los nativos hablaron de Guacuma y los españoles de Quinchía. Que son lo mismo, porque los conquistadores, como lo hicieron después los antioqueños, borraron los nombres de las regiones, de los rios y  de las montañas como si fueran los creadores, como si lo que veían o descubrían  hubiera estado en blanco sin un nombre que lo distinguiera.

El término de Guacuma se olvidó con el paso de los años y por fortuna quedaron algunos vocablos indígenas como Sausaguá, Insambrá, Irra, Guaspaya que dan testimonio de lejanos tiempos. La palabra Quinchía la inventaron los españoles    por los quinchos a trincheras de guadua que usó Chiricha  en su lucha contra Vadillo, en tanto que los doctrineros cristianos cambiaron gran parte de los gentilicios nativos por otros europeos de tal forma que a los guaqueramaes, tapascos e irras los siguieron apellidando Ladino, Bartolo, Chiquito, Largo .

Alejandro Ugarte Rico, Merardo Largo y Fernando Uribe escribieron La Historia de Guacuma  con dedicación filial, con el cariño de quienes aman a Quinchía con todo su corazón.  Me alegro de estar aquí para felicitar a Alejandro: educador, gestor cultural y líder cívico. Desde el cielo doña Olga Rico está sonriente viendo esta obra de su hijo.


 Al hablar de Alejandro me permito recordar a doña Olga Rico. Debía haber figurado en la Historia de Guacuma, pero la modestia pudo más que la justicia y su memoria no quedó en las páginas del libro de historia escrito por su hijo. En 1981 conocí a doña Olga , cuando después de muchos años de ausencia regresé a mi pueblo, fundé  una Sociedad de Mejoras Públicas y recogí parte de la historia de esta comunidad en un libro titulado “Quinchia Mestizo” que se ha divulgado por toda Colombia y ha llegado a las manos de numerosos investigadores  de Europa y Estados Unidos;  desempeñaba la alcaldía Hermes Vinasco, un gran alcalde, y doña Olga era su mano derecha en  las actividades culturales, pues como encarnación del civismo estaba en todo junto con Rogero Trejos.


Con ella libramos valerosas batallas contra la desidia y la desesperanza que  flotaba en el municipio después de décadas de violencia. Con doña Olga editamos un periódico, organizamos la Asamblea de Sociedades de Mejoras Públicas del Viejo Caldas, se montaron representaciones teatrales y literarias que doña Olga organizaba.. era actriz y  declamadora.... fue un renacer quinchieño pese a las trabas de algunos políticos de turno que pensaban que les estábamos sonsacando el electorado.. ¡Que gratos recuerdos tengo de doña Olga Rico  y de su esposo don Luis Ugarte, uno de esos raros personajes que el mundo hace anclar de tanto en tanto en nuestro pueblo.

Merardo Largo Trejos, coautor de La Historia de Guacuma, de rancia prosapia quinchieña pertenece a las nuevas y destacadas generaciones que orgullosamente están dejando muy en alto el nombre de su pueblo; es un etnolengüista con estudios internacionales, fue gobernador  de la parcialidad Escopetera-Pirza y tiene el enorme mérito de estar reviviendo y redescubriendo la lengua umbra de las tribus ansermas.

El otro autor de la Historia de Guacuma es Fernando Uribe Trejos, mezcla de paisa y quinchieña, de profesión quinchieño, que ejerce las 24 horas del día, a quien conozco desde que estaba chiquito, porque mi familia Tobón era íntima, como dicen, de los Uribes que llegaron del norte de Caldas. Al fin y al cabo por esas calendas los paisas apenas estaban entrando al casco urbano y todos ellos eran amiguísimos.

Fernando es una persona especial: fue el motor de una de las generaciones que  transformaron a Quinchia, porque las buenas generaciones son como las buenas cosechas que no se dan a reglón seguido; la primera de esas generaciones  en las épocas modernas fue la de los  años veinte del siglo pasado, cuando el sacerdote Marco Antonio Tobón fundó el colegio de San Agustín, primera institución de estudios secundarios de Quinchía, que preparó una “camada” de líderes que sirvieron de punta de lanza al liberalismo en el occidente del Viejo Caldas, cuando ese partido tomó las riendas del poder en 1930.

 Por ese entonces solo había dos municipios liberales en la región, uno era Santuario y el otro Quinchia, y el partido no tenía con quien gobernar porque los únicos preparados eran los  “lanudos” de Manizales y del norte caldense de filiación  conservadora; así que el San Agustín fue una cantera providencial de donde salieron  Mario Gartner Gómez,  Delfín Quintero, Johel Trejos, Zócimo Gómez, Jorge Henao, Efraim Tobón, Emilio García, Emilio Betancourth y otros tantos que ocuparon altas posiciones en la región.


Mario Vargas M, Ramiro Tabares Idárraga, Luis Alfonso Palacios López, Alejandro Ugarte Rico, Alfredo Cardona Tohón


La segunda generación que marcó rumbos a Quinchía fue la que surgió tras la violencia de mitad del siglo pasado; el gobierno nacional entendió, entonces, que se necesitaba más que armas para pacificar esta región y neutralizar el poder del Capitán Venganza en  Quinchía y zonas vecinas;  había que pensar en trabajo y en estudio y el Estado abrió carreteras, construyó escuelas, trajo sacerdotes y monjas de España para desarmar los espiritus y se fundaron los colegios de San Andrés y de Nuestra Señora de los Dolores.

A los quinchieños, que jamás tuvieron las oportunidades de acceder a una Universidad se les abrió las puertas del mundo con becas y otras ayudas y  los raizales de este pueblo empezaron a  ocuparon secretarías y altos puestos en la administración del departamento de Risaralda..

Por el año de 1983, Fernando Uribe les puso oficio a la muchachada ilustrada y organizó la barra  de “Las Tapas” que dinamizó la cultura y afirmó la identidad de la comunidad. A partir de entonces se divulgaron las leyendas del pueblo, los jovenes organizaron espectáculos con coreografía de Xixaraca, de Michua, de los Tamaracas y otras leyendas locales. Esta  nuevas generaciones con Fernando Uribe a la cabeza hicieron conocer los valores quinchieños en el resto de Risaralda y la gente de la capital empezó a ver a Quinchia con otros ojos.

Con Alejandro Ugarte, Merardo Largo y Fernando Uribe comparten méritos quienes diseñaron y diagramaron el libro y  quienes aportaron dibujos, planos y fotografías. Allí está Olga Lucía Carrillo Rojas que sigue engalanando a Quinchía con su belleza y simpatía; el lente de sus cámaras ha captado la vida de Quinchía, desde cuando jovencita, como reina del carbón, ensayaba sus primeros pinitos como fotógrafa.

Hay varios aspectos destacados en la Historia de Guacuma; al contrario de libros similares de otros municipios, se da importancia al papel de las parcialidades indígenas que continúan siendo la base de la comunidad. Merardo rescata la lengua umbra y en el libro se bosqueja el pasado de los resguardos, particularmente el de Pirza-Escopetera que en tiempos de la colonia abarcó las veredas de Moreta y de Batero.

Otro aspecto interesante del libro es que descubre el rico filón, sin explotar, del turismo: sus paisajes, sus cerros, sus leyendas, los salados que dieron el nombre de Anserma y alrededor de los cuales surgieron las aldeas indígenas como Opirama, da a conocer  las artesanías y  la gastronomía local,  donde, como en Riosucio, reinan el chiquichoque, los envueltos y las nalgas de ángel.

En el futuro, cuando los estudiosos hojeen La Historia de Guacuma escrita por Alejandro, Merardo y Fernando, verán el esfuerzo de  nuestros joyeros, artesanos, empresarios y mineros. para salir adelante en un municipio mediterráneo, aislado de las grandes carreteras,


Habrá que continuar el trabajo de  los autores de este libro. Ellos están señalando un camino a otros investigadores, falta mucho por registrar en los archivos locales, en los de Popayán, Buga, Cartago y Manizales y profundizar en aspectos como la minería y los conflictos sociales.. Con la Historia de Guacuma se abre el camino que empezó “ Quinchía Mestizo” para mostrar a Colombia  los valores de una comunidad que está construyendo uno de los municipios más florecientes y progresistas del Eje Cafetero. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

EL GALLINAZO DEL DILUVIO- CUENTO-


Alfredo Cardona Tobón



En la salida de Filadelfia,  Caldas, don Noe Mejía Calderón  levantó un rancho de paja con mirador a la hoya del  río Cauca y al lado de un árbol añoso que a fuerza de dar cosechas ya no producía guamas sino churimas.

Desde el primer día en el  rancho,  la familia de don Noé tuvo compañía, pues al atardecer una gallinaza solitaria,  traída por las ondas térmicas que subían del cañón del río Cauca, se instaló  en la copa del guamo que convirtió en dormitorio permanente. De tanto verla, don Noé se familiarizó con la pajarraca  de tal forma que la consideraba como un perro o como un gato pues le dejaba un hueso carnudo cuando preparaban sancocho o le llevaba  los ratones que caían en las trampas

Un día cualquiera  un  viejo amigo llamó a don Noe desde Támesis, en el suroeste antioqueño,  para finiquitar un negocio, que se yo,   o para pagarle un dinero antes que la pálida se llevara al amigo de este mundo, pues el médico apenas le daba dos meses de vida a su compañero de perrerías y  aventuras.

En el interín, es decir, mientras don Noe visitaba al amigo, otro gallinazo llegó al guamo y se instaló en una gruesa rama; el chulo  recién llegado era diferente a la gallinaza calentana de afinada estampa y plumaje lustroso; este era traslúcido, con manchas  canosas en las alas, pico recio y en curva,  cresta como de cóndor  y un aire de desolación y de cansancio, que hizo pensar a Lácides, el hijo mayor de Don Noé, que el  gallinazo no venía a dormir sino a quemar sus últimos cartuchos  entre los chamizos del  reseco guamo.
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El extraño visitante estuvo dos días aferrado a una rama; miraba de un lado a otro y estiraba el pescuezo como tratando de ver que había dentro de la casa;  al tercer día  bajó al patio del rancho como buscando a alguien, y tras un concienzudo examen de los alrededores levantó  vuelo y se perdió en la hondonada del Cauca que lleva al puente del Pintado.

Por fin se fue ese animalejo, pensó Lola, la hija menor de don Noe, pero se equivocó pues al caer las sombras el descobalado avechucho regresó y en forma confianzuda se instaló al lado de la gallinaza y la arropó con una ala.

Un resplandor despertó a Lácides a la media noche; se levantó intrigado , prendió una vela y con cautela salió al corredor, miró el guamo y arriba vio al gallinazo que en vez de asentarse en las ramas dormía suspendido en el aire en medio de un halo fosforescente. El fenómeno se repitió noche tras noche, raro, muy raro comentaron los vecinos,  es el diablo decían unos, es un duende decían otros, es una señal del cielo.... es un alma en pena...   Alguien dijo que había que quemarlo, otro propuso se le rociara con  agua bendita... todos proponían ,  pero nadie se atrevía a hacerle mal al chulo  por agüero o porque tenía un aire  de desolación y de tristeza que hacía imposible  hacerle daño.

Por esos días  pasó por Filadelfia   un ornitólogo gringo que estaba  buscando las huellas del Ave Fénix. No tardaron en ponerlo al corriente de la peregrina  situación, el  científico armó una carpa al lado del rancho y con un catalejo observó todo lo que hacía el gallinazo que clasificó  como "Zopilote incognitus", pues no le halló  parecido con los otros congéneres.

La fama del “zopilote incognitus· se regó por la región;  un quiromántico que iba en bicicleta a la Patagonia se acercó al rancho y trémulo de emoción dejó por escrito que ya podía morir tranquilo pues había conocido ni más ni menos que al zamuro del Ararat, o sea el galllinazo que soltaron desde el Arca durante el diluvio universal.
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Al cabo de unas semanas   Don Noé Mejía Calderón regresó del suroeste paisa; venía cansado y con la pena de la muerte de su amigo. Poca atención  prestó al cuento del gallinazo,  hasta la madrugada, cuando un concierto de luces y de ruidos extraños lo sacó de su plácido sueño.  Explosiones de colores se elevaban camino hacia la luna y  el  guala preso de agitación subía y bajaba como si tuviera resortes.

Amaneció y el "zopilote incognitus" bajó del árbol con los primeros rayos de sol;  con su filoso pico arrancó una rama del guamo y con trotecito esmirriado y de medio lado se acercó a Don Noé, que como buen madrugador estaba tomando unos tragos de café;  el avechucho rastrillaba las alas contra el piso y en vuelo rastrero dejó la rama a los pies de don Noe, que lo  miraba con una mezcla de asombro y de miedo. Después de entregar la rama a don Noe, el  ave  dio por terminada su misión y en raudo vuelo se perdió  con la gallinaza en medio de las  nubes que arrastraba el viento hacia la cordillera.

Un aviador amigo aseguraba que el rancho de don Noe Mejía Calderón se asemejaba a un arca desde el aire y el cura de la parroquia decía que don Noe por su porte, por su bondad, por su religiosidad era igualito a un patriarca del antiguo testamento, lo que no dejaba dudas de que el  guala  era el animalejo que salíó del arca, al que Dios no le permitió descansar hasta cumplir del encargo de Noe.

En Filadelflia aún se habla del gallinazo; el único que no creyó la historia fue  Toto, el carnicero, un liberal anticlerical del pueblo, que en pasquines fijados en los extramuros aseguraba que había sido un montaje del cura  para explotar la credibilidad de los godos ignorantes de Filadelfia.

Para incentivar el turismo el Concejo de Filadelfia, Caldas, piensa exaltar la responsabilidad  del gallinazo del diluvio  y levatar una gran escultura en su memoria, pues no todos los pueblos han tenido el honor de recibir al zopilote incognitus,  que vagó miles de años hasta que pudo cumplir la misión que Noe le había encomendado.

lunes, 7 de octubre de 2013

ARRIEROS Y TREMEDALES


Alfredo Cardona Tobón*



“Yo fui arriero desde jovencito”- dijo Germán Tobón- un viejo venerable que recorrió con  sus mulas los andurriales del sur de Antioquia y del norte caucano- “conocí caminos que parecían llevar al infierno y muchas fondas. Recuerdo clarito la fonda de Damasco en la bajada de Santa Bárbara al cañón del río Cauca y la fonda de Macanas entre El Jardín y el sitio de Barroblanco en cercanías de Ansermaviejo.

“Yo- continúa diciendo don Germán- llevaba maíz a Marmato y cargaba trigo del molino del Rosario en la tierra fría de Riosucio... porque en ese entonces, por allá en 1910, se cultivaba trigo y se levantaban ovejas por esos lados.

“Me acuerdo también  de Damasco; allí había una fonda con buena comida y buena dormida; allá llegaba gente de Medellín  y se veían muchachas bonitas, era como un veraneadero de los antioqueños. En Damasco conocí a Clotilde; yo era caporal y tenia un plante de mulas; ella me atendió, nos enamoramos y en Sabaneta formamos un hogar que llenamos de hijos.

“La fonda de Macanas tenía mucho movimiento, era un establecimiento grande; mataban marrano los viernes y vendían aguardiente que destilaban unas negras muy queridas... me parece que eran de Girardota; la dormida era regular pues los chinches no dejaban pegar un ojo.

“Como los viejos eran muy rígidos y ponían muchas condiciones a los pretendientes de sus hijas, a veces las muchachas se encaprichaban de algún aparecido y con papelitos y razones y con miraditas a la salida de la iglesia armaban un noviazgo. Una noche cualquiera la muchacha se volaba de la casa y con el novio se iban Cauca arriba a buscar la bendición de un cura. Uno los veía cogiditos de la mano por esos tragadales, sin equipaje y sin nada, con los meros chiros que llevaban puestos. Se casaban en El Rosario o en Ansermaviejo, unos se quedaban trabajando el los abiertos y otros seguían hacia el Tatamá, donde siempre había trabajo.

“Eran tiempos buenos a pesar de la pobreza; se vivía con tranquilidad a pesar de los bandidos, pues “ Mirús” hacía de las suyas en el sur de Antioquia y “Calzones” se enfrentaba a la policía y se robaba a las quinceañeras.

MIGUEL ÁNGEL RESTREPO

A mediados del siglo XX muchos viejos de la banda izquierda del río Cauca recordaban a Miguel Ángel Restrepo, un  paisa con figura del Greco, largo, flaco y de ojos azules, que iba de feria en feria con una tropilla  de bestias, donde se veían caballos de paso fino, garañones indómitos y muchos “tapaos”. Dicen quienes lo conocieron que arreglaba los dientes de los jamelgos viejos, resucitaba los raques desahuciados y hacía caminar con paso garboso  a los táparos  esmirriados.

Miguel Ángel recorría los caminos con un indio brujo salido de la selva chocoana; con Jonás, que era el nombre cristiano del indígena, vaciaba las cantinas y los lupanares y por donde pasaban dejaban regados los genes de los ojos zarcos del paisa y el pelo de puerco espín de Jonás.

Miguel Ángel y el nativo eran nómades, no se les conoció domicilio fijo. Cuentan que tenían pacto con el diablo y que la tropilla levantaba nubes de polvo con olor a azufre, pues entre las bestias estaba Satanás en forma de un macho viejo que llamaban “El Rayo”. Un día Miguel Ángel cayó en las redes de amor de una doncella quinchieña que enloqueció en la noche de la boda;  se dice que el  diablo viendo que iba a perder a su amigo le quitó la razón a la recién casada.

PEDRO BENJUMEA

En  la década de 1920 las feraces lomas del Alto del Rey, hoy Balboa, eran frescas y estaban llenas de cafetales  arropados por guamos; de la Celia y de San Isidro bajaban las mulas  cargadas de grano que en su diario trasegar formaban tremedales o pantaneros profundos en  la trocha de La Gironda, que a menudo tragaban mulas y caminantes.

Al puerto de La Bodega en orillas del río Cauca llegaban arrieros de Santuario, de Apía y del Alto del Rey y entre todos ellos sobresalía Pedro Benjumea, un hombre de casi dos metros de alto y con una fuerza descomunal que le permitía sacar en vilo a las mulas atascadas en los tremedales. Con vozarrón de trueno, carriel al hombro, mulera, una enorme peinilla y una puñaleta con mango de cacho de venado, este caramanteño era el amo y señor de la trocha de la Gironda.

En un domingo de 1928 Benjumea se puso de ruana la zona de tolerancia de Santuario. El jefe de policía envió a dos gendarmes para que lo condujeran al  calabozo; al poco rato alguien empujó la puerta de la cárcel y el sargento  abrió creyendo que traían la bochinchoso, entonces apareció el presunto capturado con sendos gendarmes bajo el brazo: “ Aquí  le traigo este par de anémicos- dijo Pedro Benjumea al sargento- para la próxima me los manda más forzuditos.”

Todas las muladas se detenían para dar paso a la recua de Benjumea, que recorría los caminos que llevaban a la Bodega sin importar la lluvia, el calor ni los truenos; sin que lo detuvieran los tigres ni las almas en pena que brotaban de los tremedales de La Gironda.

Dicen  quienes conocieron a Benjumea que en alguna ocasión la noche lo sorprendió donde su amante en la fonda de La Aurora.-

-Descargá Pedro y quedate  hasta mañana le dijo la muchacha- La noche está muy cerrada y el camino está muy malo-
- Dejate de pendejadas m’ija- contestó-  y mostrándole la  botella de aguardiente tapetusa que estaba consumiendo agregó: ¿No ves mujer?-  ¡Mirá que  aquí voy con el sol que más alumbra!.