sábado, 26 de octubre de 2013

ISMAEL BERMÚDEZ: EL ULTIMO ABUELO DE QUINCHIAVIEJO

Alfredo Cardona Tobón




Con apuntes y  grabadora visité varias veces a Don Ismael Bermúdez Rico, un anciano  pleno de recuerdos  y de historias ; don Ismael, casi ciego, era una fuente inagotable de datos valiosos que me han permitido reconstruir parte del pasado de nuestra gente. 

Lamentablemente, sin haber aprovechado  plenamente su caudal testimonial se nos fue  el abuelo el tres de julio de 1985 a los 96 años de edad dejando generaciones de Bermúdez  que siguen honrando su nombre.

Don Ismael procedía de rancia estirpe caucana, de hombres que formaron parte de la historia de la banda izquierda del río Cauca y  particularmente del pasado de las gentes que se han asentado en las laderas de los cerros del Gobia y el Batero.

RECUERDOS DE DON ISMAEL

En  la guerra de los Mil Dias las tropas del gobierno conservador entraron al pueblo y empezaron a fusilar a cuanto varón cayó  en  sus manos para escarmentar a las guerrillas liberales.

En el pueblo solamente quedaron las mujeres viejas y los niños, el resto de la población huyó a los montes para salvar sus vidas o para unirse a las bandas insurgentes de las orillas del  río Cauca.  A la casa de los Bermúdez llegó una patrulla en busca de armas; el sargento acarició la cabecita de Cristóbal, el hermanito  menor de Don Ismael y le dio una golosina.

¿Donde está tu papá?- preguntó el sargento .

-Papito se fue a pelear los godos- Respondió el niñito que no llegaba a los cinco años, atrás su mamá estaba con el alma en vilo, pues los asesinos uniformados no tenían escrúpulos de asesinarla junto con los niños.

La información que dio el pequeño era correcta, su papá, el capitán Zoilo Bermúdez, veterano de varias guerras, estaba en la montaña al frente de una de las bandas guerrilleras que operaban en la parte fría del municipio

MACHETEROS QUINCHIEÑOS

El cinco de enero de 1900 una columna liberal procedente del Chocó atacó la población de Apía y dos días después atacó la población de Ansermaviejo. Al frente de los revolucionarios estaba Rafael Díaz Morkum cuyo objetivo era establecer una cabeza de puente en la región que facilitara las acciones de los liberales caucanas contra  el conservatismo paisa.

Apenas se conoció el avance liberal, las tropas gobiernistas de Riosucio corrieron a reforzar a los ansermeños que en bloque se preparaban a rechazar a los invasores, en tanto las guerrillas de Quinchia reunian cien macheteros que marcharon a paso forzado a interceptar a los riosuceños.

El siete de enero los quinchieños cruzaron el río Opiramá y ascendieron por la serranía de Mismis, A distancia se sentía el tiroteo en Las Partidas y con la urgencia de apoyar a los suyos los rebeldes apretaron la marcha, al trote bajaron por el espinazo de  la montaña y  atacaron la retaguardia riosuceña.

Pero todo estaba consumado, ya nada podían hacer, pues los ansermeños en alianza con las tropas de Riosucio estaban consumando la derrota de los liberales, que hambrientos y cansados tiraron las armas y se internaron en los rastrojos para salvar sus vidas.

En el combate de Las Partidas perecieron cinco quinchieños, cuyo embate no fue suficiente para cambiar la suerte  de las armas. Al ver que era inútil continuar atacando, los quinchieños se retiraron hacia el Alto del Mismis y por la noche regresaron con sigilo y recuperaron los cadáveres de sus amigos.

 MÁS RECUERDOS

Con el triunfo en Las Partidas los conservadores arrecieron sus ataque contra Quinchia, la persecución de los liberales se intensificó y el pueblo y los campos quedaron casi desiertos.
Las tropas gobiernistas apresaron a Don Santiago Rico, abuelo de Don Ismael, y como si fuera un criminal peligroso lo llevaron arrastrado a un cuarto inmundo situado en los bajos de la casa municipal.  Don Santiago había sido el  primer alcalde del nuevo pueblo, luego del traslado, y era un anciano respetable muy querido por todos por su acción cívica y el apoyo que prestaba a la gente más necesitada; era pues un hombre bueno y pacífico que nada tenía que ver con la guerra.

En la mañana del  de 1902 don Ismael salió a un solar aledaño a cumplir con una necesidad fisiológica, iba custodiado por un paisa asesino con la orden de  matarlo; el bandido esperó que don Ismael se bajara los pantalones, extendió el rifle y en esa forma infame acabó con la vida del noble viejo.

En una de las visitas que hice a don Ismael, vi en su cuarto una imagen de San Jorge, pintada con colores vivos. El abuelo amaba entrañablemente esa imagen, testigo de su nacimiento y también del nacimiento del  moderno Quinchía. Esa imagen de San Jorge encabezó el desfile del 29 de noviembre de 1879 cuando se trasladaron los ornamentos y los últimos habitantes de Quinchiaviejo acompañaron los ornamentos al nuevo pueblo.
-       
      San  Jorge  está muy enseñado a los trasteos en esta casa- me dijo  el anciano- Por eso lo tengo cerca para que me ayude al trasteo al otro mundo, que no demora, pues ya tengo listos los corotos.


Tras las últimas huellas de don Ismael regresé a Quinchía. Ya no estaba el viejo, ni sus familiares y de San Jorge Arcángel no quedaban ni las señas, se dice que se lo llevaron para Pereira. Quien sabe que habrá pasado con esta imagen que habrá que rescatar porque, al igual que las huellas de Xixaraca, plasmadas en las orillas de Riogrande, constituye uno de los símbolos más preciados de la identidad quinchieña que no puede dejarse desaparecer. 

viernes, 25 de octubre de 2013

ABRIL 5 DE 1877: BATALLA POR MANIZALES

Alfredo Cardona Tobón.




Al amanecer del 15 de febrero de 1877 los manizaleños  oyeron el retumbar de las balas a unas cincuenta cuadras de la ciudad: eran los caucanos que se acercaban  inexorablemente al poblado ante la pasividad del general antioqueño  Marceliano Vélez quien  desde la derrota de Los Chancos, solamente se defendía sin osar atacar al enemigo inferior en número y armamento, pero cada vez más osado y peligroso.

Marceliano Vélez creyó que se repetiría  el estrellón enemigo contra el bastión manizaleño, como ocurrió en 1860 con Mosquera cuando el general caucano fue e incapaz de doblegar las defensas paisas. Estaba tan seguro de repeler el ataque, que  pese al avance desde Pereira de las tropas del general Trujillo, envió parte de sus tropas a la banda occidental del río Cauca, para hostigar al enemigo  por Apía y Cañaveral, debilitando las trincheras manizaleñas.

Los liberales caucanos aliados con tropas federales fueron estrechando el cerco sobre la ciudad fronteriza; avanzaron por el  Alto del Caballo, por San Julián y por Nueva Palestina, y de esta última localidad  continuaron la marcha, vadearon el    río Chinchiná por el paso de  La Inquisición y en  violenta acción se apoderaron del sitio de  La Cabaña  el 22 de  febrero de 1877.

Los caucanos derrotaron en la base del cerro Batero a la columna que Marceliano Vélez envió hacia la  banda  occidental del río Cauca y los liberales sin amenaza por los flancos o por la retaguardia prepararon el asalto a  Manizales. En la noche del 4 de abril los caucanos abandonaron el campamento de La  Cabaña, dejaron las hogueras encendidas para engañar  a los vigías enemigos, y con sigilo  se colaron  entre las posiciones paisas  de El Canasto y Morrogordo  para ubicarse en la madrugada en  el Alto de Cueva Santa.

Al caer la noche del cuatro de abril varias compañías  caucanas marcharon  desde El Arenillo hasta El Tejar,  donde los antioqueños habían concentrado fuerzas para repeler el ataque liberal; a  las once de la noche de ese mismo día, el batallón No. 14, compuesto por villamarinos, y reforzado por efectivos sureños, se movió hacia los sitios de La Florida y  el Alto del Roble y esperaron  las órdenes de ataque.

En  la fría y nebulosa mañana del 5 de abril se rompieron los fuegos; fue una batalla sangrienta,  una de las más feroces e intensas de nuestras guerras civiles donde  se ha desconocido la valentía de  los defensores de la ciudad, porque los triunfos se ensalzan y las derrotas se olvidan.

Con el apoyo de reclutas de Santa Rosa de Osos, llegados al medio días a marchas forzadas, los defensores del Arenillo sostuvieron por varias horas sus posicones, los reclutas venían agotados y hambrientos, sin embargo se  portaron como  veteranos En el alto de  Morrogordo,  la heroica División Giraldo , compuesta por marinillos,  resistió la embestida durante diez horas.  Cuando hirieron gravemente a su jefe, el general Obdulio Duque, y  abatieron a sus  comandantes Cesáreo Gómez y Felipe Arbeláez,  se retiraron hacia Manizales, en  campo descubierto, bajo el fuego intenso de los caucanos que desde las laderas circundantes os acribillaron inmisericordemente; los sobrevivientes llegaron a  la Linda y se fortificaron en el Alto de la Palma tras dejar en el campo 900 bajas entre muertos, heridos y prisioneros.

Tropas de Villamaría cruzaron el río Chinchiná  y en territorio manizaleño se enfrentaron con una  partida comandada por el general Braulio Henao; tras una intensa escaramuza llegaron al Alto del Perro, se descolgaron  hasta las defensas del Guayabo y las hostilizaron hasta  muy entrada la tarde.

En el Alto de San Antonio  se  presentaron los más intensos combates. El Alto estaba rematado por trincheras de un metro de espesor y tres metros de altura, con fosos por delante y por detrás;  estaban  erizadas de púas y cubiertas de maleza  entre la cual se emplazaron mortíferas ametralladoras y varios cañones, que fueron incapaces de detener la ofensiva caucana.

Los manizaleños y caucanos  lucharon con valentía; mujeres sueñas  armadas con lanzas fueron las primeras en llegar a los nidos de las ametralladoras, pero mientras los paisas retrocedían bajo las órdenes de generales medrosos, los liberales iban por la victoria  animados por el  rico botín que  esperaban encontrar en Manizales.

A las cuatro de la tarde del  cinco de abril Don Silverio  Arango,  presidente del Estado de Antioquia, vio la inutilidad de la lucha y la inminencia  de la derrota, para evitar el inútil derramamiento de sangre, trató de parar los combates y solicitó una tregua para recoger muertos y heridos y discutir  un tratado de paz. El general Julián Trujillo, Jefe del Ejército liberal,  ignoró la propuesta y continuó los ataques hasta que  los reductos  antioqueños izaron bandera blanca uno tras otro y se entregaron sin condiciones.

EMPIEZA EL SAQUEO

Los atropellos fueron en aumento en la medida que los invasores se apoderaban de las calles; a  los civiles que capturaban les quitaban el sombrero, la ruana y el carriel y los dejaban hasta sin pantalones, saquearon las casas, a los infelices derrotados les arrebataron las  cobijas  y  la  ropa y a los artesanos los dejaron sin  herramientas.

Al día siguiente las autoridades  impuestas por los vencedores hicieron abrir las tiendas  y demás lugares de expendio de víveres;  los caucanos “compraban” cuanto querían y al momento de pagar la cuenta decían al vendedor: “coman  religión, godos pícaros” y se robaban lo que habían pedido. Las tropas liberales  arrasaron con todo, en las haciendas cercanas a la ciudad..  no quedaron cerdos, ganado ni caballos... confiscaron  gallinas, los rejos y las enjalmas.... todo lo robado fue  a para al Valle del Cauca y a  la vecina población de Villamaría.

En medio del caos un  grupo de soldados liberales  llegó a la casa de la anciana   Teresa Salazar y como sólo le encontraron treinta pesos, la amarraron de los pies y la colgaron para que dijera dónde guardaba el “ entierro” ; a Jesús Martínez, padre de familia, lo asesinaron en la puerta de su vivienda; a las residencias más  amplias y lujosas las dejaron como cuarteles, los  intrusos  robaron los muebles que pudieron cargar y otros sirvieron de leña en las fogatas de los campamentos.

Los ciudadanos conservadores más adinerados de Manizales debieron cubrir una indemnización  de $ 50.800  por gastos de guerra, de los $ 750.000 que  el gobierno nacional  obligó a pagar a toda Antioquia. Algunos ilusos se dirigieron al general Trujillo, pidiéndole que los pusiera a cubierto de los saqueos y los atropellos de los caucanos, pero  fue en vano, pues según  dijo él “ nada podía  hacer   porque  no había quién contuviera a esos negros”.

 Ese 5 de abril  de 1877 marcó el final de la era del liberalismo radical,  ya que la victoria de Trujillo abrió las puertas a la Regeneración de Rafael Núñez y  las abrió al conservatismo; en las gacetas  oficiales del Cauca encontramos paso a paso los pormenores  de la batalla  de Manizales;  en cambio en los archivos de Antioquia se tendió un manto de olvido estos dolorosos sucesos.


La batalla por Manizales no trajo la paz, fue otro eslabón sangriento, que se encadenaría a la revolución de 1879 contra los caucanos, la de 1885 contra Nuñez y la guerra de los Mil Días que comprometió recursos y vidas manizaleñas.

lunes, 21 de octubre de 2013

WILLIAM WALKER EN NICARAGUA

Alfredo Cardona Tobón*



No hubo tambores  ni uniformes vistosos, tampoco una  voz amiga que lo consolara; erguido e impasible el mercenario norteamericano que soñó con un imperio esclavista en Centroamérica, marchó con un crucifijo en su mano izquierda hasta el paredón de fusilamiento, donde lo esperaban diez haraposos soldados hondureños. Diez balas atravesaron su cuerpo y un tiro de gracia en la sien remató la existencia tormentosa de este “filibustero”  que anegó en sangre el suelo de Nicaragua.

 En un burdo ataúd costeado por el cónsul americano acomodaron el cadáver de William Walker; ese 26 de setiembre de 1860, con las últimas paladas de tierra que cubrieron el ataúd se esfumó el sueño de un sureño que quiso agregar otro estado a la bandera de las barras y las estrellas.

EL INFIERNO EN EL PARAÍSO

En junio de 1855 la guerra civil envolvía a Nicaragua, dos bandos opuestos con sede en las ciudades de León y de Granada buscaban la hegemonía política y comercial del país. Francisco Castellón era el líder de los leoneses; José María Estrada era la cabeza de los granadinos y ambos pretendían representar al único gobierno legítimo del país.

Cuando las acciones militares inclinaron la balanza a favor de Granada, Castellón contrató a Walker quien con aventureros de San Francisco abordó  un viejo barco  y desembarcó con la “Falange Americana” en las playas  de Realejo en territorio de Nicaragua.

Después de sangrientos combates donde se distinguieron los rifleros gringos, Walker quedó al frente de las tropas de León y se convirtió en el poder detrás del trono. Con dinero de la Compañía de Tránsito que manejaba las comunicaciones entre la costa Atlántica y Pacífica de Nicaragua, sobornó a los adversarios y se apoderó de la ciudad de Granada. En elecciones amañadas, el mercenario americano fue elegido presidente y una vez en el mando descubrió su intención de convertir a Nicaragua en una nación esclavista aliada de los estados sureños de la unión americana.

Para Walker la esclavitud era  “Un monumento a la sabiduría, la justicia y la benevolencia del Creador”; para este aventurero los centroamericanos eran una raza inferior, perezosa y mala para el trabajo, que había que disciplinar para poder explotar la riqueza y la belleza de la tierra que habitaban.

En forma sagaz y cruel se deshizo de sus opositores o de aquellos que pudieran hacer peligrar su dominio. Incentivó la inmigración estadounidense ofreciendo propiedades y gabelas a quienes se radicaran en Nicaragua y se alistaran en sus filas. Walker fue el supremo dictador de Nicaragua con la anuencia de los Estados Unidos, que han tenido siempre la torva inclinación de apoyar a los tiranuelos como lo hicieron después en  la República Dominicana con Trujilo, con Papá Doc en Haití y Noriega en Panamá.

Los norteamericanos  apoyaron a Walker con hombres y con armas. Sin embargo, el intruso cometió el gran error de lesionar los intereses del millonario  Cornelio  Vanderbilt, al apoderarse de algunos bienes de la Compañía de Tránsito que llevaba el oro del oeste americano y  servía a  los viajeros que se movilizaban de una costa a otra  de los Estados Unidos a través de Nicaragua. Entonces Vanderbilt auxilió a  Costa Rica, que aliada con Guatemala declaró la guerra a William Walker.

El 20 de marzo de 1856  los costarricenses sorprendieron a los “filibusteros” en el llano de Santa Rosa; la violencia del ataque duró apenas cinco minutos con el resultado de 26 muertos y 19 prisioneros norteamericanos. Aunque no fue uno de los combates más sangrientos fue el principio del desmoronamiento del poder de Walker.

En julio de 1856 tropas guatemaltecas entraron a León, pero no pudieron permanecer en la ciudad diezmada por el cólera y la viruela; poco después el capitán Turley  desertó con una compañía de filibusteros  para establecer su propia república en las montañas; pero los nativos rodearon y asesinaron a todos los invasores, mientras los aliados centroamericanos y el rey de la Mosquitia  tomaban las ciudades de Masaya y Managua.

Los centroamericanos atacaron a Granada, ciudad defendida por Henningsen, un lugarteniente de Walker, y  ultimaron a machetazos a los viajeros americanos y a los empleados de la Compañía de Transito que cayeron  en sus manos. El combate fue brutal; filibustero herido que caía en poder de los centroamericanos era asesinado. Fue una pelea a muerte que cubrió las calles de cadáveres. Tres semanas duró el sitio de Granada, al fin los centroamericanos se retiraron ante la llegada de los refuerzos comandados por Walker.

Al cesar la ofensiva  a Granada, Henningsen pasó revistas a su tropa: de 500 hombres había perecido la mitad y los sobrevivientes estaban heridos o enfermos; de la bella Granada quedaba solamente un montón de escombros, estaba convertida en una morgue, en un lugar pestilente.

WALKER SALE DE NICARAGUA

El 11 de abril de 1857 los nicaragüenses  atacaron la ciudad de Rivas, en poder de la  Falange Americana; fueron repelidos y dejaron en el campo a más de cien muertos y montones de heridos. Los combates continuaron con resultado indeciso y graves quebrantos para la economía gringa con los sobrecostos en la vía a Panamá;  el comandante  H .Davis de la Armada norteamericana trató de lograr la paz  entre los contendientes. Las conversaciones empezaron y al fin Walker, convencido de la inutilidad de la  lucha,  tomó un vapor americano con sus caballos, sus efectos personales y la mayor parte de sus oficiales.

De regreso a Norteamérica, lo recibieron como un héroe en Nueva Orleans y Nueva York. Meses después, mimado y adulado  por sus compatriotas regresó a las andadas tratando de conseguir lo que no logró en México ni en Nicaragua. Con nuevos “filibusteros” desembarcó en Punta Gorda, Nicaragua, y capturó algunos vapores comerciales, lo que obligó a intervenir al comodoro Paulding de la marina americana que lo apresó y lo remitió de vuelta a Estados Unidos.

Tres años pasaron  durante los cuales Walker recorrió su país como un alma en pena, hasta que la autocracia y el poder lo volvieron a tentar y con apoyo de amigos sureños desembarcó en Honduras donde intentó sublevar a los isleños y formar una república. Esta vez se vio perseguido por los británicos que lo capturaron y lo entregaron a las autoridades del país, que tras un juicio sumario  lo sentenciaron a muerte.


Walker no buscó riquezas, lo obsesionó el poder... y para lograrlo se valió de todas las artimañas: violencia, traición, engaño... todo fue válido para tratar de convertirse primero  en el amo y señor de  Baja California y de Sonora, en México, luego de Nicaragua y por último de Honduras, bajo la mirada indiferente o cómplice del gobierno y del pueblo de los Estados Unidos.