sábado, 16 de noviembre de 2013

BRAULIO BOTERO LONDOÑO

ANTORCHA DE LIBERTAD

Alfredo Cardona Tobón


-Braulio  Botero siempre defendió a  los más débiles y por ello estuvo varias veces en la cárcel. En 1988 alcanzó el Grado 33, que es el título  más alto de la masonería. Fundo el Cementerio Libre de Circacia. Ideas liberales-

En el año 1908 Miguel Botero vendió sus propiedades en el sur de Antioquia y emprendió viaje, con su esposa y sus nueve hijos, hacia la aldea de Circacia.

Los muchachos entraron al colegio regentado por Julio Echeverri, y dentro del espíritu libertario y las ideas del general Benjamín Herrera, Braulio Botero Londoño, hijo de don Miguel,   templo el carácter  que habría de señalarlo como una antorcha en un mundo dominado por el oscurantismo.

La polifacética personalidad de Braulio Botero combinó el pensamiento con la acción, el civismo con la política,  la filantropía con  el trabajo creativo, el respeto a la ley con la rebeldía contra toda forma de injusticia.

“EL CARBURADOR” EN ACCIÓN

Braulio tendría veinte años cuando apoyó el movimiento  del general Leandro Cuberos Niño, quien ante el atropello a los derechos conculcados a los liberales intentaba derrocar al presidente Pedro Nel Ospina y  tomar el poder por la fuerza. Se había alborotado la sangre de los ancestros Boteros y Londoños que habían luchado por su partido al lado de Salvador Córdova, de Pascual Bravo y de Rafael Uribe Uribe.

Con el alias de “Carburador” Braulio sirvió de enlace a los conspiradores quindianos y al abortar la insurrección y descubrirse su identidad, Botero se refugió en las cabeceras del río Quindío. Mientras pasaba la tormenta el fugitivo leyó las obras de los grandes panegiristas radicales y en las noches de luna fue tras el espanto del general Carlos Mejía y su legendario entierro en el sitio de Cruz Gorda.

Al cabo de varios meses de la fallida intentona, Braulio regresó a Circasia, pero el ruido que causó aún resonaba en las mentes de los atemorizados esbirros del régimen y el conjurado fue con sus huesos a la cárcel de Manizales.

AL LADO DE MARÍA CANO

En  1927 María Cano remontó el cañón del río Arma y empezó en Aguadas una gira entre el más desbordante entusiasmo popular. No la arredró la fusilería en Manizales,  ni el acoso de la tropa en Cartago. De paso hacia Cali, una abigarrada multitud la aclamó en Armenia, donde los esbirros del régimen intentaron disolver la manifestación a golpe de culata.

Braulio Botero codo a codo con los obreros,  con los emboladores, con los peones y las lavanderas se enfrentó a la policía, y por segunda vez defendiendo  la causa de los más débiles, fue conducido a la cárcel.

EL CEMENTERIO LIBRE DE CIRCASIA



Al morir Valerio Zuluaga Londoño, un famoso espiritista de la vereda “La Concha”, sus hijos quisieron sepultarlo en el cementerio de Circasia. El párroco Manuel Antonio Pinzón le negó un lugar en el camposanto y hasta en el muladar, lugar donde enterraban a los herejes y a los suicidas. Los deudos  intentaron hacerlo en otro municipio del Quindío, pero fue imposibles, pues el presbitero Pinzón impidió la inhumación de Valerio en cualquier camposanto católico.

Ante tal situación, no hubo otra alternativa que cavar una fosa en la finca de la “Concha” que guardara los restos de Valerio Zuluaga. No satisfecho, el cura Pinzón azuzó a las autoridades del pueblo aduciendo que el cadáver estaba contaminando las aguas que surtían a Circasia; la policía  detuvo a la esposa del finado y a empellones llevó a la cárcel a los hijos del muerto como si se tratara de los peores criminales. Ante tal atropello hirvió de nuevo la sangre de Braulio Botero que sentó la más viva protesta contra los abusos del cura y sus amigos, lo que lo llevó por tercera vez a la cárcel, acusado de ser cómplice de los espiritistas.

EL CUARTO CANAZO

Para que los finados alejados del catolicismo tuvieran un lugar digno de reposo, Braulio se empeñó en construir un cementerio laico en Circasia.  Contra el parecer del alcalde y del concejo, títeres de campanario, Braulio explanó a punto de convites un terreno cedido por su padre. El cura Pinzón intervino e hizo  encarcelar a Braulio por cuarta vez, acusándolo de adelantar obras civiles sin permiso legal.
Al ascender el liberalismo al poder en el año 1930, las cosas empezaron a cambiar y se logró la autorización del Cementerio Libre. No obstante,  continuaron las intrigas clericales hasta que la Comisión Asesora del Ministerio de Relaciones Exteriores, dio  via libre al cementerio, pues el proyecto de Braulio Botero no reñía  en forma alguna con el Concordato suscrito con la Santa Sede.

MASÓN Y POLÍTICO

En 1988 Braulio alcanzó  el Grado 33, que es la dignidad más alta en la masonería, y en 1993 las logias del Viejo Caldas, del Tolima y de Bogotá  le rindieron un homenaje tan grande en el Cementerio Libre, que solo pudo equipararse, según afirma Jhon Jaramillo R. con  el acaecido en la capital  de la república con el entierro de  Crótatas Londoño, jerarca máximo de la masonería.

Botero fue concejal, diputado, representante a la Cámara, alcalde de Armenia, Secretario de Gobierno  de Hacienda de Caldas. En 1940 el presidente Santos le ofreció  la gobernación del departamento de Caldas, pero a Lorencita, esposa de Santos, que como buena santarrosana era conservadora de corazón,  le aterró que un hombre con las ideas de Braulio manejara su departamento natal y consiguió que Santos echara pie atrás y nombrara a Roberto Marulanda.

“Si me hubiese posesionado- dijo Braulio a sus amigos- No se lo que hubiera pasado, pues yo estaba dispuesto a nombrar en la dirección de instrucción pública  a una mujer”. Ello habría sido algo inusitado,  pues en tal época a la mujer solo se tenía en cuenta para criar hijos y atender la casa.


La independencia del carácter de Braulio Botero se reflejó en 1933, cuando fue nombrado Secretario de Hacienda por el gobernador Jorge Gartner. Al subir los liberales al poder todos esperaban que Botero removiera a los empleados conservadores, pero no fue así, los ratificó y nombró a otros de ese partido, aduciendo que los “godos” tenían la experiencia y que sus copartidarios liberales no eran más que unos novatos en esos menesteres, con ganas de conseguir un puesto.

ANEXO

HIMNO A LOS MUERTOS DEL CEMENTERIO  LIBRE DE CIRCASIA- QUINDIO- COLOMBIA

Himno de los Muertos

Escrito para el Panteón Libre de Circasia
Letra: Antonio José Restrepo
Música: Rafael Moncada
A ti vengo a buscar el reposo
Que a los libres ¡Oh tumba! les das;
Cual la esposa que abraza al esposo,
Tu me abraza por siempre jamás.
Campos verdes risueño paisaje,
Blancas piedras, do yazga mi sien;
Y ¡A dormir! Al rumor del oleaje
Que alza el tiempo en su eterno vaivén.
No me espantan mentidos terrores;
Sin doblar la rodilla viví;
Del hermano calmé los dolores;
De la Patria el pendón defendí.
Quede inerte en el surco el arado
Que del agro la entraña rompió.
¡Alto frente!… Este viejo soldado
¡Sólo muerto las armas rindió!…
¡Cómo asoma al opuesto horizonte
¡Una tenue, suavísima luz,
Que colora la cumbre del monte!
¿Será el sol o el nocturno capuz?

miércoles, 13 de noviembre de 2013

EN VISPERAS DE LA INDEPENDENCIA

LOS COMBATES DE FUNES Y CUMBAL

Alfredo Cardona Tobón*

                                     Parque central de Cumbal en Nariño, Colombia

Entre los episodios ignorados en nuestra historia está la expedición militar, de fines de 1809, comandada por el quiteño Francisco Xavier de Ascázubi contra las autoridades coloniales de Popayán. Fue la primera acción militar criolla en territorio de la Nueva Granada en la época independentista y tuvo enorme importancia   política, pues precipitó la caída de la Junta Suprema de Quito y marcó la voluntad  pastusa  de luchar bajo las banderas realistas, pues a su gente, profundamente católica, se les hizo creer que los insurgentes americanos eran enemigos de su religión.

ANTECEDENTES

En agosto de 1809 los quiteños depusieron el gobierno colonial y conformaron una Junta Soberana, semejante a las instauradas en la península durante la invasión francesa. Fue un acto temerario, teniendo en cuenta el fracaso de las Juntas de Chuquisaca y La Paz y dada  la insularidad del movimiento quiteño que no buscó el concurso de las ciudades de Guayaquil, Cuenca y Pasto, que hubieran dado fuerza a sus pretensiones.

La Junta Soberana no habló de independencia, ni fue contra España; buscó la autonomía, el relevo de mando de españoles a criollos que juraban lealtad a la metrópoli y al rey. Sin embargo, las autoridades virreinales no estaban dispuestas a ceder el poder, por ello la reacción contra Quito no se hizo esperar y de inmediato los virreyes de Lima y Santa Fe enviaron tropas contra los rebeldes.

LA JUNTA SOBERANA DE QUITO

Ante el peligro inminente, los quiteños movilizaron tropas  para neutralizar el ataque del gobernador de Popayán, Tacón y Rosique.  La Junta reunió tres mil hombres en Quito y Otavalo, los más con lanzas y muy pocos con fusiles, todos mal entrenados y los puso bajo las órdenes de los coroneles Francisco  Xavier Ascázubi  y de Manuel Zambrano.

La expedición se dividió en dos columnas:  una bajo las órdenes de Ascázubi y la otra bajo el comando de Zambrano; eran montoneras en campaña, compuestas por labriegos y artesanos que por vez primera cargaban un fusil y manejaban una lanza; eran motines sin disciplina dirigidas por oficiales tan bisoños como sus soldados.

Las columnas autonomistas se adentraron en territorio pastuso; con dificultad cruzaron los senderos bordeados de abismos y avanzaron entre barrancos que se estrechaban como si fueran ataúdes. Por donde iban encontraban el territorio desierto: las chozas abandonadas, las aldeas desocupadas… sin una oveja o una cabra, ni graneros donde reponer provisiones. Se había corrido la voz del ataque de batallones ateos, enemigos del rey y de la religión, que venían a devastar iglesias y comunidades.

Los trescientos fusileros enviados desde Santa Fe se unieron a las fuerzas de Tacón y Rosique acantonadas en Popayán y entraron a Pasto en medio del repique de campanas, sones marciales, estallido de cohetes y vivas al rey y a la religión católica. Las fuerzas coloniales marcharon hacia el sur, animadas por los vecinos y por los numerosos voluntarios que se les unieron para rechazar al invasor.

El 16 de octubre de 1809 el comandante español Nieto Polo con  190 pastusos armados de lanzas y espadas vadeó el río Guáitara  y  se topó con la columna de Manuel Zambrano atrincherada en el Chapal de Funes.

El desastre de los quiteños empezó con la defección de parte de la tropa que se entregó al enemigo antes de empezar el combate. Los que quedaron emplazaron sus tres cañones contra la turba de Nieto Polo, pero fue más el ruido que el daño, dada la inexperiencia de los artilleros. Nada se pudo hacer ante el empuje de los pastusos que a los cuarenta y cinco minutos eran dueños de la situación.

 La persecución de los derrotados continuó hasta el cerro de las Ánimas, donde fueron alcanzados y rendidos los que sobrevivieron al desastre. En el campo de combate quedaron  decenas de muertos,  107 soldados cayeron prisioneros y la columna autonomista perdió el armamento, las mulas y las vituallas.

 A la columna de Ascázubi no le fue mejor.  Ante el empuje de las tropa del goberandor Tacón los quiteños se retiraron  hacia Arrayanales donde  se disolvió la tropa. En pequeños grupos se dirigieron al sur perseguidos por el capitán Gregorio Angulo. En Sapuyes  un grupo de milicianos compuesto en su mayoría por mujeres hizo frente al comandante Azacazubi y tras una breve escaramuza lo capturó  junto con algunos de sus oficiales..

LA MALA NOTICIA

Los desastres de Funes, Cumbal y Sapuyes se sumaron a la derrota en Lacatunga a manos del Batallón Real de Lima. Todo ello, junto con las disensiones internas, bajaron de tal manera la moral de los quiteños,  y en pocos días se  evaporó lo que quedaba del ejército de la Junta Suprema. Para rematar, los pocos pueblos que habían respaldado a los quiteños les dieron la espalda y se levantaron contra la Junta, que sin ejército, sin dinero, desunida y rodeada de enemigos entregó el mando a Juan José Guerrero y Matheu, conde de Selva Alegre, que capituló a cambio de amnistía y olvido del pasado.

Nuevamente en el poder, el presidente Ruiz de Castilla esperó la llegada de las tropas limeñas para restablecer la Real Audiencia y ordenar la captura de los revoltosos, pese a las promesas pactadas. Los que no pudieron huir  fueron confinados en calabozos  y asesinados de manera vil cuando el pueblo trató de rescatarlos.

Se afirma que la batalla del Bajo Palacé, acaecida el 28 de marzo de 1811,  fue el  primer encuentro en territorio  granadino entre autonomistas y tropas coloniales. No es así: fue en Funes, en Cumbal y en Sapuyes donde los patriotas, del territorio que después se llamó Colombia,  recibieron su bautismo de fuego.