viernes, 22 de noviembre de 2013

CALDAS: UN SIGLO DE CAFÉ


Alfredo Cardona Tobón



Las primeras maticas de café crecieron en Riosucio en la segunda década del siglo XIX gracias al empeño de Bonifacio Bonafont, un sacerdote oriundo de la provincia de El Socorro;  pero como en la parroquia no se tomaba la bebida y tampoco existía mercado para el grano, el cultivo desapareció. En 1864  Eduardo Walker Robledo, hijo de un minero inglés que llegó a Marmato, sembró un cafetal en “La Cabaña” en Manizales y en 1869 Fernando Mejía plantó cafetos en la vereda “La Muleta”, más por curiosidad que por negocio, pues, al igual que en Riosucio, en Manizales  tampoco se consumía la deliciosa infusión y los costos del transporte hacia el rio Magdalena con miras a la exportación  desanimaban a los empresarios..

En Cundinamarca y en Ocaña el asunto era diferente, porque los empresarios cultivaban  el café  con miras a la exportación. Siguiendo este ejemplo, Marcelino Palacio siembra 400 arbustos en la finca Sebastopol de Manizales y  establece un cultivo mayor el señor Manuel Grisales en la finca La Playa. En Neira siembra café Justiniano Mejía y en Palestina hace lo mismo Julián Mora en la finca “ San Carlos”

Hacia 1878 los caficultores de Cundinamarca y el Tolima exportan al año 6000 cargas de café y Tyrell Moore funda en Sasaima un establecimiento modelo que produce café de la mejor calidad con destino a Londres. Por esa época empieza el despegue de la caficultura  en el sur de Antioquia con Antonio Pinzón Amaya que siembra en la finca “El Águila”, cerca de Manizales, 16000 arbustos, construye una secadora y fermenta y lava el café para obtener una calidad de exportación mientras en Pereira, en  el norte caucano, Eduardo Walker siembra la hacienda La Julia con modernas técnicas cafeteras, y trilla y exporta el grano con destino a Europa.

CALDAS Y EL CAFÉ

El 25 de agosto de 1920 se inaugura el Primer Congreso Nacional de Cafeteros. Asisten por Caldas José Jesús Salazar como representante del gobierno departamental, Luis María Arcila por el gremio, Marco Echeverri por la Sociedad de Agricultores, Gabriel Jaramillo por el municipio de Manizales y Manuel Castaño por Pensilvania.

En 1928 se establece de manera oficial la Federación de Cafeteros y los caldenses se inscriben con entusiasmo como socios de la agremiación. Pedro José Mejía de Manizales es el socio No. 15, Tomás Mejía de Apía es el No. 57, Pastor Hoyos es el No. 69...

Antes de que se estableciera la Federación de cultivadores, la Asamblea de Caldas promueve e impulsa la industria del café. Por ordenanza No. 14 del 18 de marzo de 1924 la Asamblea Departamental organiza un concurso con premios de $100 entre los productores que envíen muestras de pergamino con detalles del proceso y del cultivo.

En 1929 los socios de Salamina proponen la fundación de una marina mercante para enviar el café a los mercados internacionales y en 1930 la firma American Coffe Co. instala teléfonos entre Pereira y Riosucio y entre La Virginia y Belalcázar para agilizar despachos y operaciones.
La Iglesia católica caldense se interesa por la suerte del café, sobre todo en la crisis de 1930, cuando la única salida es la calidad del grano que garantiza precios y mercados. En 1931 el Obispo de Manizales envió una circular a los párrocos de la diócesis, en la cual instruye a los sacerdotes para que el siete de junio, día del Café, recalquen desde el púlpito la necesidad de mejorar los cultivos y el beneficio para sortear con éxito las dificultades de ese entonces.

EXPORTACIÓN Y EXTENSIÓN

En 1931 operaban en Manizales 25 exportadores, en Belalcázar 6, en Manzanares 6, en Riosucio 3 y en Salamina 4.

Entre los extranjeros sobresalía American Coffee Co, Steinwonder S. Co, Grace y Co y Haul  and Rand Inc. Entre los exportadores nacionales  se contaban Eduardo Trujillo, Miguel Ángel Hoyos, Pedro Bernal, Rafael Jenaro Mejía y Ricardo Ángel.

A la par que crecían los envíos al exterior y entraban divisas al país, la Federación intensificó las labores de extensión para aumentar la productividad colombiana. En 1932  se fundó la Escuela de Mayordomos de Chinchiná en una granja de 42 hectáreas con beneficiaderos y técnicas de avanzada y en 1939 empezó a funcionar el Centro de  Investigaciones del Café- CENICAFE- con sede en territorio de Manizales, cerca del casco urbano de Chinchiná, que hoy constituye uno de los centros científicos más importantes de América Latina.

El 30 de noviembre de 1961 se creó la Fundación Manuel Mejía, en memoria del gerente manizaleño que dirigió el gremio entre 1937 y 1958, y fue el gestor de una organización que es modelo en todo el mundo.

EL ESPÍRITU CALDENSE

Son la caficultura y los dirigentes  que han orientado esa industria, quienes encarnan el espíritu caldense de lucha, capacidad, honradez y espíritu de servicio, que han identificado a los habitantes de estas breñas.

Si excluyéramos del devenir colombiano a los políticos, a  los escritores y a los intelectuales caldenses, nada hubiera cambiaado el panorama colombiano; pero no podríamos hacer lo mismo con la caficultura y los cafeteros caldenses pues el país sería otro: más pobre, más subdesarrollado, más violento... porque el café caldense dio impulso al país, desarrolló la  infraestructura del departamento,  creó una clase media rural con un nivel de vida honorable y convirtió nuestras montañas en campo grato y productivo que halonó al restos del  pais.

 Debemos reconocer que los cien años de Caldas han sido luminosos debido al café y a los líderes de ese gremio que lucharon con vocación al lado de esos  arbustos que abren el alma cuando brotan sus flores blancas, traen esperanza con el verde de los granos y hacen palpitar los sueños y la vida con el rojo sangre de sus pepas. 


lunes, 18 de noviembre de 2013

TAMARACUNGA Y EL DIABLO RIOSUCEÑO

Alfredo Cardona Tobón*



En el libro  “Historiadores Primitivos de Indias”  de Rivadeneira, se cuenta que en el territorio de Riosucio, Caldas, vivió en 1546 un cacique pirsa llamado Tamaracunga; dice la leyenda que un día el cacique escuchó un sermón que le tocó el corazón y de inmediato quiso volverse cristiano.
Pero Satanás no estaba dispuesto  a dejarse arrebatar otra alma pagana; bastantes le habían arrebatado los misioneros. Por eso  empezó a mortificar a Tamaracunga para que se alejara de los doctrineros y sus enseñanzas, y siguiera adorando los ídolos.
Una mañana, cuando Tamaracunga se dirigía a la iglesia de Riosucio, unos diablos en gavilla lo agarraron y lo levantaron por los aires como si fuera una pelota de fútbol, arrojándolo de un lugar a otro. Pese a los  rebotes ningún golpe lastimó al asombrado cacique y por  más empeño que ponían los diablos en hacerle daño, nada le pasaba a Tamaracunga que  continuaba incólume, aunque aterrado, protegido por la bondad Divina.
Alguien avisó a los frailes del convento que de inmediato llegaron a rescatar al cacique de las garras del averno; con oraciones y mucha agua bendita por fin lograron ahuyentar a los secuaces de Satanás y libraron del oprobio a Tamaracunga, quien con hábito de penitente siguió con los frailes camino hacia la población de Anserma, donde ejercía su ministerio el venerable padre Juan de Santamaría, ducho en exorcismos y en peleas contra el Enemigo Malo.
 El trayecto estuvo erizado de peligros y acechanzas, los ataques arreciaron  a medida que la  comitiva se acercaba a la población de  Anserma; los demonios arrojaban piedras, se oían estruendos terroríficos y  tomaban formas espantosas que se desvanecían  cuando aplicaban las reliquias a Tamaracunga o invocaban los nombres de Jesús y María.

A la entrada de la ciudad  fundada por el conquistador Jorge Robledo,  el padre Santamaría esperaba a Tamaracunga dispuesto a  librar al atormentado indígena de los embates infernales así perdiera la vida en tan terrible trance. Al ver al padre Santamaria Satanás se llenó de ira y sin respetar hábitos ni agua bendita se precipitó contra el sacerdote y lo tuvo agarrado con los pies arriba y  la cabeza en tierra durante varias horas.

 Fueron inútiles los rezos de los religiosos; nada parecía detener a Lucifer que parecía solazarse con el miedo tembloroso de Tamaracunga y el padecimiento del padre Santamaría. Tras muchas invocaciones a la Virgen  Santísima, las fuerzas celestiales intervinieron  y  el religioso cayó al suelo sin herida ni lesión alguna mientras una legión de diablos levantaba vuelo y se perdía en el horizonte como si fuera una estampida de gallinazos.

Los frailes con el padre Santamaría y con Tamaracunga  continuaron su camino entonando himnos al Salvador hasta que entraron a la iglesia, donde el cacique recibió el santo bautismo y quedó fuera del alcance del demonio.



¿QUIEN AMANSÓ AL DIABLO RIOSUCEÑO?


En las crónicas de la conquista menudearon las apariciones de santos y demonios; los primeros aliados de los españoles y los segundos, militando en las filas de los nativos. Se habla de la protección de la Virgen María en cruentos combates con los indígenas y del apóstol Santiago sobre blanca cabalgadura al frente de las  huestes españolas.

 Para los europeos todo lo nativo era sucio y pecaminoso y veían en los dioses americanos  la presencia indiscutible del demonio. Pasaron los siglos y el diablo, a la par de los santos, hizo parte de la vida de los ancestros. No hubo abuelo al que no se le hubiera aparecido un diablo; muchos jugaron tute con el Patas, otros trovaron y se emborracharon con el Putas y hasta Macuenco, el arriero, que era tan serio y tan mesurado, juraba y  rejuraba que en la curva de los Monsalves en el camino entre Riosucio y Quinchia, le tocó darse peinilla con un negro jetón, que al recibir un machetazo, se convirtió en un perro negro que huyó echando chispas por la boca.


UN COMPADRE PARRANDERO


En casi todos nuestros pueblos se le tiene pavor al demonio, pero eso no sucede en Riosucio donde el enemigo de Tamaracunga y de los frailes, desde hace siglo y medio se convirtió en amigo y parcero y en el más conspicuo compañero de juerga y de parranda de los  habitantes de ese pueblo.

Según los archivos de la iglesia de San Sebastián, el acercamiento entre los riosuceños y Lucifer empezó en el año 1846 durante unas fiestas que instituyó el presbítero Manuel Velasco, un cura que hacía versos y montaba obras de teatro con matachines disfrazados de diablos.

El padre Velasco mostraba el poder del bien sobre el mal  y el triunfo de los buenos sobre los malos. Esos  sainetes se repitieron durante el siglo XIX, con diablos apaleados que en vez de inspirar respeto fueron ganando el afecto popular  al ver tanto diablo aporreado.

 Al empezar el siglo XX surgió en Riosucio  un grupo iconoclasta, liberal y librepensador que iba contra todo lo clerical, godo y ultramontano de los tiempos anteriores. Ese grupo liderado inicialmente por Eliseo Vinasco y posteriormente por David Cataño  tomó vuelo en 1930 al aparecer la República Liberal

El gobierno los ubicó en la frondosa y mal pagada burocracia del régimen y el grupo iconoclasta regó sus ideas por toda la banda izquierda del río Cauca. En Quinchía Teófilo Cataño organizó los  Carnavales de las Brujas que después  trasplantó con himno y comparsas a Riosucio, donde los matachines que inspiró el padre Velasco presidieron los Carnavales.

Satanás se convirtió en el centro del jolgorio, fue entronizado por los liberales en el pueblo más godo de Caldas; a don Sata riosuceño no le interesó ganar almas para el infierno sino conquistar compadres para tomar guarapo y tomarse el pueblo a punta de versos

Con el padre Velasco y con Teófilo Cataño el diablo se acercó a la gente y se volvió riosuceño, el Lucifer que se la veló a Tamaracunga hizo causa común con Temilda, la mejor cocinera del mundo, con Tatines el mariscal de los matachines, con Carlos Gil y con Cesar Valencia Trejos, doctores en Carnavales  y en vez de meter miedo a su gente les enseñaron a  hacerle el quite a las embestidas de la vida, que para gozarla son duchos los riosuceños.