viernes, 29 de noviembre de 2013

EL TESORO QUIMBAYA

Alfredo Cardona Tobón*

Aún  "piernipeludo''  a Jesús María Ocampo, le picó  el deseo de buscar fortuna en otras tierras. "Oís, chuchito- le había dicho Danielito Escobar - qué te parece que están sacando oro en el Quindío por pilas; en una vereda que llaman Montenegro encontraron una sepultura con la pendejadita de setenta libras de oro. Yo vi unas alhajas, unos cetros y coronas, serpientes, lagartos y caciques, todo esto trabajado por los indios. En un lugar que llaman Tebaida están sacando tumbaga todos los días y a toda hora y los guaqueros viven muy animados porque dizque todo ese territorio es un cementerio tan rico, que por donde se mete el recatón y la mediacaña sale oro." – Testimonio de un guaquero-



UN SEPULCRO CONTINUO  ENTRE GUADUALES

La bola de las guacas quindianas se regó por el sur antioqueño y en 1884 el arriero Macuenco, con Carlos Agudelo, Angel Toro y otros aventureros se internaron en  la cerrada selva por los lados de Rioverde y el río Quindío y como gurres escarbaron altozanos y terrazas en busca de los tesoros quimbayas.

Jesús María siguió los pasos de sus paisanos y llegó al cañón del Roble, donde una enorme cruz de madera señalaba una ruta incierta en medio de cañabravas, donde los tigres marcaban el territorio con las osamentas de tatabras que dejaban peladas entre los rastrojos.

El jovencito se transformó en un hombre forzudo, mandón, guapo y con una puntería tal que no hubo fiera que se le escapara, con razón lo llamaban "el Tigrero". En esa tierra úberrima y sin amos, Jesús María alternó con desertores, con gente sin oficio ni beneficio y  buscadores de fortuna en torrenteras y collados, en vegas y en hondonadas, donde espantaban alacranes y culebras para clavar la mediacaña y desenterrar las riquezas que los indios confiaron por siglos a la madre tierra.

"El  Tigrero" al par con la fonda" y con su sueño de la aldea en la "Cuyabra", alternó los cultivos con la minería, dejando a sus amigos los tesoros de los quimbayas. Cuando un enorme tronco le aplastó la vida en una veta solitaria, los guaqueros encontraron su cuerpo y quizás su ánima, que pese a la pesadumbre por una mujer ingrata,  se negaba a alejarse del Quindío.

EL TESORO QUIMBAYA

Miles de piezas de oro salieron de la entraña quindiana a museos extranjeros o simplemente a convertirse en lingotes anodinos en los crisoles de joyeros y comerciantes. Por fin en 1942, el gerente del Banco de la República, don Julio Caro, inició la compra del oro precolombino y empezó a conformarse el Museo de Oro, y entonces las joyas quimbayas empezaron a enriquecer el patrimonio cultural de Colombia.

"Yo siempre creí que vuestro país era fabuloso en bienes artísticos, pero veo que lo es aún más en la nobleza e hidalguía de sus gentes"- afirmó la reina regente de España, María Cristina de Habsburgo, al inaugurar ese 11 de noviembre de 1892, la exposición iberoamericana, durante la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento de América.

Y era lógico que se encontrara tan agradecida y sorprendida, pues el presidente colombiano  Carlos Holguín, le había regalado a la reina un fabuloso tesoro de mil  doce objetos arqueológicos y etnográficos, donde sobresalían ciento veintidós figuras de oro, descubiertas en el municipio de Filandia  que representaban figuras femeninas y masculinas, sillas, cascos y poporos, en tamaños entre quince y treinta centímetros y pesos hasta de 1143 gramos de 24 kilates.

UNA DONACIÓN ABUSIVA

Según investigaciones de la Academia de Historia del Quindío no figura en los archivos de Relaciones Exteriores ninguna autorización oficial en la entrega del tesoro quimbaya; parece  que el presiente Holguín, en un arresto de generosidad  por el laudo que favoreció a Colombia en la  Guajira  y en la orilla izquierda del Orinozo,  regaló las joyas a  la reina regente, después que las sacó del país con la disculpa de exponerlas en Europa.

Con el tesoro quimbaya y el resto de los valiosos objetos  viajaron Vicente Restrepo y su hermano Ernesto, historiador y especialista en cultura quimbaya. Al decir de Elvira Bonilla, directora del Museo del Oro, tales conocimientos no sirvieron a los Restrepos para hacer caer en la cuenta a los generosos donantes sobre la magnitud cultural del regalo. El Semanario madrileño La Ilustración Española y Americana  describió el regalo como "el presente más valioso que España haya recibido hasta  el día, de ninguna de sus hijas allende del Atlántico".

AL RESCATE

El alcalde de Armenia, César Hoyos Salazar, la  Academia de Historia del Quindío y la gobernación de ese departamento solicitaron a los presidentes de España, José María Aznar  y a su sucesor Rodríguez Zapatero, la devolución del tesoro quimbaya, sin que los europeos se hayan dignado contestarles. Han buscado el apoyo de la Unesco, de  los departamentos del Viejo Caldas; los oficios de la Embajada en Madrid y hasta del presidente Uribe Vélez,.

No obstante las evidencias de malversación, el reclamo no ha tenido eco, pese a los antecedentes con Francia, que entregó a los argentinos el sable de San Martín y al Perú la célebre momia inca Vaimaca. El reclamo no debería ser solamente de los quindianos, quienes no deberían, tampoco,  resignarse a que España entregue una réplica de los piezas quimbayas o  que las traigan para mostrárselas a los ciudadanos, como proponen algunos dirigentes cuyabros..

Es doloroso lo acontecido en el pasado con una clase que  desconoció nuestros valores ancestrales, pero es más grave que  continúe la expoliación de los tesoros  culturales, pues una mafia emparentada con el narcotráfico está exportando ilegalmente las valiosas cerámicas y  objetos de oro de las guacas  sin que a los colombianos les importe  ese saqueo descarado.


miércoles, 27 de noviembre de 2013

EN LA DORADA: EL BOCHINCHE DE LOS CHAMAS

Alfredo Cardona Tobón *



Reverberaba el sol en la plaza de La Dorada y el olor a pescado frito y a cerveza flotaba en el aire caliente que llevaba el viento hacia las orillas del río Magdalena. En la lejanía   el pito del tren que se acercaba con más parroquianos a la fiesta, sobresaltó un caballo zaino, que bañado en sudor y con cataratas de espuma en su hocico, se levantó sobre las patas traseras haciendo tambalear al zambo  que lo montaba y lo hacía caracolear en la polvorienta calle, tratando de impresionar a dos negras de traseros tan grandes, que casi no dejaban campo en la espaciosa acera.
Unos `guámbitos`, casi en pelota, observaban por los resquicios de la corraleja a la  multitud  borracha que esperaba la salida de los toros chúcaros, que llenos de pavor por la pólvora y la gritería, estrellaban sus testas contra los postes del corral improvisado.

Avanzaba la tarde del 26 de diciembre de 1929 y La Dorada, como el resto de los pueblos ribereños, era por aquellos días un globo henchido de tensiones por los graves problemas de los braceros del río, las huelgas de los ferrocarrileros, de los petroleros y de los obreros de las bananeras, cuyos salarios de hambre enriquecían a los explotadores internacionales  bajo la mirada complaciente de un gobierno débil y corrupto.

LA CHISPA QUE PRENDIÓ EL CONFLICTO

Estaba fresco el recuerdo de los centenares de muertos en las bananeras de Ciénaga y sólo se necesitaba un débil pinchazo para que el pueblo estallara y buscara el desfogue a la frustración y a la injusticia.
El día de la corraleja el alfiler lo puso Asís Chamas, un individuo de nacionalidad siria, de profesión comerciante de cacharros, medio analfabeta, que nada tenía que ver con los extranjeros que mangoneaban al país en el régimen de Abadía Méndez, pero que era mirado con antipatía por la gente del puerto por su carácter agrio y pendenciero.
Eran como las cuatro de la tarde y Asís, medio muerto de la perra y con el valor que dan los tragos, creyó que era Cúchares y se tiró al ruedo, con tan mala suerte que se enredó en el palco de la reina de la fiesta y  tumbó, rasgó y pisoteó la bandera colombiana que honraba el sitio.
Los borrachos vecinos oyeron el estruendo y creyeron que Chamas había destrozado irreverentemente el pabellón patrio. Llenos de furor patrio arremetieron contra el pobre sirio, que se salvó de ser linchado al caer providencialmente en las manos y los bolillos de la policía que a golpes lo llevaron arrastrado a la prisión.
Al día siguiente, el padre de Chamas, de nombre Abdalá,  llegó embriagado a  la inspección  y empezó a insultar a los agentes y a denigrar en voz alta  contra el país que lo acogió, maldiciendo a Colombia y al “hilacho que tenía colgado” y acabó de complicar la situación, ya de por sí grave y peligrosa para los ciudadanos sirios.

EL MOTÍN

Los denuestos de Abdalá llenaron de santa indignación  a los presentes que molieron a cocas  al viejo Chamas que se salvó de la muerte por una nueva intervención de la fuerza pública. La indignación del pueblo enfiló, entonces, contra la policía del régimen conservador que hacía causa con los Chamas y la reacción fue tan violenta que a los agentes sólo les quedó el recurso de acuartelarse, para evitar una confrontación armada con la turba.
La chusma envalentonada  interpretó  como cobardía la actitud prudente de los uniformados y rodeó el cuartel con claras intenciones agresivas. Los policías vieron correr a dos hombres hacia la casona y juzgando que empezaba el ataque dispararon contra el populacho, que lejos de huir, avanzó sobre tres compañeros muertos y una docena de heridos, y a punta de piedra hicieron huir a los quince uniformados hasta el sitio de Purnio.
La gente sin control saqueó varios  almacenes, robó pólvora y dinamita, voló el cuartel y el edificio de la alcaldía y quemó los archivos municipales. La Dorada quedó en manos de los amotinados, que  destruyeron las líneas de teléfono y de telégrafo y recorrieron las calles armados de escopetas y de machetes, como si estuvieran en plena guerra.
El 28 de diciembre el puerto continuaba en poder de los revoltosos. En medio de la confusión se fugaron los  presos de la cárcel, entre ellos Asís Chamas, que repuesto de la juma y aterrado con el bochinche que había causado abandonó para siempre La Dorada, con su padre Abdalá y toda la parentela.


Al empezar el año nuevo  llegaron refuerzos de Honda y Manizales y la ciudad ribereña volvió a sumergirse en esa paz amodorrada de la tierra caliente e impuesta al pueblo por las bayonetas y la necesidad. Aunque era evidente que todo aquello había sido un motín  causado por los tragos, las autoridades locales y nacionales se empecinaron en  presentar los hechos como un complot comunista, orquestado por la izquierda para desestabilizar  al  régimen conservador de Abadía Méndez, que un año atrás había  mostrado sus garras asesinas en la masacre  de las bananeras de Ciénaga..