martes, 3 de diciembre de 2013

LOS 125 AÑOS DE QUINCHIA

Alfredo Cardona Tobón


Al atardecer del 28 de noviembre de 1888 los vecinos de Quinchiaviejo se agolparon en la antigua capilla del caserío para acompañar al sacerdote José Joaquín Hoyos en la última misa de difuntos; las llamas de las lámparas se perdían en la oscuridad del templo mientras en sus paredes las sombras que danzaban recordaban a las ánimas que quedaban con las osamentas solas en la aldea abandonada.

Atrás quedaban los recuerdos y un pasado con mangas de langosta, con el ataque inmisericorde de la viruela y de los enemigos en las guerras civiles; atrás quedaba un pueblo que desde el año 1550 agrupaba las parcialidades indígenas de tapascos y guaquerames y había sobrevivido a la conquista española y a la explotación de ambiciosos frailes encomenderos .

Amaneció el 29 de noviembre de 1888 y el sol alumbró la cabeza calva del Cerro Batero. En la hondonada de Quinchiaviejo quedaban las imágenes sagradas, los ornamentos de la iglesia, unos gatos sin dueño y los pocos vecinos que se aferraban a sus ranchos, como si en ellos estuviera su vida. Con las primeras luces empezó el repique de las campanas en el nuevo pueblo  anunciando otra era y en medio de cánticos y voladores empezó el desfile hacia la base del cerro Gobia..

Quinchiaviejo había muerto de sed, las fuentes que la surtían se secaban en todos los veranos y para conseguir el agua había que recorrer muy largos trechos. Como las parcialidades no pudieron ponerse de acuerdo, los comuneros del Resguardo confiaron a la Virgen Inmaculada la selección del sitio donde edificarían otro caserío con buenas aguas y cerca del camino Real. Los nativos llevaron en andas la imagen  por todo el territorio esperando una señal divina, que llegó cuando un carguero trastabilló y la imagen se fue de bruces contra un pequeño barranco, donde se empezó a edificar el nuevo templo y a construir la actual localidad..

Como a las ocho de la mañana, en medio de un día esplendoroso, empezó la procesión de traslado. Las campanas del  templo nuevo, situado a unos dos kilómetros de distancia de Quinchiaviejo no dejaron de repicar...la Virgen Inmaculada en medio de flores  y sostenida por cuatro cargadores que se turnaban en la larga subida precedió la procesión; atrás iba el coronel Zoilo Bermúdez, con el  gobernador del Resguardo Victoriano Aricapa, con Higinio Tapasco, Pedro Ladino, Sebastián Villada, Cecilio Gaspar y demás miembros del Cabildo indígena  y luego la comunidad llana, que en medio de cantos y oraciones acompañaban al Santísimo  que bajo Palio llevaba el padre  José Joaquín Hoyos.

Fue una procesión grandiosa, parecía una gran culebra reptando falda arriba hasta el moderno Quinchía. Unos poco antioqueños acompañaban a los nativos, de sombreros de iraca y carrieles al hombro desgranaban rosarios con unción,   mientras los caucanos de sombrero de paja y mochilas de cabuya, entonaban cantos religiosos y seguían muy fervorosos tras el Amo y el padre Hoyos, pese a ser liberales radicales y mirar con recelo a todo lo que tuviera sotana y oliera a bautisterio.

SE REVIVE LA PROCESIÓN DEL TRASLADO

Ciento veinticinco años después de la procesión del 29 de noviembre de 1888,  los quinchieños  reviven el pasado de su pueblo; la Fundación Social Quinchía Nueva, con base en Pereira, ha motivado a los habitantes de Quinchía para que repasen el camino que trillaron sus antepasados cuando trasladaron las reliquias y los últimos ranchos. El domingo próximo una gran procesión partirá de la vereda de Quinchiaviejo con la Virgen Inmaculada por el antiguo camino.

Volverán a sonar las campanas y  se verán los cargueros llevando ranchos en varas, tal como sucedió hace 125 años. La Virgen Inmaculada que encabezará el desfile es la misma que acompañó a los quinchieños en ese entonces.

Los vecinos de la vereda Moreta conservaron esa imagen llena de historia, ellos han sido los fieles guardianes de la venerada imagen que acompañará de nuevo a los quinchieños  en un recorrido donde hace 125 años se mezclaron los primeros antioqueños que llegaron al Resguardo con los nativos caucanos en una conjunción de Gómez y Aricapas, de Escobares con los Trejos.

 La fiesta será completa, pues además de la recreación  del traslado, la  Fundación Social Quinchía Nueva y los vecinos de Moreta presentarán bailes autóctonos, de raíces caucanas y como torta de cumpleaños se ofrecerán ogagatos, que son deliciosos manjares quinchieños, cuya existencia se remota al tiempo de la colonia y que siguen siendo parte de la cocina campesina.

Es muy variada la programación para esta celebración;  incluye  actividades: culturales y deportivas, recorridos ecológicos y espectáculos artísticos que mostrarán la riqueza de la identidad quinchieña.

Quinchía es un tierra que los risaraldenses no han descubierto. Es el pueblo más bello del Departamento y el de mayor riqueza cultural con sus mitos y leyendas; con su mágico Cerro Batero, morada de los dioses ansermas; con el cerro Opirama bajo cuya mole el dios Xixaraca enterró a los demonios; con las huellas y las lágrimas de Michua  unidos a un pasado de valor y resiliencia ante las adversidades.

lunes, 2 de diciembre de 2013

LUIS CARLOS GONZÁLEZ


RECUERDOS DEL POETA

Alfredo Cardona Tobón*


El antioqueño Salvo Ruiz tuvo el don de la versificación, su repentismo  fue tan asombroso, que según la leyenda dejó  mudo al diablo en un desafío de trovas. De la misma manera fue extraordinaria la facilidad de Ñito Restrepo para componer sus innumerables copias que son un comprimido del alma de los paisas.

 Al  lado de Salvo Ruiz y de Ñito Restrepo está el pereirano Luis Carlos González Mejía  cuyos poemas con música incorporada se convertían en bambucos que daban  luz a sus versos. En alguna ocasión  alguien  preguntó a Luis Carlos por el secreto de su pasmosa capacidad poética.

-Escribo versos  por costumbre- respondió al poeta - considero que escribirlos constituye un vicio solitario y quien lo hace tiene gran semejanza con el mocetón montañero que, confesándose cristianamente con el canoso cura de la parroquia provinciana, le decía con mucha satisfacción y algo  de miedo: acúsome Padre que yo mesmo me saco el gusto.”

El siete de marzo de 1972 el periodista Jorge Emilio Gutiérrez Montoya recorrió la polvorienta y agreste carretera que unía a Pereira con Manizales y entrevistó al hacedor de poemas en pentagrama en un café situado en la  Plaza Bolívar de Pereira, donde González  solía  tomarse un tinto y departir con los amigos que admiraban “al gago en cinco idiomas y bobo de nacimiento”,  como el mismo se llamaba, burlándose de las falacias de una sociedad que lo llenó  de honores y de medallas.

La entrevista  fue a las diez de la mañana, hora propicia  para  abrir el alma a los preguntones que como Jorge Emilio  Gutiérrez  agregaban algo de cultura a los periódicos, llenos entonces, como ahora, con las noticias truculentas de la crónica roja.

´¿Cuándo empezó a escribir versos, Maestro-?

“A los siete años- respondió Luis Carlos ; sin saber por qué  tomé una pluma y escribí ocho versos que constituían dos coplas. Me agradaron y sin mostrarlos a nadie seguí componiendo trovas, adaptándolas al ritmo de las canciones de aquella época.”
“En esos versos hablaba de lo cotidiano, de mis sentimientos y lógicamente  de lo que sentían quienes me rodeaban; campesinos, arrieros, de los enamorados...Escribía versos porque sí . Yo nunca he escrito un poema ni me considero un poeta.”

“Un día- recordó Luis Carlos con tono de profunda añoranza- mi pequeña hija Marta escuchó un bambuco y con el  candor  de sus escasos cinco años preguntó  :  ¿Papá, quien escribe los versos?”
La pregunta asombró a Luis Carlos González quien, con su facilidad portentosa de improvisación, de inmediato contestó a la niña:

“¿ Qué quien escribe los versos
Preguntas chiquilla inquieta?
Es mentira que se escriba
y mentira los poetas
Los dicta el alma, y, entonces
como las palomas vuelan
rayando luz de regresos
en largas noches de ausencia,
así como sale el sol
sin candiles que le enciendan,
y sin que nadie le enseñe,
canta el agua montañera.
Acunados por  la dicha
o acunados por las penas,
los versos que nadie escribe
 los puede escribir cualquiera.
Comprenderás la lección
Que te dicta la experiencia
cuando sepas que es la risa
llanto que no se remedia.
Que hay risa de caramillo
y llanto de panderetas,
porque, el alma, Marta linda,
jamás estuvo en la escuela.

Han  transcurrido muchos años, quizás Martica recuerde la respuesta de su padre y en los innumerables saltos en la vida haya  comprobado que el alma no tiene cartones y sin escuela ni profesores le toca improvisar unas veces entre risas y otras veces entre llantos.
 
Luis Carlos  González fue libre como el viento, sin amarras como las nubes y con un corazón tan puro como el arroyito que se despeña entre musgos desde lo más alto de la montaña. No fue letrado; al empezar el cuarto año de  bachillerato hubo de retirarse del colegio por la muerte de su padre, y desde entonces  el mocetón adolescente  empezó  a luchar por la vida a brazo partido: enamoró, bebió las horas en noches de bohemia y le salió adelante de la pobreza  a punta de sabiduría infusa:  trabajó como cobrador de Banco, escribiente de oficina, oficial mayor de la alcaldía, secretario del jurado electoral, tipógrafo, operador de cine, contador, administrador de la Empresa Telefónica. Fue cofundador  de la radiodifusora  Voz Amiga, secretario del Club Rialto y codirector de Radio Gaceta y no llegó a  la alcaldía de Pereira porque estaba muy ocupado haciendo versos.

Tuvo a  Pereira comiendo en su mano; era el personaje de mostrar en un poblado de calzón corto con ínfulas de ciudad grande,donde las letras que circulaban eran indudablemente  las letras de cambio..

Como en toda entrevista con un personaje de los quilates del poeta, el tiempo  corrió desbocado. Por otras parte el poeta estaba parando más  atención  a las carambolas que estaba haciendo el mono Hoyos que a las preguntas de  Jorge Emilio Gutiérrez Montoya.

 Iban por el tercer tinto y era hora de despedirse. Gutiérrez formuló la última pregunta:
 
Dígame Maestro: ¿por qué gustan tanto sus poemas?-

“Yo siempre he odiado la gramática... no soy pues un poeta de escuela. Aún no he podido explicarme por qué gustan mis poemas... que solo son versos. Soy solamente un romántico pasado de moda, que funciono a punta de leña y soy tan obsoleto que ya no tengo repuestos.”

El chirrido del tranvía sobre los oxidados rieles de la carrera séptima fue un toque de despedida y también el  golpe seco de un mango sobre la cabeza de una tórtola desprevenida que buscaba afrecho en la plaza Bolívar. El reloj de la catedral marcaba la hora de despedida. El periodista retomó el camino a Manizales, ciudad que amó el poeta con la ternura que se tiene a la tia cariñosa que celebra nuestras pilatunas mientras Luis Carlos Gonzalez siguió con paso lente hacia el Club Rialto.
 
Han pasado muchos años: la obra  de Luis Carlos González es parte de la esencia vital del pueblo paisa,   se habla del hombre y de los bambucos que se entreveran en la cultura paisa, pero estamos a años luz de aproximarnos al poeta, que,  según Eduardo López Jaramillo,   dio vida espiritual a Pereira .