viernes, 13 de diciembre de 2013

EL CACHORRITO DE PELUCHE

-CUENTO DE NAVIDAD-

Alfredo Cardona Tobón








Jirones de neblina se deslizaban, abriéndose y volviéndose a cerrar entre el ramaje del bosque, para  condensarse en el vidrio panorámico del campero que ascendía pesadamente por el camino destapado.
El paisaje se escabullía loma abajo entre yarumos blanquecinos y troncos recortados de quiebrabarrigos hacia los riachuelos perdidos en la profundidad del abismo. En los barrancos a plomada orquídeas raquíticas se balanceaban sobre los esquistos rocosos ; de trecho en trecho surgían manchones de guadua y matorrales de yaraguá , cuyos festones rosados  parecían danzar al son del viento.
¿ Qué dices Gabriel?- preguntó Antonio.-
-Nada patrón- Estaba pensando que nos cogió la tarde en esta trocha peligrosa.                                              
El campero continuó su camino, tragando curvas y rastrillando cascajo con rumbo al poblado de Opirama, y Gabriel y Antonio siguieron rumiando cada uno sus propios pensamientos.
El golpe de un alud de ramas sacudió al vehículo. .. después se oyó un ruido seco multiplicado  por el restallar de bejucos partidos y el cimbronazo del campero al chocar con el árbol que cayó en medio del camino.
Pese a las advertencias  de no viajar a esas horas por la trocha infestada de bandidos, los dos amigos habían persistido en llegar ese día a Opirama y  habían caído en otra celada de los antisociales.
¡ Quédese quieto Antonio!- Si saca el fierro nos fritan.
Como salidos de una pesadilla aparecieron ocho... doce encapuchados, con camuflados del ejército y botas pantaneras.
Una muchacha de pelo recogido y el fenotipo de los indígenas bajitos y rechonchos del occidente caldense, se adelantó metralleta en mano y les quitó la pistola, los documentos y  los regalos de navidad.
Abránse manes!- Sigan loma arriba!  Y ojo con intentar escapar!.

EMPIEZA LA MARCHA.

Adelante iban cuatro antisociales, en el medio Antonio y Gabriel y atrás el resto de la banda.
Se cerró la noche. Sube y baja. Sube y baja sobre la hojarasca podrida y resbalosa, rodeados de árboles musgosos, zarzas  y bichos... miríadas de bichos.
Tras varias horas el grupo llegó a un rancho ruinoso, donde los captores obligaron a los secuestrados a tenderse en el piso con olor a amoníaco y a caca de chivo.
El lazo que aprisionaba las muñecas era un martirio y la sed... esa sed abrasadora empezaba en la lengua y se internaba como un hierro al rojo hasta las entrañas.
Amaneció. La marcha continuó por sendas solitarias hasta lo alto de la montaña. Era una caravana en fila india, que no escuchaba el canto de los pájaros, ni admiraba los chorros de espuma de los riachuelos que se mecían entre flores. Era un grupo de fantasmas encapuchados, que avanzaban sin voces y sin risas empujando a dos seres humanos como ganado al sacrificio.
Vea niña!- repitió Antonio por enésima vez a la líder de la banda- Somos gente pobre y sin importancia. Suéltenos que están equivocados- Yo no tengo un peso y mi amigo es otro pobretón que no tiene dónde caerse muerto.
Hombre no joda!- Nosotros sólo cumplimos órdenes. Dígaselo a mi comandante cuando lleguemos al cambuche y cierre el pico que nos tiene cansados con tanta cantaleta.

EN VÍSPERAS DE NAVIDAD.

La tarde del 22 de diciembre Irmita esperaba a su papá en Opirama.
Cuándo llega papito?- preguntó a la mamá.
Ya es muy tarde mi amor. Acuéstate. Cuado llegue Antonio te despierto para que le des un besito.
Fue una noche de incertidumbre esperando noticias. En la mañana del 23 se confirmó el secuestro. Un bus de recorrido encontró al campero estrellado y vacío.
No había nada que hacer. Sólo esperar las exigencias de los bandidos. Para qué acudir a las autoridades  si todos conocían la debilidad del Estado en el pusilánime gobierno de ese entonces.
En la noche del 23 de diciembre los antisociales llegaron con sus víctimas a un pequeña explanada desde donde se divisaban las luces del pueblo.
Llovía a cántaros. El retumbar de los truenos hacía vibrar el desfiladero. Estaban mojados hasta los tuétanos. Penetraron a una cueva y para calentarse un poco los bandidos prendieron una hoguera y destaparon una y otra botella de aguardiente.
Bajo los efectos del licor los captores se durmieron uno a uno sin acordarse de amarrar a los prisioneros.
¡ Gabriel!- ¡ Gabriel!- Ves ese voladero?-
-Claro- y  también  esas enredaderas que trepan por las rocas.
Pues mijo, vámonos!-  Es preferible despeñarnos a que nos asesines estos vergajos.
Los amigos se descolgaron con cuidado por los bejucos hasta llegar a una saliente unos seis metros abajo.
La oscuridad era total. Parecía que nada habían logrado: al frente el precipicio y atrás una muralla de rocas.
De repente  algo rozó la pierna de Antonio. Pensó que era una culebra. Retrocedió asustado y con asombro escuchó el gruñido juguetón de un cachorro. Donde hay perros hay camino y hay gente, pensó, y a tientas lo siguieron entre la maleza.

EL REGRESO.

En la madrugada del 24 de diciembre Antonio y Gabriel entraron a Opirama, molidos, magullados, lacerados y exhaustos. Los borrachitos amanecidos, los repartidores de leche y los carniceros los acompañaron en medio de vivas hasta sus casas.
Antonio abrazó a su esposa y despacito se acercó a la cuna de Irmita para saludarla con un beso. La niñita, de unos cuatro años, se aferró al cuello de su padre.
-En la novena yo le pedí al Niño Dios que te trajera, papito-  Y como estaba muy ocupado en el pesebre mandó a Pilín  a que te trajera.
Quién es  Pilín mijita?-

Irmita levantó la cobija de la cuna y le mostró un perrito de peluche, lleno de cadillos y de zarzas, igualito al cachorro que los había salvado en la montaña.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

LAS VIEJAS NAVIDADES

Alfredo Cardona Tobón



El Papá Noel ha ido invadiendo los dominios del Niño Dios, y al paso que vamos, el pesebre y el nacimiento de Jesús serán una reliquia limitada a las iglesias del catolicismo, pues la cultura anglosajona habrá entronizado el consumismo y el derroche sobre la humildad y la esperanza que un día predicó San Francisco de Asís.

En mi lejana niñez tuve la fortuna de salvarme de las carcajadas de Santa Clauss, gracias al aislamiento de mi aldea, donde apenas conocí de  refilón al viejo barbudo enfundado en el ridículo disfraz rojo.
A los seis años de edad descubrí al Papá Noel en unas tarjetas de navidad que el encargado del correo había birlado de la voluminosa correspondencia, enviada ese año por una congregación evangélica de los Estados Unidos a su centro misional de Quinchía. Cuando apenas había hojeado el Almanaque Bristol y la cartilla Alegría de Leer de mis primos, esas tarjetas de los protestantes fueron un portento con pinos festonados de nieve, venados deslizándose entre las nubes y extrañas leyendas en alto relieve.

EL NIÑO DIOS Y EL PAPÁ NOEL

Con la cautela del combatiente que se adentra en el campo enemigo y motivado por las raras tarjetas de navidad, me aproximé a la casa de la misión protestante en busca de más detalles sobre el personaje del disfraz rojo. Claro que no me arriesgué solo, iba con dos lugartenientes de menor edad, que confiaban plenamente en mi liderazgo y mi valentía. Por entre las guaduas del cerco que rodeaba la casona de los evangélicos, los intrépidos exploradores observamos los corredores profusamente adornados con bastones, estrellas y campanillas. Estábamos tan embelesados que no caímos en cuenta de la aproximación de una señora rubia, de cara bondadosa, cabeza blanca y hablar enredado que nos saludó amablemente y nos invitó a comer pasteles de chocolate.

Pudo más la curiosidad y la promesa de los dulces que el temor que inspiraban los protestantes, en cuyas vecindades, diariamente un pichón de cura rezaba el rosario a plena voz, dizque para librarlos de las garras del demonio.

Ya en confianza Miss Aída nos mostró estampas de la Sagrada Familia y nos contó que Santa Clauss era un viejo bonachón que vivía en el Polo Norte y cada año viajaba sobre un trineo halado por renos para repartir juguetes a todos los niños obedientes y estudiosos.

Cuando contamos la aventura,  papá Luis sonrió y el abuelo Germán, echando chispas por los ojos zarcos dijo que nos estábamos volviendo evangélicos y que había que dejar en  claro que el único que traía regalos era el Niño Dios y  a veces, cuando estaba muy ocupado, le dejaba el encargo del traído a los Reyes Magos.

LOS AGUINALDOS

Además del desplazamiento de Jesús recién nacido y de los magos Melchor, Gaspar y Baltasar, las nuevas generaciones están viendo un cambio dramático en los aguinaldos. Los inocentes regalos de hace cincuenta años se han convertido, por desgracia,  en un símbolo de estatus  y en un compromiso frustrante para quienes carecen de suficientes recursos económicos.

Antaño no se presentaban las astronómicas diferencias en los obsequios. Existía democracia en los regalos del Niño, pues los lujos no pasaban de un carrito de madera más grande, una pelota mayor o una muñeca de trapo con más perendengues.
Con cualquier “cosita” se manifestaba el cariño y bastaba una bufanda tejida, un juego de vasos de cristal o  unas medias de nylon. Entre los “pollos” y “pollas” los aguinaldos se ganaban en franca lid. Había que pagarlo cuando no se tenía una pajita en la boca, o cuando por algún motivo, a la orden de estatua era imposible quedarse inmóvil. La muchachas se disfrazaban de hombre para entrar a los billares y palmotear en la espalda al desprevenido amigo que entonces tenía que dar el aguinaldo. Se jugaba a preguntar y no contestar, al si y al no y al beso robado, que era una delicia para poder impunemente besar a la mujer amada en presencia hasta del suegro.

UN TIEMPO MÁGICO

En tiempos pasados el novenario era comunitario. En las pequeñas poblaciones las veredas y los gremios se encargaban de cada día y pujaban para tener los castillos de pólvora más vistosos, la vacaloca  con más chispas, los voladores más luminosos y la banda de música más estrepitosa.

El 24 de diciembre era el día del “estrén” y hasta la tercera década del siglo pasado, fue al fecha predilecta  para alargar los pantalones.
¿Las navidades pasadas fueron mejores?- En algunos aspectos sí,  fueron mejores, pues se afianzaba la unión familiar, participaban los niños y en medio de la pobreza general, imperaba la frugalidad y era menos vistoso el derroche y las desigualdades económicas. En otros aspectos las navidades presentes son positivas, pues se ha limitado notablemente el uso bárbaro de la pólvora y parece que se ha atenuado el consumo exagerado del licor y el cigarrillo.

Las costumbres navideñas han cambiado muchísimo en los últimos cincuenta años. Los modernos equipos de sonido desplazaron  a los conjuntos musicales que iban de casa  en casa alegrando las noches navideñas; se ha perdido la magia de esos días, donde en medio del alboroto se daban los primeros besitos a la novia y se sentía con extraño escozor sus afanados latidos al aprovechar los apretujones en los novenarios.

.El centro navideño se desplazó de la iglesia a los centros comerciales y el 24 de diciembre se convirtió en una parranda lejos de la casa. Los niños han ido perdiendo protagonismo y esas festividades que aglutinaban la familia son miradas por muchos con horror, pues son el tiempo del consumismo, de los gastos y de las deudas.
Antes las navidades eran un tiempo de bonanza para los artesanos pueblerinos, hoy  son un negocio para los chinos que nos inundan de cachivaches inútiles que agostan nuestras menguadas reservas.

Aunque no todo lo pasado fue mejor, yo añoro las viejas navidades.  Nuestra familia, en gran parte las sigue viviendo con el pesebre, la natilla y los buñuelos, el Niño Dios, los regalitos sencillos, la presencia de los niños y las novenas con sus villancicos.
En estos tiempos el corazón debe abrirse para decir con sentimiento y vivir de verdad una feliz navidad  y empezar un nuevo año con amor, con perdón y mucho optimismo.
FELIZ NAVIDAD.



lunes, 9 de diciembre de 2013

CAONABÓ: PRIMER HEROE AMERICANO

Alfredo Cardona Tobón



En el primer  viaje de Cristóbal Colón a territorio americano dejó treinta y nueve hombres en el Fuerte Navidad de la  isla caribeña de  la Española y al regresar, meses más tarde, encontró en ruinas el campamento y muertos todos los marinos que había dejado en el Nuevo Mundo.

Al cacique Caonabó, Señor del Cibao lo sindicaron de la matanza. Se dice que el cacique abrumado por las depravaciones, los asaltos y los saqueos de los europeos del Fuerte Navidad puso en pie de guerra a los nativos de la isla y en un ataque sorpresivo acabó con los españoles.

LA SOMBRA DE CAONABÓ

Al empezar el  año de 1494 el Almirante Cristobal Colón fundó la aldea de La Isabela no muy lejos de las ruinas del Fuerte Navidad bajo la pertinaz amenaza de Caonabó que continuamente hostigaba a los invasores; el nueve de abril Colón impartió instrucciones para acabar con el cacique y en persona encabezó la campaña con doscientos infantes y veinte jinetes.

 Los españoles chocaron con las montoneras de Maniocatex, un aliado de Caonabó y lo hicieron prisionero tras derrotarlo en combate; según la afiebrada imaginación de los cronistas de esa época, la Virgen de Las Mercedes  apareció sobre una cruz plantada por Colón, llenando de terror a los infieles y dando ánimo a la tropa española, que con ayuda divina hicieron trizas a los indígenas.

Pese a las bajas sufridas,  la resistencia indígena fue en aumento en  La Española. Los aborígenes que tan pacíficamente recibieron a los europeos en el primer desembarco se habían convertido en violentos adversarios que no daban tregua a los intrusos.

Al no poder someter a los indios debido a su encarnizada resistencia, Cristobal Colón utilizó otra estrategia: liberó al cacique Maniocatex, alejó la tropa de los dominios de Caonabó y ofreció la paz a los nativos.

Pasó un tiempo.  Alonso de Ojeda, un lugarteniente de Colón, estableció amistad con el cacique con la intención de ganar su voluntad y poder atacarlo por sorpresa. Un día, Ojeda acompañó a Caonabó al río donde solía bañarse y le dijo que llevaba un regalo especial de la reina de España. El indio lo observó con recelo.

-“Es para llevarlo en los pies”- le dijo Ojeda- “Permitidme que os lo ponga yo mismo”.
El español se inclinó y cerró los tobillos del cacique con dos aros de hierro. ¡El regalo era un grillete que aseguró a una cadena y privó de la libertad al ingenuo  Caonabó¡

Culminada la traición, Alonso de Ojeda llamó a gritos a la tropa emboscada en la maleza , nada pudieron hacer los acompañantes de Caonabó  que  huyeron para salvar la vida. Como si fuera una bestia los españoles arrastraron al cacique hasta La Isabela.


EL TEMPLE DE CAONABÓ

Colón inició un proceso contra el cacique por la muerte de Diego Aldana y los compañeros del Fuerte Navidad, pero temiendo que la ejecución del Señor del Cibao provocara una sublevación de grandes proporciones en  la isla, prefirió entregárselo a los tribunales de España.
Una madrugada sacaron a Caonabó de la celda y lo llevaron a un bote que lo esperaba en la playa.

-“Yo no puedo abandonar a los míos”- dijo Caonabó.

Y como se resistiera, la gente de Colón lo subió a empellones a la nave que tomó rumbo a la península ibérica. A bordo del navío el cacique no comió más, ni volvió a beber, sin que fuerza humana fuera capaz de obligarlo a alimentarse. Cuando la nave  llegó a España, hacía semanas que Caonabó había muerto de hambre y su cuerpo quedaba sepultado en las aguas del océano.

Después de la desaparición  de Caonabó, Cristóbal Colón  cobró tributos a los nativos y repartió sus tierras entre los españoles. A partir de entonces, el descubridor de América o Guaquimina, como lo llamaban los  indios taínos, se convirtió en la peor pesadilla para los isleños.
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EMPIEZA LA TRAGEDIA

En 1510 la isla de La Española estaba desolada: las enfermedades, el hambre y el maltrato estaban acabando con las comunidades indígenas.
Los frailes de la primera misión dominica se horrorizaron de las crueldades de sus compatriotas. El 21 de diciembre del año en mención fray Antonio Montesinos, haciendo eco al pensamiento de los religiosos, pronunció un discurso en presencia de los encomenderos y del virrey Diego Colón, hijo del Almirante, denunciando y condenando las atrocidades españolas contra los nativos:

“¿Como los tenéis tan oprimidos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por  mejor decir los matáis, por sacar y adquirir oro cada día?  ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales?
¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre  aquestos indios?- ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinidad de ellos, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido?”

“Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes¨- Terminó diciendo Fray Antonio Montesinos a los arrogantes encomenderos de La Española.

El clamor de los religiosos llegó a España  y sus denuncias originaron las leyes de Burgos que reglamentaron el trabajo de los aborígenes y pretendieron protegerlos de  los abusos de los encomenderos. Pero como todas las leyes de Indias, se  expidieron pero no se cumplieron.

Los abusos y las enfermedades traídas por los españoles acabaron con los primitivos habitantes de La Española  el turno siguió para los cobrizos de la Tierra Firme.