martes, 17 de diciembre de 2013

LA PRINCESA MAGA

UN CUENTO DE NAVIDAD

Alfredo Cardona Tobón*



Mariapaz, mi nieta menor, es la única persona de la familia que cree en mi encuentro con la princesa maga que acompañó a los  Reyes Magos. A Mariapaz le encanta esa  historia y me la hace repetir en época navideña, variando algunas cosas como el vestido que lucía en el avión de la British, su desaparición en medio de luces y agregando algún milagro como para hacer más asombrosa su misión.
Dejando a un lado las variaciones introducidas por Mariapaz que están convirtiendo el corto relato en una novela, voy a contar escuetamente los hechos, sabiendo que es muy difícil que otras personas, distintas a mi nieta, crean lo que voy a narrarles:
 Todo empezó en un lejano país del oriente africano plano como una mesa, de tierra roja y  con café, ñus y cebras por todos sus confines. Allí  trabajaba con una trasnacional hasta que, faltando unos días para la Navidad, me llegó una carta de la gerencia dando por  terminado el contrato.
¿Qué podía hacer en un lugar sin amigos, sin campo para un ingeniero mecánico y menos para uno extranjero y de tez blanca ? -
No perdí tiempo en más reflexiones y de inmediato alisté maletas y propuse a mi compañera Aojú  que me acompañara a Europa donde  empezaríamos una nueva vida.
¿Qué puede hacer una mujer  zulú en un país de gente blanca, sin amigos y lejos de la familia?- Me contestó  Aujú con voz quebrada.    
Sus razones eran las mismas que me alejaban del Africa; Así que con dolor en el alma me dirigí al aeropuerto  de Nairobi y tomé el primer vuelo  con destino a Heathrow en la capital inglesa.
Fue una despedida triste; nunca más volvería a Kenya y me dolía separarme de Aujù. Al subir al avión mi mundo se vino abajo: era la primera vez que me despedían de una empresa, mi vanidad estaba por el suelo pues me creía irremplazable en el oficio, no tenía un penique ahorrado y me dirigía a un pais  donde no conocía a nadie.
Obviamente viajé en clase de turismo, no me salieron lágrimas porque desde chiquito me habían enseñado que los machos no lloran; estaba lleno de furia con el universo entero, hasta con la azafata que de muy buenas maneras me iindicó que estaba ocupando un asiento que no me correspondía, bastante tenía con haber aguantado a  un escocés loco que tenía de jefe, para que una muchachita desteñida me fuera a importunar en ese aciago momento.
El Boeing 727  cruzó el Valle de Riff y se adentró en  el Sahara; estaba tan atribulado que no me hubiera importado que el avión se estrellara en  las arenas candentes o cayera un rayo y nos fulminara.
Al llegar la noche un sopor soñoliento fue atenuando mi pena, pero cuando estaba medio dormido una voz femenina me volvió a la triste realidad de mi vida.
Perdone señor, ¿puedo sentarme al lado de la ventanilla?- Quisiera ver las oleadas de candela en las sabanas de Sudán,  son tan lindas, parecen mares de fuego  mecidos por el viento.-

-        Resultó poeta la niña- pensé para mis adentros- y de mala gana recogí las piernas para darle paso a la intrusa.
Pasaron  veinte minutos o media hora. No  lo recuerdo bien. Al fin la molesta vecina pareció darse cuenta de que alguien estaba a su lado y con un mohín coqueto y un inglés chapurreado volvió a dirigirme la palabra:
-        Es que no hay  asientos desocupados al lado de las ventanillas- dijo- Me gustaría quedarme aquí para ver la luna reflejada en las aguas del Nilo y admirar sus matices  en la superficie del mar Mediterráneo.-

Como quiera señorita- le dije con gesto desganado- y entonces la miré y caí en cuenta que era muy bella, con  facciones finas, no de muñeca gringa, sino de una mujer apasionada y fuerte con el color aceitunado de los habitantes  de la parte alta del rio Níger.
Yo no tenía ganas de hablar, sin embargo al ver sus ojos y su cabello azabache con un mechoncito que le cubría ligeramente la frente, recordé el cálido romance con Aojú  y solté la lengua .
¿Adonde vas?- pregunté.
-A todas partes, señor; adonde me señale el destino- me respondió-
-¿Entonces eres una beduina, o quizás una funcionaria de la ONU?- agregué con sorna-
-Recorro los  aires y también la tierra en misión de ayuda. contestó con  voz  cálida y melosa.-  ¿Ve esa señora rubia con un niñito en brazos?- justo hoy en Navidad lo atacó un extraño mal y su madre lo lleva de urgencia a una clínica en Londres. – Observa a ese  caballero obeso al fondo del pasillo. Está desesperado, unos rebeldes maumau quemaron su  hacienda y lo dejaron en  la ruina.
- ¿Bueno y qué tienes que ver con la señora y con el caballero obeso?-
- Mucho. Hoy por Navidad estoy  repartiendo dones, a ella le di esperanza y a él le voy a dar fortaleza- 
- ¿ Y a mi que me corresponderá?-
-Compañía, eso es lo que te estoy brindando - ¿Te parece poco?-
Me empezaba a gustar la chica, me encantaba el desparpajo y su imaginación, me habló de las brumas de San Gotardo, de piratas malteses y  ciudades perdidas en lo profundo del África. Su voz hacía palpitar  mi corazón compungido y su risa  restañaba mi pena.
Cuando tocamos la costa inglesa, quise saber su nombre y donde vivía.
     - Mi nombre es tan raro que ni se puede escribir y como soy una beduina  no paro en ninguna nube. Recuérdame simplemente como la princesa que acompañó a los Reyes Magos y estuvo contigo en la Navidad.
 - Te buscaré entonces en las leyendas bíblicas y me darán razón de ti – le dije en son de broma.
-No me hallarás, soy como dicen ustedes una NN. Yo continué con la caravana por un camino distinto para que Herodes no supiera donde estaba el Mesías, mientras tanto Melchor, Gaspar y Baltasar se separaban del grupo y sigilosamente llegaron a Belén.
- ¿Entonces no visitaste al  Niño Dios?-
 - No, y ya que perdí la oportunidad de verlo, me recompensó con la misión de entregar sus dones en las Navidades.
El avión tomó pista en  Heathrow y  mi dulce compañera de viaje se despidió con un abrazo y un beso  y desapareció en el torbellino del desembarque.

En el tren que me llevaba a Portland vi los primeros destellos del día y sentí que el mundo se abría, pleno de retos y posibilidades. La amargura se quedó atrás,  en esa noche de Navidad, a miles de pies de altura, una  princesa maga  había iluminado mi camino. Ese fue el regalo del Niño Dios en esa Nochebuena.

domingo, 15 de diciembre de 2013

BALTAZAR VÉLEZ: UN VICARIO DE CUIDADO

Alfredo Cardona Tobón


     Baltazar Velez fue cura de Aranzazu- distrito del antiguo Sur de Antioquia


Luego del triunfo liberal en 1877  y  la ocupación caucana de Manizales y Medellín, los liberales tomaron el control del gobierno antioqueño. Como la iglesia católica fue la gran instigadora de esa guerra,  los vencedores endurecieron las leyes de inspección de cultos y de libertad de enseñanza con el propósito de neutralizar la influencia del clero en las comunidades y en los asuntos del Estado;  algunos sacerdotes se sometieron a las disposiciones oficiales, pero la mayor parte de los levitas no acataron las leyes que consideraban lesivas a la Iglesia.

Los conservadores del norte caucano hicieron causa común con sus copartidarios antioqueños y el clero de la región, igualmente perseguido por los liberales, se solidarizó con los paisas; en el norte del Cauca se rebelaron los presbíteros Basilio Baena, Tomás Delgado, Antonio Rentería y José Dolores Córdoba, y en el departamento del Sur, en territorio antioqueño, tuvo eco la actitud resuelta del vicario Baltazar Vélez  que arrastró gran parte de sus parroquianos en abierto desafío contra las autoridades impuestas por el Cauca..

EL PADRE  BALTAZAR VÉLEZ

No fue un curita perdido entre las montañas como lo mostró la prensa liberal: fue un lider notable de recia personalidad que no se amedrentó ante las medidas restrictivas contra la Iglesia Católica.
El padre Vélez nació en 1848 en Hatoviejo ( Bello), en el seno de una familia pobre, pero de recia fibra; fue un hombre trabajador y disciplinado que mientras estudiaba en el liceo, laboraba en la escuela lugareña, componía versos y se enfrentaba en la prensa, a las ideas alborotadas del "Tuerto"Echeverri, con el mismo estilo y vehemencia de los libelistas de la época.

En tiempos  de Pascual Bravo, cuando el catolicismo paisa sufrió los primeros embates de los liberales radicales, Vélez abrazó la carrera eclesiástica. Su prosa y su entrega lo acercaron al Obispo que en 1876 le encomendó la tarea de viajar a Quito a  recibir los restos del Monseñor Riaño, muerto en tierra ajena, cuando fue extrañado de su patria por los enemigos políticos.

CATÁSTROFES Y DIFICULTADES

En el fatídico1878, se sumó a la invasión caucana la plaga de langosta, el desgobierno, los temblores, un invierno calamitoso y la inseguridad y los tambores de guerra como resultado de la resistencia clerical a lo largo y ancho de Antioquia.

En agosto de ese año el prefecto del Departamento del Sur acusó al cura Vélez de conspiración  e intentó ponerlo tras las rejas. El sacerdote se internó en las montañas de Aranzazu ; desde su refugio el belicoso sacerdote concitó a los parroquianos a la lucha  contra "los demonios encarnados" y dio instrucciones para que aislaran a los funcionarios liberales de la aldea, privándoles del saludo, la conversación, los negocios de compra y venta, llegando hasta el extremo de recomendar azotes y golpizas  silos liberales no abandonaban la población de Aranzazu.
Los aranzacitas apoyaron totalmente a su prelado: los niños no asistieron a clases en las escuelas públicas y los fieles se internaron por trochas perdidas en el monte para asistir a misa y a los oficios religiosos presididos por el sacerdote fugitivo.

El padre Vélez  construyó un altar en  la oquedad de un inmenso y centenario pino que denominó "El Árbol Templo" y "El Pino Santo". "Desde junio  de 1877- escribió el religioso-  y previa bendición correspondiente, quedó  convertido este árbol en pequeña iglesia o capilla, y en una especie de  santuario o lugar de peregrinación".

Según narraciones de la época, el árbol era enorme, dentro del pino cabían dieciocho personas y otras veinte se acomodaban en medio de las raíces que se desprendían de su tronco.

Pese a la orden de captura, nadie movió un dedo para apresar a Baltazar Vélez. En vista de esta situación el prefecto Víctor Cordobés, envió la circular No. 90 del 19 de agosto de 1878 a todos los jefes municipales del departamento del Sur, recordándoles que seguían vigentes las normas sobre inspección de cultos y extrañamiento  de sacerdotes rebeldes y anotaba que el vicario foráneo de Salamina, pbro. Baltazar vélez, se estaba aprovechando de la bondad del gobierno y estaba empujando "a los pueblos  ignorantes a la senda tenebrosa del crimen". Añadía en la circular que para evitar que cundiera la desmoralización, se perdiera la majestad de la ley y se echaran a pique las conquistas adquiridas a costa de tanta sangre, se debía proceder, de inmediato, a la captura de Baltazar Vélez y de todos aquellos  que fueran contra las disposiciones oficiales.

Y CONTINÚA SU MISIÓN….

No tuvo pausa la actividad y militancia del padre Baltazar, sus actuaciones llenan muchas páginas de la historia antioqueña en las últimas décadas del siglo XIX: en Medellín redacta el "Liceo Antioqueño" al lado de Fidel Cano y en la "Revista de Antioquia" escribe junto al "Tuerto" Echeverri. Al celebrarse el  cuarto centenario del descubrimiento de América, el presbítero escribe un libro donde sostiene, con argumentos, que la empresa de Colón no fue original, sino que siguió huellas ajenas. En ese tiempo y en ese momento el libro agitó un avispero en España y América Latina.

 En sus últimos años el sacerdote recorrió varios países de Europa y  en un viaje a Venezuela, "el cielo atajó sus pasos" según escribió Marco Fidel Suárez, al referirse a su maestro y bienhechor en la humilde escuelita  de Hatoviejo, donde Suárez  vio las primeras luces del conocimiento..


 El padre Baltazar no es el único cura guapo, arrecho y godo en nuestra historia, pero  podría tomarse como la muestra más representativa de un hombre que hubiera dado hasta la vida por defender sus creencias y que si no murió en un barbecho atravesado por un tiro de escopeta, fue porque entre sus enemigos unos daban gracias a Dios por  ser ateos y  los demás eran tan creyentes, que pese a ser liberales, no se atrevían a tocarle un pelo a un  cura.