jueves, 6 de marzo de 2014

LOS TOROS SALVAJES DEL PÁRAMO DEL RUIZ

Alfredo Cardona Tobón


Después de la adjudicación de los baldíos, los labriegos que llegaban a Manizales o se resignaban a trabajar como peones en las tierras de otros o tenían que seguir su camino adonde pudieran encontrar tierras incultas y sin dueño donde asentarse con sus familias.

Muchos campesinos sin tierra  continuaron rumbo al norte caucano y otros cruzaron la cordillera y se adentraron en el Tolima, entre estos últimos estuvo Nicolás  Echeverri, que 1846 abrió mejoras en el sitio de Casas Viejas por el lado del Ruiz e Isidro Parra quien partió de Manizales con una caravana en el año de 1864 y fundó la población de El Líbano.

POR EL PÁRAMO DEL RUIZ

El viaje al Cauca era un paseo comparado con el  paso de la cordillera central: Lo más  difícil del viaje al Cauca era cruzar el río Cauca por los pasos de La Cana o de Bufú  en barcas amarradas a un cable   y en el viaje al Tolima, además de cruzar arroyos torrentosos habia que remontar las gélidas alturas y soportar el soroche recorriendo trochas que se perdían en hondonadas en medio de fieras y de  toros bravos.

Más temidos que los tigres y los osos eran los toros del páramo, descendientes de las dehesas de una misión jesuita que existió en la época de la Colonia por los lados de Mariquita. Los toros se agrupaban para atacar todo lo  que se moviera; las caravanas de colonos avanzaban con los bueyes y las mulas atentos a las embestidas  de decenas de astados que bufaban y arrancaban tierra con las patas delanteras dispuestas a arremeter contra cualquier viajero que no tuviera rejos y perros para defenderse de los toros.

En 1852 el bogotano Manuel Pombo en un viaje de Medellín a la capital de la república  quedó vivamente impresionado con los animales salvajes del Ruiz: “ los toros- decía en sus memorias de viaje- son pequeños pero macizos, de color oscuro, cuernos cortos, robustos y crespo el pescuezo, anchas narices, ojos como ascuas y rápidos como la exhalación. Andan en partidas, desde lejos se les columbra como una sombra que vuela mugiendo de cólera”.

Por  informes de un baquiano  Manuel Pombo supo que los cazadores acosaban los toros con perros bravos, hasta arrinconarlo en cañadas donde eran acribillados a tiros. “ También en trampas los hemos cogido vivos pero la furia los encalambra y los mata; su carne entonces no sirve porque se pone morada como la de los calurientos.”

Una situación que asombraba a quienes cruzaban por los dominios de los toros del Ruiz era el encono con el cual combatían unos con otros. Se embestían sin descanso, en las soledades retumbaba el golpe de los cuernos y el rastrillar de las pezuñas sobre las rocas peladas. Al fin uno de los contendores caía exánime después de regar con su sangre un retazo de abridera paramuna. El vencedor maltrecho y extenuado se retiraba a lamerse las heridas mientras centenares de gallinazos  se descolgaban desde los racimos de nubes y se precipitaban sobre el cadáver del vencido.

En 1886 el agrimensor Ramón María Arana escribió al Secretario de Hacienda y Fomento del Cauca, refiriéndose al ganado mostrenco de la tierra fría de la Aldea de María:: “ Hasta hace pocos años todavía se encontraba ganado vacuno en estado salvaje y fiero.... toda esa riqueza la destruyeron los antioqueños que poblaron a Salamina y Neira, siendo notable el barbarismo de esta gente por su espíritu de destrucción, pues yo he conversado con algunos que, por hacer gala  de se destreza en la cacería, aseguraban haber matado 40 reses en un día a balazos, para que sus carnes sirvieran de pasto a los buitres o cóndores andinos.”

LOS EXTERMINADORES

Además de los cazadores con sus perros, al páramo del Ruiz subían : los traficantes y comerciantes de grasa con el objetivo  de matar animales solamente para aprovechar el sebo para la fabricación de velas y jabones.
Los bravos toritos del Ruiz sorbieron la libertad en los yermos paramunos desde 1767, cuando el rey Carlos III expulsó a los jesuitas de sus dominios, a partir de entonces fueron subiendo de las planicies de Mariquita hasta la parte fría y extendieron sus correrías hasta el páramo de Herveo.

Durante un siglo los toros convivieron con fieras y ventiscas hasta que llegaron los antioqueños, bastaron treinta años para que los depredadores paisas los exterminaran completamente.Cuando las autoridades virreinales  adjudicaron a Juan José D`Elhuyar una vasta extensión del Ruiz, manifestó que había adquirido dos grandes riquezas: la una las fuentes termales  y la otra el ganado salvaje de los alrededores; la primera era imposible de explotar por falta de vias y  por la escasa población de ese entonces  y la segunda no la pudo aprovechar al verse  mezclado en asuntos judiciales y porque muy pronto lo sorprendió  la muerte.

Al pasar por las tierra de los Gutierrez de Manizales, situada en cercanía del Ruiz,  se admiran los toros de casta que lucen su divisa en los ruedos; entonces uno recuerda los toros salvajes que llegaron hasta esos pastizales y pese a su coraje no pudieron lucirse ante los perros y las escopetas . Nadie admiró su trapío y su coraje,  entre valerianas y frailejones desaparecieron sin  poderse defender de una generación que hizo del hacha un simbolo y de la destrucción de bosques y animales su bandera..

domingo, 2 de marzo de 2014

EL TRÁFICO EN MANIZALES EN 1891

Alfredo Cardona Tobón*



En estos tiempos de velocidad y gasolina nos sentimos abrumados en medio de tanto carro y de tanta motocicleta; nos asfixian los gases y retumban en nuestros oídos los estridentes ruidos de los motores y de los pitos. Los sufridos vecinos  de las calles por donde ruedan los buses han perdido el olfato, tienen los pulmones repletos de hollín y los peatones somos ciudadanos arrimados en una ciudad construida para los automotores.

Lo anterior hace presumir que las épocas pasadas fueron mejores y que los bucólicos tiempos del Manizales de Antioquia fueron un remanso de tranquilidad y de sosiego. Pero nos equivocamos. Hubo períodos igualmente calamitosos  y hasta peores, cuando nuestro empinado poblado era la rosa de los caminos por donde pasaban centenares de mulas y de bueyes, el ganado para el consumo local  y el que iba para ferias de Pereira, cruzaban las vacas de leche para surtir los hogares manizaleños y las piaras de cerdos gordos con destino al Cauca y de cerdos flacos rumbo a las poblaciones de la Provincia del Sur.

En 1891 el problema de tráfico y de contaminación era severo; imaginemos el polvero levantado por las recuas, los olores nauseabundos de la boñiga y de los orines, el concierto de rebuznos y mugidos, además del  peligro inminente de morir ensartado por un novillo bravo o arrollado por un tropel de bestias.

El cacao que venía del Cauca, el tabaco que llegaba de Ambalema, las garrafas de aguardiente provenientes del sur, las mercancías procedentes de Honda, el maíz que bajaba de Antioquia... todo ello, además del ganado, las mulas, los bueyes  y los cerdos, pasaba por Manizales, por una sola calle de Manizales, pues no había desvíos ni variantes de tráfico.

EL ACUERDO NÚMERO 69

En agosto 12 de 1891, siendo presidente del Concejo Municipal don Juan de Dios Jaramillo y alcalde don Rafael María Botero, los ediles aprobaron un acuerdo para reglamentar el tránsito y controlar a los arrieros, las recuas y los semovientes que circulaban por el poblado.

Manizales era el mayor centro comercial de la región  y en la calle central las habitaciones de los pisos bajos servían como almacenes, tiendas y  bodegas de mercancías de toda índole. Al frente de tales establecimientos descargaban y cargaban las mulas y los bueyes dejando el empedrado cubierto de boñiga y cagajón.

Entre las disposiciones establecidas estaba la de permitir solo cinco bueyes o mulas en los sitios de descargue y cargue,  se exceptuaron los que llevaban tercios de leña o materiales de construcción. Hay que recordar que en todas las casas se cocinaba con leña y en ese entonces estaba en auge la actividad urbanizadora.

 El acuerdo, en forma sabia, dispuso que los dueños y encargados de los sitios donde se detuvieran  los animales  para enjalmar y desenjalmar, cargar y descargar, estaban obligadas a mantener limpia la calle en una longitud vecina de 25 metros; con ello se buscaba atenuar los malos olores y disminuir las niguas que en ese medio se reproducían como por encanto en los resquicios de las aceras y en el empedrado de las calles.

Para evitar daños a personas e inmuebles por las estampidas  se ordenó poner un ayudante adelante de las recuas mayores de diez animales; aunque en el Acuerdo no se hablaba de velocidad,  obligaba a los arrieros  a llevar despacio las mulas en su paso por la ciudad, enfilándolas por el centro de la calle, de tal manera que las aceras se vieran libres y seguras al igual que las bocacalles y los cruces camineros.

OTRAS DISPOSICIONES

El Acuerdo Número 69 reguló la permanencia del ganado y de los cerdos por las calles de la ciudad: solamente podían estar el tiempo absolutamente preciso para no estorbar y en caso contrario  se corría el riesgo de fuertes multas.

En ese tiempo era costumbre tener vacas  para alimentar a la familia y especialmente a los niños; permanecían  en potreros cercanos a la zona urbana. Por la tarde se recogían los terneros y se llevaban al solar o a la pesebrera de la casa y en las mañanas se traían las vacas al poblado para ordeñarlas y disfrutar de lecha espumosa y tibia. Pero era un problema mayúsculo, pues los propietarios las ordeñaban en las calles obstaculizando el paso y dejando un reguero de orines y de boñiga.

 El Acuerdo 69 ordenó el recorte de los cachos de las vacas para evitar tragedias y  prohibió el ordeño en las calles; para eso estaban los solares, adonde entraban los animales por un amplio portón a un lado de la casa. Pero no faltaba la novilla recién parida que se enfurruscara en busca del ternero y la emprendiera contra los transeúntes.

Se prohibió estrictamente la presencia de todo tipo de animales por las calles contiguas a la iglesia en los días festivos y se prohibió su presencia en  semana a las horas de entrada y salida de la misa; aunque no lo dice el Acuerdo, era regla general y de obligatorio cumplimiento detener las cabalgaduras y el paso de los animales cuando  se escuchaban las campanillas anunciando que iba el sacerdote con la Comunión para los enfermos o el  Santo Viático para un agonizante.

No se permitió amarrar los animales en las calles y se obligó a los dueños a llevarlos a las pesebreras donde tenían agua y pasto. Se notificó a los niños y a los sirvientes de llevar con cuidado las mulas y los caballos para  seguridad propia y ajena y se facultaba a la policía para que desmontara a los abusivos e impidieran las carreras en las calles.

Si ahora hay que sacarle el cuerpo a las motos, en 1891 el cuidado era con las mulas; si actualmente nos mortifica el smog, antes fue la boñiga; si las calles fueron dominio de las recuas, en la actualidad son de los buses.... los rebuznos no dejaban dormir a los vecinos de la carrera veinte ahora es el ruido de los motores...