sábado, 5 de abril de 2014

JORGE ELIECER GAITÁN

-        “ NO SOY UN HOMBRE, YO SOY UN PUEBLO”-

Alfredo Cardona Tobón*



De la entraña misma de la clase media, con los rasgos indígenas del pueblo cobrizo, Jorge Eliecer Gaitán fue un político que encarnó la esperanza de la gente marginada, de las comunidades sin voz y de las masas obreras de Colombia

Gaitán levantó las banderas de las reformas sociales y democráticas sin distingos partidistas; “porque el hambre- decía- no tiene color político” y con ellas  arremetió contra las oligarquías  conservadoras y liberales en busca de equidad y justicia social en Colombia.
En 1934 Gaitán fundó el movimiento denominado Unión Nacional Izquierdista Revolucionaria.- UNIR- para apoyar a los campesinos sin tierra y a los trabajadores explotados, pero se estrelló contra las viejas estructuras rojas y azules y el caudillo en agraz se vio obligado a retornar a las toldas liberales, donde encontró la tenaz y continua oposición  de los Lleras y otros jerarcas del partido, alineados al lado de los terratenientes y de los grandes empresarios.
En las elecciones de 1946 el ala oficialista del partido liberal respaldó la candidatura de Gabriel Turbay y la disidencia popular fue a las urnas con los estandartes gaitanistas; el liberalismo conservó las mayorías en los cuerpos colegiados, pero la división acabó con la república liberal y llevó a la presidencia al jefe conservador  Mariano Ospina Pérez.

Durante el gobierno de Ospina se desató la violencia en los campos y en las pequeñas poblaciones, fue una orgía de sangre, donde el régimen se fue contra los sindicatos, contra los liberales y contra los movimientos ajenos al catolicismo, restableciendo el dueto estado-clero que tantos males causó a Colombia en el siglo XIX.

Gaitán tuvo la valentía de ponerse al frente de las perseguidas huestes liberales mientras otros buscaban la seguridad más allá de las fronteras; se perdió el respeto a la vida y se atropellaron todos los derechos; ante tal situación  el 7 de febrero de 1948 el caudillo congregó gigantescas multitudes en las grandes ciudades colombianas para exigir al gobierno el cumplimiento de los deberes constitucionales. En Bogotá miles y miles de ciudadanos marcharon en silencio con banderas y pañuelos blancos y frente al Capitolio Jorge Eliecer Gaitán  alzó la voz para decirle a Mariano Ospina: “Señor Presidente: No  os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra Patria no siga por los  caminos que avergüenzan ante propios y extraños. Os pedimos tesis de piedad y civilización. Os pedimos que cese la persecución de las autoridades. Impedid Señor Presidente la violencia. Solo os pedimos la defensa de la vida humana que es lo menos que puede pedir un pueblo.”

Ese 7 de febrero de 1948  las balas oficiales disolvieron a bala las manifestaciones liberales en Pereira y en Manizales, mientras el obispo Builes y  numerosos curas  anatemizaban a los fieles por sus creencias políticas. Era la antesala de la  época dantesca que aún estamos viviendo.

 LA MUERTE DE GAITÁN

A  la una y cinco minutos de la tarde cayó asesinado el doctor Jorge Eliecer Gaitán en pleno centro de Bogotá. La multitud linchó a Juan Roa Sierra, autor material del magnicidio, pero jamás descubrieron a  quienes ordenaron el crimen. Se acusó al régimen conservador, pero en plena Conferencia Panamericana al gobierno no le convenía la muerte del Tribuno; se dijo que era un complot comunista para sabotear esa Conferencia, pero no hubo ninguna organización comunista que aprovechara el caos que siguió al magnicidio; quizás fue obra de un fanático o hasta de los mismos liberales oficialistas que querían  truncar la carrera victoriosa del caudillo.

El estupor y el dolor de las masas se convirtió en odio desenfrenado, el populacho arrasó el centro de Bogotá y los desmanes se extendieron por el resto del país:  en Armero una chusma asesinó al párroco, en Pereira, en Balboa y en el corregimiento de Arauca se conformaron Juntas revolucionarias; en Santuario y en Victoria los liberales se apoderaron de los cuarteles y organizaron cuadros armados. En Bogotá la turba borracha, armada con machetes y picas, se dedicó al saqueo con el apoyo de parte de la policía que se unió a la revuelta; la pesadilla duró cuatro días con sus noches hasta que tropas de Boyacá y del Tolima con voluntarios chulavitas retomaron el control de la capital de la república mientras en el resto de la nación el ejército redujo a los alzados en armas que no tuvieron otra alternativa que aplacarse al no contar con el apoyo de la dirección liberal.

 TRISTES RECUERDOS

A la entrada de la Escuela de Infantería en Usaquén se levanta un muro con los nombres de los innumerables soldados muertos el nueve de abril de 1948;  irónicamente  muchos de esos valientes militares  cayeron en defensa de un gobierno monstruoso que perseguía a sus familias en los campos y murieron por salvaguardar a un presidente indigno a quien la historia no le ha pasado su cuenta de cobro por lo que hizo o dejó  hacer en su nefando gobierno.

SI  GAITÁN NO HUBIERA SIDO ASESINADO.

El caudillo estaba aglutinando al liberalismo y a las fuerzas sindicales del país;  en elecciones limpias hubiera sido presidente; la duda es si lo hubieran dejado posesionar las fuerzas reaccionarias comandadas por Laureano Gómez y Alzate Avendaño. En ese caso el país se habría sumergido en otro baño de sangre con una dictadura militar al final de la catástrofe.

Con Gaitán en la presidencia Colombia habría seguido otro rumbo,  sería más equitativa y menos injusta; posiblemente el caudillo hubiera realizado una verdadera reforma agraria y habría menos cinturones de miseria en las ciudades al no presentarse los grandes desplazamientos campesinos a causa de la violencia política.

Han transcurrido 66 años desde el asesinato de Gaitán e infortunadamente no ha existido quien recoja sus programas; Risaralda y especialmente Pereira, acogieron a  Gloria Gaitán y la proyectó al Congreso, pero la hija del conductor de multitudes no tuvo los genes de su padre, careció de visión de futuro y se quemó en peleas de comadres. El gaitanismo desapareció  con su jefe y el liberalismo se hundió en el piélago pútrido de las componendas electoreras.
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miércoles, 2 de abril de 2014

EL ULTIMO SOBREVIVIENTE DE LA CARAVANA DEL JARDÍN

Alfredo Cardona Tobón



En la guerra de los Mil Dias, el general Cándido Tolosa reclutó tropas en Medellín y tomó rumbo hacia Marinilla; al llegar al cementerio de San Pedro, un recluta liberal  armado con una vara aguzada preguntó  por las armas.

-¿Las armas?- ¡Ah sí¡- a eso vamos- dijo el general- a eso vamos.. a quitárselas al enemigo.
 
Después de una marcha de quince días, evitando las milicias gobiernistas, los  liberales desentablaron el puente de occidente y esperaron  el ataque conservador. Desde una trinchera Germán Tobón Tobón  vio como  los conservadores armaban las balsas y cruzaban el Cauca. Los enemigos llegaron a la orilla y cautelosamente avanzaron entre los matorrales. La munición era escasa y tenían orden solo de disparar sobre seguro. Así que Germán esperó  y vio acercarse dos soldados  dos soldados conservadores que al  no ver resistencia se  sentaron dándole la espalda y se pusieron a fumar. !Quémeles Germán !- ! Quémeles!- dijo Trino, el compañero de trinchera que lo apoyaba con una peinilla a falta de fusil.
Germán apuntó con cuidado... su boca estaba reseca.! No Trino! yo no les disparo, no los conozco ni me han hecho nada. Pues entonces vámonos- le constestó Trino-

Los dos muchachos conservadores  continuaron fumando mientras Germán y su amigo tiraban el fusil al rio y regresaban al  camellón de Buenos Aires para viajar hacia el Jardín  de huida de la guerra.

LA COLONIZACIÓN ANTIOQUEÑA

El ingeniero Roberto White trazó en 1833 un camino entre el suroeste antioqueño y las tierras del Chocó; sobre tal vía, en tierras frías de Riosucio,  el prefecto de la provincia, don Rafael Tascón, inició la fundación de un caserío llamado El Rosario.

Después de la guerra de los Mil Dias arreció la persecución contra los liberales en el suroeste de Antioquia, ante lo cual un grupo de familias acompañadas por el padre Marco Antonio Tobón y su hermano Germán, salieron del Jardín, atravesaron la frontera caucana y se instalaron en El Rosario, donde tumbaron rastrojo y monte, abrieron potreros y los surtieron con ovejas y reses.

El Rosario creció.. se construyeron casas de dos pisos, hubo  sembrados de trigo, el  padre Tobón instaló un molino y una fábrica de ruanas y cobijas, levantó una iglesia y se montó una posada caminera, se fundó un colegio, compraron una imprenta y el poblado empezó a figurar en los mapas de Colombia.

El padre Marco Antonio era el líder y su hermano Germán  el inspector de policía, se convirtió en el terror de los ladrones y de los indios uchimas que desde tiempo atrás salían del resguardo del Chamí para emborracharse con alhucema y protagonizar escándalos y peleas.

LA MALDICIÓN DEL PADRE TOBÓN

El sacerdote Marco Antonio Tobón era un extraño clérigo liberal, aficionado a los aguardientes dobles y a las mulatas bonitas; por todo ello los conservadores de Riosucio, que miraban con temor el crecimiento de un reducto rojo en su territorio, hicieron imposible la vida al cura Tobón con acusaciones y pasquines, con amenazas y memoriales.

El padre Tobón se cansó de lidiar con el párroco y el obispo y como los paisas tienen las alas listas, remontó vuelo hacia la aldea de Carmén del  Atrato.

LA PEREGRINACIÓN POR EL CHOCÓ

De Carmen del Atrato el padre Tobón pasó a Quibdó , luego se adentró en las selvas del Chocó y llegó al caserío de Pueblo Rico; allí encontró una colonia de paisas llegados del oriente antioqueño. El padre Tobón abrió los libros de la viceparroquia, invitó a su hermano Germán y a Juancho Tobón quienes con varias familias de la aldea del Rosario se instalaron en Pueblo Rico y dieron vida a la pequeña población..

El padre Tobón se integró a la provincia misionera de Quibdó pero cuando  llegaron  los claretianos a la zona lo tildaron de modernista y lo acusaron de libertino  por su  respeto a la cultura de los negros y los indígenas  a quienes catequizaba con el ejemplo sin forzarlos a abrazar las prácticas cristianas.

El sacerdote era amigo personal del general  Rafael Uribe Uribe y con su apoyo consiguió que separaran  a Pueblo Rico del Chocó y lo agregaran a Caldas. Por liberal y modernista  y por sus divergencias con los claretianos las autoridades eclesiásticas lo alejaron del altar y  entonces se dedicó a tumbar montaña y a sembrar potreros. Los detractores no lo dejaban en paz, le levantaban todo tipo de infundios,  un día  se encontró con uno de ellos en  la esquina de la plaza de Pueblo Rico: “ Vil calumniador- le dijo el levita- no serás tu ni los hombres quien me juzguen. Haz de comparecer ante el Supremo Juez quien me hará justicia". -Una semana después, a  la misma hora y en el mismo lo asesinaron vilmente, lo que fue interpretado por los vecinos como un castigo de Dios. 

UN PAISA GALLERO Y SOLITARIO

Germàn Tobón acompañó a su hermano Marco Antonio  adonde iba; estuvo con él en El Rosario en Pueblo Rico, en Santuario y cuando el padre Tobón viajó a Quinchía a fundar un colegio, Germán Tobón encayó al lado del cerro Gobia.

Entre los hijos de Germán estuvo Pablo, el último sobreviviente de la caravana del Jardín. Fue  el  calavera de la familia: aficionado al licor y al juego, aventurero como su padre y su tío y empujado al garete por todas las tormentas.
Los amores de  Pablo fueron los gallos y los caballos finos. Sus ojos se iban tras los cascos de los potros y su alma hacia el tremolar rojo de la bandera liberal. Cuando llegó el cine a Quinchía , Pablo Tobón se identificó con los vaqueros del oeste y en una arranque etílico enfiló su caballo contra el único carro del pueblo con la intención de saltar sobre el  vehículo; la desdichada bestia no estaba adiestrada para tales acrobacias y cayó reventada mientras el jinete se estrellaba contra el empedrado.
Pablo Tobón fue una de las primeras víctimas de la violencia política en Quinchía; el domingo 28 de marzo de 1948 por la noche entró un bus escalera repleto de chulavitas escupiendo plomo. Pablo les salió al encuentro junto con Pateperro, desabrochó su camisa, mostró el pecho desnudo y les gritó:-
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      Disparen hijueputas que no le tengo miedo a las balas-

Los fusiles respondieron y un proyectil le atravesó la pierna lánzadole de bruces contra la acera. Ni siquiera el tiro de grass  calmó al viejo excéntrico, porque cada vez que se emborrachaba cuadraba su caballo en un extremo del parque y a grito pelado cruzaba la calle de la Quiebra mentándole la madre a  los conservadores. En uno de los lances un policía le reventó un ojo de un cachazo de pistola. “ Así quedo mejor- dijo después a sus amigos- con un solo ojo no veo tantos malparidos”.
Pasaron los años. Al fin Pablo arrugado y enfermo se olvidó del  trago, de los gallos, los caballos y de las peleas con los godos. El viejito, derecho como una guadua y delgadito como un suspiro, recorría con dificultad las cinco cuadras entre la pensión donde vivía y el cafetín donde tomaba tinto y jugaba dominó con antiguos compinches. A las cinco de la tarde se recogía y trancaba su pieza por dentro. La noche del 24 de septiembre de 1984 dejó este mundo sin quien lo llorara; fue el último sobreviviente de la caravana de Jardín.

Los pasos de Pablo Tobón se perdieron en el laberinto oscuro de las gestas sin nombre y de las historias sin cronista. Al igual que la aldea del Rosario se perdió en el pasado sin dejar huella.