jueves, 10 de abril de 2014

LOS RESGUARDOS DEL CHAMÍ

Alfredo Cardona Tobón.*


En una acera de la carrera octava de Pereira una  indígena joven con un niñito mocoso y sucio pide limosna a los transeúntes que pasan indiferentes por su lado; durante todo el día, al sol y al agua.
Con un biberón de  aguapanela  el pequeño intenta ahuyentar el hambre del pequeño, mientras  la muchacha con una estatura que no pasa del metro con cincuenta, espera unas monedas para entregarlas a un nativo embera  que ha hecho de la caridad un negocio y ha  convertido a las mujeres y a los niños de su clan  en instrumentos sumisos de explotación.


Es difícil imaginar que esos compatriotas paupérrimos, sin autoestima, tengan que ver con una raza altiva y orgullosa que en las selvas del Chocó hizo frente a los españoles durante casi dos siglos: En 1539 el capitán Gómez Fernández intentó el sometimiento de las tribus chocoanas; en 1575 fracasó  Lucas de Ávila y en 1628 la gente de Martín Bueno pereció en las aguas del río Atrato a manos de guerreros tatamaes, quienes para librarse de las represalias dejaron para siempre la cordillera y se internaron con su gente en las selvas del Pacífico. Los citaraes continuaron la resistencia, en 1684, bajo el mando del cacique Quiruvida,  no dejaron vivo a ningún español ni negro a lo  largo del Chamí;  al fin fuerzas coloniales procedentes de Antioquia y Popayán, mataron a Quiruvida y a sus seguidores en el pueblo de Lloró.


Al empezar el siglo XVIII los zitarabiraes desaparecieron  a causa de la guerra y de las enfermedades traídas por los conquistadores y los pocos  noanamaes sobrevivientes se refugiaron en la manigua chocoana. En esas circunstancias las autoridades españolas concentraron los indígenas sometidos en el caserío de San Juan del Chamí, cerca de la desembocadura del río Chamí y en la aldea de San Antonio de Tata, donde sirvieron  transportando cargas al Arrastradero de San Pablo y  se sostuvieron  con el oro de los aluviones  de la zona.



LA INVASIÓN EMBERA


Las aldeas de San Antonio del Tatamá y Sn Juan del Chamí desaparecieron  a mediados del siglo XIX y sus pobladores se integraron a los resguardos de Arrayanal y del Chamí, el primero ubicado donde hoy está la población de Mistrató y el otro e en las cabeceras del río del Oro, en los modernos límites de Caldas, Risaralda y Chocó.

En tanto que las parcialidades de Arrayanal y del Chamí decaían,  desde el Alto Andágueda se desplazaban hacia el sur  indígenas emberas que poco a poco fueron ocupando el territorio de los antiguos pobladores  y constituyeron fuertes núcleos en Andes, Antioquia, y en el sitio donde los misioneros fundaron a San Antonio del Chamí.


En 1873 el gobierno del  Cauca autorizó la división de los Resguardos indígenas y se procedió a lotear las tierras de Guática, Quinchía  y Tachiguí, situados en la banda izquierda del río Cauca; a fines  del siglo XIX se intensificó la invasión paisa y entonces los nativos de Arrayanal y del Chamí otorgaron un poder a Eustacio Tascón para que los representara, defendiera sus derechos, hiciera las reclamaciones y celebrara las transacciones que considerara benéficas para la parcialidad. Pero Tascón los traicionó, negoció en beneficio propio y entregó vastas extensiones a los colonos. En 1903 los cabildos indígenas  de Arrayanal y del Chamí nombraron a Marco Tulio Palau como apoderado, con la misión de recuperar los títulos de propiedad del Resguardo que se quemaron en un incendio en Tadó.


 Para obtener los nuevos documentos era necesario consultar archivos de Popayán, pagar a los evaluadores,   a los agrimensores y al   abogado. Como los indios no tenían dinero pagaron con tres lotes que Palau alinderó a su gusto; tras protocolizar la escritura, los indígenas se dieron cuenta de que habían entregado las dos terceras partes de sus tierras a Marco Tulio Pala
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LOS BALDÍOS DEL CHAMÍ.


Los emberas en penetración continua y sigilosa llegaron hasta Aguasal, ocuparon lo  que quedaba de los resguardos de Arrayanal y del Chamí y establecieron colonias en Quinchía, Anserma, Belalcazar y Marsella y por el lomo de la cordillera occidental llegaron a Restrepo, en el Valle, y hoy van por tierras ecuatorianas.

Por su parte los negros de Tadó, a partir de 1900, empezaron a ocupar el sitio de Cinto, hoy Santa Cecilia, y desplazaron a los emberas que cazaban y pescaban en las orillas del río San Juan; entre 1914 y 1916 el Estado adjudicó a los colonos miles de hectáreas del antiguo Resguardo desplazando a negros y a nativos y estableció allí una colonia penal.
Los nativos, acosados por los negros y los colonos mestizos se internaron cada vez más en la selva; los misioneros católicos fueron tras ellos y congregaron parte de la población nativa cerca de la fundación doctrinera de San Antonio del Chamí.


LOS RESGUARDOS ACTUALES.
                                                                                                                                                
El  29 de enero de 1986 el INCORA constituyó el Resguardo de la margen derecha del río San Juan con 17.770 hectáreas de extensión y el Resguardo de la margen izquierda con un área de 7.596 hectáreas, es una división de la comunidad embera causada por la intromisión de las religiosas lauritas en la vida de la comunidad y por los apetitos políticos de los directorios de Unidad Liberal y Unificación Conservadora de Risaralda.

Los emberas risaraldenses no tienen el orgullo de los mapuches chilenos, ni la autoestima de los arhuacos; víctimas de  las enfermedades, la desnutrición  y el alcoholismo viven de los auxilios establecidos por la nueva Constitución colombiana; con las modernas motosierras están acabando con la selva, envenenan con barbasco los ríos,  y sus escopetas y cerbatanas no dejan  vivo animal de pelo o pluma.

Qué te pasa amigo- Que te duele?- Preguntó un antropólogo a un anciano embera

Nada-  le respondió- Simplemente me estoy muriendo de hambre.- Y no es por falta de tierra, que la tienen; ni de auxilios, que les llegan generosamente a los emberas. Es porque muchos de ellos se convirtieron en mendigos, y aprovechando la coyuntura de la violencia terrorista, dejaron de trabajar y se dedicaron a pedir en aceras y en oficinas públicas; entre tanto los nativos de aquí, como los genuinos indígenas de Quinchía, se doblan al pie del surco, sin quien les tienda una mano.