sábado, 17 de mayo de 2014

EL COMBATE DEL ALTO DEL CHOCHO EN RIOSUCIO



Alfredo Cardona Tobón. 

                                            Coronel Salvador Córdova

Miguel María Cano estaba viejo y enfermo; sus achaques lo obligaron a retirarse  de la alcaldía de Supía, pero, aún así en 1840, sacó alientos para agitar su comunidad y apoyar la causa de los Supremos en la revolución contra el gobierno de Márquez.

Tras el alzamiento de los pastusos, los enemigos de Obando hicieron lo imaginable para acabar con el caudillo sureño. Le acusaron de promover la revuelta de los Conventos y del asesinato de Sucre. Cuando reaccionó Obando y de verás se colocó al lado de los alzados en armas, Mosquera y Herrán  ofrecieron territorio granadino  al Ecuador, con tal de lograr el  apoyo de Florez para aniquilar al  General.

Miguel María Cano y su amigo Miguel Marín admiraban a Obando, por ello, con numerosos supieños  se pusieron al lado de Salvador Córdova que con los gobernantes de Honda,  el Socorro, la Costa y Casanare  enarboló la bandera de la rebelión..

Salvador Córdova con la complicidad del gobernador Obregón había tomado las riendas de Antioquia. El jefe militar de esa provincia, José María Gómez,que  permaneció  leal a Márquez , se trasladó  a la provincia del Cauca, donde el gobernador Pedro Murgueitio  le encomendó el mando de las tropas del Cantón de Supía . Gómez reclutó soldados, echó mano a los recaudos  y  con el concurso de fuerzas de Buga atacó a Sepulturas, hoy Caramanta,  donde  tomó prisioneros y algún armamento.
Los riosuceños respaldaron al gobierno. Gregorio Guendica, Rudecindo Vinasco, Eduvigis Becerra y nueve compañeros más se unieron a Gómez, cuyas tropas mal armadas y escasas en número esperaban en cualquier momento el ataque enemigo.

El general Eusebio  Borrero se movilizó desde el sur y  estableció un campamento en Ansermaviejo para  apoyar la avanzada de Gómez  y  preparar la invasión del territorio antioqueño.
 Salvador Córdova  estaba en Abejorral . Al conocer los movimientos gobiernista se dirigió a marchas forzadas a la aldea de Quiebralomo, en las inmediaciones de Riosucio. Llegó  en las horas de la tarde del 17 de enero de 1841. Sin dar descanso a su gente preparó el ataque.
Gómez estaba atrincherado en el Alto del Chocho en el camino hacia Puebloviejo. Eran las cuatro de la tarde. No muy lejos se oían los tambores paisas y el clarín que anunciaba  el  combate. Venían 500 antioqueños bien armados, pero bisoños. Eran reclutas sin experiencia que se enfrentaban a unos sesenta fusileros veteranos, curtidos en el combate y con dos cañones manejados por el artillero José María Rojas, que donde ponía el ojo dejaba el reguero de metralla y muerte.

Salvador  Córdova sin  las dotes militares de su hermano José María, heroe de Pichincha y Ayacucho, ordenó al valiente capitán Hoyos que avanzara de frente contra las defensas caucanas. Lo que sucedió fue un  desastre, una triste carnicería. Los cañones barrieron la montonera antioqueña que presa de pánico retrocedió dejando a su capitán moribundo, a 50 compañeros destrozados, numerosos heridos y gran parte del armamento tirado entre la rastrojera.

Al anochecer 100  prisioneros paisas  se  apretujaban  aterrrorizados y sedientos en dos casonas  de Riosucio ,convertidos en cárcel y hospital de campaña.

El 18 de enero llegó Eusebio Borrero a la población del Ingrumá. Y como era costumbre en las filas mosqueristas ,dió la orden de pasar por las armas a los cabecillas rebeldes que estaban en sus manos, pa ra que sirviera de escarmiento a sus enemigos.

El sargento Juan Masutier dirigió el pelotón de fusilamiento. Este español renegado, tránsfuga y asesino, según descripción de Obando, alineó a los condenados  contra la tapia lateral de la iglesia de San Sebastián. Al viejo y achacoso ex-alcalde  Cano le vendaron los ojos, luego se los vendaron  a Miguel Marín y por último a Antonio María Córdova y a Pastor Giraldo. A los dos primeros se les acusaba de revoltosos y a los dos últimos  se les señalaba de estafetas y espias de los revolucionarios.

La sombra del Cerro del  Ingrumá empezaba a  arropar la aldea. Los fogonazos se  confundieron con las gotas de lluvia que empezaron a caer a borbotones como tratando de lavar la sangre hermana que se deslizaba por el atrio. Masutier sacó la pistola  pero no hubo necesidad de ningún tiro de gracia.. manos piadosas recogieron los cadáveres y  en doliente cortejo los llevaron a Supía para darles cristiana sepultura.
Fue una infamia. Los cuatro condenados no eran combatientes y Cano era un anciano decrépìto que vivía sus últimos momentos. Fue un crimen como miles que se le han sumado a traves de los años ,en un país donde jamás se ha respetado la vida  de los semejantes.

El triunfo del  Alto del Chocho ensoberbeció a Borrero. No sopesó que su victoria en el Alto del Chocho  se debió más a la impericia del adversario que al valor y capacidad de los suyos..
Borrero se aventuró por tierras antioqueñas. Cruzó el rio Cauca y se dirigió a Medellín. En la plaza de Itaguí lo frenaron los paisas

viernes, 16 de mayo de 2014

EL RECUERDO DEL ABUELO GERMÁN



CARTA DEL MÉDICO MARIO GARTNER TOBÓN A  SU PRIMO ALFREDO  CARDONA TOBÓN,.


MARIO RECUERDA EL INTERÉS DEL ABUELO POR EL NIETO QUE QUIERE VER CON EL TÍTULO DE MÉDICO.

ES UNA BELLA CARTA NACIDA DEL CORAZÓN


INFORTUNADAMENTE LOS NIETOS, INCLUYENDO A MARIO, POCO  SE  ACORDARON DEL  ABUELO CUANDO  ENFERMO Y POBRE NECESITÓ DE SU   COMPAÑÍA Y DE SU APOYO.

                                 Germán Tobón Tobón y su nieto Mario Gartner Tobón
 

Antes de reproducir la carta hablemos del abuelo Germàn, un paisa andariego, derecho, recio y bueno, tan desconocido  por sus descendientes ..

 
Yo fui, indudablemente, el nieto más cercano al abuelo,  ese muchachito de nueve años que garabateaba carteles con letra burda sobre pedazos de cartón para que el viejo querido, los pegara con engrudo en las paredes de Quinchìa.en la campaña electoral de1946.

 Mi abuelo militaba en las filas de Gabriel Turbay y yo seguía a mi abuelo;  eramos los liberales oficialistas en  la casa de papá Luis Ángel, un arrecho gaitanista, jefe de la disidencia, que en un acto suicida arriesgó la vida para proteger a su líder cuando fanáticos de la otra ala del liberalismo lo recibieron a piedra  y lo arrinconaron en el hospital del  pueblo..

El abuelito se reunía todas las tardes en el  café Pielroja con  la cuerda de viejitos copartidarios y  yo, su nieto pequeño, tenía el honor de leerles, sin falta,  los editoriales de los  periódicos El Tiempo y el Espectador, que llegaban con atraso de una semana.

El abuelito Germán fue un paisa de Sabaneta graduado de arriero desde sus años mozos. Fue colonizador y fundador de pueblos, juez de paz e inspector de policía  y desertor, a mucho honor, en la guerra de los Mil Día, no por cobardía,  sino porque era  incapaz de hacerle daño al prójimo.

El abuelo era un hombre pantalonudo: luchó contra los indígenas chamies cuando era inspector de la desaparecida aldea del Rosario  y en noviembre de 1949 hizo frente a los " pájaros"  que atacaron nuestra  casa. Recuerdo al abuelo y a mi padre ese dìa aciago, cuando creì verlos por última vez. Los recuerdo disparando las escopetas,, mientras yo, un peladito de diez años, empujaba a mi mamá y a mis hermanitos por un portillo  que llevaba a la seguridad del hogar de un amigo conservador..

 Con mi abuelito  volví a vivir momentos amargos en  Donmatías, un pueblito azul en las montañas de Antioquia, donde un cura fanático azuzó a la feligresía, que llena de odio atacó la casa de una tia tildada de comunista y como en Quinchía nos tocó salir de huida del acoso  de los bárbaros.

Con el abuelito Germán viajé por primera vez en tren, aprendí a curar las reses y  a entrenar gallos de pelea. Ese viejito, que no le tocó a ningún otro nieto y que no me vio convertido en  ingeniero, fue quien me descubrió las crónicas que han rescatado en gran parte la historia de Quinchía  y los pueblos  aledaños.

Desde la muerte de la abuela Clotilde hasta el año de 1949, el abuelo vivió en la casa de mis padres, allí tenía los gallos y se entretenía ordeñando y cuidando los terneros; luego, cuando tuvimos que emigrar hacia el alar grato de Medellín y la tía Sofía regresó de Donmatías a su cas en Quinchía, el abuelo continuó a su lado hasta que la  muerte lo arropó y él dejó sus cenizas al lado del cerro Gobia.
 
Tras esta breve reseña  de uno de los nietos que se enorgulleció de verlo de runa y no  lo imaginò vestido de cachaco, leamos la carta de Mario Gartner Tobón donde narra el hecho que hizo posible su entrada a la Universidad y le abrió las ventanas de un mundo nuevo.:

ESPIGAS DORADAS PARA ROSA ELENA

“ En este alejado diciembre, unos días después de mi bachillerato, viajé a  la tierra natal ( Quinchía)  en busca de apoyo para iniciar la etapa universitaria. Los  viejos del pueblo me recibieron con  singular alegría y se embarcaron en las más comprometedoras esperanzas sobre el porvenir del futuro galeno. El abuelo Germán abandonó la charla varias veces para “hacer una vueltica” y regresó otras tantas, con pasos festivos y una mirada tan optimista que se parecía a un golpe de Estado sobre las dificultades económicas.

Al  fin  estalló la bomba de las alegres espigas doradas: El papá Germán había logrado vender el corte de dulce y blanda caña panelera para hacer el primer aporte a la iniciación universitaria del nieto en apuros. De regreso a casa, me dijo conmovido: “Después de la muerte de Clotilde ( la abuela),  apenas quisiera vivir para ver logradas tus ambiciones”.

Un día volví con la garganta seca y las manos  apretadas; sobre la cama del abuelo, amorosamente tendida, se advertía la imagen sangrante de Cristo; en  la sala llorosa estaba el arreglo de velación. Muy  cerca a la tumba de la abuela Clotilde, un hombre rudo estaba esperando con ladrillos, agua, arena, cemento y un pequeño palustre.

Apenas se descubre el formidable encanto de los mayores cuando se pierde el hilo de su parábola; cuando su voz es un eco, cuando ya se los ha dejado pasar, sin advertirlos. Se suele ser  más enterrador que oficiante de la vida. Una rara sed de vinos frescos embota el gusto para espléndidos añejamientos y no deja paz a los bríos de filigrana barata paras dialogar con la rama y el tronco secular maravilloso…”

 

El mayor pecado es la ingratitud  con los muertos- dijo Martí. Y la ingratitud ha empezo a borrar la memoria del querido abuelo analfabeta, generoso, bueno, trabajador y honrado, La maleza del camposanto borró los vestigios de la tumba de la abuela Clotilde y el tiempo destruyó la bóveda del abuelo, cuyos huesos se confundieron con la tierra.

El abuelo murió en 1954 en brazos de su hija Sofía.; su hijo  Horacio, uno de los hombres más ricos del occidente del Viejo Caldas lee facilitó un catre especial y las medicinas.

Pasado el medio día de un sábado de noviembre el abuelo no despertó de su sueño. Murió solo, con muchas limitaciones,  entre el olvido procaz de su gente, pues los tobones  de Efraim, de Estercita y demás hijos del abuelo Germàn  estaban  muy  ocupados.. muy  pocos asistieron a su entierro..
           

lunes, 12 de mayo de 2014

LA CASA DEL DEGÜELLO- GUERRA DE 1879-



Alfredo Cardona Tobón



En el marco de la plaza principal de Salamina se destaca la casona de Monseñor Isaza; es una edificación centenaria de dos plantas y arquitectura paisa, con balcones floridos, patio interior lleno de color y colibríes y una historia que la distingue con el triste apelativo de la Casa del Degüello.

El doctor Antonio Mejía G. me prestó su oficina ubicada en el primer piso de la edificación, donde en medio de libros, rejos y cuadros de caballos finos coordiné el Programa de Paz y Competitividad  de la Universidad Autónoma en Salamina.

Mientras estudiantes de diversas disciplinas proponían fórmulas para recaudar impuestos que nadie quiera pagar, esbozaban proyectos de informática par agilizar los trámites burocráticos y trataban de encontrar las causas del atraso rural del municipio, no pude menos que  comparar el esfuerzo  de los jóvenes universitarios  que quieren cambiar a Colombia con trabajo, alegría y tolerancia con el sacrificio de otros muchachos  den mitad del siglo XIX, que empujados por caudillos del desastre rindieron su vida en esa casona, creyendo que a sangre y fuego iban a dar otro rumbo a su patria.

LA REVOLUCIÓN DE 1879

Mientras el general Tomás Rengifo, presidente radical  impuesto por los caucanos en Antioquia, controlaba un alzamiento en Medellín, en el sur del Estado el general Cosme Marulanda con los colonos de Plancitos enarbolaba desafiante la bandera azul del conservatismo.

Los rebeldes atacaron por sorpresa la población de Aguadas, apresaron la Compañía del Quinto de Vargas que sostenía la causa liberal en la región y sin  perder un instante marcharon hacia Salamina y a las siete de la noche del 21de marzo la ocuparon sin mayor resistencia.
Paralelamente con el avance de Marulanda, desde Manizales se movió el coronel Valentín Deaza con el batallón Primero de Rifles y con el batallón Zapadores, con el objeto de frenar y acabar, a cualquier precio, la ofensiva conservadora.

A las siete de la mañana del 22 de marzo las tropas de Deaza se escurrieron desde el Alto de la Palma, en cercanías de Salamina, y chocaron con los alzados en  armas atrincherados en las cercanías del cementerio.

El  Primero de Rifles avanzó palmo a palmo, luchando calle por calle, hasta la manzana sur de la plaza principal. El capitán Fernán Gaviria con voluntarios de Pácora atacó las casas de la acera occidenta,l en  tanto que Rafael Avendaño con liberales de Salamina tomaba las casas del lado oriental y la retaguardia gobiernista aseguraba el punto de Higuerones en la parte alta de la zona urbana.

A las once de la mañana el humo de la pólvora  cubría la plaza; los oficiales liberales repartieron los últimos tragos de aguardiente con pólvora y entre la humareda emergieron los soldados del Batallón Zapadores que entre gritos y maldiciones forzaron  puertas y perforaron paredes para acercarse por los interiores de las viviendas a la casa de José Ignacio Llano, hoy Casa de Monseñor, donde se presentaba la más tenaz resistencia enemiga.

Atrás del Zapadores avanzó  el Primero de Rifles bajo el comando del capitán manizaleño Juan Nepomuceno Uribe.  Los soldados conservadores atrincherados en la casa de Ignacio Llano disparan desde el techo, los balcones y los postigos sin dar cuartel  pese a estar rodeados de enemigos. Una ráfaga de plomo destroza el pecho del capitán Uribe, sus hombres flaquean un instante, entonces el corneta del Zapadores ordena armar bayonetas y al toque de carga la tropa gobiernista arremete con todas sus fuerzas contra el bastión enemigo trabándose combate cuerpo a cuerpo sin dar ni pedir clemencia.

Las escaleras se llenan de cadáveres, las blasfemias y los lamentos de los moribundos convierten la casona en la antesala del infierno; la sangre corre por los corredores, las chambranas ceden ante el empuje de los combatientes que caen al patio interior  atravesados por golpes de bayoneta. Ante la inminente derrota conservadora algunos sobrevivientes saltan hacia la plaza para encontrar la muerte en los fusiles  de los atacantes.

El combate no cede;  desde los balcones de las casas de Alejandro Escobar en la esquina occidental y de Alfonso Echeverri al lado de la iglesia, los francotiradores siguen disparando sobre las fuerzas de Deaza; por fin, al filo del medio día cesan los disparos, en la casa de José Ignacio Llano caen los últimos francotiradores y en su techo ondea la bandera del batallón Zapadores,  cuyo fondo rojo se confunde con los torrentes de sangre que cubren el campo de combate.

DESPUÉS DE LA TEMPESTAD

El telegrafista Pedro María  Ospina informó minuto a minuto sobre las incidencias  de la cruenta acción militar que dejó en total 150 víctimas. Mientras en Manizales, Pácora y Salamina lloran las madres, los huérfanos y las viudas por las calles de Salamina  pasean abrazados, como dos grandes amigos, Cosme Marulanda y Valentín Deaza, como si no hubiera pasado nada.  No fue un gesto de reconciliación y de perdón, como lo hacen aparecer cronistas de la época, fue un espectáculo ruin, que mostró la insensibilidad de esos héroes de pacotilla, que se aprovecharon de un pueblo ignorante para arrearlo en sus juegos de guerra.

El combate de Salamina fue el final de la guerra clerical de 1879; Cosme Marulanda purgó algunos meses de cárcel en  Medellín, Valentín Deaza continuó de comandante militar en Manizales y luego se radicó en Pereira, donde figura como uno de sus grandes personajes .

La Casa del Degüello, o de Monseñor, es un monumento histórico de Salamina lleno de flores y de colibríes, pero sin una placa que recuerde a las docenas de jóvenes que la empaparon con su sangre en defensa de unos principios  que olvidaron quienes siguen sembrando odio para sostener sus ruines intereses.