sábado, 31 de mayo de 2014

UNA HISTORIA DE VERGÜENZAS.

Artículo escrito por



                              Horizontes- Lienzo de Francisco Antonio Cano



Voy a apostar que no existe sobre las montañas antioqueñas y cafeteras un solo pueblo sin monumentos al hacha ni odas a los fundadores, retorcidas epopeyas cantando prodigios del café, la tenacidad de una raza valiente, con gallardía inmortal, titánica.
Absurda raza. Mentirosa. Traidora y aficionada al juego, a la baraja y el aguardiente. ¿Raza? ¿Cuál raza? si sólo nos queda puro el hijueputa y lo estamos negando todavía, tartamudeaba el poeta pereirano Luis Carlos González.
La moderna investigación sobre Antioquia y el viejo Caldas es una historia sin vergüenza, en el sentido de perseguir las manchas de las familias antioqueñas, tan nobles ellas. Encuentra un nacimiento turbio a las haciendas y las fortunas. Muestra la cicatriz de la colonización atravesada por el despojo, la especulación sórdida y la injerencia de terratenientes, políticos y caudillos (casi siempre la misma cosa), que aprovecharon el desmonte de las tierras baldías para levantar fortines electorales y económicos. Parece acuerdo tácito de ésta nueva generación de historiadores pararse en la emblemática obra de James Parsons La Colonización antioqueña, con el único propósito de destrozarla. Aquel, que era un norteamericano obsesionado con la pujanza de Medellín, escribió el primer tratado serio acerca del proceso de poblamiento que partió primero del Oriente antioqueño y luego del Suroeste, siguiendo las cordilleras siempre al sur. Sin embargo cometió un error imperdonable: vio en la templanza de los colonos a sus propios antepasados puritanos que conquistaron el Oeste gringo, al punto de bautizar los paisas como “Yankees de Suramérica”, contribuyendo desde una postura científica sólo en apariencia, a cimentar una mitología de civilización, progreso y superioridad cultural de un grupo poblacional que se caracteriza hasta hoy por un catolicismo furioso amén de valores tan endogámicos como conservadores. La leyenda dice que la sociedad construida en torno al café y el desbroce de las selvas fue igualitaria y pacífica, lo que explicaría su prosperidad.
Luego de evidencias relevantes fundadas en trabajo de archivo, la colonización queda desnuda de fábulas. Un académico con la altura de Jorge Orlando Melo propone otra tesis: los colonos fueron en principio antioqueños pobres excluidos y expulsados por la intolerancia política o el desprecio a su “impureza”. Álvaro Gartner, descendiente de alemanes que vinieron de peones a escarbar oro en Marmato, retrata en Los místeres de las minas un rosario de intrigas extranjeras, que a la postre redundó en el conflicto de Antioquia con el antiguo Estado soberano del Cauca, estimulando un poblamiento de antioqueños pobres con fines evidentemente políticos, en detrimento de los caucanos que habitaban pueblos como Riosucio, Supía y Anserma. Las tierras al sur del río Arma no eran tan baldías como se dijo, ni tan deshabitadas, ni tan incultas. El historiador Alfredo Cardona Tobón lleva cuarenta años conversando con viejitos centenarios y rebuscando documentos en las parroquias de los pueblos de Caldas y Risaralda, para demostrar con relatos de viva voz que la invasión de los paisas por la cordillera occidental estuvo lejos de ser un fenómeno tranquilo y democrático. Al contrario, produjo la disolución y desposesión de extensos resguardos indígenas, además de una feroz especulación de tierras entre colonos ricos y pobres, que configuró desde el principio élites locales. Hay que leer a Bernardo Arias. Recuerda uno a Francisco Jaramillo Ochoa, un astuto negociante haciéndose a miles de hectáreas con prebendas del Estado y el comercio de café por el río Cauca de La Virginia a Cali, mientras desalojaba los negros fundadores de mejoras, ensanchando sus ganaderías. Allí apunta una rigurosa investigación de Albeiro Valencia Llano sobre los apellidos paisas del viejo Caldas: familias de primera y segunda categoría. Peones caratejos, unos, ilustres hacendados, otros.
Benjamín Baena retomó en una novela la memoria oral del poblamiento en la hoya del Quindío, basada en un largo conflicto de tierras de los colonos contra la compañía Burila, propietaria legal de esas selvas, que al final redundó en la fundación de pueblos como Sevilla y Caicedonia. Un drama similar sufrió el paisa errante Fermín López, obligado con su gente a fundar un caserío diferente cada tanto luego que la concesión de Juan de Dios Aranzazu lo echara más al sur, cuando había desmontado y mejorado las maniguas que no le pertenecían. Así se vino desde Sonsón hasta Santa Rosa de Cabal. El derribe del monte fue un negocio hiperbólico para los compradores o despojadores de parcelas. Negociantes como Justiniano Londoño, el patriarca de una casta ultraconservadora de Manizales, o como los especuladores Juan María, Francisco y Valeriano Marulanda, antepasados de una familia terrateniente en Pereira y el Quindío.
Completando la saga, el historiador Víctor Zuluaga en un meticuloso trabajo que incluyó la revisión del archivo de indias, desenterró documentos de un pleito que descubre 150 años después, la odiosa fundación de Pereira dentro de un litigio por terrenos baldíos, en medio del interés de grandes comerciantes cafeteros y terratenientes del Valle del Cauca. Lo del arriero abnegado, una mano adelante y otra atrás, que trepaba la mujer con tres gallinas a la mula haciéndose próspero y rico a fuerza de hachazos, labrando un porvenir de progreso montaña adentro, resulta una leyenda muy bonita, épica, a la medida de montañeros que culturalmente siempre se consideraron superiores al resto de la república. Leyenda, no más. Hubo comerciantes despojadores, aventureros y caudillos, bandidos y mercaderes diestros en la estafa. Existieron élites de alpargata lucrándose con baldíos y fundaciones de pueblos. Sucedió el desarraigo de los últimos Umbras, los últimos Quimbayas, de los negros palenqueros sobre las riveras del Cauca, el Otún y el Risaralda. La que no relatan los monumentos al hacha, la que no cantan los bambucos y los himnos cafeteros, resulta una historia de vergüenzas. 



viernes, 30 de mayo de 2014

JESÚS MARÍA LONDOÑO: LÍDER DE TACHIGUÍ



Alfredo Cardona Tobón
                                      Belén de Umbría en sus primeros tiempos


En el año de 1730 figuró un caserío indígena en el sitio del “Embarrao”, en las faldas de la cordillera que se descuelgan al Valle de Risaralda. Ese nombre desapareció de las crónicas y  no volvió a mentarse en los archivos parroquiales ni en los documentos caucanos.. En cambio apareció reiteradamente  el de Tachiguí, correspondiente a una vieja misión de los religiosos de Anserma, que parece recogió a los vecinos del “Embarrao”

En la época colonial Tachiguí fue un punto importante en el camino de las Ansermas, allí pernoctaban  los viajeros con destino al Arrastradero de San Pablo, en el istmo entre los ríos Atrato y San Juan, y llegaban los devotos de Santa Rosa de Lima a las famosas fiestas en honor de la Patrona en las cuales  fueron  legendarios el derroche de pólvora,  la música, los juegos  de azar y la chicha.

En la guerra de la Independencia Tachiguí fue una plaza realista frecuentada por las guerrillas españolas de Mendiguren que mantenían en jaque a las avanzadas patriotas estacionadas en Arma y en Quiebralomo y donde se aprovisionaban las bandas realistas de Ansermanuevo.

El 26 de octubre de 1855  el caserío alcanzó la dignidad de Aldea; cuatro años después aparecía anexada al distrito de Papayal, una población de origen desconocido, perdida en el misterio y cuya historia nada tuvo que ver con el moderno Belén de Umbría.

En 1860 el general Tomás Cipriano de Mosquera desconoció  el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez y separó el Estado del Cauca de la Confederación Granadina; los ciudadanos de Riosucio, Ansermaviejo se levantaron en armas contra Mosquera y solicitaron su anexión al Estado de Antioquia. Tropas de Nueva Caramanta se unieron a los rebeldes y tomaron el camino de las Ansermas con el objetivo de hostigar la retaguardia de Mosquera cuyo ejército marchaba por el Valle del Cauca con destino a Manizales.

El general Francisco Madriñán ocupó la aldea de Tachiguí y  estableció su cuartel general en espera de órdenes de sus aliados paisas. La soldadesca de Madriñán fue peor que un huracán y más devastadora que una manga de langostas; no se salvaron cerdos ni gallinas, acabaron con el maíz, el fríjol, los plátanos y todo lo que se pudiera comer o vender. La comunidad aterrada huyó hacia las montañas para salvar lo poco que les quedaba y evitar el reclutamiento. Cuando Madriñán abandonó a Tachiguí dejó una aldea agonizante que difícilmente podría recuperarse.

REGRESA JESÚS MARÍA LONDOÑO

Días después de la salida de Madriñán del antiguo caserío indígena, Jesús María Londoño regresó a Tachiguí y emprendió la tarea de animar a los viejos pobladores para que regresaran al rancherío.

Jesús María Londoño era un extraño personaje oriundo del Resguardo de Tabacal del norte antioqueño;  pese a su apellido antioqueño era un nativo sin raíces paisas, afincado en el resguardo de  Tabuyo, adonde llegó con su familia siendo niño y se convirtió en uno de los líderes de Tachiguí.

Jesús María  escribía bien y conocía de leyes;  fue  un leguleyo respetable, juez poblador de Pumia y con muchísima influencia política en el norte caucano; fue sin lugar a dudas el indígena más importante de la región en el siglo XIX, cuya trayectoria y méritos jamás se han reconocido. Su matrimonio con Leonarda Ávila, hija de un gobernador del resguardo de Tabuyo, le permitió desenvolverse entre Tachiguí, Tabuyo y Ansermaviejo,

A pesar de los esfuerzos de Jesús María Londoño, Tachiguí no pudo recuperarse, La guerra de 1876 marcó el final del poblado cuando las tropas conservadoras comandadas por Sergio Arboleda  ocuparon la Aldea y la arruinaron definitivamente.

El 23 de agosto de 1877 los comuneros de la parcialidad de Tachiguí  lotearon el Resguardo; de las 11.644 hectáreas apenas 8,225 quedaron en poder de los nativos; el gobierno radical del Cauca tomó 2.500 hectáreas que vendió a precio vil al coronel Felipe Ortiz para pagar sus servicios y  su deserción de las toldas conservadoras.Por ley se destinó otro gran lote para área de una nueva población y allí nació  Higueronal, una fundación antioqueña adonde fueron a parar los vecinos de Tachiguí.
Jesús María Londoño, Victor Impatá, Patricia Quimbaya y demás indígenas se mezclaron con los antioqueños y su trabajo conjunto en Higueronal dio vida a la aldea de Arenales, embrión de Belén de Umbría.

En 1896 el padre Anselmo Estrada construyó una capilla pajiza en Arenale. Como la imagen de santa Rosa de Lima  permanecía en un rancho alejado del poblado, Jesús María Londoño la condujo en solemne procesión a la capilla de Arenales, donde sirvió de consuelo a los vecinos en la pavorosa epidemia de viruela que  a fines del siglo XIX segó la vida de Londoño y casi acaba con la comunidad. 

Jesús María Londoño fue el dique que contuvo  los atropellos de los paisas. Después de la muerte de Londoño  la parcialidad quedó a merced de los abusivos. El riosuceño Francisco Bueno escribió en 1905 a un alto funcionario bogotano: “ … a estos indígenas pobres e ignorantes del Resguardo de Tachiguí les han hecho a un lado y se les está arrebatando su parcialidad denominándola como baldía.”

Al fin, los primitivos dueños de la tierra  quedaron sin un terrón  convertidos en peones de los invasores. De Tachiguí solo quedó el nombre de una vereda y del Impatá, Quimbaya y demás apellidos  de la zona ni la muestra en el directorio telefónico de Belén de Umbría, ocupado por los Mejías, los Arangos  y demás familias colonizadoras.



miércoles, 28 de mayo de 2014

EL PADRE ADOLFO HOYOS: EL CURA DE LA CATEDRAL



Alfredo Cardona Tobón*



En el  atrio de la catedral de Manizales los campesinos fueron apilando  bultos de café y  talegados de cacao, y en la calle lateral del templo otros labriegos amarraron a estacones  clavados en el piso, novillonas preñadas, toretes de ceba, potrancas listas para la doma y uno que otro cerdito de destete.

El presbítero Adolfo Hoyos Ocampo iba de un lado a otro con un carriel jericuano terciado al hombro. Recibía pesos y monedas con sonrisa afable, una palmadita amistosa y un Dios se lo pague, con la satisfacción de que en esa Semana de la Catedral, recogería  fondos para las torres, los vitrales que faltaban y tantas y tantas necesidades de esa edificación portentosa, que algunos vecinos dudaron podría construirse algún día, pero jamás el padre Adolfo, cuyos retos eran los imposibles y poseía el carisma, el liderazgo y las energías para motivar a una comunidad que no llegaba a los cien mil habitantes a recaudar un suma que en el presente pasaría de miles de millones de pesos.

Los feligreses  más pudientes financiaron torres completas, los más pobres ayudaron con un tablón, los arrieros arrastraron guaduas, las señoras prepararon tamales y empanadas, las muchachas bonitas ensayaron sonrisas para vender boletas de rifas y cantarillas y hasta los comunistas de la época, que se las daban de ateos, se metieron la mano al dril para ayudar a pagar jornales.

LOS AMORES DEL PADRE HOYOS

El padre Adolfo tuvo dos grandes amores, uno fue Doña Eudoxia Ocampo, que trajo al mundo el 4 de diciembre de 1892 un muchachito llorón, sin imaginarse que era un regalo del cielo a la comunidad manizaleña. El otro  amor fue su ciudad natal, a la que dedicó los esfuerzos de toda su vida.
La construcción de la Catedral es una obra faraónica, y  lo fue más en las primeras décadas del siglo pasado. Su realización inmortalizaría por sí sola al padre Hoyos, que  promovió la idea, la luchó y logró sacarla adelante.

Sin máquina perforadoras ni los equipos actuales,  los obreros abrieron las brechas y los cimientos a pico y pala de una edificación que tiene más obras bajo tierra que las que se ven sobre la superficie.
El cemento debió importarse, al igual que el acero y el vidrio. Y con fuerza bruta de hombres y bueyes se levantaron  las estructuras de soporte, los  andamiajes para el vaciado del concreto y todo el material de río para la imponente basílica

MOTOR DE PROGRESO
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Pero no fue solamente el gran templo la iniciativa que movió el espíritu del levita. Como miembro de la Sociedad de Mejoras Públicas  y su presidente durante varios períodos, el padre Hoyos Ocampo impulsó, al lado de sus amigos, la carretera a Chinchiná, la carretera a Termales, el aeropuerto de Santágueda y después el de la Nubia, la construcción del Palacio de Bellas Artes, la fábrica de Cementos Caldas, la Facultad de Medicina de la Universidad de Caldas y la de Ingeniería de la Nacional.

Con el Doctor Gustavo Robledo luchó por la vía al mar, un puerto en Bahía Utría y  con el Doctor Genaro Mejía consiguió los terrenos para construir el parque del  bello barrio de La Francia.
El 20 de julio de 1927 el dinámico sacerdote colocó la primera piedra del Parque Bolívar y por iniciativa suya y de la S. M. Públicas el gobierno creó la Escuela de Carabineros.


La mayor satisfacción del padre Hoyos fue  ser cura de su catedral,  y  por ello rechazó honores eclesiásticos que lo hubieran podido llevar a un obispado.
El cura de la catedral extendió la labor apostólica a las veredas y a los barrios marginados de Manizales. En la zona rural levantó capillitas y templos,  y consiguió recursos oficiales para escuelas, centros de higiene e inspecciones de policía, porque para el padre Hoyos la salud del alma iba pareja con la salud del cuerpo.

Con los trabajadores organizó centros católicos con fines religiosos y sociales. Organizó el gremio de los lustrabotas y ubicó sus sitios de trabajo al lado de la catedral. Apoyó el Patronato de niños pobres y carnetizó a los indigentes para ayudarles con ropa, comida y asistencia médica y espiritual.
Con Doña Carmelita Vinasco el padre Hoyos  dio forma a la Sociedad de Santa Zita que agrupó a las trabajadores domésticas, cuya fiesta celebró el 27 de abril de cada año con agasajos y muchas veces con una romería a visitar al Milagroso de Buga.


En la revista “Civismo” aparece una anécdota que ilustra el temperamento jovial del padre Hoyos.
Estaba en su estudio de la Basílica, cuando alguien muy alterado llamó por teléfono.
“Es cierto que murió el padre Hoyos?-
-Quién yo?-
Si, usted padre. Verdad que murió- Verdad-
Bueno, pues a mi  al menos no me han dado semejante noticia- Contestó el sacerdote.
Y clic- colgó el desconcertado feligrés, quien pensaría en el momento si había hablado con un fantasma o le había tomado el pelo el presunto difunto.

El padre Hoyos gozó del aprecio del malevo de Arenales, del  peón de San  Peregrino, del cogollo manizaleño y de la amistad de varios presidentes de la república. Horas antes de morir llamó  Misael Pastrana Borrero a preguntar por la precaria salud del padre Hoyos, quien con un esfuerzo inaudito logró musitarle algunas palabras, que fueron la despedida.

El padre Adolfo hizo parte de la generación luminosa de Caldas. Con Londoño, con Robledo Isaza y otros personajes realmente valiosos gestó las obras que  engrandecieron este departamento.
El padre Hoyos Ocampo falleció el 30 de mayo de 1970. Nadie ha compendiado y resumido la hidalguía, la entereza, la capacidad de servicio y el amor por su tierra como este virtuoso levita que encarna todas las virtudes manizaleñas. .

domingo, 25 de mayo de 2014

EDUARDO ABAROA : HÉROE DE CALAMA



Alfredo Cardona Tobón



Los latinoamericanos vivimos en un  mundo prestado lejos de nuestras propias realidades; conocemos la historia europea, seguimos lo que dictan los anglosajones y menospreciamos todo aquello que va desde México  hasta la Patagonia, lo cual explica el enorme desconocimiento que tenemos de nosotros mismos.
García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo y otros autores empezaron a mostrarnos  el mundo latinoamericano y a hacernos sentir que estamos hechos del  mismo barro y que las fronteras de estos países son meras líneas trazadas por intereses mezquinos.
España nos impuso su lengua y sus creencias; Inglaterra nos expolió y sembró cizaña, Estados Unidos arrebató territorios y entre las llamadas naciones hermanas, las más fuertes se aprovecharon de las débiles, como ocurrió con Bolivia, cuyo clamor por una salida al mar no se ha escuchado y   su justo reclamo no tiene audiencia, pues se olvida o se ignora que hace 135 años los chilenos le arrebataron el litoral por la fuerza.
LA INVASIÓN CHILENA
El 14 de febrero de 1879  los chilenos desembarcaron en el puerto de Antofagasta, entonces perteneciente a Bolivia; atacaron sin previo aviso para apoderarse descaradamente del guano, del salitre, el mineral de cobre y del mar de los bolivianos.
El prefecto del departamento del  Litoral, Severino Zapata, sin recurso alguno para hacer frente a la invasión, se retiró al poblado de Calama en donde hacendados y peones bolivianos se estaban organizando para repeler a los chilenos
Como se demoraban las fuerzas del altiplano boliviano, el forense Ladislao Cabrera reunió 142 civiles y dos militares retirados y con unos pocos rifles hizo frente a 500 militares chilenos, curtidos en la lucha contra los mapuches, dotados de cañones y armamento moderno y con  varias columnas de caballería.
En la madrugada del 23 de marzo los invasores llegaron a Calama, pensando, que al igual que en Antofagasta no iban a encontrar resistencia pero se equivocaron; los voluntarios de Ladislao Cabrera estaban atrincherados en tres puntos cercanos a Calama. Pese a la enorme diferencia en hombres y armamento los  bolivianos rechazaron la vanguardia chilena  de cazadores a caballo; en el vado de Huaita cayeron siete chilenos y en el vado de Topáter se toparon con ocho valerosos rifleros que bajo el mando de Eduardo  Abaroa les cortaron el paso.
LOS HÉROES DE TOPÁTER
Días antes del combate de Calama,  Ladislao Cabrera designó a Eduardo Abaroa subjefe del destacamento de  Calama con el grado de coronel;  Abaroa, al igual que los demás voluntarios bolivianos, no había empuñado un arma en su vida, era un simple comerciante metido a la minería, que vendía harina y cebada.
Al aceptar el cargo, Eduardo Abaroa sabía que se estaba embarcando en una misión suicida; por eso,  se apresuró a contraer nupcias por poder con Ivone Rivero, madre de sus hijos, y organizó sus asuntos personales.
La resistencia en el vado de  Topáter fue encarnizada pero inútil; el coronel Villagrán reforzó el ataque chileno y cercó a los bravos rifleros bolivianos.
¡Ríndase!- Ríndase!- gritó Villagrán a Abaroa , que  era, quizás,  el único defensor que quedaba vivo.
-¿Rendirme yo?- ¡ Qué se rinda su abuela- Carajo¡- Fue la respuesta de Abaroa
Tres tiros del cañón Krupp resonaron en el vado, tronaron los fusiles chilenos y Eduardo Abaroa cayó traspasado por tres disparos. Los chilenos  entraron a Calama después de tres horas de lucha. Tendidos en los matorrales quedaron 20 bolivianos mientras los chilenos recogían 7 de los suyos. Los chilenos rindieron honores a Eduardo Abaroa, cuyos restos se trasladaron en 1952 a La Paz con todos los honores.
LA GUERRA CONTINÚA
Para hacer frente a la invasió, los bolivianos formaron la V división bajo el mando del general Narciso Campero; pero más que un cuerpo militar era una montonera: sin uniformes, sin alimentos ni forrajes suficiente,s donde se destacaba una escuadra de francotiradores y una unidad de caballería.
Mientras la V División esperaba ordenes en Potosí, los sobrevivientes de Calama se internaron en el desierto de Atacama y se reorganizaron en guerrillas que acosaron a los chilenos; el 10 de septiembre de 1879  los comandantes Jaime Ayo y Toribio Gómez emboscaron un piquete de cazadores chilenos que reaccionaron y dieron de baja a 13 bolivianos incluyendo a los jefes de la guerrilla.
Una avanzada de la V División  dirigida por  Carrasco cruza la cordillera y  el 25 de noviembre de 1879  toma el poblado de Chiuchiu y luego ataca a San Pedro de Atacama ocupado por los chilenos que se retiran hacia el desfiladero de Tambillo, no muy lejos de esa aldea. El combate empieza en las primeras horas del 6 de diciembre. Tras un corto tiroteo los chilenos agotan sus municiones y se retiran  seguidos por los jinetes bolivianos que asesinan a casi todos los enemigos.
Carrasco solicita ayuda y como no llega esa ayuda, Carrasco abandona a San Pedro de Atacama y regresa al altiplano, en tanto que los chilenos envían más tropas y entran de nuevo a la población.
Los chilenos establecieron una línea de contención en espera de la V División boliviana. El presidente boliviano Hilarion Dazo  temiendo que el general Campero lo opacara ante la opinión nacional abortó la misión de la V División, y en marchas y contramarchas la replegó hacia Oruro.
El 5 de abril Chile declara la guerra a Bolivia y el Perú y peruanos y bolivianos combaten al enemigo común. Cuatro divisiones bolivianas con 7360 hombres llegan  a Tacna y se desplazan con dificultad por las arenas del desierto de Atacama pues los chilenos han destruido la flota peruana y son dueños del mar.
Los chilenos desembarcan en  el puerto de Pisagua y arrollan dos  batallones bolivianos; en el Alto de la Alianza las fuerzas aliadas  se enfrentan a los chilenos con los sones de la marcha de “La Cantería” ; “Agárrense rotos que entran los colorados dice el comandante; pero pese a su valentía perece el 50% de la División Colorada y el 85% de la División Amarilla, y el invasor puede continuar  su marcha hacia Lima.