sábado, 18 de octubre de 2014

LA VISITA DEL OIDOR LESMES DE ESPINOSA Y SARAVIA


Alfredo Cardona Tobón.*


 

Si el Oidor  Mon y Velarde marcó el  futuro de Antioquia, al sembrar las semillas de superación y amor por el trabajo, al doctor Lesmes de Espinosa y Saravia, "Oidor más antiguo de la Real Audiencia del Nuevo Reino de Granada", se debe el repoblamiento de esta región, que en el siglo diecisiete parecía condenada a convertirse en una selva desolada.


El 16 de noviembre de 1626 la Real Audiencia de Santafé designó a Lesmes  Visitador  de las provincias de Anserma y de Cartago, con poderes absolutos para revisar los títulos  de  las encomiendas, tasar indios, imponer tributos  y dictar sentencia en los pleitos pendientes, que se tornaban eternos según la vieja usanza española.

 El 10 de enero de 1627 el Oidor llegó a Ibagué y se detuvo unos días mientras las cuadrillas de nativos abrían una precaria trocha para remontar la cordillera y descolgarse hasta las selvas del Quindío. Después de 35 días de penosa travesía, Lesmes llegó a Cartago a lomo de indio y tomó el escabroso camino del Alto del Rey con rumbo a la aldea de Ansermaviejo.

Fue un viaje lleno de peligros, cruzando caños y torrentes, por una región desierta, con nativos desparramados por el territorio bajo la férula de encomenderos que vivían muy lejos de las comunidades, y con escaso interés por el adoctrinamiento cristiano, el mensaje de la civilización o el bienestar de los indios.

El Oidor Lesmes recorrió el  antiguo dominio  de los ansermas y sólo encontró ruina y miseria. Las comunidades diezmadas por la viruela, el trabajo mitayo y los ataques de los chocoes parecían destinadas a la extinción. El 8 de marzo de 1627 el  ilustre visitante, que parecía incansable, pese a su edad,  reunió a los 63 tributarios de la parcialidad de Guática y escuchó sus quejas. Se dolían del trabajo sin paga y de la falta de un cura  doctrinero.  Lesmes amonestó al  encomendero Vicente Tamayo, ordenó que agrupara a los guáticas,  nombró un cura permanente y les asignó terrenos aptos para sembrar maíz..

El Oidor continuó el recorrido por las minas de oro  de Buenavista, pasó por un lado del cerro  Batero, que entonces llamaban Carambá, y habiendo caminado como una legua, según dicen las crónicas,  vio y descubrió un valle que llaman Quinchía, de montes bajos y cañaverales, al parecer de fértiles tierras, donde vio muchas casas y bohíos que confundió con el repartimiento de Opirama.

En el sitio de Donjuán  un  grupo pequeño de nativos esperaba con temor a Don Lesmes. El cacique Francisco Tunia se quejó del maltrato de Antonio de Moreta, también encomendero de los paeces, a cuyo territorio enviaba los vecinos sin importar que hablaban otra lengua, tenían otra cultura, y dejaban sin amparo mujer e hijos.

El  17  de marzo,  el  infatigable Visitador, llega a  la Encomienda de Francisco Herrera donde reunió la gente dispersa en el pueblo de "La Montaña", ubicado en las tierras altas del actual Riosucio. Como en la iglesia de la aldea no encontró ni ornamentos, ni campana, ni misal, ni vinajeros.. ordenó que se entregaran los haberes de la Encomienda para destinarlos a la Casa de Dios.

Después de reunir a otros nativos en las aldeas de San Lorenzo y de Supía,  y de palpar sobre el terreno las vicisitudes de la Villa de Arma, Lesmes regresó a Cartago.

La presencia del Oidor  se pregonó en la plaza pública.  El 24  de  abril  los  encomenderos  presentaron títulos y una relación juramentada de los indios a su cargo. En los documentos aparecen 15 encomiendas, incluyendo las desaparecidas de Gaspar de Salinas y de Pedro Urueña. El Oidor consideró extinguidas las de Luisa Velásquez y de Álvaro Bedoya,  pues en ellas no quedaban indios  " útiles".

Al igual que en Anserma las encomiendas de Cartago estaban al borde del colapso. Las mayores tenían en promedio 25 tributarios y las menores apenas  dos.  Casi  todos  los  pueblos  quimbayas  se habían desvanecido, en parte por las enfermedades y en parte  por los ataques pijaos que los obligaron a desplazarse hacia Mariquita, Ibagué, Tocaima, Toro y Marmato. A la emigración se sumaba el desinterés de los encomenderos en proteger a los americanos sometidos y en pagar los tributos que le debían al rey.

El viaje del Oidor a la región impidió el despoblamiento total,  frenó el abuso de los encomenderos quienes hasta entonces no habían sentido el peso de la ley del Rey y dio una luz de esperanza a las comunidades oprimidas, que muy pocas veces habían podido elevar sus quejas  y reclamos.

 

viernes, 17 de octubre de 2014

LOS CLEMENTES Y SAN CLEMENTE- GUÀTICA-


Alfredo Cardona Tobón.

 


A finales del siglo XVI los españoles desplazaron los indios  del valle de Amiceca a las frías laderas situadas al norte de Ansermaviejo. El 8 de marzo de 1627 el Oidor Lesmes de Espinosa y Saravia ordenó a la encomendera María Rengifo la agrupación de esos nativos alrededor de la doctrina de Guática.

Cuando se  agotaron los filones de oro de Quiebralomo y las enfermedades y la violencia europea acabaron con las tribus del Chocó, los menguados habitantes de Guática pudieron malvivir en paz, libres de levas y mitas, en una tierra pobre que apenas daba una rala cosecha de maíz al año.

Llegó la Independencia y pasaron las guerras civiles del siglo XIX. Ni una ni otras afectaron a Guática: Su pobreza franciscana y la escasa población la situaban lejos de las ambiciones de generales y políticos. La situación empezó a  cambiar, para su desgracia, cuando aparecieron los paisas en busca de tierras  sin  zancudos ni plagas y con pastos para sus ganados.

Desde 1850 los antioqueños fundaron  en el Resguardo de La Montaña  una pequeña población que denominaron  Oraida .Después se desplazaron por el filo de la serranía de Cuscús, dieron vida al caserío de Llanogrande  e invadieron el Resguardo de Guática.

El ganado blanco orejinegro se regó por las lomas tomando posesión de la tierra, mientras bandas armadas  empujaban a los nativos hacia las partes bajas, y  leguleyos sin escrúpulos completaban  el despojo  de una manera legal.

En 1871 llegó a la zona de invasión el padre Ignacio Velásquez, un rudo sacerdote que en sus años mozos fue peón de carga. El levita atendió  a sus paisanos y se impuso la tarea de rescatar el alma de los sufridos  nativos,  pues sus existencias en medio de la miseria y  los abusos no parecían  interesar al cura ni a sus paisanos.

Los guatiqueños eran católicos . No en vano habían sostenido doctrineros desde los tiempos de España Pero según el sacerdote Velásquez estaban infectados por las orientaciones nefastas de los radicales de Quinchía y Cartago, quienes a más de ser anticlericales se oponían a la penetración  de la civilización antioqueña .

Al estallar la guerra de 1876  Velásquez se enroló como capellán de las tropas conservadoras de Marceliano Vélez. Tras la derrota  de sus copartidarios  el padre se refugió en Salamina. De allí lo sacaron sus superiores para evitar problemas con el gobierno  de Pascual Bravo, debido a la  intromisión política del clérigo.

 El padre Velásquez  regresó a Guática y con renovados bríos se puso al frente de la viceparroquia de la aldea de Pueblo Nuevo.

Por ese entonces Riosucio era capital de la Provincia de Marmato. Al frente de sus destinos estaban los hermanos Díaz, veteranos de las pasadas guerras, empresarios de alto vuelo y reconocidos hombres cívicos.

Clemente Díaz Morkum apoyó la colonización antioqueña de Guática. Al punto de Mismís llevó familias ultraconservadoras de Carmen de Viboral y  de Marinilla que se unieron a los ganaderos de Oraida para levantar el caserío de Pueblo Nuevo.

El objetivo de los riosuceños era establecer una cuña conservadora en  medio de los Resguardos liberales de Quinchía, Guática y Arrayanal. En esa forma podrían controlarlos  para neutralizar la acción de los radicales de Cartago.

En 1898 Pueblo Nuevo queda como cabecera de municipio con las aldeas de Guática, Arrayanal y Quinchía como corregimientos. Los paisas del distrito manejan el Concejo y la administración. Los recién llegados no satisfechos con las tierras que toman a la brava, tratan de apoderarse de las minas de carbón. Los  habitantes de Quinchía  reaccionan con violencia y se abre una brecha entre  las dos comunidades con resultados dolorosos en los años futuros.

El  sacerdote Clemente Guzmán está al lado de los paisas de Pueblo Nuevo, que entonces se llamaSan Clemente. Los antioqueños quieren acabar con Guática y trasladar a sus habitantes al nuevo poblado. Necesitan peones baratos y como en la época encomendera, tratan de repetir la historia. Cuando se ultiman los detalles del traslado estalla la guerra de los Mil Días.

El conflicto arruina a Nazareth, cuyos habitantes presionados por las guerrillas de Quinchía abandonan en gran número al primitivo Pueblo Nuevo y se establecen en Guática, donde reafirman su  predominio absoluto en las tierras de la antigua parcialidad indígena. 

En 1948 los primitivos pobladores de Guática han perdido casi todas sus tierras. La violencia política empuja a los  a  los pocos sobrevivientes al sitio de Varales donde fundan un pueblito que bautizan Santana por petición del Obispo Tiberio Salazar.

El último gobernador indígena de la parcialidad murió hace unos diez años. Don Manuel  Tonuzco conservó, hasta sus últimos días, los documentos que mostraban la tragedia de su raza. El anciano guatiqueño hablaba de una campana que enterraron sus ancestros cuando los paisas intentaron  trasladarlos a la cuchilla de Mismís. Decía que en algún lugar de Guática esa campana iba a sonar cuando resucitara su pueblo. Quizás será en el Juicio Final, pues las huellas y recuerdos de los indios de Amiceca muy pronto desaparecerán  para siempre.

 

lunes, 13 de octubre de 2014

CAMILO MEJÌA DUQUE: EL SALAMINEÑO QUE MANDÒ EN PEREIRA


Alfredo Cardona Tobòn



En el siglo XIX y hasta muy avanzado el siglo XX los llamados “caciques” o barones electorales manipularon el poder en las regiones colombianas. En nuestra región  el más connotado cacique político fue Camilo Mejía Duque, quien para afianzar y mantenerse en el poder utilizó sagazmente  las tácticas del compadrazgo, con un carisma tan especial que  el pueblo raso lo sintió como parte suya.

Camilo encarnó un fenómeno social que enfrentó a las castas tradicionales y permitió canalizar el poder del pueblo de tal manera  que zonas tradicionalmente conservadoras votaron por sus listas liberales. Durante medio siglo la recia personalidad  de Camilo Mejía envolvió la existencia de Pereira y del Occidente caldense con la garra y el conocimiento para manejar a la gente que nadie ha podido igualar.

La época dorada de Camilo abarca los años sesenta del siglo pasado, cuando su poder no tuvo sombra en el recién creado departamento de Risaralda. El astuto “manzanillo” ofrecía apoyo  a cambio de votos y como tenía en su puño la maquinaria administrativa todo giraba en  su derredor y nada se hacía sin  su bendición .

Camilo Mejía Duque apuntaló el liderazgo de los capitanes barriales y consolidó una fuerza electoral con amigos y compadres que remplazaron a los “blancos”  de las castas tradicionales. Tenía el don de conocer por su nombre a todos sus simpatizantes y la paciencia para oír las lamentaciones de las comadres. Su saludo de abrazo incluía preguntas sobre la esposa y los hijos, la novilla recién parida y las necesidades que agobiaban a las paupérrimas comunidades  de nuestros pueblos y veredas. El testimonio de un vecino de una zona de invasión en Pereira muestra la empatía de la gente con el “Negro” Camilo: “En medio de esa cosa tan terrible que nosotros teníamos  acá en los años sesenta apareció la mano de Camilo Mejía Duque… porque ese señor con nosotros fue padre, defensor, fue todo.”

Camilo nació el 23 de agosto de 1905 en Salamina, Caldas, cuna de los patricios que modelaron a Manizales, a Pereira y a Armenia. Por sus apellidos Mejía y Duque era evidente que descendía de labriegos de rancia estirpe; su padre era propietario de unas tierras frías que le daban alguna comodidad, así que tampoco era pobre. Lo de “Negro”, como se le distinguió, fue un  recurso que utilizó  para acercarse a los electores, porque no era negro por etnia ni por posición social o económica. Silvio Villegas al referirse a la cuestión política del Departamento dijo en cierta ocasión: “ Es en Caldas donde ocurren las cosas más curiosas, por ejemplo: el jefe de los “negros” de Pereira es el más blanco de los blancos.”

Cuando Camilo alargó  pantalones, Salamina le quedó chiquita, y aconsejado por su madre, cualquier día tomó camino y ancló en Pereira donde desempeñó el cargo de contador en una empresa privada. En la campaña presidencial de Olaya Herrera, Camilo recorrió calles y caminos con una bandera roja invitando a los ciudadanos a engrosar las filas liberales; así empezó una carrera política sin  parangón en la región; en poco tiempo este activistas de gruesas gafas se apoderó del espacio reservado a los “blancos” de Pereira, llegó al Congreso y extendió su  poder por todo Caldas.

TIEMPOS DIFÌCILES

En la violencia de mediados del siglo XX nada ni nadie amilanó a Camilo: el nueve de abril de 1948 cayó asesinado en Bogotá el líder Jorge Eliecer Gaitán .Ese día fue infernal en la capital y en muchos sitios de Colombia. Camilo no había sido gaitanista, era un fiel seguidor de Gabriel Turbay, pero  en la tarde de esa fatídica fecha, en un gesto de osadía, o simplemente de repudio al magnicidio, presidió una Junta Revolucionaria que designó a Jesús Cardona alcalde de Pereira.  En esos trágicos momentos la posición de Camilo y sus amigos fue mesurada y pacífica, no incitaron al desorden ni al caos, fue en resumen un chispazo de rebeldía, un gesto teatral, contra un régimen que detestaban.

A partir del nueve de abril de 1948 arreció la persecución contra los opositores al gobierno de Ospina Pérez; los “pájaros” organizaron una cacería para asesinar a Camilo Mejía.  En  una oportunidad agregaron arsénico al plato que iba a consumir en un hotel; en otra se salvó de una descarga cerrada de revólver y por tercera vez escapó de la muerte cuando una anciana escuchó en el tren la conversación de unos sujetos y previno al dirigente liberal.

A través de las Juntas de Acción Comunal, el “Negro Camilo”  apoyó a los desplazados de la violencia y movió todos los hilos para darles techo y pan en esos momentos difíciles. Durante el régimen liberal y parte del Frente Nacional Camilo Mejía manejó el poder en Caldas y luego en Risaralda. Quienes hablan del centralismo manizaleño ignoran que durante décadas no se movió una hoja sin el consentimiento del salamineño  que estuvo todo el tiempo en  Pereira.

Según Gustavo de la Pava, Camilo era una persona sin formación académica que manejaba el partido como un feudo de su propiedad, Mario Gartner decía que para ser Camilista había que hacer voto de castidad intelectual; posiblemente a Camilo le estorban los “doctorcitos”  en su movimiento, pero eso no impide reconocer que  Camilo  era un maestro en el arte de manejar y satisfacer a su clientela y supo identificarse con el pueblo que lo oía y le servía.

Camilo Mejía Duque tuvo la desventaja para sus opositores de ser un hombre honesto, y por eso no tuvieron   herramientas para combatirlo y quitarle el poder. El “Negro”  se fue cansando de mandar y al fin, cuando le dio la gana, le dejó el campo a unos muchachos ambiciosos y con doctorados en USA, convencidos de que Pereira y Risaralda empezaba con ellos.