jueves, 30 de octubre de 2014

LAJUNTA SUPREMA DE CALI


Alfredo Cardona Tobón*
 
 

Al empezar el siglo XIX la banda occidental de nuestro río Cauca pertenecía a la jurisdicción de Ansermanuevo en la provincia de Popayán. Era una zona con poblaciones indígenas en las aldeas de Tachiguí, Guática, Ansermaviejo, Quinchía, Quiebralomo, La Montaña, San Lorenzo y Supía, y asentamientos negros en Guamal y Marmato.

Era una zona pobre que subsistía del barequeo del oro, de cultivos de subsistencia y estaba cruzada por un camino que iba de Medellín a Cartago, con un ramal hacia el páramo de Herveo y otro que llevaba al Arrastradero de San Pablo entre los ríos Atrato y San Juan.

En ese territorio de pocos habitantes no había problemas entre criollos y chapetones pero sí confrontaciones frecuentes entre las parcialidades indígenas a causa de los linderos de los Resguardos y por los ‘cosechaderos’ de maíz a orillas del Cauca y del río Opiramá.

ANTECEDENTES

El control español en el Valle del Cauca fue difícil. La gente de color de LLanogrande y de Buga se levantaron varias veces contra la administración  colonial para oponerse a los reclutamientos que se llevaban a cabo para abrir el camino del Dagua. Además,  desde 1743 la familia Caicedo y los españoles se enfrentaron violentamente en busca del control del Cabildo de Cali.

Las autoridades coloniales gobernaban en los centros poblados, pero en la periferia y en las zonas alejadas las comunidades vivían “arrocheladas”, es decir, sin Dios y sin ley. Era poco el respeto por las dignidades coloniales y el grito de ¡mueran los chapetones! se oía cada vez que se rebelaban  los negros del Bolo y los pardos del resto del territorio.

LA JUNTA DE CALI

Fue enorme la influencia de Ignacio de Herrera y Vergara entre sus amigos caleños. El Doctor Herrera era Síndico  Procurador del Cabildo de Santa Fe de Bogotá; fue uno de los más preclaros artífices de la independencia granadina y guía de Fray José Joaquín Escobar, considerado como el director espiritual del movimiento revolucionario en el Valle del Cauca.

Los ejemplos de Quito y de Cartagena indujeron a los caleños a establecer una Junta de Gobierno independiente de la Junta que también se formó en Popayán bajo el control del gobernador Tacón y Rosique.

Infortunadamente se perdió el Acta de la Junta caleña del tres de julio de 1810; no obstante, un documento encontrado en los legajos del Archivo de Cartago (número 57 de 1810) avala el extraordinario suceso. En él,  la Suprema Junta de Santa Fe de Bogotá acusa recibo del Acta caleña del tres de julio y manifiesta que Cali tendrá el honor de decir a la posteridad que se anticipó a manifestar los sentimientos que movieron a los santafereños y correr los riesgos a que lo exponía su declaración. También  reconoce el papel de Ignacio de Herrera, ilustre caleño,  hijo de un suelo que tiene como Ignacio otros no menos defensores de la Patria, con quienes ella siempre contará agradecida.

Cuando Tacón conoció las intenciones de los criollos disolvió la Junta de Seguridad de Popayán e intentó hacer lo mismo con la Junta de Cali; pero el Cabildo y el pueblo de Cali, con sorprendente habilidad, enarbolaron la defensa del territorio vallecaucano contra las amenazas del gobernador de Popayán y consiguieron la adhesión de las ciudades de Caloto, Buga, Cartago, Anserma y Toro.

La confederación vallecaucana  organizó tropas y de inmediato solicitó el apoyo de la Junta Suprema establecida en Santa Fe el 20 de julio de 1810, que envió al comandante Antonio Baraya con un selecto escuadrón de caballería.

Ciudades, villas y aldeas del Valle del Cauca se unieron para la defensa: Ansermanuevo y Cartago aportaron tropas, Quiebralomo aportó oro y plata al igual que Nóvita y La Plata.

LA JUNTA SUPREMA DE LAS CIUDADES CONFEDERADAS

El primero de febrero de 1811 las seis ciudades amigas instalaron una Junta Provisional de Gobierno con vocales de cada una de esas ciudades y con Fray José Joaquín Escobar como Jefe de Gobierno.

Para evitar el malestar popular, la Junta suspendió la leva de tropas y organizó una milicia veterana con asiento en Buga; para impetrar el auxilio divino nombró  a la Virgen Santísima de Las Mercedes como patrona y capitana de la milicia.

Una vez instalada la Junta los cabildos de la Confederación la reconocieron. Es significativo el juramento de fidelidad de Ansermanuevo, pues en el Acta figuraron los notables y numerosos ciudadanos del común.

Ansermanuevo cumplió lealmente sus compromisos con la Junta Suprema y en los difíciles años que siguieron apoyó sin reservas a Santa Fe de Bogotá y al gobierno centralista de Antonio  Nariño. Por esa adhesión, se convirtió en la primera víctima de los enfrentamientos fratricidas y sufrió los atropellos del “Fogoso” Gutiérrez en su paso hacia el sur de la Nueva Granada.

El gobernador Tacón y Rosique trató de erosionar la unión de las ciudades vallecaucanas y por intermedio de algunos frailes intentó atraer al cabildo de Buga que recomendaba una conciliación con Popayán. Al no lograrlo, Tacón movió tropas hacia Santander de Quilichao ante lo cual la Junta Suprema  ordenó la interceptación de toda comunicación con Popayán, prohibió el envío de víveres y dispuso el avance de sus tropas  para atacar la fuerza de Tacón y Rosique.

Las tropas de  uno y otro bando marchan al encuentro en la pequeña planicie de Palacé donde las fuerzas patriotas de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca, empiezan a labrar la independencia total de la Nueva Granada.

martes, 28 de octubre de 2014

LA INDEPENDENCIA EN LA COSTA ATLÀNTICA DE COLOMBIA


Alfredo Cardona Tobón

 


Para evitar la intromisión de Napoleón en América, las Cortes de Cádiz propusieron la formación de Juntas de Gobierno ajenas a las influencias del rey impuesto a los españoles por las tropas francesas.

El 22 de mayo de 1810, Don Antonio de Narváez, diputado del Nuevo Reino de Granada a las Cortes de Cádiz, y Don Antonio Villavicencio, comisionado de la Regencia, se reunieron con el gobernador de Cartagena de Indias, los miembros del Cabildo y los ciudadanos más distinguidos del puerto, para establecer una Junta donde habría un co-gobierno de peninsulares y criollos.

Aunque el gobernador Montes aceptó inicialmente la Junta, después se arrepintió del pacto suscrito con los criollos y siguió dirigiendo la provincia de Cartagena a su antojo. Los miembros del Cabildo tacharon la conducta del alto funcionario de despótica y arbitraria y corrió el rumor de que los franceses en asocio con el gobernador iban a vender a los cartageneros como esclavos. El malestar contra el gobernador  creció en los barrios populares y el 14 de junio de 1810 una rebelión de notables y populacho permitió el derrocamiento de Montes y el nombramiento de  un gobernador interino.

 

LA JUNTA DE CARTAGENA

 

La Junta del 22 de mayo se reorganizó a fines de 1810  con representantes de Tolú, San Benito, Mompox y Simití. Era una Junta de notables de toda la provincia, sin presencia del pueblo, cuyos miembros gobernaron en nombre de Fernando VII en forma autónoma y sin contar con el  resto de la Nueva Granada.

Por la importancia militar y comercial del puerto, la Junta de  Cartagena se consideró al mismo nivel de la  Junta establecida en Santa Fe el 20 de julio de 1810. Pronto se enfrentaron las dos Juntas pues Cartagena proponía una organización federal con provincias soberanas y Santa Fe buscaba un sistema centralista. Desde los primeros meses del gobierno criollo, y sin haber decidido si continuaba dependiendo de España, la Nueva Granada se dividió, creando las barreras que más tarde dieron al traste con la llamada Patria Boba.

La Junta de Cartagena con sus secciones de Gobierno, Justicia y Hacienda administró la provincia en nombre del rey pero no acató las órdenes de la Regencia española, que decía representar a Fernando VII, entonces prisionero en Bayona. La  ambigüedad de los notables los hacía sospechosos a los ojos de los peninsulares, cuyos suboficiales del Regimiento Fijo, acantonado en Cartagena, decidieron recuperar el control de la plaza. El plan fue descubierto y  la ciudad amurallada  se libró de quedar bajo el dominio español como lo estaban las ciudades de Santa Marta y Riohacha.

 

LOS SUCESOS DE MOMPOX

 

La libertad  ha florecido en la costa del Atlántico, donde el hombre en simbiosis con el trópico y la naturaleza, no se resigna al  escarnio de los opresores. Fue feroz la resistencia de las tribus al invasor europeo; allí surgieron los palenques negros que mantuvieron a raya a las autoridades coloniales, y el coraje costeño dio ejemplo a la nación en la lucha por la independencia y  contra los tiranos de todos los partidos.

En la costa empezó el movimiento libertador y fue Mompox la primera ciudad granadina que rompió definitivamente sus lazos con la metrópoli. En junio de 1810 los mompocinos, dirigidos por los hermanos Gutiérrez Piñeros, se rebelaron contra las arbitrariedades del coronel Talledo y establecieron su propio gobierno. Después de los sucesos del 20 de julio en Santa Fe, el Cabildo firmó su adhesión a la Junta de Santa Fe, declaró la independencia de España y desconociendo la autoridad cartagenera  erigió a Mompox como cabecera de una provincia soberana.

 

EL 11 DE NOVIEMBRE DE 1811

 

La Junta de Cartagena crea un caos con sus tesis federalistas. Algunas provincias  reconocen a Fernando VII y a la Regencia, otras solamente a Fernando VII y unas pocas se declaran por la libertad absoluta.

Los notables de Cartagena tildan a Nariño de demagogo y de tirano y al pueblo santafereño de “ plebe insolente de miserables indios”. Desean una satrapía oligárquica y absolutista, para atender sus propios intereses, y por eso van contra el gobierno santafereño y contra la autonomía de Mompox, al que reducen y dominan con las armas.

La beligerancia de la clase dominante cartagenera, que hace causa común con la oligarquía santafereña,  enardece a los hermanos Celedonio, Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres, que levantan el pueblo del puerto amurallado, como lo hicieron en Mompox,  y se van lanza en ristre contra los notables que se aferran al poder.

Los Gutiérrez Piñeres consiguen el apoyo de las milicias cartageneras, compuestas en su mayoría de negros e indios, y proponen a la Junta de Gobierno la declaración de Independencia del monarca y la nación española.

Llega el 11 de noviembre de 1811. Las horas pasan, los debates se alargan y  parece que los representantes no quieren hablar de la emancipación de la provincia. Al caer la tarde y viendo que se levantaba la sesión, los Gutiérrez Piñeres movilizan las barriadas cartageneras, como lo hizo Carbonell con el pueblo santafereño, y una masa armada de palos, lanzas e instrumentos de labranza toma el Palacio de Gobierno, y a la fuerza obliga a los notables a desconocer el gobierno español y  firmar el acta de independencia.

El 12 de noviembre la multitud oscura y parda del puerto continuaba celebrando el triunfo: ¡ Viva la Independencia!. ¡ Viva Santa Fe!. ¡Viva Cartagena! – eran los gritos que resonaban en los rancheríos del Morro, los Castillos y Bocagrande.

El pueblo de Santa Fe- relata Indalecio Liévano Aguirre- celebró como propia la victoria del pueblo cartagenero. Pero los Gutiérrez Piñeros, como sucedió con Nariño, no aprovecharon el furor popular. Los criollos tibios quedaron al mando en Cartagena, al igual que en Santa Fe,  pensando más en sus bolsillos que en el futuro y la felicidad de la Patria.

 

domingo, 26 de octubre de 2014

CONFLICTOS EN LA FRONTERA ENTRE ANTIOQUIA Y CAUCA


 Alfredo Cardona Tobón.*

 
Villamarìa  en primer plano y en la cuchilla de atrás està Manizales
 


Las relaciones de Manizales con los poblados vecinos no fueron siempre color de rosa. Durante el gobierno de Pedro Justo Berrío partidas armadas de Neira, capitaneadas por Servando Marulanda, invadieron territorio manizaleño con el natural sobresalto de sus habitantes. El alcalde  protestó ante las autoridades del distrito norteño amenazando con impedir tales desmanes, así tuviera que emplear la fuerza.

Las protestas de los burgomaestres de Manizales por el envío de vagos y gente indeseable de Salamina y otros municipios antioqueños fue constante a mediados del siglo diecinueve. Este problema disminuyó, en gran parte,  cuando la localidad tomó importancia comercial y política y dejó de considerarse como un rincón perdido en la geografía  paisa.

Con los vecinos del Cauca los roces fueron muy graves, a veces con derramamiento de sangre. En la ciudad fronteriza se topaban dos culturas, dos identidades con valores diferentes, enfrentados a menudo por cuestiones políticas y raciales.

Del río Chinchina hacia el norte estaba la Antioquia clerical, de doble moral, conservadora y relativamente próspera. Hacia el sur se extendía el Cauca liberal, de principios laxos y económicamente más débil.

En la Aldea de María se concentraban refugiados políticos que conspiraban contra el régimen antioqueño; en Manizales buscaban refugio los perseguidos por el régimen liberal del Cauca, quizás más corrupto que el antioqueño e igualmente violento y excluyente.

A lado y lado del Chinchiná medraba  una población flotante de contrabandistas, abigeos y oportunistas que se desplazaban de un estado a otro de acuerdo con sus conveniencias.

 

EN  TIEMPOS DE MELO.

 

Tras el levantamiento de Francisco de Paula Albarracín  en favor de la dictadura, el avance melista hasta Mariquita y las insurrecciones en Salamina y Neira, los manizaleños vieron melistas por todos los rincones. Como la Aldea de María respaldó a Albarracín, el Prefecto de la Provincia prohibió el enganche de aldeanos en la milicias constitucionales y se impidió el acceso de los habitantes de María a los edificios gubernamentales de Manizales.

Suponían que todo aldeano era un espía o un rebelde que buscaba infiltrarse en las filas de la legalidad.

 

EL BLOQUEO DE LOS CAMINOS.

 

Después de la intentona de anexar la Aldea de María a la Provincia de Córdova para favorecer los intereses de la Compañía González y Salazar, las relaciones  entre Manizales y la Aldea se deterioraron notablemente.

En 1855 los aldeanos suspendieron por la fuerza los trabajos del camino que pretendía unir a Manizales con el río Magdalena y el 10 de marzo de 1857 bloquearon la vía que comunicaba el distrito antioqueño con el Cauca. Ante la enérgica protesta de Medellín, que pudo conducir a un conflicto armado, el gobierno caucano destituyó al Regidor de María y lo juzgó por abuso de autoridad y mal desempeño en el ejercicio de sus funciones.

En la guerra de 1860 los antioqueños capitulan y las tropas del Cauca imponen un gobierno radical  en La Montaña. Pese  a la derrota el conservatismo paisa conserva su fortaleza y controla de hecho la mayor parte del territorio. Las tropas liberales del Cauca y de Antioquia trasiegan constantemente los caminos fronterizos tratando de conservar su frágil hegemonía. Para disminuir distancias se construye el camino del Tablazo, que evita la llegada a María y conecta directamente a Manizales con Santa Rosa.

Como cada distrito debe auxiliar las tropas,  la Aldea de María trata a toda costa de mantenerse al margen del tráfico y Manizales busca que los militares pernocten en la aldea caucana. El camino del Tablazo se bloquea una y otra vez y  sucede lo mismo con el que conduce a  María.

 

EL FOGONAZO DE LOS RIFLES.

 

En diciembre de 1863 los conservadores retoman el poder en Antioquia. Los liberales del Cauca los acosan desde Supía y la Aldea de María intentando desestabilizar su revolución.

El 7 de enero de 1864 una columna manizaleña ataca la Aldea de María invocando el Derecho de Gentes que justifica la invasión en defensa propia. La débil fuerza caucana acantonada en María es incapaz de resistir el embate de Antonio Jaramillo y su tropa, que entra al poblado, lo saquea, toma prisioneros y se roba cuanto caballo y mula encuentra en sus mangas.

En 1876 se repite la escena. En la guerra promovida por los antioqueños contra el gobierno central,  la gente del general Casabianca entra a Villamaría, la saquea nuevamente, ataca a niños y mujeres que se refugian en un campamento sanitario y quema numerosas viviendas.

Meses más tarde se voltea el Cristo. Cae Manizales en poder de los liberales y tras la capitulación del 5 de abril de 1877, los villamarinos entran a Manizales  donde roban colchones, camas, gallinas, ganado y todo lo que encuentran, apaleando a cuanto vecino se atreve a salir a la calle o a hacerles frente.

 

CONTINÚAN LOS CONFLICTOS.

 

 En las últimas décadas del  siglo diecinueve los manizaleños continúan sus incursiones por tierras caucanas en busca de delincuentes  y rebeldes, sin respetar límites, pese a las protestas de los alcaldes de Villamaría y Santa Rosa de Cabal.

En la guerra de 1885 Villamaría respalda la revolución liberal, sus hombres se  suman a las guerrillas tolimenses y presentan combate en la Florida donde son derrotados y apresados por fuerzas manizaleñas.

Los roces violentos desaparecen con la creación del departamento de Caldas y con el desarrollo acelerado de  Manizales. Sin embargo  persiste la desconfianza entre los dos municipios que en el siglo veinte impidió la integración para emprender proyectos comunes y hasta para ponerse de acuerdo en el control de los borrachos trasnochadores de Manizales, que amparados por la laxitud de la autoridades villamarinas, aumentan el índice de víctimas  de la mezcla fatal del alcohol y la velocidad.