jueves, 13 de noviembre de 2014

DESDE ORAIDA HASTA EL MISMIS


Alfredo Cardona Tobón.

 
                                             Vista de Guatica- Risaralda

El 26 de octubre de 1855 la Legislatura de la Provincia del Cauca creó el Distrito de Bolívar con cabecera en Riosucio y  dio categoría de Aldea al caserío de Oraida. Dos años más tarde Oraida quedó  como corregimiento  de Riosucio y como tal sobrevivió hasta principios del siglo veinte, cuando se convirtió en una simple vereda del municipio.

Oraida fue la primera fundación paisa en la banda izquierda caucana. Vinieron colonos de  Andes, Carmen de Viboral y de Támesis  en busca de pastos y de oro y de tierras sin zancudos ni bichos. Se instalaron en la serranía del Oro, en tierras del Resguardo de La Montaña y como eran conservadores y amigos del clero contaron con todo el respaldo de la poderosa dirigencia riosuceña.

Oraida se convirtió en el centro de la colonización de la Cuchilla de Guaspaya.. Por allí entraron las familias Barreneche, Naranjo, Navarro, Ballesteros y Hoyos  cuyos descendientes se regaron loma arriba hasta El Valle del Cauca  y  hasta San José del Palmar en el Chocó.

A los primeros colonizadores del Oro se le sumaron exilados por la persecución radical de 1878 en Antioquia. Eran gentes de oriente, blancos y después con muchos albinos, quizás debido a los matrimonios endogámicos en esa comunidad aislada y reacia a mezclarse con los nativos de la región.

Los colonos de Oraida introdujeron el ganado blanco-orejinegro a la región y trajeron consigo las semillas de fríjol cargamanto. Aunque lentamente, se extendieron  por el filo de la cordillera occidental. Hacia 1870 fundaron la aldea de Llanogrande  por los lados de Barroblanco y hacia 1875 llegaron al Alto de Mismís donde establecieron el caserío de Pueblonuevo en  pleno territorio del Resguardo de Guática.

 

El avance de los oreños contó con el impulso formidable del sacerdote José Ignacio Velásquez, que sirvió de cabeza de puente en la penetración antioqueña a los Resguardos indígenas de Guática y Arrayanal. El padre Velásquez  sirvió como capellán de las tropas conservadoras de Marceliano Vélez  en la guerra de 1877. Después de la derrota  regresó a Salamina. Las autoridades radicales de Antioquia lo relevaron de su cargo en la parroquia al negar el bautismo a un niño con padrino liberal y oponerse a las órdenes del liberalismo.

El padre Velásquez se trasladó a Guática y allí  conquistó el afecto de los nativos a quienes llevó la fe cristiana y  sembró en muchos las ideas conservadoras. Con el apoyo del padre, los paisas penetraron poco a poco en el Resguardo de  Guática. Prometían manejarse bien y el gobernador Tagúnama, amigo del padre, les regalaba un lotecito. Al fin y al cabo el Resguardo era grande y los indios pocos. Luego  llegaba el suegro y los demás parientes y  sin  que los nativos cayeran en cuenta les fueron llenando la parte alta del Resguardo.  Hacia 1875 eran tantos que pudieron fundar en el Alto de Mismís el caserío antioqueño de Pueblonuevo.

 

En 1892  los antioqueños , que se aliaron con Clemente Diaz y los conservadores de Riosucio, se convirtieron en una pesadilla para los guatiqueños. Sus ganados destruyeron los maizales de los nativos , mientras bandas de matones los aterrorizaban y los desplazaban hacia las tierras palúdicas del rio Risaralda y el río Opiramá-

En 1896 Pueblonuevo, con el nombre de Nazareth, se convirtió en cabecera municipal con Guática, Quinchía y Arrayanal como corregimientos. Fue una cuña paisa y conservadora en medio de las parcialidades liberales de la región.

 

La guerra de los Mil Dias  acabó con Oraida y casi borra del mapa a Pueblonuevo. Bandidos y guerrilleros de Bonafont y Quinchía atacaron repetidamente esos caseríos, aprovechando su indefensión, pues los mozos conservadores que les hubieran hecho frente estaban en el famoso y violento Batallón Catorce combatiendo a los liberales del Chocó.

 Llanogrande sobrevivió hasta la apertura de la troncal de occidente; se llenó de maleza el camino que lo cruzaba y lo comunicaba con Riosucio y Ansermaviejo; sus habitantes emigraron poco a poco y hacia 1950 los últimos cultivos de maíz y fríjol  cedieron el terreno a bosques artificiales de pinos.

 

Por la calle del Oro en Riosucio, que lleva a la vereda con ese nombre, llegan los  domingos  los pocos descendientes de las antiguas  familias de Oraida. Bajan con sus bueyes orejinegros cargados con carbón de leña, con fríjoles y canastas de bejuco llenas de quesos envueltos en enormes hojas de tierra fria. Son rubios o albinos, aún  godos recalcitrantes y católicos fervientes con fe de carbonero. A tempranas horas llenan una  tienda llamada "La Sacristía"  donde toman sus aguardientes y despues de misa de once y antes de que el sol marque el mediodía regresan a sus  parcelas, callados, silenciosos, sin que Riosucio se de cuenta de su presencia..

 

En el Alto de Mismís , Pueblonuevo, que ahora se conoce como San Clemente,  se aferra a una carretera solitaria con el progreso marchando a paso de caracol; parece que el tiempo va en cámara lenta en la aldea: Los mismos apellidos de hace cien años, el mismo ritmo pausado con gente enruanada que se congrega a las seis de la tarde a  rezar el rosario y las recuas trillando los caminos de la serranía que han llenado de pinos y eucaliptus.

El trecho entre Oraida y la serranía de Mismis es un espinazo cordillerano azul. Creo que es tan conservador como Aránzazu donde había un solo liberal que tenía dos sedes políticas. Es un tramo de helechos y de brisa ,  de aguapanela con queso y sietecueros bordeando la carretera.

 

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA ALBANIA Y LOS DESPLAZADOS DEL PÀRAMO


Alfredo Cardona Tobòn

                                       Orlandy Loaiza

En la parte alta de Pereira, entre el Santuario de Fauna y Flora Otún Quimbaya y el parque Natural de los Nevados, serpentea la quebrada La Lorena en medio de un bosque de pinos sin guaguas ni guatines, sin osos y sin barranqueros.

Antes era un riachuelo tormentoso que se despeñaba desde las estribaciones del nevado Santa Isabel; ahora es un hilo anémico de agua           que no es ni la sombra de lo que fue cuando a lado y lado de sus orillas se extendía un monte de yarumos blancos, cedros negros, caimos, sietecueros y rapabarbas donde pululaban todo tipo de animales silvestres.

En ese silencioso bosque de pinos tampoco hay gente; pues para proteger el agua que se fue, la flora que existía y la fauna que convivía con los labriegos, los  sabios de escritorio decidieron que tenían que sacar a los labriegos que  vivían  por los lados de La Lorena.

TESTIMONIO DE UN COLONO

Don Orlandy Loaiza es un tolimense menudo, moreno, de manos callosas, sombrero, sonrisa franca y con un mundo de recuerdos. Es uno de los exiliados del páramo y  para que el pasado no se escape y se pierda en la inconsciencia de los años viejos, ha tenido el cuidado de anotar su historia en un cuaderno donde con letras garrapatudas de un labriego que apenas cursó tres meses de escuela, está plasmada la lucha y la tragedia de una comunidad.

En el Cine Club del corregimiento de La Florida, y por intermedio de su propietario Diego Hoyos, tuve la oportunidad de hablar con don Orlandy Loaiza.  Entre sorbo y sorbo de café y sin que le importara el tiempo me contó  que en los años cincuenta del siglo pasado el gobierno de Rojas Pinilla arrasó las veredas del Líbano, Tolima, con el objeto de reducir las guerrillas liberales.

Para salvar la vida, dieciocho familias campesinas lideradas por don Miguel Loiza, padre de don Orlandy,  bordearon la población de Murillo y por trochas solitarias se desplazaron por el espinazo de la cordillera en busca de un lugar donde vivir lejos de la amenaza oficial. Pasaron por un costado del nevado del Ruiz y continuaron avanzando entre espartillos y cortaderas hasta que más abajo del nevado de Santa Isabel encontraron una montaña virgen, que apenas estaba tocada por  dos familias antioqueñas.

A lado y lado de la quebrada La Lorena los recién llegados trazaron linderos y en las cuchillitas en cada ribera del riachuelo  tumbaron monte, sembraron maíz y fríjol y levantaron sus viviendas. No tenían clavos ni bisagras, carecían de cemento y ladrillos, pero contaban con el monte, llevaban herramientas y el deseo de salir adelante en una tierra sin policías ni soldados, sin jueces ni gobierno que los persiguieran.

 Con tablas amarradas a los parales con bejucos tripeperro construyeron las casas que techaron con astillas de cascarillo; por  trochas pudieron llevar las reses normadas que no les robó la tropa, al igual que unos marranos y algunas gallinas; en los abiertos sembraron cocuy y el carbón de las derribas calcinadas permitió a los  colonos mantener prendidos los fogones de piedra.

En esa forma, entre ilusiones y privaciones nació el pueblito de La Albania con mujeres de falda larga, pañolones, algunas con sombrero y largas trenzas… fue una fundación de tolimenses y gente del altiplano cundiboyacense. En La Albania no hubo capilla, pero sí un amplio salón donde doña Bertilda, que era la que tenía el conocimiento, enseñaba, escribía las cartas  y los memoriales de los vecinos

UN VIVO RECUERDO

En una hoja de papel Don Orlandy Loiza hizo un croquis de La Albania. Era un pueblito con dos calles, a lado y lado de la quebrada La Lorena, cada una de ellas empinada en la cumbre de una pequeña cuchilla. A medida que iba señalando la posición de las casas iba describiendo a los moradores, era asombroso  como en la memoria de un  niño queda plasmada toda una comunidad.

“Aquí estaba la Casa Verde,  al pasar la cañada- dice don Orlandy- al frente había un pino que silbaba con el viento. En este punto estaba la que  llamaban la Casualidad, más arriba la de don Emiliano Salinas un señor muy formalito que tenía dos vacas, un caballo y una marranita patibajita que arrastraba la barriga  por el barro y dejaba la huella por donde pasaba; luego la de doña Aminta Herrera y la de don Manuel Galeano, un señor del Líbano de voz gangosa  que jamás decía una mala palabra…. Por la otra cuchilla doña Soledad levantó su casa de astilla, ella era la partera del pueblo, atendía a la hora que la llamaran; a veces bajaban de la montaña a altas horas de la noche y doña Soledad salía a atender el caso alumbrando el camino con un coco parrandero que era un tarro de galletas con una vela adentro”.

LOS DESPLAZAN NUEVAMENTE

En la década de los años setenta del siglo pasado se estableció una Escuela de Guardabosques en las actuales instalaciones del Santuario de Fauna y Flora Otún-Quimbaya en tanto que las organizaciones ecologistas de Pereira alertaban sobre el impacto ambiental causado por los habitantes de las tierra altas.

El Instituto de Reforma Agraria- INCORA- intervino 19.500 hectáreas y con promesas, amenazas y actos de fuerza compró por sumas irrisorias las mejoras de los vecinos de La Albania, que desplazados de nuevo fueron a engrosar los cinturones de miseria de la ciudad.

Cuando la aldea quedó desierta ocuparon los potreros con más de 600 reses  y después Aguas y Aguas  llenó toda la zona con  pinos.

Don Miguel Loaiza y su familia salieron para Palmira y meses después regresaron a Pereira a trabajar en una finca en el corregimiento de La Florida, donde se radicaron algunas familias del páramo.

Al igual que Condina, lo mismo que Pindaná de los Cerrillos y Gutiérrez, la aldea de La Albania fue otra fundación fallida que se hundió en el mar de los recuerdos perdidos. Fue una iniquidad con gente trabajadora y humilde que podía haber vivido en armonía con la naturaleza, pero era más fácil utilizar la fuerza que enseñarles a conservar el agua de Pereira, que los ecologistas están dejando secar  con los bosques de pinos y eucaliptus y  permitiendo contaminar con todo tipo de desperdicios.