viernes, 26 de diciembre de 2014

JOSÉ GABRIEL CONDORCANQUI


LA REBELIÓN DE LOS TÚPAC AMARUS

 Alfredo Cardona Tobón*

 


El 18 de mayo de 1781 es un día abominable que debe recordarse para mitigar en alguna forma la  vergüenza que debieran sentir las nuevas generaciones españolas.

A las doce horas de ese día, las milicias de Cuzco custodiaron hasta la plaza principal  a José Gabriel Túpac Amaru, a su mujer Micaela Bastidas, a su hijo Hipólito, a Francisco Túpac Amaru y a otros cinco indígenas. Iban en fila con grillos y cadenas, amarrados a la cola de un caballo. Atrás los seguían los sacerdotes que habían querido conseguir información amenazando a los prisioneros con el infierno

Se abrió el primer acto del macabro espectáculo con el ahorcamiento de varios indios; a continuación les cortaron la lengua a Francisco y a Hipólito quienes colgaron chorreando sangre. Luego amarraron a la cacica Tomasa  y la mataron a garrotazos. El turno siguiente le correspondió a  Micaela, empezaron por arrancarle la lengua y quisieron acabarla a garrote, pero como la agonía  se prolongaba le echaron lazos al cuello y la remataron a patadas.

El Inca Túpac Amaru cerró la función: al igual que a los suyos le cortaron la lengua y después lo amarraron a cuatro caballos para despedazarlo vivo. Como las bestias no fueron capaces de descuartizar al Inca, los verdugos lo decapitaron, lo despedazaron  y las autoridades enviaron sus extremidades y su cabeza a  distintos lugares para que sirvieran de escarmiento. Como  remate de tanta crueldad quemaron los cuerpos del Inca y de su esposa y arrojaron las cenizas   al viento.

 

 EL ALZAMIENTO INDÍGENA

 

José Gabriel Condorcanqui era heredero del curacazgo de Surimena, Tungasuca y Pampamarca y como descendiente del Inca Túpac Amaru  las autoridades españolas reconocieron su dignidad de Inca y el título de Marqués de Oropeza. Condorcanqui estudió en colegios  jesuitas y fue un empresario exitoso que explotó cocales, chacras, vetas de minas y trasportó minerales y mercancías entre Potosí y Lima en recuas que pasaban de 350 mulas.

Al quedar el Alto Perú bajo la administración del virreinato del Río de La Plata, Túpac Amaru  solicitó a Lima que dejara de mandar a su gente a trabajar a las lejanas minas de Potosí. “ Nos oprimen en obrajes- dijo a los funcionarios coloniales- nos explotan en  cañaverales, cocales y minas sin darnos libertad. Nos recogen como a brutos y ensartados nos entregan a las haciendas para laborar sin recurso alguno..”

No hay palabras para enumerar los abusos contra los indios del antiguo reino incaico: los corregidores los obligaban a comprar a precios exorbitantes baratijas inútiles; recluían a las mujeres y a los niños en talleres u obrajes sin paga o con salarios ínfimos; reclutaban a los indios mayores para podrirlos en las minas de donde no regresaban, volvían incapacitados o gravemente enfermos y los curas exigían dinero para pendones, veladoras, sacramentos y diezmos a costa del mísero yantar de los naturales.

Al declarar la guerra a  Inglaterra las autoridades virreinales aumentaron los crecidos impuestos y  gravaron todos los bienes de consumo o sujetos al comercio. El malestar iba en aumento. El establecimiento de una aduana en Arequipa  fue la chispa que inició  una serie de alzamientos indígenas que empezaron en esa ciudad  el 13 de diciembre de 1779 y continuaron en Cuzco, la Paz, Cochabamba y  Chuquisaca.

 

 

LA SUBLEVACIÓN DE CHAYANTA

 

En Potosí, el cacique Tomás Catari se opuso a los abusos de los corregidores, quienes lo encarcelaron varias veces tratando de acallarlo con lo cual sólo consiguieron la reacción violenta de sus seguidores..

El 15 de enero de 1781, los enemigos de Catari, ante su creciente poder,  lo  despeñaron por un precipicio en inmediaciones del pueblo de Quilaquila.

Con la muerte de Catari los acontecimientos se precipitaron. De insurrecciones aisladas se pasó a un levantamiento general contra los españoles. Gabriel Túpac Amaru ejecutó al corregidor de Sorata y en sangriento encuentro derrotó a las tropas coloniales en Sarangaro.

Túpac Amaru luchaba con más gente pero sin armas. Se enfrentaban pistolas a hondas, y espadas a garrotes. En el combate de Tinta las fuerzas coloniales barrieron a las mesnadas indisciplinadas de los rebeldes. Túpac Amaru,  traicionado por uno de los suyos, cayó con su mujer y varios familiares y amigos en poder de los españoles.

La revolución de Condorcanqui no debió fracasar. Fue un movimiento tumultuario que abarcó varios países, incluso la Nueva Granada, y buscaba la reivindicación del hombre americano, la libertad de los esclavos y nuevas oportunidades para los criollos.

Al principio Túpac Amaru invocó al monarca español, al final se quitó la máscara  cuando se declaró Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile y Buenos Aires.

 

SE APAGA LA REVOLUCIÓN

 

La familia Túpac Amaru continuó la lucha del  Inca; pero víctimas de los engaños y las promesas falaces, al final quedaron en poder  de las fuerzas coloniales..

Diego Cristóbal  fue el último Túpac Amaru. Meses después de sellar un convenio que lo amnistiaba cayó prisionero con numerosos  parientes cercanos y lejanos comprometidos en la lucha. El 15 de febrero de 1783 las tropas coloniales sacaron a los cautivos de la cárcel de Lima atados de pies y manos  y arrastrados por bestias, para ejecutar la alevosa y traicionera sentencia de muerte.. 

Con tenazas al rojo vivo arrancaron la carne de Cristóbal, luego colgaron su cuerpo agonizante de la horca y después lo  descuartizaron  para repartir los despojos en distintos pueblos como escarmiento. Eliminaron a los familiares los en la horca o a garrote. Vano intento de una nación bárbara y cruel que pretendió exterminar las  semillas de la libertad americana.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

NAVIDADES AMARGAS


Alfredo Cardona Tobòn


No todas las navidades han sido tranquilas , ni símbolo de paz y de amor. La historia colombiana mostrò muchas con tristes escenas de guerra y desolación.
 
 
                                               General Sucre

En estas épocas navideñas con mensajes de paz y de esperanza no han faltado lobos feroces que las han cambiado por dolor y  tragedia.

Los pastusos, por ejemplo, vivieron una navidad muy amarga en las postrimerías de la guerra de la Independencia: “ Nada es comparable en la historia de América- escribió Ignacio Rodríguez G-  con el vandalismo, la ruina y el escarnio a que fue sometida la ciudad de Pasto el 24 de diciembre de 1822, como represalia de Sucre por su  derrota  en Taindala a manos del paisanaje pastuso, armado de piedras, palos y escopetas de caza.”

Fue un ataque vil según  narra el general Obando, donde se entregó la ciudad a  tres días de saqueo, “ de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada;  las puertas de los domicilios se abrìan  con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño del brutal soldado de las propiedades, de las  hijas, de las esposas; hubo madre que en su despecho saliose a la calle llevando de la mano a su hija para entregarla a un soldado blanco antes que otro negro dispusiese de su inocencia..”

Los patriotas no respetaron  templos ni vencidos. Fue un baldón que manchó para siempre la causa de la Independencia colombiana. 

El 26 de diciembre, más de 400 cadáveres de hombres y mujeres pastusos, eran el tributo de un pueblo noble que luchaba por sus ideas, sin arredrarse por las amenazas de exterminio de un enemigo que jamàs pudo hacerlos arrodillar.

OTRO 24 SANGRIENTO

El 24 de diciembre de 1876 los violentos, en nombre de la Libertad,  nuevamente llenaron de sangre la navidad  colombiana.

Se libraba una guerra a muerte entre los liberales y los conservadores, era una lucha fratricida con banderas religiosas que ensangrentó  toda la nación.

A  mediados del mes de diciembre el general liberal David Peña con el batallón Parra había abandonado la ciudad de Cali para hacer frente a las tropas antioqueñas  que amenazaban la banda occidental del río Cauca;  viendo la indefensión de la plaza los revolucionarios conservadores atacaron y entraron sin mayor resistencia al poblado. Al saber la noticia de la toma de Cali, el general Peña regresó  rápidamente con 2000  voluntarios que desde Buga y Palmira marcharon a “ castigar a los godos”.

Ese 24 de diciembre tropas liberales de Santander de Quilichao unidas a las del general Peña,  llegaron a la capital del Valle del Cauca;  David Peña autorizó el saqueo de las casas conservadoras y se dio la orden de matar sin tomar prisioneros. “ Entraron los liberales- narra Bernardo de La Espriella-  y la pluma se detiene antes  tantos horrores. Asesinaron niños, ancianos y a todo rendido indefenso que de rodillas imploraba piedad..”

Mientras la tropa insana cumplía su macabra tarea, el general David Peña descansaba tranquilamente en su casa sin atender los ruegos de clemencia. El desborde infernal duró hasta el 26 de diciembre,  cuando la tropa borracha se cansó de los desmanes.

SUCESOS RECIENTES

Hienas disfrazadas de hombres  amargaron la navidad de los riosuceños en el año de 1947.

Los ingratos sucesos se presentaron durante la presidencia de Mariano Ospina Pérez, cuando estaba el frente del departamento de Caldas el gobernador Alfonso Muñoz Botero, cuya memoria está manchada  con los asesinatos sin freno que anegaron en llanto los municipios del Viejo Caldas.

Dese meses atrás, Miguel Gutièrrez, apodado el “Celoso”  hacìa de las suyas en Anserma y en Belén de Umbrìa; el antisocial sumaba varios homicidios en la región y envalentonado por la impunidad quiso ponerse de ruana a Riosucio y amedrentar la minoría liberal del municipio  con el apoyo del alcalde Antonio Rendón Cuesta y el comandante de la fuerza pública..

El 24 de diciembre de 1947 los bochinches empezaron en el barrio de Tolerancia; el criminal Miguel Gutièrrez  gritaba ;” Yo soy el Celoso de Belén de Umbrìa y quiero ver què cachiporro de Riosucio tiene calzones para enfrentarse conmigo”.

Con amenazas y tiros, “El Celoso” acompañado por Gregorio Guerrero y otros antisociales dañaron la navidad a los riosuceños. Los bandidos se desplegaron por el casco urbano, atacaron las casas de los liberales e hirieron a Olimpo Bolívar, a Abraham Cruz y a Alcides Vinasco. Nadie los detuvo, la ciudad quedó en  manos de la chusma.

A los recuerdos  ingratos de Pasto, de Cali, de Riosucio  se suma la batalla del 24 de  de 1900 en ese pedazo querido de la patria colombiana.

Sucre, Peña , los bandidos del occidente caldense, los generales Salazar y Herrera, directores de la guerra en Panamá tienen una cuenta pendiente. Si hay justicia y otra vida después de su muerte, deberían estar pagando por   haber convertido un día de amor y de paz en la antesala del infierno.

 ANEXO




LA MACABRA NAVIDAD DE 1822 EN PASTO.

Enrique Herrera Enríquez.

Un mes antes, concretamente el 24 de noviembre de 1822, las tropas del general Antonio José de Sucre habían sido derrotadas en Taindala por las milicias pastusas al mando del Teniente Coronel Agustín Agualongo con el  “Escuadrón Invencible” a la cabeza. Sucre con sus derrotadas tropas se regresa a Túquerres donde espera ayuda de Simón Bolívar que se encontraba en Quito. A mediados de diciembre le llegan los batallones Vargas, Bogotá y Milicias Quiteñas para reforzar al batallón Rifles, Escuadrones de Guías de Cazadores y los Dragones de la Guardia, acantonados en Túquerres.

Los 7  batallones con algo más de 3.500 hombres provistos de las mejores armas de la época, con caballería y cañones de alto alcance avanzan hacia Pasto en plena festividad de la novena de la navidad de aquel entonces. La preocupación en Pasto es grande, se sabe del poderío militar conque ahora cuenta Antonio José de Sucre, quien de seguro no olvida la derrota que le propiciara Agualongo en el arenal de Huachi, cerca a Cuenca, el 22 de noviembre de 1820 y la última de Taindala, situación que obliga a replegar fuerzas hasta el Guaytara para evitar el avance de las tropas invasoras.

Pasto no cuenta con un ejército regular, es en general su gente, la población civil la que se organiza en milicias para afrontar una vez más la defensa de la martirizada ciudad. Años atrás, tuvo que hacerlo frente a las tropas quiteñas y las de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca que venían tras 413 libras de oro que estaban escondidas entre las paredes del templo y convento de los Dominicos, hoy templo de Cristo Rey. El famoso tesoro fue encontrado por los quiteños que entraron el 22 de septiembre de 1811 a sangre y fuego sobre la ciudad, dejando un manto de dolor y tristeza por la actitud criminal contra la inerme población civil que no pudo contenerlos.

Tiempo después, en plena semana santa de 1814, el general Antonio Nariño pretendió tomarse militarmente a Pasto sin haberlo logrado gracias al valor y bizarría de la mujer pastusa que tomó cuanto elemento contundente pudo para defender la ciudad de la agresión que iba ha ser objeto. Los hombres habían recibido la orden del Brigadier español Melchor Aymerich para salir de la ciudad a fin de atrincherarse en los parapetos del Guaytara, quedando únicamente en la ciudad las mujeres, los niños, los ancianos y algunos varones. Recordando los criminales episodios de los quiteños en búsqueda de las 413 libras de oro, las mujeres se organizaron, sacaron las imágenes de la Virgen de las Mercedes y la del Apóstol Santiago y entraron en combate derrotando contundentemente a Antonio Nariño el 10 de mayo de 1814.

El general Simón Bolívar también tuvo en zozobra a la población de Pasto cuando en plena semana santa de 1822, libró la batalla de Bomboná o Cariaco, si se tiene en cuenta que el 7 de abril era domingo de resurrección.

Ahora, la situación vuelve a repetirse, se va ha agredir criminalmente a Pasto y su gente, los recursos no son muchos, la guerra ha dejado sus secuelas y solo el valor de los pastusos para tratar de defenderse los obliga marchar hasta el Guaytara donde se pretende detener el poderoso ejercito que avanza al mando del general venezolano Antonio José de Sucre.

El batallón Rifles, integrado por mercenarios irlandeses,  solicita como favor especial a Sucre les permita ser la avanzada para tomarse a Pasto, luego de lograr cruzar el Guaytara. Los muertos sobre el río Guaytara flotan y son llevados por la corriente del torrentoso rio. Yacuanquer, El Cebadal, El Tambor, Caballo Rucio, la Piedra Pintada, los campos de Catambuco, van quedando atrás, la resistencia de la gente de Pasto retrocede y espera sobre la colina de Santiago dar la batalla.

El batallón Rifles, avanza despiadado en la madrugada del 24 de diciembre de 1822, no se detiene ante nada ni ante nadie. Un pequeño grupo de mujeres sostienen en sus hombros la imagen del Apóstol Santiago, quien cae y casi es destrozada por el ímpetu del avance del ejército invasor. El sector se cubre de un manto oscuro, la pólvora hace sus estragos con el cargue y descargue de fusiles, las espadas, bayonetas y demás armas corto punzantes, van dejando un rejero de cadáveres donde la sangre se adueña del sector dando pie para un nombre que resuena y pondera la macabra situación de la calle denominada El Colorado. San Miguel, Caracha, son sectores a la entrada de la ciudad que poco a poco se cubren de cadáveres, de hombres, mujeres y niños que agonizantes por las heridas recibidas son rematados de manera infame, a culetazos, por las tropas que comanda Sucre.     

La asustada población civil, la que no tiene armas, busca refugio en los templos, capillas y conventos sin poder lograrlo cuando observa que los siniestros soldados, bien sea la infantería o mas aun la caballería no respeta nada. Con los fusiles calado bayoneta, con la espada, la lanza o cuanta arma tengan en su mano, arremeten cual fiera sobre su presa. Las puertas de las casas son tumbadas a patadas, se entran por las ventanas, se roban cuanto objeto de valor encuentran, violan a las mujeres sin importar su edad, las matan si encuentran resistencia.

Las puertas de templos, capillas y conventos, exceptuando el de las Conceptas, son derribadas mediante gruesos cabestros atados a las bestias para ser epicentro de sus criminales acciones. La caballería entra sin respeto alguno por el lugar sagrado, roba y sacrifica a quien se interponga en su desastroso camino. Viola en pleno altar, sin escrúpulo alguno, a las doncellas. El historiador Sergio Elías Ortiz, dice al respecto: “No se perdonó a las mujeres, ni a los ancianos, ni a los niños, aunque muchos se habían refugiado en los templos En la de San Francisco, Joya de arte colonial por sus altares y por la riqueza de sus paramentos, Los Dragones penetraron a caballo y cometieron los mas horribles excesos en las mujeres que allí se habían acogido…La Noche Buena de ese año fue para los pastusos una negra noche de amarguras. Una Navidad sangrienta, llena de gritos de desesperación, de ayes de moribundos, de voces infernales de la soldadesca entregada a sus más brutales pasiones…” 

Del general José María Obando:  "No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugia­dos fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad.. .".

 

Del general Daniel Florencio O'Leary, secretario privado de Simón Bolívar: "En la horrible matanza que siguió soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron promiscuamente sacrificados".

 

Del doctor José Rafael Sañudo: "Se entregaron los re­publicanos a un saqueo por tres días, y asesinatos de inde­fensos, robos y otros desmanes hasta el extremo de des­truir como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando así tan importantes fuentes histó­ricas. La matanza de hombres, mujeres y niños se hizo aunque se acogían a los templos, y las calles quedaron cu­biertas con los cadáveres de los habitantes, de modo que "el tiempo de los Rifles" es frase que ha quedado en Pasto para significar una cruenta catástrofe.

 

 El historiador ecuatoriano Pedro Fermín Cevallos, refiere así el macabro acontecimiento: “Después de hora y media de combate, fue derrotado del todo el enemigo, y Sucre ocupó la ciudad desierta. Más de ochocientos de los rebeldes quedaron tendidos en el campo, fuera de los heridos, no habiendo costado al vencedor sino ocho muertos y treinta y dos heridos. Los vencedores llevados de la venganza contra un pueblo tenazmente enemigo suyo saquearon la ciudad..”

 

Podríamos traer infinidad de comentarios de importantes historiadores respecto a esta macabra navidad de 1822 en Pasto. La responsabilidad material es de Sucre pero quien la ordenó fue Simón Bolívar, razón por la cual cuando llega a Pasto pocos días después del genocidio, el 2 de enero de 1823, no hizo ningún reproche a Sucre, todo por el contrario procedió a imponer condecoraciones a los altos mandos. Sucre tampoco dice nada en su informe respecto a este sangriento acontecimiento que tuvo lugar no únicamente el 24 de diciembre, los días siguientes fueron la continuidad de esa masacre que dejó alrededor de 800 pastusos entre hombres, mujeres y niños muertos en sus calles, es decir nada mas ni nada menos que sacrificó a la decima parte de la población de Pasto.

 
 
 

 

 

domingo, 21 de diciembre de 2014

CUENTO DE NAVIDAD- EN EL PLAYÒN DEL RÍO PEPÈ


Alfredo Cardona Tobón
 
 

No lejos del río Pepé en la selva chocoana, vive una comunidad descendiente  de antiguos cimarrones: parte de los vecinos llevan el apellido Córdoba y el resto el de Mosquera, lo que significa que vinieron de las haciendas y las minas de los acaudalados payaneses dueños de esclavos.

El tiempo parece haberse detenido en ese playón del  Pepé, por donde el río pasa raudo sin dejar nada en sus orillas ni reflejar la techumbre vieja de los ranchos donde la gente de color betún brillante de los zulúes africanos, parecen vivir en el sopor de siglos estancados como las charcas verdosas que los rodean.

En medio del  minúsculo poblado construido sobre estacas como los palafitos, se levanta una choza con un soporte de cedro donde pende una campana; es la capilla católica del Playón de Pepé, una construcción pobre, con cuatro bancas, un altar con un Cristo, un nicho con la imagen de Santa Rosa de Lima y otro nicho con la imagen  de San Nicolás de Tolentino.

Las tres imágenes comparten la veneración de la feligresía y cada uno tiene su fiesta con cantos, con bailes y mucha pólvora. Son tres imágenes milagreras que reparten sus favores  por separado o en equipo. En épocas de sequía los vecinos del Playón de Pepé  los sacan de la iglesia bajo sombrillas y los dejan al sol hasta que llueva; en los inviernos largos la comunidad les ponen  capas y los llevan a descampado  donde los dejan hasta que escampe. El sistema no falla, porque antes de pasar dos días los santos traen el agua o  cortan el grifo a las lluvias.

Ni los misioneros claretianos ni el propio padre “Gachito”  han  chocado con las costumbres de Pepé;  la sacada a la resolana o al frio es problema de la comunidad y de sus santos, por fuera de la jurisdicción episcopal.

Mientras el sacerdote está en la selva misionando al rebaño díscolo, la capilla queda en manos de un zambo de edad indefinida que hace de sacristán; se llama  “Envelope” y es el hijo de Josefa  Mosquera, una negra que deslumbrada por un collar de cuentas rojas ensartadas en un hilo dorado; quedó preñada de un indio embera.

 “Envelope” no tiene el color de los negros ni tampoco el de los indios,  tiene un color negro amarillento como el de los caimanes del río y tiene ese nombre en vez de Juan o Jacinto porque Josefa vio la palabreja en un envoltorio y le gustó y siguió llamando así a su hijo al igual que otras negras que le pusieron el nombre de Marchal o Duglas a sus retoños, quizás para recordar el paso de algún gringo explorador que recaló en sus camas.

A “Envelope” no le faltaba el trabajo: diariamente brillaba el copón de acero niquelado atacado por el óxido;  cambiaba semanalmente  el manto de Santa Rita de Lima empapado por la humedad del ambiente y cada quince días quitaba el musgo que crecía entre las barbas de San Nicolás de Tolentino.

Con toda su piedad, “Envelope” era un alma atormentada. Preguntaba internamente y al padre “Gachito” por qué los negros tenían que adorar a un Dios blanco sin en ninguna parte de la Biblia decía que el Verbo era un anciano de facciones blancas. Y se preguntaba por qué en Pepé, redil de negros, tenían que venerar a una virgen rosada y a San Nicolás de Tolentino, sabiendo que había negros como San Martín de Porres y renegridos como los mártires de Uganda.

Varias veces  “Envelope” estuvo tentado de pintar de negro las imágenes de la iglesia, pero se abstuvo, pues eso se entendería como un acto terrorista y lo meterían a la cárcel por comunista y ateo. Sin embargo en  sus más  sentidas oraciones rogaba al Altísimo por una nivelación de los derechos de los negros.

Con motivo de la Navidad, la Vicaría Apostólica envió varios regalos al padre “Gachito”: ornamentos para el templo, un copón dorado y un bello pesebre. La lancha patrullera llevó los presentes pero faltaba el Niño Dios; ni el teniente de fragata ni la tripulación supieron qué había pasado, pues la remisión indicaba que todo se había embarcado.

Al amanecer del 16 de diciembre una súbita creciente bajó por el río Pepé y en forma inusitada dejó una caja en la orilla del playón, donde jamás había parado un tronco o una canoa debido a la fuerza del agua.

Los vecinos abrieron la caja y una sorpresa mayúscula iluminó sus caras: adentro venía un Niño Dios negrito, con cachumbos rizados, que parecía patalear entre los algodones mojados.

 ¿Era un regalo de Dios o era un regalo del diablo?- Pues era distinto al de las estampas  y de las novenas de aguinaldo.

De inmediato llamaron  la padre “Gachito” que mirando siempre la tierra se arrodilló, tomó al Niño en sus brazos y por primera vez alzó la vista al cielo para dar gracias al Altísimo mientras dos gruesas lágrimas corrían por su cara.

Una gran procesión acompañó  la imagen del Divino Infante hasta la humilde capilla, donde se colocó entre musgo en medio de la Virgen María y de San José.

Un periodista de la capital vino a cubrir la extraña noticia sin dar crédito a un milagro, pues decía que era un cambiazo de mercancía o una broma que le gastaron los mineros del Pepé arriba a los del Pepé de abajo.

¿Cómo no va a ser un milagro- terció “ Envelope”- si ese mismo día el cabello del padre “Gachito” se llenó de rulitos como si lo hubieran rizado, los ojos claros del teniente se volvieron negros y los cachetes rosados de Santa Rita se parecieron a los de la mulata Efigenia?-

El  padre “Gachito” estaba feliz. “Ahora en los veranos o en los inviernos no sacarán sin ropita  al pobre muchachito junto con los otros santos”-   fue la única advertencia de Navidad que hizo el santo sacerdote a sus  ariscos parroquianos